Convergencia Capítulo VIII #6
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Capítulo VIII #6

—No lo digas como si fueras una molestia —dijo el Titiritero—.

Para mí es un placer recibirte. En este lugar solo importa lo que yo decido que importa.

Mataste a Morlak, Alfa se quedó sin líder durante un tiempo y eso terminó resultándome muy conveniente.

Ahora el líder soy yo. Así que dime, Vaquero… ¿qué quieres?

—Busco a una chica. Es posible que trabaje para Alfa.

El Titiritero parpadeó, divertido.

—¿Una chica?

—Se llama Cora. Alguien escuchó que podría tener información sobre el Augur. Es la única pista que tengo. Necesito encontrarla para llegar a él.

El Titiritero soltó una carcajada breve, casi feliz.

—¿El Augur? Así que alguien te pagó para matarlo. Lo tiene merecido.

—No voy a matarlo. Solo quiero hablar con él.

—Qué extraño te has vuelto, Vaquero. Ya no quieres matar a nadie… Solo quieres hablar. ¿Desde cuándo eres tan conversador? —Se acomodó en el trono, la mano todavía sobre la rodilla—. Lamento decepcionarte, pero el Augur es un fraude.

—No estoy interesado en tu opinión. ¿Puedes ayudarme, sí o no?

La diversión se le retiró del rostro, aunque permaneció en los ojos.

—Digamos que sé quién es la chica de la que hablas. ¿Por qué habría de entregártela?

—No necesito que me la entregues. Solo necesito hablar con ella. Lo que sabe puede interesarle a mucha gente. Entiendo que quieras quedarte con el Augur, solo necesito un momento con él.

—El Augur no me importa. Ya te dije que es un fraude. Tiene tantas mentes en la cabeza que ha perdido… —hizo una pausa, saboreando su propia broma. Se carcajeó— la cordura.

—Entonces las cosas son más sencillas. Me dejas hablar con Cora. Ella me dice dónde encontrarlo. Después me voy de aquí sin causarte ningún problema.

El Titiritero volvió a mover los dedos sobre su rodilla, uno por uno, como antes.

—Podría ayudarte… Pero tú lo sabes muy bien, Vaquero. La gente de Alfa no te aprecia demasiado. Muchos todavía se duelen por Morlak. No puedo ayudarte como si fueras un amigo. ¿Qué pensarían de mí?

—Dime el precio.

El Titiritero pareció recibir la frase como una caricia.

—No será barato. Tengo que convencer a los míos de que hice un buen negocio. Muchos entienden que intentar matarte podría ser más caro de lo que conviene, pero nadie estará contento si solo te doy lo que pides. Deben saber que obtuve todo lo posible. Deben sentir que te fastidiamos un poco.

—¿Qué quieres?

—Tu espada.

Dasslak no cambió de postura.

—La única forma de obtener esta espada es matándome. ¿Quieres intentarlo?

El Titiritero levantó ambas manos.

—Oh, no. No tendría ninguna oportunidad, no ahora. Además, ¿qué haría yo con ella?

—Nos haces perder el tiempo. Dime qué quieres por la información.

—Y yo que pensé que estábamos pasando un buen rato… Muy bien. Negocios. Sé cuánto cobras por tus trabajos. Bastante caro, debo decir.

—La cifra.

—Si estás dispuesto a sufrir todo esto por una pista, el trabajo debe ser especial. Muy especial.

—La cifra.

El Titiritero dejó pasar unos segundos, solo para que el silencio también cobrara algo.

—Dos millones de créditos.

Antes de llegar a Edmye, Dasslak había pedido a Yavar Aflir recursos para negociar con Alfa. Dos millones rozaban el límite, pero podía pagarlos. Aceptar demasiado rápido solo invitaría a subir el precio.

—No puedo —dijo—. Es demasiado.

Los guardias intercambiaron una mirada breve. El Titiritero se acomodó mejor en el trono.

—Ese es el precio. Necesitas hablar con un miembro de Alfa. Si quieres que lo permita, pagarás dos millones.

—Dos millones. Hablo con Cora y salgo de aquí sin que nadie se interponga. ¿Ese es el trato?

—Exactamente.

—Sigue siendo mucho dinero.

—Es un precio justo considerando lo que hiciste en el pasado.

Dasslak dejó que el silencio trabajara un poco. Alzó una mano, pero todavía no inició la transferencia.

—No me dejas opción —dijo al fin—. Dos millones.

El Titiritero abrió apenas los brazos y alzó el mentón, reclamando para sí una ovación inexistente.

—Excelente elección.

—Sincronicemos las cuentas.

Uno de los hombres del Titiritero sacó un dispositivo anticuado y pesado y emitió una señal de enlace. La interfaz personal de Dasslak reconoció el destino; él autorizó la transferencia. El hombre comprobó la confirmación en la pantalla y miró a su jefe.

—Está hecho. —El hombre sonrió orgulloso.

El Titiritero apoyó la espalda en el trono.

—Siempre es un placer hacer negocios con una leyenda.

—¿Entonces?

—Muy bien. Te daré lo que buscas.

Alzó una mano, las uñas pintadas de negro, y señaló sin prisa hacia el otro lado de la sala.

—Esa chica que ahora luce tan nerviosa. La que te trajo hasta aquí. —La estancia pareció perder sonido—. Ella es Cora.

La plusiniana dejó de respirar.

El Titiritero bajó la mano.

—Puedes llevártela.

Cora se levantó de la silla.

Demasiado rápido.

El Titiritero añadió, casi con dulzura:

—Ah, y hazme un favor, ¿quieres? Cuando termines con ella… mátala.

Entonces Cora corrió.

Dasslak giró al instante. Apenas alcanzó a verla cruzar la sala hacia el balcón, el cabello plateado golpeándole la espalda, la lluvia abriéndose ante ella como una cortina negra.

—¡Espera!

Cora no se detuvo.

Llegó al borde, se impulsó con ambas manos sobre la baranda y saltó hacia la ciudad.

Durante un segundo, su cuerpo quedó suspendido bajo la lluvia.

Luego desapareció.