Capítulo VII
Al Otro Lado del Río
Senlar seguía mirándolo, incrédulo.
—¿Qué quieres decir, Denn? —preguntó.
—Lo que oyes. Encontramos una estructura… una construcción… No sé lo que es.
Senlar frunció el ceño.
—Sé que es difícil de creer —dijo Denn—. Cuando terminemos de levantar el campamento permanente te llevaré.
—No entiendo cómo puede haber algo así si las pruebas indicaron que aquí no había señal de civilización alguna.
—Parece abandonado. Te repito, ni siquiera sé lo que vi. Puede que sus dueños se hayan ido del planeta. Puede que no.
—Entonces esto se queda entre nosotros.
—Ya lo sé. También se lo dije a los hombres que iban conmigo. No necesitamos más pánico.
Senlar guardó silencio un instante y volvió la atención hacia la caravana, que empezaba a ponerse en marcha.
Denn permaneció a su lado, atento a la rigidez de sus hombros. Luego echó a andar con él.
El peligro ya no necesitaba palabras. Estaba en el bosque inmenso hacia el que debían avanzar, en las tumbas recientes del claro y, a lo lejos, en los restos deformados de la nave de evacuación.
Atrás fueron quedando las cenizas apagadas y la tierra pisoteada del campamento temporal.
Los vehículos avanzaban despacio, cargados hasta el límite. A su alrededor flotaban varios drones, bajos y silenciosos salvo por un zumbido fino que iba y venía, atentos al barro, a los árboles y a cualquier movimiento entre la niebla.
Uno de los vehículos llevaba a los heridos más graves, acomodados entre mantas térmicas, cajas de suministros y la cápsula médica.
Allí dentro, Juno vigilaba las lecturas de soporte vital de los heridos, el rostro afilado por la tensión, mechones cobrizos escapando de su trenza deshecha y los ojos oscuros fijos en cada variación.
Con una mano aferrada al chasis y la otra sosteniendo un inyector dérmico, amortiguaba con su propio cuerpo los bandazos de una de las camillas para impedir que el movimiento forzara los vendajes de urgencia.
Otro transportaba herramientas, semillas, piezas metálicas, celdas de energía y una caja blindada del tamaño de un maletín, donde Jin había guardado el pequeño reactor cuántico.
Senlar le había ordenado no perderlo de vista. Jin caminaba junto al vehículo, atento a cada sacudida, como si transportaran el corazón de una ciudad futura.
—No pierdas de vista esa caja —dijo Gor, caminando junto a él—. Si se cae en este barro, nos harán volver sobre nuestros pasos hasta encontrarla.
Jin ni siquiera lo miró.
—Entonces vigílala tú también. Si perdemos el reactor, se acabaron las recargas. Vehículos, armas tecnológicas, herramientas… todo muerto.
Gor miró la caja, luego el bosque.
—Qué alivio. Yo aquí preocupado por que una bestia desconocida nos devore, cuando también podía angustiarme por extraviar esa caja.
Los cinco vehículos de evacuación avanzaban en fila, suspendidos a poca distancia del suelo. No eran naves. En reposo parecían bloques compactos; desplegados, elevaban la estructura y abrían dos niveles internos de asientos alrededor de un pasillo central.
Habían sido diseñados para seguir moviéndose tras una evacuación, incluso sobre barro, agua, rocas o terreno irregular, sostenidos por sistemas gravitatorios.
El bosque cerrado era otra cosa: troncos, raíces y pasos estrechos podían dañar el blindaje o desestabilizar las plataformas de carga que flotaban a los costados, unidas al convoy por enlaces magnéticos.
Las plataformas podían desplazarse solas durante trayectos cortos, aunque enlazadas seguían mejor el ritmo de los vehículos.
Iban cargadas con mantas, recipientes, equipos rotos que tal vez podrían repararse y los materiales que Neil y los suyos habían preparado antes: troncos rectos ya limpios, rollos de fibras trenzadas, piedras de anclaje y maderos preparados como soportes.
Había espacio para todos, al menos en teoría.
Pero Senlar había ordenado que los oficiales caminaran junto al convoy, armados, distribuidos en ambos flancos.
También iban a pie algunos civiles que no soportaban permanecer encerrados después del accidente o que preferían ayudar revisando enlaces, vigilando que nada se soltara o simplemente sintiendo que hacían algo útil.
Dani, Kein y C0-UN1 viajaban en el primer nivel de uno de los vehículos, cerca de una compuerta lateral abierta.
Dani iba sentada junto a Kein, con una mano sobre el hombro del niño, sujetándolo cada vez que el transporte se sacudía.
Kein intentaba fingir valentía, pero cada sonido del bosque le tensaba la espalda.
El autómata ocupaba el asiento frente a ellos, con las manos apoyadas sobre las rodillas. Permanecía inmóvil, pero sus ojos seguían cada movimiento de Dani y Kein.
—Tengo miedo —admitió Kein al fin, casi en secreto.
Dani lo miró. La luz de la estrella, ya oblicua y verdosa, se filtraba entre los árboles y le encendía reflejos extraños en el pelo castaño, como si aquel planeta quisiera teñirla de otra cosa.
—Yo también —dijo.
Kein alzó la vista, sorprendido. Sus ojos tiernos estaban húmedos, aunque todavía hacía fuerza para no permitir escapar ninguna lágrima.
