Capítulo VIII #5
—No pude haber matado a todos si sigues con vida.
La sonrisa del Titiritero permaneció intacta.
—Quizá ese detalle juegue a mi favor hoy —dijo Dasslak.
Durante unos segundos, el Titiritero no contestó, solo lo miró con aquellos ojos grises demasiado despiertos.
—¿Dónde están mis modales? —dijo el Titiritero—. ¿Quieres un vaso de leche?
—No.
—Pues yo tomaré uno.
El Titiritero hizo una seña.
Uno de sus hombres se apartó del trono y caminó hasta una caja negra junto a la pared, baja, rectangular, con una pequeña puerta en el frente. La abrió y sacó una jarra llena de leche. Luego tomó de una repisa un vaso alto, demasiado alto para resultar práctico, y lo colocó en el suelo.
Dasslak lo miró sin mover la cabeza.
El hombre acercó la jarra al vaso, apoyó el pico sobre el borde y empezó a verter.
Al principio la leche cayó sin ruido. Después, mientras el vaso se llenaba, el hombre fue levantando la jarra despacio, alejándola cada vez más, hasta tenerla por encima de la cabeza.
El chorro blanco siguió cayendo desde aquella altura, recto, limpio, sin desperdiciar una gota.
Cuando el vaso estuvo lleno, la jarra estaba vacía.
El hombre la guardó de nuevo en la caja negra, tomó el vaso con ambas manos y se lo llevó al Titiritero.
El Titiritero tomó el vaso largo y empezó a beber.
No hizo pausas. No respiró. La leche descendía por el vidrio mientras él tragaba con los ojos puestos en Dasslak, como si aquella también fuera una forma de conversación.
Dasslak esperó.
En la sala, nadie se movió hasta que el vaso quedó vacío.
—Uf… —El Titiritero bajó el vaso con una satisfacción casi infantil—. Estaba deliciosa.
Se lo entregó a su subordinado. Un bigote de leche le había quedado sobre el labio superior. El Titiritero lo limpió con el pulgar.
La leche se fue.
La sonrisa no.
—Muchas personas te quieren muerto aquí en Brass, Vaquero.
—Eso escuché.
El Titiritero guardó silencio unos segundos.
No parecía molesto. Al contrario. La quietud de Dasslak le arrancó una sonrisa más lenta, más húmeda. Se inclinó apenas hacia delante, con la mano todavía apoyada sobre la rodilla, como si acabaran de ofrecerle algo difícil de rechazar.
—Mataste al anterior líder de Alfa —dijo—. Estás parado frente a un posible enemigo y aun así pareces muy tranquilo. ¿No has considerado que podría querer cobrar esa deuda?
—Sí.
El Titiritero dejó caer la cabeza hacia un lado, apenas.
—¿Y no te preocupa?
—No.
La sonrisa del Titiritero creció.
—Estoy preparado para ofrecer disculpas por nuestros altercados.
La sonrisa se detuvo.
—¿Disculpas?
—Estoy en tu casa. Sería descortés no hacerlo.
El Titiritero soltó una risa baja.
—El hombre de la leyenda no se disculpa.
—¿Leyenda? No me interesan las historias ni lo que digan de mí. Lo único cierto es que, además de cortés, soy un hombre modesto.
El Titiritero rio. La chica, desde su silla, sonrió sin hacer ruido.
—Eso veo.
El plusiniano miró a sus dos guardias. También ellos parecían atentos, aunque ninguno se permitió reír. Aquello le gustó más.
—Entonces no buscas problemas.
—No.
—Pero eso no importa, ¿cierto? —El Titiritero apoyó un codo sobre la rodilla levantada—. Si yo decidiera matarte ahora, tus disculpas no servirían de nada. Quizá te dejé venir hasta aquí solo para eso.
El rostro de Dasslak no mostró reacción alguna.
—Di mi palabra de que solo venía a hablar. No me gusta repetir las cosas.
La sonrisa del Titiritero se afiló.
Dasslak continuó:
—No busco problemas. Si aun así quieres matarme, te pediré que no lo hagas.
—¿Y si ignoro tu petición?
—Entonces mataré a todos los miembros de Alfa que tenga que matar.
La sala quedó quieta.
—A ti no —añadió Dasslak—. No al principio. Vine por información. Primero me dirás lo que quiero saber.
El Titiritero no dejó de sonreír.
—¿Y después?
—Después destruiré este lugar hasta los cimientos.
La lluvia golpeó el balcón.
Dasslak no levantó la voz:
—Así que dime, ¿qué quieres hacer?
El Titiritero estaba radiante. Sus guardias, no. Las armas salieron al mismo tiempo. Dos cañones apuntaron al pecho de Dasslak.
—¡Como si fuéramos a permitir eso! —dijo uno de ellos.
La voz le tembló más que la mano.
Dasslak no lo miró. Mantuvo la vista en el Titiritero.
La chica, al otro lado de la sala, había dejado de sonreír.
—Bajen las armas —dijo el Titiritero.
Ninguno obedeció de inmediato. Su sonrisa se ensanchó.
—Van a lograr que este hombre nos mate a todos.
Uno de los guardias giró apenas la cabeza hacia él.
—Jefe…
—Solo vino a hablar.
—Acaba de decir que destruirá…
El Titiritero golpeó los brazos del trono con ambas manos.
—¡Estropeas el momento!
Los guardias bajaron las armas poco a poco.
Dasslak cruzó los brazos.
—No voy a matar a nadie, si no me obligan a ello.
La sonrisa del Titiritero volvió a encenderse.
—Solo necesito información. Si me la das, me iré. No estoy interesado en incomodar más de lo necesario.