Convergencia Capítulo IX
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Capítulo IX

Hogar

Lo primero que hizo Senlar al bajar del vehículo, antes siquiera de recuperar el aliento, fue enviar tres drones de vuelta al otro lado del río.

Les ordenó cruzar bajo, recorrer la orilla contraria y adentrarse entre los troncos partidos en busca de señales de vida.

Si alguno de los oficiales caídos seguía respirando, aunque fuera por poco, tenían que saberlo.

Los artefactos se alejaron sobre la corriente, pequeños destellos metálicos contra el rugido blanco del agua, hasta perderse entre las ramas rotas.

Mientras esperaban, la gente fue bajando de los vehículos. Caminaron hacia la orilla sin decir nada, expectantes.

Los drones volvieron demasiado pronto.

Nada.

Dani cayó de rodillas junto al agua, todavía sujetando a Kein.

El río rugía a pocos pasos, enorme, violento, absurdo. Bajaba desde algún punto de las montañas y atravesaba el valle como una frontera viva: blanco en algunos tramos por la fuerza de la corriente, oscuro en otros por la profundidad.

Frente a ellos, más allá del agua, quedaba la selva cerrada de árboles inmensos, rota en varios puntos por el paso de aquella criatura gigantesca. Entre los troncos se distinguían el barro negro, las raíces pálidas y aquellas sombras verdes que todavía parecían guardar movimiento.

Detrás de ellos, en cambio, el mundo se abría.

La pradera se extendía amplia, casi limpia de troncos, cubierta de vegetación baja de colores intensos: violetas oscuros, verdes azulados, amarillos pálidos, manchas rojas como óxido viejo.

Más allá, el terreno ascendía hacia montañas oscuras, y desde sus paredes caían cascadas blancas, largas, luminosas, como grietas abiertas en la roca negra.

Wallace tomó una muestra con manos temblorosas. El lector tardó unos segundos.

—Vamos… —murmuró Olyr—. Danos una.

—Denn dijo antes que el agua de los cubos venía de este río —dijo Jin—. Ya sabemos que es potable.

Wallace no apartó la vista del indicador.

—Permíteme desconfiar del agua que acaba de tragarse a una criatura del tamaño de una torre.

El indicador cambió.

Wallace cerró los ojos.

—Es potable. Más que eso: no había visto agua tan pura en mi vida.

La gente se acercó al agua sin hacer demasiado ruido.

Algunos bebieron despacio, como si el cuerpo aún no creyera que podía hacerlo.

Otros se lavaron la sangre de los brazos, llenaron recipientes o hundieron las manos en la corriente, demasiado agotados para celebrar.

Unos pocos se quedaron de rodillas, mirando el agua.

Otros no dejaban de mirar hacia la otra orilla, esperando ver aparecer algo entre los árboles partidos.

Denn no bebió de inmediato.

Senlar se acercó a su lado. Miró el río, la destrucción del otro lado, las abolladuras en los blindajes de los vehículos y las marcas de sangre pegadas al metal. Luego, la pradera abierta a sus espaldas.

—Este es el lugar. Aquí estaremos a salvo.

Denn forzó una sonrisa.

Miró a los heridos nuevos, a los niños agotados, a las manos que temblaban alrededor de los recipientes. Les habían dado unos minutos para beber, lavarse la sangre y recuperar el aliento, pero cada segundo de descanso empezaba a parecerse demasiado a una demora.

Senlar volvió la vista hacia el río.

—Mis oficiales siguen tibios del otro lado. Los que estamos aquí seguimos vivos por accidente.

Denn tragó saliva.

—Entonces no perdamos más tiempo. Levantemos algo antes de que oscurezca.

—Algo que nos mantenga con vida —dijo Senlar.

Usaron lo que cargaban y lo que el grupo de Neil había adelantado más temprano. Paneles, soportes metálicos, piezas deformadas, herramientas que todavía funcionaban y madera ya preparada para no empezar desde cero.

Levantaron la primera línea de defensa en el valle, a unos doscientos metros de la orilla, lo bastante cerca del río para tenerlo como referencia y lo bastante lejos para que una crecida inesperada no los atrapara contra la corriente.

No era una muralla verdadera, no todavía; apenas una forma fea y urgente de separar a la gente del mundo abierto.

El valle les daba una ventaja real. El río protegía un flanco, la pradera abría la vista en casi todas direcciones y los árboles más cercanos —delgados, de corteza azul grisácea y copas estrechas que parecían cerrarse sobre sí mismas— quedaban lo bastante lejos como para no servir de escondite a ninguna criatura que pudiera acecharlos.

Si algo quería llegar hasta ellos, tendría que cruzar terreno abierto.

Allí el peligro no podía aparecer sin anunciarse.

C0-UN1 cargó a solas vigas que habrían exigido a varios hombres.

Algunos trabajaron con heridas menores, sin pedir descanso.

Jin y varios oficiales discutieron medidas, ángulos y soldaduras hasta que las piezas empezaron a obedecer.

Wallace y Olyr recorrieron los alrededores inmediatos con lectores portátiles, marcando plantas que nadie debía tocar y separando otras que, al menos según los primeros análisis, podían servirles de alimento.

