Capítulo VIII #3
—Asegura que solo quiere hablar, ¿sí? Dice que da su palabra, ¿sí? ¿Qué debo hacer? ¿Sí?
En la torre, el Titiritero seguía mirando hacia el hangar bajo el paraguas. La sonrisa no se le había movido.
Sacó la lengua apenas y saboreó el aire mojado.
—Dile que puede venir.
Sonrió.
Había cosas que no convenía desperdiciar.
Era plusiniano, como buena parte de Alfa. Los de su especie eran conocidos por su encanto fácil, su crueldad caprichosa y esa inquietante capacidad de parecer irracionales incluso cuando sabían exactamente lo que hacían.
A primera vista casi pasaban por humanos, salvo por la palidez excesiva de la piel, las orejas terminadas en una punta fina y la nariz recta, estilizada, apenas hundida en el rostro.
—¿Quiere que lo lleve? ¿Sí?
La sonrisa del Titiritero se apagó de golpe.
—No te atrevas a venir aquí, criatura asquerosa.
Golat encogió los tentáculos bajo su cuerpo.
El Titiritero volvió a sonreír.
—Él sabe llegar solo.
El comunicador quedó abierto un instante más, lleno de estática y lluvia. Y luego silencio.
Los tres ojos de Golat permanecieron fijos en el panel.
Entonces, sin que nadie diera una orden, los hombres dejaron de apuntar.
Primero los de la cabina. Luego los de la pasarela. Después, los que estaban abajo, entre los brazos de carga, y hasta los que vigilaban cerca de la nave. Las armas descendieron con una obediencia demasiado exacta para haber nacido del sentido común.
Dasslak miró apenas hacia un lado.
Nadie había gritado. Nadie había hecho una señal visible.
Golat se estiró otra vez hacia la abertura bajo el cristal. Esta vez lo hizo con más cuidado, como si la ventanilla le perteneciera menos que antes.
—El Titiritero dice que puedes continuar, ¿sí? —dijo—. Te recibirán en la Torre. Puedes ir solo, ¿sí?
—Lo escuché. Cuida bien mi nave.
Dasslak ya empezaba a caminar. Uno de los ojos de Golat bajó hacia la espada. Otro hacia la nave. El tercero no se atrevió a abandonar el panel.
—Mi nombre es Golat, ¿sí? —gritó—. Por si no quedó claro.
Dasslak dejó atrás el hangar y avanzó hacia la torre.
No había una ruta directa. Alfa obligaba a entrar en su territorio por dentro: callejones estrechos, pasos techados con placas mal soldadas, escaleras industriales, corredores entre edificios bajos y túneles donde la luz de los letreros convertía la lluvia en manchas rojas, violetas y verdes.
Las paredes estaban cubiertas de símbolos de la pandilla, rostros pintados con sonrisas extendidas más allá de las comisuras, advertencias escritas unas sobre otras y pantallas pequeñas donde figuras maquilladas reían sin sonido.
El distrito olía a drenaje caliente, grasa quemada y productos químicos baratos.
Dasslak caminó sin prisa.
A los lados, las puertas se cerraban antes de que él pasara. Una mujer con media cara cromada dejó de discutir con un vendedor y se apartó bajo un toldo de plástico. Dos criaturas encorvadas, cubiertas con impermeables transparentes, bajaron la cabeza al reconocerlo.
No todos sabían quién era.
Los que sí, avisaban a los demás sin hablar.
Una mano golpeaba una persiana. Una luz se apagaba.
Un niño que se había reído al verlo fue arrastrado hacia el interior de una tienda.
En una esquina, tres miembros de Alfa lo vieron pasar desde debajo de máscaras blancas, inmóviles, con armas colgando de los hombros y sonrisas pintadas en la tela. Ninguno se acercó.
La torre esperaba al final del recorrido, cada vez más grande entre los edificios. Bajo ella se abría la entrada.
Dasslak entró en la Torre Alfa sin detenerse.
El vestíbulo no intentaba imponer respeto, si es que intentaba algo.
Las paredes blancas, demasiado limpias para Brass, estaban cubiertas de figuras geométricas en colores violentos: círculos amarillos, triángulos verdes, líneas rojas que se cruzaban sin patrón visible y terminaban en rostros pintados con sonrisas desmedidas.
En el centro, una fuente enorme lanzaba chorros de un líquido blanco con tanta presión que salpicaba el suelo a varios metros.
Dos hombres lo limpiaban sin descanso. Apenas terminaban una zona, la espesura volvía a caer sobre ella.
Una mujer de traje los vigilaba con una tablilla en la mano, anotando algo cada vez que uno de los dos se retrasaba.
Al fondo, detrás de un mostrador brillante, una joven gritaba números con voz alegre. Frente a ella, casi un centenar de personas ocupaban filas de sillas atornilladas al suelo.
—¡Siete millones trescientos ocho mil cuarenta!
Un hombre levantó la mano.
—Yo.
La joven señaló una puerta. El hombre entró al mismo tiempo que otro salía con la cara pálida. Llevaba una camisa de mangas largas, aunque las mangas no le cubrían ni las muñecas, y se la ajustaba con una incomodidad casi dolorosa.
El recién salido caminó hasta una máquina dispensadora y tomó otro número. Lo miró con fastidio, como si el papel lo hubiera insultado.
—Maldita sea —murmuró—. Voy a llegar tarde a casa.
Dasslak permaneció cerca de la entrada, bajo la luz blanca del vestíbulo.
