Convergencia Capítulo VIII #4
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Capítulo VIII #4

Dasslak lo notó de reojo.

La plusiniana llegó hasta la pared blanca, y Dasslak se detuvo unos pasos antes. Ella sonrió, apoyó un dedo sobre un punto casi imperceptible incrustado entre dos figuras geométricas y lo presionó.

Algo respondió detrás de la pared: un golpe bajo, casi apagado, y luego un mecanismo empezó a moverse en algún lugar oculto.

—Estos son los ascensores —dijo ella.

Dasslak bajó la mirada hacia el pequeño botón, apenas distinguible sobre la superficie blanca. Luego se acercó.

Un pequeño chasquido húmedo llamó su atención.

Miró la boca de la chica. Ahora mascaba chicle. No lo hacía antes.

La plusiniana infló una pequeña burbuja, la reventó entre los dientes y levantó la vista hacia él.

—¿Qué?

El asesino no contestó.

—Yo también puedo ignorarte, ¿sabes?

Apartó la cara. Se rindió un segundo después.

—¿Esa espada es muy pesada?

Algo bajaba detrás de la pared, lento, oculto, con un temblor leve que apenas alcanzaba el suelo. Ella siguió mascando, cada golpe de mandíbula suave, exacto, irritante.

La pared emitió un crujido bajo. Una línea vertical apareció donde antes solo había pintura blanca, fina como una grieta recién abierta. Las figuras geométricas se partieron en dos y, al instante siguiente, dos paneles se deslizaron hacia los lados, revelando el interior iluminado del ascensor.

Estaba sobrecargado, más estrecho de lo que prometía la pared que lo ocultaba.

Dentro había cinco hombres flacos y uno demasiado gordo para aquel espacio.

Todos llevaban los rostros maquillados con colores violentos, las bocas pintadas en sonrisas torcidas y ropas chillantes que parecían elegidas para molestar a la vista.

Uno tenía un sombrero diminuto sujeto con una correa bajo la barbilla.

Otro sostenía una caja metálica contra el pecho, aferrándola con ambas manos.

—¡Suben! —gritó el que manipulaba los controles desde el interior.

La voz rebotó en el interior estrecho del ascensor. Dasslak hizo una mueca apenas visible.

La plusiniana lo tomó del brazo y entró primero, arrastrándolo consigo. Los ocupantes se comprimieron: el hombre gordo hundió el abdomen, uno de los flacos giró de lado y otro levantó los brazos. La caja metálica quedó atrapada entre dos cuerpos, y algo golpeó dentro, seco, una sola vez.

La espada de Dasslak complicó aún más el acomodo.

El mango sobresalía por encima de su hombro, demasiado alto, demasiado presente, y obligó a uno de los hombres maquillados a doblar el cuello para apartarse de su trayectoria. Nadie tocó la espada. Nadie pidió que la moviera.

La plusiniana aprovechó el apretón para pegarse a su pecho, sonriente, cómoda en la incomodidad de todos. Él tuvo que bajar la mirada para encontrarle los ojos. No podía apartarla sin empujar a tres personas más.

—¿Qué piso? —preguntó el hombre de los controles.

La plusiniana no dejó de mirar a Dasslak.

—Planta alta, por favor —dijo con dulzura.

El hombre presionó un botón. Los paneles se cerraron.

Dasslak miró el panel. Solo había dos opciones. Planta Baja. Planta Alta. Nada más.

El ascensor se activó con un tirón seco y empezó a subir a golpes, como si el mecanismo tuviera que convencerse de funcionar en cada tramo. La plusiniana seguía pegada a Dasslak, sonriente; los demás pasajeros miraban el panel.

Sobre ellos, un pequeño indicador luminoso seguía marcando Planta Baja.

No cambiaba.

Una melodía suave empezó a sonar desde algún lugar del techo.

Era peor que el silencio.

—Es una linda espada esa que traes en la espalda —dijo la plusiniana—. ¿Me la prestas?

Dasslak no respondió.

Mantenía la mirada baja, fija en el panel, aunque no solo miraba el panel. Medía el brazo del hombre junto a los controles, las manos de los pasajeros, el espacio disponible, las respiraciones demasiado cercanas.

—Me gusta cómo hueles, Vaquero —dijo ella.

El hombre que tenía la cabeza torcida por culpa de la espada olfateó el aire, curioso, como si quisiera comprobarlo.

Dasslak le clavó la mirada.

El hombre dejó incluso de respirar.

La plusiniana se cubrió la boca con una mano, fingiendo discreción, y rio entre los dedos.

El ascensor soltó un timbre agudo, casi alegre, y se detuvo con una última sacudida.

Las puertas se abrieron junto al brazo izquierdo de Dasslak.

Durante un segundo nadie se movió. Luego la plusiniana bajó la mirada hacia el hueco estrecho que les quedaba para salir y sonrió, como si aquello también fuera parte del juego.

—Un poco más… —dijo.

La plusiniana tuvo que girar primero, pegada todavía al pecho de Dasslak, buscando sitio entre su cuerpo y la puerta. Dasslak movió apenas el hombro, calculando el espacio que le permitía la espada.

Salieron casi de lado.

La plusiniana cayó al pasillo con una risita breve. Dasslak salió detrás, más rígido, con la mandíbula apretada.

Dasslak tiró de la gabardina para acomodarla y corrigió la posición de la espada a su espalda. Un hombre venía en dirección contraria: alto, delgado, con un sombrero larguísimo y estrecho que casi rozaba el techo. Al pasar junto a ellos, se lo quitó con una cortesía impecable.

