Capítulo VI
Viejas Deudas
Aquel día, como todas las tardes, Yavar Aflir se sentó frente al balcón a esperar a la niña.
No miraba la puerta. No hacía falta. Ella siempre llegaba a la misma hora, con una bandeja: el té servido a la temperatura exacta y las galletas dispuestas en un pequeño círculo perfecto. Nunca había tenido que recordárselo. La niña tenía esas cosas presentes mejor que cualquier adulto.
El nombre que Yavar le había dado era Abigail.
Abi, cuando quería ser cercano. La más preciada de sus posesiones.
Ella misma se peinaba el cabello rubio, largo, refinado, cuidado con una dedicación impropia de su edad.
Esa tarde lo llevaba atado con una cinta negra, del mismo color que su vestido.
Había algo demasiado limpio en ella. Demasiado compuesto.
Una delicadeza aprendida, como si hubiera descubierto cómo ser niña observando a otras niñas desde muy lejos.
Abi cruzó la habitación sin hacer ruido.
Yavar esperaba con la mano derecha levantada frente al rostro. La mantenía abierta, vuelta hacia sí, y con el índice de la otra mano seguía despacio sus líneas, una por una. Parecía comprobar que no hubieran cambiado. Lo hacía a veces sin darse cuenta; un gesto que Voill despreciaba.
—Aquí está su té, maestro —dijo Abi, y dejó la bandeja sobre la mesita frente a Yavar.
—No deberías llamar maestro a alguien que no respetas, Abi —dijo él, sin mirarla.
Yavar detuvo el gesto. Se inclinó, dejó escapar un sonido breve, áspero e involuntario y tomó la taza. Luego volvió a recostarse en el sillón y bebió apenas un sorbo.
—Ya sabe que mi admiración por usted es sincera —respondió ella.
Sonrió, no lo bastante como para que pareciera una burla, pero sí lo suficiente para que Yavar no terminara de creerle.
—Sé que no lo dices en serio.
—Me ofende un poco, maestro. Solo un poco.
Yavar dejó la taza en la bandeja con un leve clic.
La niña ya se había sentado en el suelo, junto a una caja de cartón y el rompecabezas que llevaba días armando.
Las piezas estaban dispuestas con una paciencia enfermiza.
Formaban casi por completo un bosque oscuro, sin hojas, sin animales, sin cielo.
Solo troncos delgados perdiéndose entre las sombras y, al fondo, una pequeña mancha blanca, como si algo hubiera desaparecido entre los árboles.
—Ahora mismo lo único que deberías mostrarme es reconocimiento —dijo Yavar—. He dado un gran paso.
Abi encajó una pieza.
—Prefiero este tipo de rompecabezas.
—Deberías escucharme. Podrías aprender mucho.
—Siempre lo escucho, maestro.
No levantó la vista. Buscó otra pieza entre varias oscuras, la sostuvo entre dos dedos y la probó cerca de un borde. Encajó sin esfuerzo.
—Es un gran hombre —añadió—. Definitivamente merece semejante distinción.
Yavar la observó unos segundos. A cualquiera le habría costado saber qué había detrás de aquella voz: burla, obediencia o algo más difícil de nombrar. Yavar, en cambio, lo sabía siempre.
—He servido a la Unión durante mucho tiempo. Le he dado mi vida. Tanto como Voill.
Abi giró una pieza entre los dedos.
—¿Estaban tristes por el señor Conner?
—Lo estaban. Todos lloraron por él. Cuando el Líder Supremo anunció la noticia en Plaza Capital, pude ver el horror en sus rostros. También lo lamentan en otros planetas, a lo largo de toda la Unión. Es algo terrible.
Yavar bajó la mirada hacia la taza. El vapor subía en hilos finos y se deshacía en el aire.
—Yo mismo estoy devastado.
Abi encajó otra pieza. La sonrisa le volvió despacio.
—Yo también estoy desolada. Es muy triste.
No mostraba tristeza alguna.
Encajó una pieza más y luego otra, ambas sin resistencia. En el bosque del rompecabezas apareció una figura pequeña, casi borrada por la niebla.
—¿Ahora usted es el jefe?
Yavar inspiró por la nariz. No era una pregunta inocente, pero Abi sabía hacer que todas lo parecieran.
—No precisamente. Soy la mano derecha del Líder Supremo. Como Voill antes de morir.
—Entonces casi es el jefe.
—Tengo mucho poder ahora.
—Espero que no termine como él, maestro.
La niña lo dijo con algo que imitaba dulzura. Luego rio, un sonido pequeño, fuera de lugar. Volvió a buscar entre las piezas, sin prisa, como si el destino de Yavar y el interior del bosque merecieran la misma atención.
—Temo por usted —agregó la niña.
—No tienes nada que temer.
Se inclinó y recogió de nuevo la taza.
—No temo mucho. —Se tapó la sonrisa con el dorso de la mano.
