Capítulo VI #2
—¿Así será entonces? ¿Vas a burlarte de mí toda la llamada? Parece que no estoy a la altura de los estándares de un asesino.
—Cuida tu tono.
Yavar movió la taza varias veces sobre la bandeja, hasta dejarla casi en el mismo lugar. Apartó la vista hacia el balcón.
—Empieza por Veyr. ¿Dijo algo?
—Dijo suficiente.
—¿Qué tienes para mí?
—Su ubicación.
Yavar cerró los dedos sobre el brazo del sillón.
—Lo sabía. Voill Conner siempre será Voill Conner, incluso al final. Siempre poniendo a la Unión por delante.
Al otro lado, Dasslak dejó pasar un silencio breve.
—Supuso que querrías matarlo. ¿De eso se trata? ¿Quieres abrir otro encargo?
—¿Matarlo? No. No si puedo evitarlo.
Yavar se recostó mejor en el sillón, aunque el gesto no logró devolverle comodidad.
—Primero necesito encontrarlo. Si no puedo controlarlo, haré lo que deba hacerse.
—Si no hay contrato para mí, no me interesa.
—Veo que tienes poca curiosidad.
—La curiosidad no paga.
Yavar sonrió sin humor.
—Muy bien. Hablemos de Bornew.
—Revisé su expediente —dijo Dasslak—. Soldado de Tau Ceti. Correcto, competente, limpio. Demasiado limpio.
—Eso mismo pensamos.
—Alguien por encima de él debe saber algo.
Yavar miró la taza abandonada sobre la mesita. El té ya no soltaba vapor.
—Uno de sus superiores está muerto. Su cuerpo apareció en el departamento de Bornew.
—Demasiado torpe. Demasiado fácil. ¿Y aun así pasó los controles de la Tierra?
—Eso es lo interesante: la interfaz personal de su superior no transmitió ninguna alerta a la Red de Enlace de la Unión.
El cuerpo no fue descubierto hasta después del secuestro, cuando ordenamos localizar a las personas cercanas a Bornew.
La membrana estaba destruida. Con ella desapareció el registro local.
El Estatuto, por supuesto, impide reconstruir su actividad desde la red.
—Quizá no sea tan torpe después de todo… Suponiendo que fuera él quien lo mató.
—Debió de ser intervenida antes de quedar destruida, pero todavía no sabemos cómo.
Dasslak dejó escapar un ruido bajo, más de fastidio que de sorpresa.
—No hay mucho con qué trabajar.
—Todavía tenemos al Augur.
—No tenemos nada. Tenemos un rumor: alguien que podría no existir dice haber visto al Augur en un lugar donde encontrar a cualquiera ya es casi imposible.
—Los rumores no suelen llegar tan lejos sin dejar algo detrás. Esta pista merece que la sigamos.
—¿Qué hay del buzón privado del que me habló Voill?
—Nada. Silencio total.
—Entonces solo queda Autoro.
Yavar no habló.
—Es improbable que encontremos algo —continuó Dasslak—, pero conozco a alguien que podría ayudarme.
—¿Eso quiere decir que aceptas el trabajo?
—Ya lo había hecho. Con Voill. Antes de su lamentable fallecimiento. Suelo cumplir mi palabra.
Yavar levantó nuevamente la mano derecha frente al rostro. La palma bien abierta. Volvió a recorrer una línea con el índice, pero se detuvo a la mitad.
—Te pagaré doble por la investigación en Autoro. Incluso si no encuentras nada. Además, tendrás mi gratitud y la de la Unión.
—Me conformaré con el pago.
—Hay algo más.
Dasslak no contestó.
—La versión oficial cambiará pronto. Finalmente admitiremos que la estación fue secuestrada. No queda otra forma de justificar una búsqueda total… Pero lo del autómata no sucedió. Nunca existió. Los detalles del secuestro tampoco existen. Sé discreto.
—Siempre lo soy.
La llamada terminó.
Yavar permaneció inmóvil unos segundos, todavía atento al silencio que había dejado Dasslak. Luego cerró la mano derecha, despacio, como si acabara de guardar algo dentro.
Muy lejos de allí, Dasslak ya se preparaba para viajar a Autoro.
⟡ ⟡ ⟡
Habían pasado un par de años desde la última vez que Dasslak estuvo en Autoro.
No lo echaba de menos.
Fuera de la Unión Galáctica, Autoro se extendía sin fronteras fiables: sistemas, rutas privadas, puertos muertos, estaciones, lunas saqueadas y planetas que cambiaban de dueño con demasiada facilidad.
La Unión lo llamaba zona no alineada. Quienes sobrevivían allí el tiempo suficiente solían dejar de llamarlo de cualquier forma.
Dasslak conocía sus maneras. Había trabajado allí durante años y todavía regresaba con la frecuencia justa para no olvidarlas.
Entre la información de Yavar reconoció el nombre del capitán de la estación S02-07: Val Afkbar. Si Val había desaparecido con la estación, hablar con su familia era el camino más corto. Y el más peligroso. Eso significaba viajar hasta Reta, el sistema de los Afkbar, y pedir audiencia con Shar.
Llegar le tomó varios días.
Atravesó los últimos sistemas del dominio sin detenerse más de lo necesario. Así le decía la gente a la Unión desde hacía tiempo: un nombre poco gentil que, quizá por eso mismo, gustaba en ciertos despachos del Alto Consejo, aunque nadie lo admitiera en voz alta.
