Convergencia Capítulo X
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Capítulo X

Cora

Dasslak llegó al borde del balcón.

Abajo no había cuerpo.

Solo agua, neón roto y un callejón vacío entre edificios demasiado estrechos. La caída era de cuarenta pisos. Nadie desaparecía tras una caída así.

Entonces vio el cable.

Grueso, negro, tendido desde la Torre Alfa hasta un edificio más bajo, en diagonal sobre el vacío. La mirada de Dasslak lo siguió de inmediato.

Cora corría sobre él.

El cabello plateado empapado. Sus pies caían uno delante del otro sobre el cable mojado con una exactitud absurda, sin vacilar, sin mirar abajo, alejándose hacia la otra azotea.

Dasslak sacó un revólver.

Apuntó a la pierna.

No disparó.

A esa altura, si la alcanzaba antes de que llegara al otro lado, la haría caer y eso la mataría. Esperó con el brazo firme, el ojo clavado en ella, midiendo el balanceo del cable, la distancia, el viento, el movimiento de sus piernas.

Ciento cincuenta metros.

Demasiado para la mayoría.

No para él.

El Titiritero apareció a su lado, casi corriendo, aunque tuvo tiempo de abrir el paraguas antes de asomarse. Él miró a Cora, luego el revólver, luego otra vez a Cora.

Su sonrisa se abrió despacio.

—Oh… —murmuró—. Qué lista.

Cora alcanzó la azotea. Saltó del cable, rodó sobre el suelo mojado y siguió corriendo.

Dasslak disparó.

La bala abrió una línea entre las gotas de lluvia.

Cora giró antes del impacto.

No tropezó. No se quebró. No cayó.

Solo torció el cuerpo en el último instante, como si hubiera oído el disparo antes de que existiera, y la bala pasó junto a su pierna hasta perderse contra una estructura metálica del fondo.

Dasslak expulsó el aire lentamente por la nariz. Volvió a apuntar.

Cora ya corría hacia otro cable.

Disparó de nuevo.

Ella saltó, giró en el aire, cayó sobre manos y pies. Se repuso y siguió adelante sin mirar atrás.

La chica era una convergencia.

Dasslak guardó el revólver.

La bala no la alcanzaría desde allí. No a esa distancia. No si ella sentía el mundo antes de que el mundo la tocara.

El Titiritero soltó una risa suave, maravillada.

Dasslak se volvió hacia él.

La risa murió.

—La asustaste —dijo Dasslak.

El Titiritero dio un paso atrás, de regreso al interior. Uno de sus hombres recibió el paraguas y lo dejó en el suelo con gesto apresurado.

—La envié a una misión —dijo el Titiritero—. Abrió la boca y eso provocó que una persona peligrosa viniera a mi casa. Eso merece un castigo.

Dasslak avanzó.

Los hombres de Alfa levantaron las armas. Ninguno parecía feliz de hacerlo.

—Dile a Golat que voy por mi nave —dijo Dasslak—. Y asegúrate de que ninguno de tus hombres me haga perder otro segundo.

El Titiritero no sonrió.

No del todo.

—¿O qué?

Dasslak quedó frente a él. Tan cerca que el Titiritero tuvo que levantar la barbilla para sostenerle la mirada.

—O quemaré este distrito hasta los huesos. Y ni toda esta lluvia va a servir para apagarlo.

Nadie habló.

Dasslak pasó junto a él.

Durante un segundo, el Titiritero creyó que iba a sacar la espada.

Pero Dasslak solo tomó impulso.

Corrió hacia el borde del balcón y saltó.

Dasslak cayó sobre el cable con ambos pies. La cubierta oscura cedió apenas bajo su peso y la tensión vibró hacia el otro edificio. Abrió los brazos solo lo necesario para acompañar el impacto, ya lanzado hacia delante, y empezó a correr.

Detrás de él, la Torre Alfa estalló en carcajadas.

No todas eran de burla. Algunas sonaban demasiado cerca del miedo.

El Titiritero se acercó de nuevo al borde, ahora sin paraguas. La lluvia le golpeó el rostro y empezó a vencerle el cabello blanco, deshaciendo aquella punta rígida que se alzaba hacia atrás. Sonreía otra vez.

—Avísenle a Golat —dijo—. El Vaquero va a sacar su nave.

Uno de sus hombres tragó saliva.

—¡Mierda! Me mojé… Mi madre va a matarme.

Dasslak corría sobre el cable. El vacío se abría a ambos lados en luces quebradas y callejones sin fondo. El cable oscilaba bajo cada paso, pero sus pies encontraban el centro una y otra vez, rápidos, exactos, brutales.

Cora ya estaba en el siguiente edificio.

Saltó hacia otro cable.

Dasslak llegó a la primera azotea, cruzó entre respiraderos oxidados, antenas torcidas y charcos negros, y se lanzó al segundo tramo sin bajar la velocidad.

Cora corrió por el tercer cable y cayó sobre una azotea más baja, de apenas veinte pisos. Desde allí podía llegar a otro edificio, luego a una estructura menor, luego al suelo.

Después, Brass se la tragaría.

Dasslak aceleró.

El cable gimió bajo sus botas.

Al fondo, Cora cruzó la azotea del cuarto edificio como una sombra plateada. No se detuvo al llegar al borde: saltó hacia el callejón y desapareció bajo la línea de los techos.

Dasslak alcanzó el extremo unos segundos después.

Abajo, el callejón se abría hacia ambos lados entre paredes mojadas y luces sucias. Cora ya no estaba.

Dasslak saltó.

Izquierda o derecha. Ningún rastro. Ninguna sombra. Ningún sonido claro bajo la lluvia.

