Convergencia Capítulo VII #2
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Capítulo VII #2

Las plataformas de carga oscilaron detrás del convoy, tensando los enlaces magnéticos cada vez que el terreno descendía o se inclinaba.

Una rozó una raíz elevada, perdió estabilidad y descendió de golpe hasta tocar el suelo.

El impacto levantó una ola de barro negro que salpicó a Denn, a Senlar y a varios más.

Tuvieron que detenerse unos segundos para reajustar su altura y devolverla a la línea de arrastre.

Denn se limpió la cara con rabia.

—Perfecto. Ahora también cargamos barro.

—Este lugar es una trampa —dijo Neil.

Senlar apretó la mandíbula y repasó el convoy con la mirada: manos tensas sobre los asientos, rostros vueltos hacia los árboles, oficiales demasiado atentos a cada sombra.

Denn siguió avanzando. Recordaba parte del camino, aunque el lugar parecía ligeramente distinto a cuando lo había cruzado unas horas antes, como si ese tiempo bastara para alterar su forma.

Entonces el sonido cambió.

Primero, las criaturas pequeñas empezaron a apartarse. El murmullo diminuto se alejó entre las raíces, luego los zumbidos, luego los crujidos mínimos que hasta entonces habían llenado los bordes del camino.

Después, las ramas se agitaron sobre ellos. Criaturas algo más grandes, ocultas entre el follaje, empezaron a moverse de un árbol a otro, alejándose del convoy con una prisa silenciosa.

Senlar alzó el puño.

La caravana se detuvo.

Los drones también se detuvieron, suspendidos entre ramas y sombras, girando apenas sus núcleos luminosos hacia distintos puntos del bosque.

—¿Qué pasa? —susurró Dani.

Nadie respondió. Todos escucharon.

Nada.

Uno de los oficiales giró hacia la izquierda.

—Vi algo.

Alzó el arma. El sudor le corría por el rostro, aunque el aire bajo los árboles era fresco.

—No dispares —dijo Senlar.

Las hojas se movieron. El hombre disparó. El fogonazo abrió un tajo de luz entre los árboles. El aire chasqueó.

Durante un segundo no hubo movimiento.

Luego el bosque respondió.

Varias criaturas salieron de la maleza a la vez.

Caminaban en cuatro patas, pero las traseras eran cortas, casi hundidas bajo el cuerpo, hechas más para sostener que para avanzar.

La fuerza estaba delante: extremidades largas, tensas y musculosas, capaces de impulsarlas en saltos brutales.

El cuerpo se ensanchaba hacia el frente, desproporcionado, como si toda la bestia hubiera sido diseñada para caer sobre una presa.

Donde debía haber una cabeza había algo peor: una abertura húmeda, redonda, erizada de dientes finísimos, largos como cabellos de vidrio.

Parecían estar por todos lados.

—¡Flancos cerrados! —gritó Senlar—. ¡Nadie se separe de los vehículos!

La línea se formó mal. Algunos oficiales reaccionaron de inmediato; otros tardaron demasiado o levantaron el arma sin saber a dónde apuntar. Estaban acostumbrados a custodiar pasillos, accesos y controles de una estación de salto, no a contener una manada en mitad de un bosque.

Los drones reaccionaron sin confusión. Descendieron alrededor del convoy, se distribuyeron a intervalos exactos y orientaron sus núcleos hacia las criaturas.

Los civiles que aún iban a pie corrieron hacia las compuertas.

Algunos treparon solos; otros fueron empujados desde abajo por manos desesperadas.

Uno perdió el equilibrio y cayó de rodillas en el barro antes de que alguien lo agarrara por la ropa y lo arrastrara hacia dentro.

Las puertas empezaron a cerrarse entre gritos, cuerpos amontonados y brazos que todavía buscaban espacio.

Dentro, la gente se aplastó contra los asientos, contra las cajas, contra los heridos.

Una camilla golpeó el lateral de uno de los transportes y alguien gritó un nombre que se perdió bajo el chillido de las criaturas.

—¡Silencio! —rugió Neil.

Las voces se cortaron.

Durante un instante solo quedaron los respiradores de los heridos, el zumbido bajo de los vehículos y el sonido húmedo de aquellas criaturas moviéndose alrededor.

Senlar alzó una mano.

—Esperen.

Las criaturas rodearon el convoy con movimientos cortos, nerviosos, acercándose y retrocediendo como si midieran la distancia entre las armas y la carne.

Hubo un breve silencio. Luego se rompió de golpe con el chillido de las bestias.

Una saltó sobre el rostro de uno de los oficiales. El hombre gritó y disparó a todas partes. Uno de los disparos alcanzó a un compañero y le desintegró la rodilla. El herido gritó y cayó sin poder sostenerse.

Mara reaccionó de inmediato, frenando el avance de otra bestia con una ráfaga corta para cubrir el flanco expuesto.

A su lado, Bren se interpuso entre una criatura que saltaba y uno de los vehículos, derribando a la fiera con un golpe de culata antes de rematarla en el fango.

Intercambiaron una mirada rápida y se mantuvieron hombro con hombro mientras Mara gritaba a los demás que se replegaran contra los vehículos.

Denn disparó a una que se le acercaba, y falló.

Senlar lo vio.

La criatura saltó hacia el rostro de Denn, pero Senlar disparó, destrozándola en el aire y bañándolo en una sustancia multicolor y viscosa.

Los gritos ya no podían pararse.

Neil disparaba con una exactitud absoluta, reventando las criaturas que parecían danzar siguiendo un ritual antiguo.

Un hombre mayor fue arrastrado fuera de uno de los vehículos. Dos criaturas se le hundieron en el estómago y empezaron a devorarlo.

C0-UN1 saltó sobre ambas y las partió con facilidad, una después de la otra, pero ya era tarde.

Denn giró. Cabeza, cuerpo y cañón empezaron a moverse al mismo ritmo. Cada disparo parecía unido al siguiente, reduciendo casi a nada el tiempo entre un blanco y otro.

Senlar siguió la secuencia sin apartar la mirada de Denn.

Una criatura saltó hacia él y Senlar la reventó en el aire con un haz breve y preciso.

Los drones giraban sobre ellos, disparando ráfagas limpias entre cuerpos, ramas y barro. Algunos haces dieron en las criaturas; otros terminaron contra los árboles, perdidos entre los saltos, quiebres y cambios bruscos de la manada.