En la Franja C todavía dominaba el emblema de la Unión: patrullas, permisos, advertencias y voces educadas en los canales de tránsito.
Hacia el borde, aquella cortesía se fue adelgazando.
Los hangares olían a lubricante viejo y metal húmedo; mercenarios y tripulaciones sin registro compartían zonas de abastecimiento con comerciantes de frontera.
Después de la última estación unionista desaparecieron las rutas limpias.
Quedaron balizas ajenas, coordenadas incompletas y restos de enfrentamientos demasiado cerca de los corredores seguros.
Cinco días después apareció la primera estación Afkbar.
Era un cuerpo de acero oscuro construido a remiendos: módulos sin simetría, hangares abiertos como cortes mal cerrados, luces rojas sobre las zonas de atraque. Naves de combate y cargueros blindados entraban y salían sin la limpieza coreografiada de una estación unionista.
Dasslak redujo la velocidad antes de que se lo pidieran. En Autoro, la prudencia ahorraba municiones.
El comunicador emitió un golpe seco. Después llegó una respiración pesada, húmeda, demasiado cerca del micrófono.
—Nave A103-B7A16… Estás entrando en zona Afkbar. Si quieres seguir vivo, pagas tránsito. Diez mil créditos de la Unión… o cinco millones de suyus. Si no pagas, te abrimos la nave y vemos qué llevas dentro. Eso si no la destruimos antes.
Dasslak hizo el pago.
Al otro lado, el operador soltó una especie de suspiro satisfecho.
—Ahh. Sin peros ni negociaciones. Veo que entiendes cómo funcionan las cosas. ¿Quieres acceso al hangar? Ofrecemos alojamiento, mantenimiento, piezas, compradores, vendedores… y pocas preguntas.
—No.
—Es una pena. Las habitaciones son horribles, la comida peor, y la compañía, la más ingrata y peligrosa de la galaxia. Te habría gustado.
—Necesito viajar a Reta.
La respiración cesó.
—¿A Reta?
—Al planeta Afkbar. Debo hablar con Shar.
Durante unos segundos solo se oyó el ruido bajo del canal abierto.
—Identifícate.
—Dasslak.
El silencio perdió algo de pereza.
—Ah… El Ejecutor.
Dasslak no respondió.
—Una leyenda tocando la puerta. ¿Qué quieres con el Pirata Rojo?
—Ya lo dije.
—No. Dijiste que quieres hablar con él. Eso no responde nada.
—No necesito responderte a ti.
El operador soltó una risa breve, ronca.
—Claro que no. Pero eres un hombre peligroso pidiendo paso al planeta de mis jefes. Tal vez alguien te pagó para matar a Shar. Tal vez debería avisar a las baterías defensivas y convertir tu nave en polvo caro.
—Hazlo si quieres.
Hubo otra pausa.
—¿Eso es todo?
—No. También puedes llamar a quien tengas que llamar y conseguirme el permiso.
El operador carraspeó.
—Eres tan desagradable como dicen los rumores.
—Te aseguro que no dicen suficiente.
El canal quedó abierto. Frente a Dasslak, la estación giró lentamente mientras una nave de combate se acercaba lo bastante para enseñarle los cañones.
No dispararon.
Al cabo de unos minutos, la voz regresó.
—Tienes permiso.
—Eso pensé.
—Esta estación no abre directo a Reta. Si quieres que gastemos energía en moverte por la ruta privada, pagas extra. Veinte mil créditos.
Dasslak hizo el segundo pago.
La estación modificó su orientación. El agujero de gusano que mantenía abierto se contrajo hasta desaparecer y los anillos comenzaron a vibrar de nuevo. Un rayo de luz cruzó el vacío; la línea se abrió, se dobló hacia dentro y una nueva burbuja nació frente a la estructura.
—Adelante, Ejecutor —dijo el operador—. Si sales donde no debes y acabas perdido para siempre, no fue mi culpa.
Dasslak atravesó el portal.
Las estrellas perdieron la forma. Una claridad sin fuente apareció al otro lado del cristal.
Luego salió.
Había estaciones dispersas, plataformas de vigilancia, naves artilladas y restos de viejos cascos sujetos a balizas privadas. En Autoro, las advertencias no siempre se transmitían por radio.
Lo desviaron a una estación secundaria y le exigieron entregar sus armas antes de continuar hacia Reta.
Dejó la espada, sus revólveres y todo lo demás.
Dos hombres con uniformes oscuros y la insignia Afkbar —una A sin la línea central— lo condujeron a una nave más vieja y pesada que la suya.
El último salto fue breve.
El planeta Afkbar apareció bajo la luz cobriza de Reta. Era un mundo de desiertos de rojo apagado, selvas casi negras, cordilleras que cortaban los continentes y casquetes glaciares teñidos por un resplandor verdoso.
La nave descendió entre ciudades amuralladas, bahías artificiales y plataformas de defensa clavadas en los acantilados.
Dasslak no había estado allí desde hacía años.
Siguió mirando por la ventana hasta que la ciudad central ocupó el horizonte.
No parecía una guarida pirata. Parecía la capital de algo que se negaba a llamarse nación: torres de vidrio oscuro y metal rojizo, puentes suspendidos, rutas aéreas y, bajo ellas, hangares, depósitos blindados y puestos de vigilancia.
La ciudad no escondía su violencia. La había pulido hasta convertirla en arquitectura.
En el centro, sobre una elevación artificial, se extendía la residencia de los Afkbar: piedra negra, superficies reflectantes, terrazas armadas, jardines geométricos y hangares privados.