Dani organizó vendas, recipientes y herramientas pequeñas.

Kein quiso ayudar también, y terminó llevando piezas livianas de un lado a otro, siempre pendiente del punto luminoso que marcaba al autómata en sus lentillas.

Gor organizó pequeños equipos con la autoridad que Senlar le había dado.

Era de los pocos en quienes Neil confiaba, y Senlar lo había situado en el centro del trabajo, a la vista de todos.

Unos atendían heridos, otros repartían herramientas, otros arrastraban piezas útiles hacia la línea de defensa.

Gor no parecía mandar; parecía impedir que la gente se quedara quieta.

Entre ellos, Mara coordinaba la distribución de los materiales para la defensa, manteniendo la postura recta a pesar del evidente dolor en sus movimientos.

Bren marchaba a su lado cargando el doble de peso sin emitir una sola queja; la luz verdosa de la tarde moribunda acentuaba las líneas duras de su mandíbula y el polvo del impacto incrustado en su piel.

Al encajar un soporte pesado en la tierra, Bren le dirigió una mirada de soslayo.

—Ya casi está, Mara. Un esfuerzo más —murmuró.

Ella asintió apenas, rozándole el brazo con brevedad antes de señalar el siguiente poste.

—Te sigo.

Neil, en cambio, iba y venía. Ayudaba a cargar algo, lo dejaba donde hacía falta y luego se alejaba unos pasos hacia la línea donde la pradera empezaba a cerrarse en vegetación oscura.

Inspeccionaba.

Senlar lo observó desde lejos y le hizo una seña breve para que volviera, cuidando que nadie más lo notara. Neil la vio. También vio la discreción. Tardó unos segundos en obedecer, los suficientes para no parecer obediente, y regresó.

Un rato después estaba otra vez junto a la defensa, levantando una pieza metálica con otros dos hombres. Luego la soltó, se limpió el barro de las manos y caminó hacia la orilla del río, como si necesitara comprobar que la corriente seguía allí.

Merodeaba.

Ayudaba lo suficiente para no estorbar, pero no lo bastante como para parecer parte de aquello.

Mientras el trabajo continuaba, la tarde parecía hundirse lentamente sobre la pradera.

La claridad se volvió más espesa, más verdosa, como si algo invisible la filtrara antes de dejarla caer sobre ellos.

Los colores bajos del terreno cambiaron con ella: los violetas se oscurecieron, los amarillos parecieron enfermos, los verdes azulados brillaron con una vida húmeda y extraña.

Luego llegó la niebla.

Una niebla baja, apenas violácea, comenzó a juntarse cerca del suelo, entre la vegetación de colores y las depresiones húmedas de la pradera. Algunas rocas lejanas adquirieron un brillo tenue, como si guardaran restos de luz dentro. Sobre el río, la corriente se volvió negra.

Cuando la noche cayó, la muralla era fea, desigual y apresurada.

Pero estaba en pie.

Los siete drones subieron sobre el perímetro. Algunos oficiales ocuparon torres improvisadas. La fogata ardió en el centro del fuerte, pequeña, vigilada, contenida, porque incluso el fuego parecía peligroso en aquel aire demasiado vivo.

Más allá de la valla, entre la vegetación oscura, los aullidos comenzaron otra vez.

Esta vez no estaban completamente expuestos.

Cerca del fuego, Kein se quedó dormido contra C0-UN1.

Dani le acomodó una manta encima. Wallace y Olyr discutían en voz baja sobre el sistema de refrigeración que intentarían construir al día siguiente.

Jin no se apartaba demasiado de la caja blindada del reactor.

Denn llevaba un rato recostado contra una caja vacía, con la espalda hundida en el metal y el cansancio pesándole en todo el cuerpo.

La gente descansaba como podía, abrigada bajo mantas térmicas, sacos abiertos y lonas dobladas.

La noche era fresca, casi fría, pero todavía soportable cerca del fuego y entre cuerpos reunidos.

Algunos comían lo que quedaba de las raciones junto con las primeras plantas que Wallace y Olyr habían marcado como seguras.

Allí, Juno se movía entre las lonas con una pequeña lámpara portátil colgada al cuello.

El resplandor directo destacaba las marcadas líneas de fatiga en su rostro y la concentración severa de su mirada.

Sus ojos oscuros revisaban cada vendaje improvisado con una fijeza meticulosa.

Se detuvo junto a un oficial herido para limpiarle una quemadura, hablándole con esa voz suave y amortiguada que lograba imponer un poco de calma frente a los aullidos del exterior.

Nadie estaba cómodo. No de verdad. Pero muchos parecían haberse permitido cerrar los ojos.

Gor llevó comida a Neil, que se había instalado en una de las torres improvisadas, mirando hacia el río.

Neil tomó el plato sin agradecer.

Denn lo observó desde lejos. Senlar se acercó a él.

—No lo rechazó —dijo Senlar, señalándolo apenas con la barbilla—. En él, eso ya es bastante.

Denn fingió una risa.

Senlar no rio.

—Necesito hablar contigo —dijo.

Denn asintió. Luego esperó.