Capítulo VIII #2
Edificios sobre edificios. Mercados bajo hangares.
Templos falsos entre talleres de armas. Clínicas sin nombre junto a bares blindados.
Refugios, prostíbulos, depósitos, comedores, puestos de piezas humanas y mecánicas.
Todo apretado bajo la lluvia constante, iluminado por letreros, ventanas y lámparas industriales, como si el cielo llevara años intentando lavar la ciudad y la ciudad hubiera aprendido a pudrirse más rápido.
En el núcleo de aquel desorden se levantaba la torre Alfa.
No era la más alta. No necesitaba serlo.
Bastaba con ver cómo el barrio se ordenaba alrededor de ella: edificios más bajos pegados a sus costados, hangares privados, pasarelas armadas, calles estrechas, callejones cubiertos y plataformas de vigilancia encajadas entre fachadas negras por la lluvia.
Un pedazo de ciudad convertido en propiedad.
Nada allí parecía libre. Nada parecía público.
El resto de Brass se amontonaba. Alfa ocupaba.
La comunicación entró antes de que terminara la aproximación.
—Nave sin registro —canturreó una voz suave, demasiado alegre—. Habla, cariño. ¿Qué vienes a buscar en nuestro distrito? Contesta antes de que te mastiquemos el casco.
Dasslak desactivó los escudos de la nave. En Autoro, ciertos gestos abrían puertas más rápido que cualquier nombre.
—Vengo por negocios —dijo—. Soy un viejo conocido.
Hubo silencio al otro lado. No duró mucho.
En Brass, una nave desconocida era una posibilidad de cobro. Permiso temporal, descenso, hangar, seguridad local: todo tenía precio allí, incluso la sospecha.
—Paga y baja, cariño —canturreó la voz.
Dasslak aceptó el cargo.
Entonces le enviaron coordenadas de descenso hacia un hangar propiedad de Alfa, frente a la cara oriental de la torre.
La nave descendió hasta una plataforma abierta, sin compuertas ni techo, apenas cercada por torres de servicio, brazos de carga oxidados y barreras luminosas que temblaban bajo la lluvia.
El agua golpeaba el metal con un sonido espeso, casi aceitoso, y bajaba por los drenajes en hilos oscuros.
Más allá del borde del hangar, Brass seguía moviéndose: zumbidos de maquinaria, gritos lejanos, anuncios rotos, música distorsionada saliendo de algún callejón demasiado cercano.
Dasslak apagó los sistemas, tomó la espada, revisó los revólveres bajo la gabardina y abrió la rampa. La lluvia golpeó de inmediato, fría, pesada, con olor a metal viejo. Se colocó la capucha.
El administrador lo esperaba en una cabina elevada, detrás de un cristal manchado por la humedad. O, al menos, Dasslak supuso que lo esperaba.
Golat.
Dasslak subió por una pasarela metálica hasta la ventanilla. La lluvia caía oblicua, rebotando contra el cristal. Desde una abertura estrecha bajo el vidrio salía un aire tibio, agrio, mezclado con olor a cables calientes, encierro y comida fermentada.
—¿Cuál es tu nombre? —preguntó el asesino. Tuvo que levantar más la voz de lo que le gustaba para que pudiera oírsele en el aguacero.
Golat estaba detrás del mostrador, encajado en una silla demasiado baja. Miraba hacia arriba.
—¿Sí? ¿Quién quiere saberlo? ¿Sí? —dijo la criatura en un tono agudo, apenas entendible—. ¿Qué asunto tienes conmigo? ¿Sí?
Sus tres ojos negros sobresalían de su cabeza y se movían con ritmos distintos: uno miraba a Dasslak, otro seguía la lluvia al otro lado del cristal y el tercero parecía vigilar a sus propios hombres.
La boca, diminuta, se abría apenas cuando respiraba.
A los lados del cráneo, unos orificios húmedos se contraían con cada sonido del hangar.
En el cuello, las branquias pálidas temblaban bajo la luz sucia, respirando la humedad encerrada.
El resto del cuerpo era una masa clara, rugosa, protegida por una piel gruesa y sostenida sobre tentáculos cortos que se contraían y estiraban con una lentitud desagradable.
—La mayoría suele llamarme Dasslak.
Uno de los hombres al fondo dejó de balancearse en la silla.
Era joven, aunque en Brass eso no significaba demasiado. Tenía implantes baratos incrustados en la cara y una sonrisa torcida que se le apagó al escuchar el nombre. Una pistola descansaba sobre sus rodillas, sostenida hasta entonces con una mano floja.
Miró a Dasslak una vez. Luego otra. La segunda vez ya no miró el rostro ni la gabardina. Miró la espada.
Se levantó demasiado rápido.
—Señor Golat…
Golat giró apenas la cabeza. Los tentáculos bajo su cuerpo se contrajeron con un sonido húmedo.
—¿Sí?
—Es el Vaquero.
La cabina pareció estrecharse.
Otro de los hombres de Golat, apoyado junto a la puerta, bajó la mano hacia el arma. El primero ya la levantaba.
Dasslak no se movió.
La lluvia repiqueteaba sobre el cuero negro envejecido de su gabardina y caía desde los pliegues hasta la pasarela.
Golat abrió los tres ojos hasta que la piel rugosa de su frente se tensó.
—¿Cuál vaquero? ¿Sí?
—El Vaquero —repitió el hombre, y esta vez la voz le salió más baja.
Uno de los tentáculos de Golat se recogió bajo la masa clara y salió disparado hacia el botón de la megafonía, donde lo hundió con un golpe húmedo. Dijo algo en una lengua áspera, llena de chasquidos. La orden sonó por los altavoces.
