Capítulo IX #2
Senlar guardó silencio unos segundos. Después hizo un gesto breve con la mano y empezó a caminar hacia el río.
Denn se levantó con un bufido bajo. El cuerpo le pesaba como si cada golpe del día hubiera esperado hasta ese momento para cobrarle. Lo siguió sin preguntar.
Se apartaron del fuego, de las mantas, de los heridos y de la gente dormida en grupos apretados bajo la noche fresca. Cruzaron una de las puertas provisionales de la muralla, la que daba al río. Los drones zumbaron sobre sus cabezas.
La noche no era una tiniebla cerrada. Las dos lunas —una cobriza, que empezaba a teñir las nubes, y otra más pequeña, blanca— alumbraban lo suficiente para caminar sin tropezar.
Caminaron hasta la orilla.
Neil siguió su recorrido desde la torre improvisada. Comía en silencio, atento, y los vigilaba abiertamente.
—¿Qué sucede? —preguntó Denn.
Había esperado hasta que Senlar se detuviera frente al agua. El río era una oscuridad viva, ancho y violento, cruzado por reflejos lunares. Su rugido ahogaba sus voces y los aislaba del resto.
Senlar se agachó, tomó una piedra pequeña y la lanzó al río. La corriente se tragó el impacto sin concederle sonido.
Denn esperó.
—¿Eres una convergencia? —preguntó Senlar.
Denn miró hacia Neil, lejos, sobre la torre, y luego volvió a Senlar.
—Así que lo sabes.
—Te vi durante el ataque.
Denn no respondió.
—Vi cómo te movías —continuó Senlar—. Primero tuve que salvarte la vida. Un instante después estabas haciendo cosas que la mayoría de soldados no podría repetir ni entrenando diez años.
Denn bajó la mirada.
—Soy lo que soy.
—¿Cómo sigues siendo soldado de la Unión?
La pregunta no sonó como acusación. Eso la hizo peor.
El pulgar le rozó el borde del índice.
—Lo mantuve oculto.
Senlar cerró los ojos un instante, como si aquella respuesta confirmara algo que ya temía.
—Nadie lo sabe —añadió Denn.
Senlar negó despacio con la cabeza. Recogió otra piedra y la lanzó al río.
—Neil lo supo desde el principio.
Denn levantó la mirada.
—¿Qué?
—Me lo dijo. También se lo dijo al capitán. No quisimos creerlo.
Denn volvió a mirar hacia la torre. Neil seguía allí, oscuro contra la noche, vigilando.
—¿Cómo lo supo?
Senlar dejó pasar unos segundos.
—Porque él también es una convergencia.
Denn no dijo nada.
—Yo también lo soy —añadió Senlar—. Por eso nos sacaron del ejército y nos mandaron a una estación de salto.
El río siguió rugiendo entre ambos.
—A veces podemos sentir a otros —dijo Senlar—. No a todos. No siempre. Las convergencias se atraen. O quizá solo nos reconocemos cuando estamos cerca. Neil sí pudo contigo.
Denn abrió los ojos apenas, pero no habló.
Pensó en las sensaciones que arrastraba: la incomodidad al cruzar la mirada con Neil, la presión muda junto a Senlar, aquella resonancia tenue alrededor del niño. Distintas intensidades, distintas formas, pero nacidas de un mismo lugar.
—No sabía lo que era.
Senlar lo miró con más cansancio que dureza.
—Lo imaginé.
Denn respiró hondo.
—Soy lo que soy, Senlar. Me conoces. Lo oculté porque no quería que me apartaran de las fuerzas. No sabía qué hacer. Me equivoqué. —Enderezó la espalda—. Pero sigo siendo yo.
Senlar no respondió de inmediato.
—No pude sentirte como Neil. Nunca he sido bueno en eso. Pero he visto suficiente.
—¿Y qué viste?
—A alguien que mintió.
Denn apretó la mandíbula.
—Sí.
—Y a alguien que hoy pudo correr, esconderse o dejar que otros murieran.
Senlar volvió la vista hacia el fuerte.
—Pero no lo hizo.
Denn tragó algo amargo.
Senlar continuó:
—En la Tierra hay una academia para gente como nosotros.
Para los jóvenes, sobre todo. A nuestra edad ya somos un problema administrativo, un error que prefieren esconder en estaciones y puestos menores.
Pero a los nuevos quieren formarlos. Guiarlos.
Usarlos, quizá. Incluso han puesto a un héroe de guerra de la Unión entre sus instructores.
Miró a Denn.
—No sé si eso es esperanza o solo otra forma de convertirnos en armas.
Denn no dijo nada.
—Lo que nos pasó puede parecer una maldición —dijo Senlar—. Muchas veces lo parece. Pero aquí… en este lugar… puede ser la diferencia entre vivir y morir.
El agua golpeó contra la orilla.
—Eres bueno —añadió—. Lo vi.
Denn bajó la mirada.
—No lo suficiente.
—No. No lo suficiente.
Senlar dio un paso más cerca.
—Por eso, a partir de mañana, voy a entrenarte.
Denn lo miró. No supo qué responder.
Senlar volvió la vista hacia la muralla torpe, hacia los oficiales agotados sobre las torres improvisadas.
—Si este lugar va a ser un hogar, necesitaremos algo más que paredes.
Al día siguiente volvieron a trabajar. La muralla fue otra, y al otro día volvió a cambiar, y al siguiente también: paneles reforzados, soportes hundidos en la tierra, torres más firmes, puertas mejor aseguradas.
El pequeño reactor cuántico empezó a alimentar las luces como si aquel lugar tuviera derecho a existir.
Aprendieron a sacar del río criaturas plateadas, largas, casi transparentes, que Wallace y Olyr solo permitieron comer después de analizarlas tres veces.
En la pradera cazaron animales bajos, de carne oscura y placas blandas.
Eran tan extraños como todo en aquel mundo, pero bastaban para mantenerlos vivos.
Así pasaron los días, sin descanso verdadero, entre trabajo, cansancio, alimento ganado con cautela y noches largas bajo las dos lunas. Una semana después, la defensa fea y urgente levantada por miedo antes de que cayera la oscuridad se había convertido en una fortaleza casi impenetrable.