Capítulo VI #3
La nave descendió en uno de los patios exteriores. Cuando se abrió la compuerta, entró un aire tibio y seco, cargado con el olor mineral de la superficie.
Cuatro piratas armados esperaban junto a la pista. Sus uniformes estaban limpios, ajustados, cuidados hasta en los pliegues; en el pecho brillaba la insignia de los Afkbar.
Detrás de ellos estaba Shar Afkbar.
Vestía oscuro, impecable, con una sobriedad demasiado cuidada para que fuera simple vanidad. En él, el arreglo no suavizaba la violencia; la ordenaba.
—¿Ese es el Ejecutor? —murmuró uno de los piratas cuando Dasslak bajó de la nave.
—Silencio —dijo Shar, sin levantar la voz.
Bastó.
Dasslak caminó hacia él acompañado por uno de los hombres que lo habían escoltado desde la estación.
—Aquí está Dasslak, capitán Shar.
El Pirata Rojo.
Shar Afkbar era alto, ancho de hombros, con la clase de vejez que no encogía a un hombre, sino que lo volvía más pesado.
Tenía el cabello corto, canoso, peinado hacia atrás con un orden casi militar; la barba, también canosa, le endurecía un rostro ancho, trigueño, de mandíbula fuerte y ojos claros que parecían medir debilidades antes que mirar personas.
Val, el menor de sus hermanos, se le parecía en la forma de la boca, la dureza del gesto y esa manera de mirar como si todo tuviera un precio y casi nada lo valiera.
Pero en Shar había menos paciencia. O quizá menos necesidad de fingirla.
No parecía viejo. Parecía usado por demasiados años de mando, guerras y traiciones.
Tenía el cuerpo sólido, poderoso, con una pesadez que no le restaba amenaza; al contrario, lo hacía parecer más difícil de mover, más difícil de quebrar.
Había ganado guerras pequeñas, sobrevivido a grandes traiciones y librado suficientes batallas como para que incluso en Autoro su nombre se pronunciara con cuidado.
No era el hombre más peligroso de la galaxia, aunque casi.
En su casa, rodeado de los suyos, no necesitaba demostrarlo.
—Dasslak —dijo Shar.
Los hombres a su alrededor ajustaron la postura. Uno de ellos bajó la mirada hacia la mano del asesino, como si esperara verla moverse.
—Shar —respondió Dasslak.
Dasslak permaneció donde estaba. Sin saludo formal. Sin ademán de respeto.
—Tres años sin saber de ti —dijo Shar—. Y ahora apareces en mi casa.
—He estado ocupado.
Uno de los piratas soltó una risa mínima. Se le murió al ver la cara de Shar.
—Si has venido debe ser importante —dijo Shar—. Empieza.
—Busco a una mujer. Su rastro pasa por Autoro.
Shar esperó.
—No sé qué aspecto tiene —continuó Dasslak—. Solo tengo un posible nombre.
—Eso es poco.
—Por eso estoy aquí.
Shar ladeó apenas la cabeza.
—¿Me estás pidiendo que encuentre a una desconocida en Autoro?
—Sí.
Uno de los piratas movió los dedos cerca de su arma. Otro miró a Shar, esperando la orden correcta.
Shar sonrió despacio.
—¿Escucharon? —dijo sin apartar los ojos de Dasslak—. El Ejecutor vino hasta mi casa para darme trabajo.
Nadie rio.
Dasslak tampoco.
—Vine porque puedes ayudarme a encontrarla.
—¿Eso soy? ¿Un samaritano?
—No. Eres un hombre que controla todo tipo de información.
Shar avanzó un paso. Era más alto que Dasslak, más ancho, y se plantó frente a él con el peso bien distribuido. La chaqueta se tensaba sobre un cuerpo pesado, todavía capaz de convertir aquella diferencia en un arma vieja.
—Te confundes, niño. Nadie entra en mi casa a pedirme información como si tuviera derecho a ella.
Dasslak no retrocedió.
La mano de uno de los piratas llegó a la empuñadura.
Shar ni siquiera lo miró.
—Quieto —dijo.
El hombre se congeló. Una gota de sudor le bajó por la frente mientras fijaba la vista en la mano de Shar, en aquellos nudillos grandes, quietos, marcados por demasiados años de violencia.
Shar miró a Dasslak durante unos segundos. Luego soltó una risa seca.
—Sigues siendo un animal mal educado.
—Y tú sigues rodeado de hombres nerviosos.
Esta vez nadie se movió. Ni siquiera para respirar demasiado fuerte.
La sonrisa de Shar desapareció.
—Podría hacer que te sacaran de aquí en pedazos.
—Lo sé.
—¿Lo sabes? ¿Y crees que admitirlo es una forma de respeto?
—Si soy yo quien lo admite, sí.
El Pirata Rojo miró a uno de sus hombres.
—No está fingiendo. De verdad piensa que eso debería bastarme.
Posó de nuevo los ojos en el asesino. Dasslak sostuvo su mirada.
—Estoy en la residencia de los Afkbar. Frente al Pirata Rojo. Desarmado. Rodeado por hombres que esperan una excusa para disparar desde que bajé de la nave. Entiendo perfectamente dónde estoy.
Shar lo observó. La diversión volvió a curvarle apenas la boca.
—Lo único que debes entender es esto: no trabajo para ti. —Se dio media vuelta y empezó a caminar—. Llévenlo de vuelta a su nave. Considéralo un favor.
Uno de los hombres intentó agarrarlo por el hombro. Dasslak lo detuvo con la mirada.
—El Augur —dijo.
Shar se detuvo. Luego se volvió hacia él y esperó.