Se retiró la capucha sin prisa. El agua seguía escurriéndose desde los bordes de la gabardina y caía a sus pies en gotas gruesas.
Miró la fuente, las puertas, los hombres armados que fingían no ser guardias y las estatuas del fondo: mujeres desnudas, deformadas por sonrisas demasiado grandes, pintadas con los mismos colores que las paredes.
Nadie pareció mirarlo directamente. Dasslak esperó.
Una puerta se abrió al fondo del vestíbulo. Dasslak alzó la mirada.
Una plusiniana apareció entre la luz blanca.
Tenía el cabello plateado, largo hasta la cintura, las orejas finas terminadas en punta y unos ojos grises de una claridad casi artificial.
Vestía una chaqueta negra de acabado brillante, caída de los hombros como si llevarla puesta del todo fuera una concesión excesiva.
Debajo, un top ceñido se ajustaba al torso y le dejaba el vientre descubierto; más abajo, unos pantalones cortos de cuero oscuro quedaban sujetos por cinturones, cadenas y correas que caían hasta los muslos.
Varias bandas negras le rodeaban las piernas, una de ellas cargada con una pequeña funda lateral.
Las botas altas, pesadas, terminaban de darle un aire de chica salida de un callejón peligroso y arreglada para una función privada.
No se había vestido para protegerse de Brass, sino para obligar a la ciudad a mirarla. En otro lugar, su rostro habría parecido delicado. Allí, aquella sonrisa lo volvía peligroso.
El asesino la vio echar a andar hacia él sin prisa. Varios aros diminutos tintineaban en su oreja izquierda con cada paso. En la derecha llevaba menos adornos: un pendiente largo, oscuro, que oscilaba junto al cuello.
Dasslak no se movió.
Cuando llegó hasta él, la plusiniana se enganchó de su brazo.
—Hola, Vaquero —dijo—. Eres más alto de lo que esperaba.
Dasslak bajó la mirada hacia el brazo de ella, enlazado con el suyo.
Ella no se apartó.
Él se soltó sin brusquedad. La plusiniana abrió un poco la boca.
—Qué malo… —La sonrisa volvió antes de terminar la frase—. Me gustan los hombres malos.
—Vengo a ver al jefe de Alfa.
—Estás de suerte…
Dio un pequeño giro sobre sí misma y volvió a quedar frente a él.
—¿Eres la jefa de Alfa? —preguntó con ironía.
—Todavía no —respondió ella, y le guiñó un ojo.
Dasslak la observó un instante.
—¿Vas a llevarme arriba con el Titiritero o debo hablar con alguien más?
—Los negocios pueden esperar. Podríamos divertirnos primero.
Caminó un par de pasos hacia atrás y señaló las estatuas del fondo.
—Saca tus pistolas. Dispara contra una. Quiero comprobar tu puntería.
Dasslak miró las estatuas apenas un instante.
—No.
—¿No?
—No tengo tiempo para esto.
Y empezó a caminar sin rumbo preciso, internándose en el edificio.
La plusiniana esperó inmóvil un momento, luego lo persiguió de prisa, esta vez sin tocarlo, pero acercándosele mucho, con las manos detrás de la espalda. Olía a perfume intenso, humo y algo metálico.
—No es por ahí.
El asesino se detuvo. Ella siguió de largo y fingió detenerse de golpe.
—¿Me llevarás con tu jefe o no?
—Asumes mucho.
La frase salió dulce, casi cantada.
Dasslak volvió a caminar.
—Dijeron que eras más entretenido.
—¿Dónde está?
La plusiniana volvió a engancharse de su brazo.
Dasslak la apartó, esta vez con menos delicadeza.
La sonrisa de ella se apagó un momento.
—Oh —murmuró—. Sí que eres malo.
Dasslak no respondió.
La plusiniana lo miró desde abajo, quieta, como si estuviera decidiendo si morderlo o aplaudirle. Luego la sonrisa volvió, amplia y brillante.
—El Titiritero te espera arriba.
La plusiniana giró hacia la izquierda y empezó a cruzar el vestíbulo. Dasslak no la siguió.
Aquel lado estaba casi desnudo. Las estatuas y los adornos desaparecían antes de llegar allí, dejando únicamente una pared blanca y lisa, atravesada por las mismas figuras geométricas del resto del edificio. No había puertas ni corredores visibles.
La plusiniana avanzó unos pasos más antes de notar que iba sola.
Se detuvo y lo miró.
—¿No vienes?
Le hizo una seña con la mano, exagerada, casi impaciente.
Dasslak miró la pared. Luego el resto del vestíbulo.
Nadie parecía prestarle atención. Ni la joven del mostrador, ni los que esperaban sentados, ni la mujer de traje, ni los hombres que seguían limpiando el líquido blanco del suelo.
Después caminó hacia ella.
La sonrisa de la plusiniana se ensanchó de inmediato. Lo esperó hasta que él estuviera cerca, y volvió a caminar.
—Sígueme. Y no mates a nadie todavía. Arruinarías la sorpresa.
Dasslak avanzó detrás de ella.
La fuente siguió lanzando su líquido blanco contra el aire. Los dos hombres siguieron limpiando.
La joven del mostrador volvió a inclinarse hacia la sala con una alegría impecable: «¡Siete millones trescientos ocho mil cuarenta y uno!».
La mujer de traje miró el agua que Dasslak había dejado en la entrada y el rastro húmedo que iba marcando sobre el suelo blanco con cada paso, pero no a él. Chasqueó los dedos, y uno de los limpiadores corrió de inmediato con el trapeador.