Convergencia Capítulo VIII
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Capítulo VIII

Alfa

Dasslak llevaba trece días en la residencia Afkbar.

Demasiado.

Aquel lugar no necesitaba cerrarse sobre sus visitantes para hacerlos sentir atrapados. Le bastaba con su tamaño. Los corredores se extendían como avenidas interiores, revestidos de piedra negra y superficies oscuras que devolvían reflejos incompletos.

Había techos altos, muros gruesos, puertas blindadas disimuladas bajo paneles lisos y galerías abiertas hacia patios interiores donde los jardines geométricos continuaban la misma disciplina que se veía desde el aire.

Nada parecía colocado por capricho. Incluso el lujo tenía algo funcional, casi hostil.

Dasslak había aprendido sus rutas años antes, aunque ahora el lugar era algo distinto. Conocía el camino hacia los hangares privados, los ascensores restringidos, el ala de invitados, los pasillos donde siempre había dos hombres armados y aquellos donde no había ninguno.

La mañana en que uno de los hombres de Shar apareció frente a su habitación, la residencia aún permanecía en una quietud pesada.

Tras los ventanales altos, el cielo empezaba a aclararse sobre los patios exteriores, pero la luz apenas entraba: se quebraba contra los cristales oscuros y caía sobre el suelo en franjas apagadas.

—El capitán quiere verlo —dijo el pirata—. Hay noticias de la mujer.

Dasslak ya estaba caminando antes de que terminara la frase.

No preguntó cuáles.

El pirata aceleró para alcanzarlo y tomó la delantera.

El estudio de Shar estaba en una de las alas interiores, lejos de los patios de aterrizaje y de las zonas donde se movía la servidumbre armada de la casa. Dos hombres custodiaban la entrada. No hablaron al verlo llegar.

Uno abrió la puerta y el escolta hizo pasar a Dasslak.

Shar Afkbar lo esperaba dentro.

—Aquí está Dasslak, señor —anunció el pirata.

—Déjalo ahí —dijo Shar, sin apartar la vista de los datos que cruzaban frente a sus ojos—. Ya hablaré con él.

El pirata se retiró.

Dasslak no se sentó de inmediato. Miró la silla, luego a Shar, luego el estudio. Lo midió por costumbre: puertas, ventanales, distancia hasta el escritorio, manos armadas a la puerta.

Al final se sentó.

Shar seguía leyendo. Los archivos se reflejaban en sus ojos con destellos breves mientras movía los dedos en el aire. Autorizaba rutas, negaba permisos, aprobaba ataques. No parecía apurado. En su casa, incluso el silencio le pertenecía.

Dasslak esperó.

Un minuto.

Dos.

Shar cerró un archivo con un gesto lento.

—¿Cómo has dormido?

—Mal.

—Qué desgracia —dijo Shar—. Y yo creyendo que mi casa estaba a la altura del legendario asesino.

—Tu casa no es el problema.

Shar levantó la mirada.

—Eso casi suena amable.

—No lo era.

La sonrisa de Shar apareció apenas, dura en los bordes.

—Entonces, ¿qué te mantiene despierto?

Dasslak no respondió de inmediato. Durante un instante pareció escuchar algo que no estaba en el estudio.

—Un sueño.

Shar apoyó la espalda en el asiento.

—¿Un sueño?

—Odio los sueños.

—Eso sí suena más propio de ti. ¿Vas a contármelo?

—No.

—Qué lástima.

—Dijeron que había noticias.

Shar lo observó con paciencia.

—Las hay.

Dasslak no se movió.

—La mujer —dijo—. ¿La encontraron?

Shar abrió otro archivo. Esta vez no lo leyó: solo dejó que la información flotara entre ambos.

—Tengo algo mejor que rumores.

—Habla.

—No estás en posición de dar órdenes en mi estudio.

Shar sonrió sin entusiasmo, como si el gesto le hubiera salido por costumbre.

—Uno de mis hombres oyó su nombre en Edmye —siguió Shar—. Sistema Innim. La descripción coincide, y también lo que dicen de ella.

Dasslak conocía muy bien el planeta. Edmye evocaba siempre lo mismo: sal vieja, metal húmedo, sangre barata.

Un mundo casi todo océano, con una sola franja habitable del tamaño de un continente pequeño, demasiado estrecha para tanta hambre y demasiadas armas.

El resto era agua negra, tormentas, plataformas muertas y rutas de contrabando que cambiaban de dueño antes de secarse la pintura de una bandera.

—¿Dónde? —preguntó Dasslak.

—Brass.

Shar se concedió un instante antes de continuar.

—Más exactamente, con Alfa. —Sonrió.

Dasslak parpadeó una vez.

Shar ladeó la cabeza, atento a cualquier fisura.

—Esa mujer que buscas no solo está cerca de ellos. Mis fuentes dicen que es una de los suyos.

Alfa.

La última vez que Dasslak había tenido un asunto con ellos, la pandilla perdió a su hombre más importante y después perdió a varios más intentando cobrar la deuda. Habían dejado de perseguirlo cuando entendieron que cada intento les salía más caro que el anterior.

No lo habían perdonado. Solo habían aprendido a esperar.

—Perfecto —dijo Dasslak.

La sonrisa de Shar se endureció.

—¿Perfecto?

—Es todo lo que necesitaba.

—Vas a entrar en Brass, a buscar a una mujer protegida por Alfa, en una ciudad donde media docena de hombres matarían por entregar tu cabeza.