—¿De verdad?
—Claro. El valiente de los dos eres tú, ¿recuerdas? Si tú tienes miedo, yo tengo el doble.
Kein se enderezó un poco.
—No te preocupes —dijo—. Ya estoy calmado. Si tienes miedo, aprieta mi mano.
Extendió la mano hacia su hermana.
A Dani se le inflaron apenas los cachetes, conteniendo una sonrisa que no pudo ocultar del todo. Tomó la mano del niño y la apretó con cuidado.
—Gracias, Kein. Eso servirá.
C0-UN1 miró las manos enlazadas.
—También puedo ayudar.
Dani levantó la mirada hacia él.
—¿Cómo?
—Ambos llevan una interfaz personal —dijo C0-UN1—. Denn me explicó cómo funcionan.
Kein levantó la muñeca.
—Dani me ayudó a configurar la mía.
—Puedo sincronizar mi ubicación con sus interfaces —explicó el autómata—. Si se asustan, pueden seguir el punto. Yo los ayudaré.
A la altura de la compuerta, Mara miró de reojo la muñeca que Kein aún mantenía alzada. Una sonrisa breve le suavizó el rostro antes de que volviera la atención al bosque.
Kein ladeó un poco la cabeza.
—¿Un punto?
—Es como una brújula —se adelantó Dani—. Si lo que quieres localizar está a la izquierda, el punto va a la izquierda. —Movió el índice hacia ese lado—. Si está a la derecha, va a la derecha. Si te mueves, el punto se corrige.
Kein miró a Dani, fascinado. Ella sonrió, pero enseguida volvió la mirada hacia el autómata.
—Pero ¿cómo vas a hacerlo tú si no tienes una interfaz personal?
—Extiendan los brazos.
Ambos obedecieron. C0-UN1 hizo lo mismo y tocó las membranas personales de ambos con la punta de los dedos, una con cada mano.
Kein parpadeó. Dani también. En su visión apareció un punto luminoso, pequeño y firme, que marcaba la posición del autómata con un movimiento casi imperceptible, acompasado al vaivén del vehículo.
—Ahí estás —dijo Kein.
—Aquí estoy —respondió C0-UN1.
Dani miró el punto suspendido en sus lentillas, sorprendida.
—¿Cómo hiciste eso?
El autómata bajó la vista hacia sus propios dedos, como si también quisiera entenderlo.
—No lo sé a ciencia cierta. Creo que ni siquiera necesitaba tocar sus membranas.
—¿Entonces por qué lo hiciste?
El autómata tardó un instante en responder.
—Solo… —levantó las palmas frente a sí mismo y las observó con extrañeza— se sintió correcto.
Senlar apuró el paso hasta alcanzar la cabeza del convoy. Denn lo siguió.
—No le dijiste a nadie más —dijo al fin Senlar.
—Ya te lo dije. Solo lo saben los que iban conmigo.
—¿Y los crees capaces de guardar silencio?
Denn miró hacia atrás. Los oficiales que lo habían acompañado marchaban dispersos en la caravana, atentos al avance.
—Dímelo tú. Son tus hombres.
Senlar lo estudió un momento.
—Hoy sí… Mañana quizá no.
—Entonces pensaremos qué hacer esta noche.
Senlar bajó la mirada.
—Si el capitán siguiera con nosotros, nadie se atrevería a decir nada.
A Denn se le cerró la garganta.
Al principio, el entorno pareció tolerarlos: criaturas translúcidas se deslizaron bajo las raíces como manchas de agua viva; pequeñas formas de vida cubiertas de placas flexibles se plegaron sobre sí mismas al sentir las vibraciones del convoy; y, entre los troncos, algo parecido a una bandada de hojas negras se desprendió de una rama y huyó en completo silencio, moviéndose como un solo organismo.
Uno de los seres acorazados se quedó inmóvil junto al paso del vehículo. Kein se inclinó hacia la compuerta abierta, fascinado.
—Parece una piedra con patas.
Dani lo sujetó del hombro.
—Cuidado, puedes caerte.
—Solo quiero verlo de cerca.
—¿Tan cerca como el suelo?
Kein infló los cachetes, igual que Dani cuando se enojaba. Luego volvió a sentarse y se enderezó con orgullo.
—No iba a caerme.
Gor sonrió al escuchar la conversación. Luego miró hacia el otro lado del convoy, donde Neil avanzaba con el arma en las manos, rígido, atento al terreno y a las sombras.
Apretó un poco el paso hasta acercarse a él.
—Al menos todavía les queda ánimo.
Neil no apartó la vista del entorno.
—Eso no siempre es una ventaja.
Gor soltó una risa baja, contenida.
—Ni siquiera voy a preguntarte por qué.
Neil lo miró de reojo.
—El ánimo baja la guardia.
Gor volvió a mirar alrededor.
—Por eso camino cerca de ti.
La marcha se volvió más difícil al internarse en una zona de raíces gruesas, troncos demasiado cercanos y rocas cubiertas de musgo.
La envergadura de los vehículos obligó al convoy a detenerse más de una vez para buscar rodeos, cortar ramas o mover obstáculos que podían dañar el blindaje.
C0-UN1 ayudó sin que nadie tuviera que pedírselo: apartó troncos caídos, empujó piedras enormes y despejó pasos estrechos con una fuerza tranquila que hacía parecer liviano todo lo que tocaba.