Dasslak cerró los ojos un segundo.

Después corrió hacia la izquierda.

Llegó a una curva, dobló a la derecha y la vio al fondo, justo antes de que Cora girara hacia otro tramo del callejón. El cabello plateado desapareció tras la esquina.

Dasslak hizo un gesto breve en el aire y envió una orden a la nave sin dejar de correr.

Giró detrás de ella.

A unos cien metros, el callejón desembocaba frente a uno de los accesos al transporte subterráneo de Brass. Cora estaba a menos de treinta metros de la entrada.

Dasslak aceleró.

Ganaba terreno, pero Cora continuaba acercándose a la entrada; bastaba con que descendiera para perderla. No conocía las rutas bajo Brass. Allí cualquier camino podía multiplicarse en diez, hundirse, cerrarse o perderse en túneles interminables.

Sacó los dos revólveres mientras corría. Cruzó una mano sobre la otra. Con el primero apuntó a la pierna izquierda de Cora. Con el segundo, apuntó a una idea: lo sostuvo apenas más alto, apenas desviado, hacia un punto imaginario.

Disparó con el primer revólver. Una fracción después, disparó con el segundo.

Cora ya estaba saltando cuando la primera bala salió del cañón. Su cuerpo giró en el aire antes de que el proyectil llegara, como si el disparo hubiera nacido dentro de ella. La pierna izquierda se apartó del trayecto por un margen mínimo. La bala pasó rozándole la pantorrilla y se perdió al fondo.

Pero la segunda bala ya venía detrás.

Cora seguía rotando sobre sí misma. La pierna izquierda había salido de la línea del primer disparo, pero la derecha subía con el impulso del cuerpo, entrando en el espacio al que el asesino había apuntado con el segundo revólver.

Dasslak ya había memorizado el patrón. Un movimiento casi coreografiado que Cora usaba para esquivar sus balas.

La chica podía anticipar la primera bala, pero no deshacer el movimiento que había elegido para esquivarla.

La segunda bala le atravesó la pierna derecha.

Cora cayó de lado sobre el suelo mojado, rodó una vez y trató de incorporarse. La pierna no respondió. Volvió a caer, con los dedos crispados contra el pavimento, arrastrando el cuerpo por puro impulso hacia la entrada del subterráneo.

Dasslak guardó los revólveres, se colocó la capucha y caminó hacia ella.

Cora intentó levantarse otra vez. No pudo. La pierna sangraba sobre el agua sucia del callejón.

Cuando Dasslak llegó a su lado, ella alzó la mirada.

No dijo nada.

Él sacó unos retenedores de nexo —dos bandas oscuras y segmentadas unidas por un enlace corto—, le tomó las muñecas y se las sujetó a la espalda.

Las bandas se cerraron con dos chasquidos secos y se endurecieron alrededor de sus muñecas; una cubrió la membrana personal.

El material programable onduló bajo la banda al formar el nexo y las proyecciones desaparecieron de las lentillas de Cora.

Rutas, lecturas, señales: todo reducido a la desnudez inútil del mundo real.

—Veo que tu interfaz conserva intactos los protocolos del dominio —dijo Dasslak—. ¿Sueles viajar a la Unión?

—¡Déjame!

Cora se revolvió. Dasslak la levantó y la cargó sobre el hombro izquierdo. Ella respondió con un rodillazo de la pierna sana, usando toda la fuerza que pudo reunir. Dasslak lo detuvo con una mano.

—Te dije que no te movieras. La otra pierna está muy dañada.

Cora apretó los dientes. La sangre le bajaba por la pierna y manchaba el chaleco negro de Dasslak, filtrándose hasta la camisa abierta bajo este.

—¡Déjame, Vaquero! —suplicó.

—Hace un rato parecías empeñada en pegarte a mí. Ahora que lo lograste, ¿quieres irte?

—¡Suéltame!… ¡Ay!… ¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude!

—No te molestes en gritar. Si había alguien cerca, ya se fue.

Dasslak miró hacia la entrada del subterráneo: una boca rectangular entre muros húmedos, con escaleras descendiendo hacia una luz verdosa.

—La primera bala fue hacia allí. La segunda también, si no se quedó en tu pierna. Por suerte no salía nadie. No me gusta matar gente de gratis.

—¿Qué vas a hacer, Vaquero? ¿Cargarme por toda la ciudad? Alguien se dará cuenta. Te van a matar. Mejor déjame aquí. Es por tu propio bien.

—Nadie va a ayudarte. Parece que ya no eres bienvenida en esta ciudad. Tampoco van a atacarme; este lugar está lleno de cobardes.

—¡Eres cruel, Vaquero!

—Nunca me habían acusado de ser cruel. —Sí lo habían hecho—. No creo que lo sea.

El aire se agitó entre las paredes del callejón. Una sombra enorme cruzó las luces sucias y se detuvo sobre la abertura entre los edificios.

Dasslak hizo otro gesto ante sí.

La compuerta inferior se abrió. Un cable de extracción descendió hasta ellos, rígido por el campo que lo mantenía estable. Dasslak sujetó el arnés a su cinturón y pasó un brazo alrededor de Cora para impedir que se moviera.

—Por favor, déjame ir, Vaquero —dijo ella, agitándose—. ¡Ay!

El cable tiró de ellos hacia arriba.

Las paredes del callejón quedaron cada vez más abajo, estrechas y húmedas bajo la abertura de la nave. En pocos segundos, ambos desaparecieron por la compuerta inferior.

Dasslak la llevó hasta un asiento alargado, adosado a una de las paredes, y la sentó sobre el acolchado. Después se quitó los revólveres y la espada, y los dejó sobre una mesa cercana.