—Buen día.

Luego se metió en el ascensor.

—Es por aquí —dijo la plusiniana, y empezó a caminar por el pasillo.

—¡Bajan! —gritó el hombre de los controles.

Dasslak miró atrás.

Nadie más había salido.

Los hombres seguían dentro, casi en la misma posición, intentando hacer sitio al recién llegado.

Uno inclinó la cabeza hacia la caja metálica; el que la sostenía la apretó contra el pecho y le mostró los dientes.

El hombre del sombrero se comprimió con paciencia, doblando el cuello para no aplastar la copa contra el techo.

Las puertas empezaron a cerrarse.

—No te distraigas, Vaquero —dijo la chica.

Dasslak la siguió por el pasillo. A sus espaldas, antes de que se alejaran demasiado, la voz del hombre de los controles volvió a rebotar dentro del ascensor.

—¿Qué piso?

Las puertas se cerraron.

La plusiniana no miró atrás.

Unos metros más adelante, ella dobló a la derecha. El corredor continuaba por allí y se ensanchaba poco a poco a medida que avanzaban. Al final no había puerta; solo una abertura limpia que daba paso a una estancia.

Dasslak cruzó el umbral y dejó atrás el pasillo.

El espacio se abrió de golpe ante él, amplio.

El techo se perdía arriba, entre vigas blancas, cables suspendidos y lámparas largas que parpadeaban con una luz fría.

Había columnas delgadas, maniquíes sin rostro colocados contra las paredes, cortinas plásticas moviéndose con el viento que entraba desde el balcón y varias jaulas vacías colgadas a distintas alturas.

En una esquina, una máquina vieja proyectaba sobre el suelo figuras geométricas que se desplazaban siguiendo siempre la misma secuencia.

Frente a la entrada, un balcón enorme daba hacia la ciudad.

La lluvia caía más allá, inclinada por el viento, golpeando la baranda negra y el suelo exterior con una insistencia casi animal.

Brass se extendía debajo: luces enfermas, techos hundidos en agua, torres apretadas, anuncios rotos que parpadeaban entre la tormenta.

Dentro, la sala estaba seca.

Demasiado seca.

Dasslak giró la mirada hacia la izquierda.

El Titiritero estaba sentado en un trono.

No era una silla grande fingiendo humildad.

Era un trono: alto, estrecho, blanco como hueso pulido, con líneas de colores pintadas en los brazos y el respaldo.

Demasiado ceremonial para ser una broma, demasiado extravagante para ser serio.

A ambos lados permanecían dos miembros de Alfa, inmóviles, maquillados, con las manos cerca de las armas.

La chica se colocó junto a Dasslak. Durante un segundo pareció querer saltarse aquella parte, pero no lo hizo.

—Él es el Titiritero —murmuró, sin entusiasmo—. Actual líder de Alfa.

Dasslak no respondió.

El Titiritero sonreía.

Tenía la piel pálida, casi luminosa, y el cabello blanco levantado hacia atrás en una punta rígida, demasiado cuidada para parecer accidental.

Los ojos grises, afilados y claros, miraban con una alegría que no necesitaba motivo.

Bajo cada uno llevaba una línea tatuada, fina, vertical, acompañada por tres puntos diminutos.

Estaba sentado de lado en el trono, con una pierna recogida sobre el asiento y la otra abandonada hacia el suelo.

Apoyaba una mano sobre la rodilla levantada.

No llevaba camisa. El torso pálido, delgado y marcado, mostraba una musculatura seca, más nervio que volumen, atravesada por cicatrices de tamaños distintos: una bajo el pezón derecho, otra cerca del vientre, otra en el costado.

Vestía un pantalón ancho, de un verde chillante, sostenido por dos tirantes que subían hasta los hombros sin cubrirle el pecho.

Las botas negras, altas y pesadas, tenían correas, hebillas y puntas gastadas por el uso.

Estaba cómodo, como si Dasslak hubiera llegado tarde a una función que él llevaba horas disfrutando.

—Bienvenido, Vaquero —dijo—. Acércate, por favor.

La voz fue suave. Casi educada.

Dasslak caminó hasta quedar a unos metros del trono.

La chica tomó la dirección contraria y cruzó hacia el otro lado de la sala, donde había una silla solitaria junto a la pared. Se dejó caer allí, cruzó las piernas y observó con una seriedad desacostumbrada, teñida de fastidio.

El Titiritero inclinó apenas la cabeza.

—¿Me recuerdas?

—Sé quién eres —dijo Dasslak—. No recuerdo haber tratado nunca contigo.

La sonrisa del Titiritero se ensanchó, pero no llegó a volverse risa.

—Yo aún era un niño. Hace unos treinta años. Ranore. Una taberna con el techo bajo, tres lámparas rojas y una mujer que cantaba muy mal.

Hizo una pausa, como si la memoria tuviera sabor.

—Tú entraste a matar a un hombre.

Dasslak lo dejó hablar.

—Terminaste matando a todos. —El Titiritero movió los dedos sobre su rodilla, despacio, uno por uno—. ¿Lo recuerdas?

—Con una descripción tan simple como esa, podrías estar hablando de muchos trabajos.

El Titiritero lo miró en silencio.

Dasslak añadió:

—Algo de eso que dices al menos no es cierto.

—¿Ah, sí?