—Ninguno llegaría a cobrar.

—Maldita sea, Dasslak.

El asesino se levantó, aunque no hizo ademán de irse.

—Agradezco la ayuda.

—No me agradezcas todavía. Esto no fue cortesía.

—Lo sé.

—La próxima vez que trabajes para mí, me harás una rebaja.

Dasslak lo miró.

Shar se corrigió con una calma desagradable:

—No. Qué digo rebaja. El siguiente trabajo será gratis.

Dasslak asintió.

—Parece justo.

Shar entrecerró los ojos.

—No aceptes tan rápido. Voy a buscar a la persona más difícil de matar en toda la galaxia solo para fastidiarte.

—Como gustes.

—Qué hombre tan orgulloso.

—No considero que eso sea cierto.

El pirata que esperaba junto a la puerta bajó un poco la mirada.

Dasslak añadió:

—La modestia es una de mis muchas virtudes.

Shar miró al pirata.

—¿Ves? Eso es lo que ocurre cuando un hombre vive demasiado. Arrogancia.

El pirata no supo si mirar a Shar o a Dasslak. Había frases que convenía no entender demasiado rápido.

—Lo tendré en cuenta, señor.

Shar volvió a fijarse en Dasslak.

—Aunque, para ser justos, arrogante no es lo peor que te han llamado.

Dasslak no respondió.

—Ejecutor, asesino, Vaquero… —Shar ladeó apenas la cabeza—. Y, aun así, casi todos vuelven a Dasslak.

—Me da igual cómo me llamen.

—Eso es lo peor. Que sé que es cierto. Aun así, te quedaste con Dasslak.

—No me quedé con nada. Ese nombre fue un malentendido.

Shar pareció sorprendido.

—¿Sí? No lo sabía. Los malentendidos que dejan nombres suelen ser buenos.

Esperó.

—¿Hay algo más? —preguntó Dasslak.

Shar lució decepcionado.

—Una historia para otro día, entonces.

—Para otro día.

Shar hizo un gesto hacia el pirata.

—Haz que preparen una nave. Llévalo hasta la estación donde están sus cosas y asegúrate de que le abran ruta al sistema Innim.

—Sí, señor.

El pirata se apartó de la puerta.

—Acompáñeme, señor Ejecutor.

Dasslak caminó hacia la salida.

La voz de Shar lo alcanzó antes de que cruzara el umbral.

—Procura no morir en Brass. Recuerda tu deuda.

Shar lo dejó llegar al umbral.

—Y si sabes algo de Val… —dijo.

Dasslak se detuvo apenas.

Shar no apartó la mirada.

—Házmelo saber.

—Lo haré.

Y salió.

Atravesó la residencia sin volver a hablar. No pasó por su habitación. No había nada allí que le perteneciera.

Esta vez el camino hasta la nave que debía llevarlo a la estación pareció más lento. No porque Dasslak dudara.

Porque Edmye ya había empezado a acercarse.

Ya en la estación revisó su nave, sus armas y sus cosas. Todo estaba donde debía estar. Pidió un agujero hacia el sistema Innim y se concentró en la ruta que tenía por delante.

⟡ ⟡ ⟡

Edmye apareció al otro lado del cristal como una esfera oscura, sin tierra visible.

La nave se aproximó y el océano terminó por llenar su campo de visión. Bajo las nubes, el agua se extendía hasta donde alcanzaba la vista, agitada por tormentas que los relámpagos iluminaban a intervalos.

Con el descenso empezaron a distinguirse las primeras estructuras: plataformas dispersas sobre el agua, todavía pequeñas y separadas unas de otras por enormes distancias.

Algunas seguían activas. Otras solo conservaban luces automáticas, señales de propiedad vencidas o nombres pintados por bandas desaparecidas.

Había tardado una semana en llegar hasta allí.

Una semana de estaciones de salto, permisos pagados y rutas abiertas a través de sectores donde el control importaba menos que el precio correcto.

Durante el viaje había contactado con Yavar Aflir para mantenerlo al tanto de sus avances y solicitar los recursos necesarios para terminar el trabajo.

En el horizonte, la única franja habitable de Edmye empezaba a dibujarse: una cicatriz de tierra estrecha y saturada, iluminada por ciudades que parecían haberse construido unas encima de otras para no caer al agua.

El continente no tenía la forma limpia que sugerían los mapas.

Desde el aire, sus bordes se quebraban entre roca, muelles industriales y espigones armados.

Hacia el interior se acumulaban el hormigón, las torres de comunicación y las defensas privadas levantadas allí donde alguien había podido pagarlas.

Brass estaba al norte de esa franja.

La nave descendió entre nubes bajas. La lluvia golpeó el fuselaje antes de que la ciudad fuera visible por completo. Abajo reinaba una penumbra casi nocturna, rota por miles de luces que se reflejaban sobre techos mojados, cristales y superficies metálicas.

Primero aparecieron los colores: rojos, blancos, verdosos, deformados por la cortina de agua.

Luego las torres. Altas, flacas, demasiado juntas.

Estructuras metálicas unidas por puentes estrechos, cables colgantes, anuncios rotos y pasarelas donde se movían sombras bajo techos improvisados.

Más abajo, los niveles viejos se hundían entre vapor, basura húmeda y canales de desagüe que arrastraban aceite hacia el mar.

Brass no parecía crecer. Parecía acumularse.