—El Augur —insistió Dasslak—. La mujer que busco sabe dónde está.
Shar entornó los ojos. Sus cejas gruesas se tensaron apenas, no con sorpresa, sino con una concentración fría, precisa.
—El Augur lleva veinte años desaparecido.
—Al parecer ha mostrado su rostro.
—¿Tienes pruebas?
—Solo el testimonio de un hombre muerto.
Shar soltó aire por la nariz, ancha y ligeramente torcida, con un desprecio casi cansado.
—Eso no vale nada.
—Depende del muerto.
—¿Quién?
—Un grupo de la Unión fue capturado en Autoro. ¿Has escuchado algo de eso?
Shar dejó pasar un silencio breve, sin concederle sorpresa.
—Pierdes el tiempo, Ejecutor.
Echó a andar de nuevo.
—Se acabó. Llévenlo de vuelta.
Dos piratas dieron un paso.
Dasslak habló antes de que lo tocaran:
—La estación de salto que desapareció del Sistema Solar —dijo Dasslak—. La de tu hermano. Tiene que ver con esto.
Shar se detuvo.
El patio entero pareció hacerlo con él.
—¿Val?
Volvió a girarse.
—La Unión mintió —dijo Dasslak—. La estación no se extravió.
—¿Qué quieres decir?
—Fue secuestrada.
Durante un instante, nadie habló. Ni siquiera los hombres armados parecieron saber dónde poner las manos.
—Eso no es posible —dijo Shar.
—Lo anunciarán pronto.
—¿Quién te lo dijo?
—La Unión.
La boca severa de Shar terminó de endurecerse.
—¿Ahora eres perro del dominio?
—No.
—Pero vienes con sus secretos en la lengua.
—Vengo con un contrato.
Shar arrugó la nariz antes de mirarlo.
—Claro.
Dasslak no apartó la vista.
—Alguien tomó la estación de tu hermano. No hay ubicación, no hay rastro. El Augur es la única pieza que queda sobre la mesa.
—El Augur —repitió Shar, con desprecio lento.
Dasslak guardó silencio.
Shar avanzó hasta plantarse frente a él y lo miró desde arriba. La luz de Reta le marcó las arrugas alrededor de los ojos, hundidas y duras, como cortes viejos.
—No te interesa la estación, ni mi hermano. Estás aquí porque alguien pronunció el nombre del Augur y tú viniste detrás, como si esa vieja herida todavía sangrara.
Dasslak no cambió de expresión, pero algo en él se cerró.
Shar lo vio.
—Galo —dijo.
El nombre no hizo ruido. Pesó más por eso.
Uno de los piratas miró a Dasslak. Solo un instante. Después bajó la vista, como si hubiera visto demasiado.
—No vine a hablar de Galo.
—Nunca hablas de él. Por eso sé que todavía lo buscas.
Dasslak dejó pasar un segundo.
—Estoy buscando a la mujer que vio al Augur. Si el Augur sabe dónde está la estación, encontraré la estación. Si sabe algo más, lo escucharé también.
—Qué conveniente.
Dasslak no respondió.
Shar torció la boca.
—Val era un imbécil. —Ninguno de sus hombres reaccionó—.
Yo ya era un viejo cuando nació. Sirvió al dominio toda su vida y también se hizo viejo.
Uniformes, protocolos, obediencia. Le agradecieron entregándole una estación de salto: un retiro pulcro para que no estorbara.
No era un destino digno para un Afkbar. —Shar miró hacia la ciudad, más allá del patio, hacia las torres y las terrazas armadas—.
Pudo tener esto. Pudo tener una flota. Pudo tener hombres que mataran por él sin esperar órdenes de ningún consejo.
Volvió los ojos hacia Dasslak.
—Y aun así era mi hermano.
Shar parecía haberlo dicho más para sí que para el asesino. Durante un momento, su dureza pareció venir de otro lugar. De muchos años atrás.
—Si la estación fue secuestrada —dijo Shar—, Val ya está muerto.
—Puede estarlo.
—No finjas delicadeza.
—No lo hago.
Shar lo observó.
—Eso al menos te lo creo.
El viento tibio cruzó el patio.
—¿Qué sabes de la mujer? —preguntó Shar.
—Lo que ya te dije: tengo un posible nombre y un rumor que la sitúa en Autoro.
Shar lo miró en silencio. Luego soltó una carcajada seca, casi ofensiva.
—Un nombre y Autoro —dijo Shar—. Eso es mierda.
—Es una posibilidad.
—Una muy pobre.
Shar volvió a reír, esta vez más bajo. Los hombres a su alrededor seguían quietos. Nadie parecía saber si la conversación había dejado de ser una amenaza o si acababa de volverse peor.
Shar lo estudió unos segundos más.
—¿Cuál es el nombre?
—Cora.
—Busquen ese nombre. Rutas recientes, pagos de tránsito, registros de paso, rumores de puerto. Y encuentren a cualquier idiota que haya vendido una historia sobre el Augur en los últimos meses.
Uno de los piratas asintió.
—Sí, capitán.
Shar se volvió hacia Dasslak.
—Te ayudaré.
Dasslak no agradeció.
Shar sonrió, como si eso le confirmara algo.
—Pero no porque me lo pidas. No porque me importe tu contrato. Y desde luego no porque quiera alimentar esa obsesión que todavía cargas.
Shar ladeó apenas la cabeza, despacio, sin apartar la mirada.
—Si hay una forma de saber qué ocurrió con Val, o quién está detrás de ese supuesto secuestro, no voy a dejarla pasar.
Sus dedos se cerraron despacio, como si sujetaran algo que todavía no estaba allí.