El hangar respondió.
Hombres salieron de las sombras entre los brazos de carga, desde una puerta lateral, desde debajo de una plataforma cubierta con lonas negras.
Algunos llevaban armas largas. Otros, cuchillos demasiado grandes para servir de herramienta.
Uno venía riéndose solo, hasta que vio a Dasslak y dejó de hacerlo.
Dasslak los contó sin mirar a cada uno por separado.
Siete en la cabina y la pasarela.
Cuatro abajo.
Dos más detrás de la nave.
Suficientes para un recibimiento. No para un problema.
—¿Vienes a matarme? ¿Sí? —preguntó Golat.
Sus branquias se abrieron y cerraron más rápido.
—No.
—¿Tienes idea de quién soy yo? ¿Sí?
—Ese de ahí acaba de llamarte Golat.
El alienígena hizo una pausa mínima.
Uno de los hombres afianzó el arma.
Dasslak ni siquiera lo miró.
—Relájate —dijo—. Si hubiera venido a matarte, ya estarías muerto.
Golat emitió un chillido torcido.
—Eso no relaja, ¿sí?
—Vengo a hablar con tu jefe.
La lluvia siguió cayendo.
Golat estiró un tentáculo hacia un panel viejo incrustado en la pared, protegido por una carcasa metálica llena de golpes. Introdujo los comandos con un ojo puesto en la pantalla y los otros dos clavados en Dasslak; uno se le escapaba hacia la espada cada pocos segundos.
La pantalla escupió estática.
Luego sonido.
—¿Qué quieres? —dijo una voz ronca al otro lado, lenta y pastosa, como si cada palabra tuviera que despegarse de la garganta.
Golat inclinó la cabeza con una torpeza casi reverencial.
—Necesito hablar con el jefe, ¿sí?
—Él está escuchando. Habla.
Golat tragó aire por las branquias.
—Lamento molestarlo, ¿sí? El Vaquero está aquí.
Hubo una pausa.
No una pausa vacía.
El comunicador quedó abierto. La lluvia llenó el hueco: contra el cristal, contra la pasarela, contra la gabardina. Nadie habló. Nadie bajó el arma.
—¿El Vaquero? —preguntó la voz al fin—. ¿El asesino?
—El mismo, ¿sí? —dijo Golat—. Está frente a mí. ¿Qué debo hacer? ¿Sí?
Otra pausa.
Luego se oyó una voz distinta.
Más baja. Más limpia.
—Aguarda.
Golat se quedó inmóvil.
Los hombres también.
Dasslak reconoció el cambio antes de que nadie dijera el nombre.
El Titiritero.
Al otro lado del comunicador, en uno de los niveles altos de la Torre Alfa, el hombre se levantó de su asiento.
Hizo una seña con dos dedos y uno de sus acompañantes se acercó de inmediato, sosteniendo el comunicador mientras la conexión seguía activa. El Titiritero caminó hacia el balcón sin apartar la sonrisa del rostro. En el perchero junto a la salida colgaba un paraguas enorme, negro, elegante.
Lo tomó con cuidado.
—No debo mojarme —dijo—. Mi madre me mataría.
Abrió el paraguas antes de salir.
Luego pareció recordar algo y sonrió más.
—Oh. Cierto. Mi madre está muerta.
La lluvia lo recibió con un golpe denso, inclinado por el viento.
Desde aquel balcón, la parte oriental del distrito se extendía bajo él en capas de metal, luz enferma y techos anegados.
A unos cientos de metros, al otro lado de varias azoteas bajas y brazos de carga, la plataforma de Golat brillaba bajo la lluvia.
—El visor —pidió.
El hombre que lo acompañaba le entregó unos binoculares antiguos, pesados, con los bordes gastados por el uso. El Titiritero se los llevó a los ojos.
La lluvia deformaba las luces, pero no lo suficiente.
Vio la nave. Vio la cabina elevada. Vio a los hombres de Golat repartidos sobre la pasarela y el hangar abierto. Vio las armas apuntando hacia una sola figura quieta bajo la capucha, con la gabardina negra empapada y la espada a la espalda.
La sonrisa se le ensanchó.
El Titiritero bajó apenas los binoculares.
—¿De verdad es él, criatura? —preguntó hacia el dispositivo que su hombre sostenía.
—En efecto, ¿sí? Yo mismo lo reconocí. Desde que bajó de su nave, ¿sí?
—¿Qué está haciendo ahí? —preguntó el Titiritero.
—Dice que quiere hablar, ¿sí?
Al otro lado hubo una risa.
—¿El Vaquero ha venido a hablar? —dijo el Titiritero—. ¿No será que ha venido a matarnos?
Golat miró el panel. Luego miró a Dasslak, al otro lado del cristal.
Uno de sus tentáculos se levantó despacio y cayó sobre la rejilla del micrófono, cubriéndola con una torpeza húmeda.
Con otros dos se apoyó en los bordes de la silla baja y empezó a izar su cuerpo hacia la ventanilla.
La masa clara se estiró, resbaló un poco, volvió a subir.
Sus tres ojos quedaron a distintas alturas, demasiado abiertos, mientras acercaba la cabeza a la abertura bajo el cristal.
—¿No será que has venido a matarnos? ¿Sí? —susurró.
El susurro le salió agudo, trabajoso, casi más escandaloso que si hubiera hablado normal.
Dasslak lo miró un instante.
—Solo he venido a hablar. Dile que le doy mi palabra.
Golat se dejó caer otra vez en la silla con un golpe blando. El tentáculo que cubría el micrófono se apartó tarde, como si hubiera olvidado para qué estaba allí.