Yavar apretó la taza un poco más de lo necesario.
—Voill olvidó lo que era importante para la Unión. Yo no cometeré ese error.
Abi levantó la mirada.
—¿El señor Conner no lo trataba como merecía?
Yavar sonrió, pero la sonrisa le duró poco. Dejó otra vez la taza sobre la bandeja. Conservaba casi la misma cantidad de líquido que cuando Abi la había traído. Volvió a recostarse en el sillón, aunque ya no encontró acomodo, como si el respaldo se hubiera vuelto demasiado estrecho para su cuerpo.
—Me trataba muy bien. Fue mi mentor. —Volvió a pasar el dedo por las líneas de su palma—. Y aun así terminó donde debía terminar. Es una pena, por supuesto. Pero ahora todo está más seguro. Los secretos. El segundo Líder Supremo. Veyr. Todo lo que Voill creyó poder cargar solo.
Abi observó una pieza clara. La acercó al rompecabezas, pero no la puso.
—¿Cómo están las galletas, maestro? Las horneé yo misma.
Yavar parpadeó, arrancado de sus propios pensamientos.
—Otra vez no me pones atención.
Abi levantó la cabeza. La sonrisa se le apagó de golpe, como una vela entre dos dedos.
—¿Cómo están?
La pregunta no sonó triste. Sonó baja, contenida, peligrosamente seria.
Yavar tomó una galleta. La mordió con cuidado.
—Deliciosas.
La niña esperó un instante, rígida.
—Eres muy buena conmigo —añadió él.
Entonces Abi sonrió. Una sonrisa limpia, satisfecha, casi luminosa.
—Debo recompensarte más —dijo Yavar.
—Eso me gustaría, maestro.
—No me llames así si no me respetas.
—Entendido, maestro.
Abi volvió al rompecabezas. Sus manos se movieron rápido. Una pieza, otra, otra más. El bosque fue cerrándose alrededor de la figura pequeña hasta dejarla casi perdida en el centro de la imagen.
Levantó ambos brazos.
—Terminé.
Yavar miró el rompecabezas desde su sillón.
—Es admirable, Abi.
—Mire bien, maestro.
Yavar obedeció.
Su mirada pareció perderse brevemente en aquel bosque oscuro y sin vida, en la pequeña figura detenida en el centro, apenas una claridad entre los árboles, demasiado lejos del borde para salir.
—¿Qué tal?
Lo sacó del trance.
—Ahora sí mereces una recompensa —dijo él—. ¿Qué te gustaría?
Abi se levantó. Caminó hasta él con una mano en la barbilla.
—¿Qué puede ser? ¿Qué puede ser?
Lo repitió en voz baja, como una canción aprendida en otra parte.
Luego se detuvo.
—Ya sé.
Su sonrisa creció con una alegría perfecta.
—Me gustaría azotar al hombre gracioso. Como lo hace usted.
Yavar suspiró, casi con ternura.
—El hombre gracioso murió, Abi.
La niña se quedó inmóvil.
—¿Murió?
—No aguantó.
Abi bajó la vista. Durante un momento pareció una niña de verdad, una niña a la que acababan de quitarle un juguete prometido.
—Pero yo quería azotarlo.
—Lo sé.
—Usted dijo que tal vez podría.
—Y habrías podido, si él hubiera resistido un poco más.
Abi frunció los labios. No lloró. La tristeza estaba allí, pero no encontraba el camino correcto para salir.
Yavar alargó una mano y le acarició el cabello con una delicadeza lenta, posesiva.
—No te pongas así. Puedes escoger a otro.
La niña lo miró de inmediato.
—¿En serio?
—Te lo prometo.
—¿A cuál?
—Al que quieras.
Abi respiró hondo. La felicidad regresó a su rostro sin transición, pura y brutal.
—Gracias, maestro.
Se inclinó y le dio un beso en la mejilla. Luego corrió hacia la puerta. Antes de salir, miró una última vez el rompecabezas terminado, como si se asegurara de que la figura seguía atrapada en el bosque.
Después se fue dando pequeños brincos.
Yavar permaneció quieto, con el sabor de las galletas en la boca y la marca tibia del beso en la piel.
Ya casi era hora de que el asesino llamara.
Aprovechó los minutos restantes para intentar terminar el té. Bebió dos sorbos más, lentos, sin gusto. Terminó la galleta que había mordido antes, partiéndola entre los dedos, y dejó el resto sobre el plato.
Yavar trazó con dos dedos un pequeño círculo y el reloj apareció en sus lentillas. Conocía la hora pactada, pero observó consumirse los últimos segundos como si convertir la espera en un juego pudiera animarlo.
Diez. Cinco. Uno.
La notificación apareció en el instante exacto, sin nombre ni origen visible. Yavar sonrió.
—Siempre puntual —dijo al contestar.
—Un gran hombre debe serlo —respondió Dasslak—. No me gusta presumir, pero la puntualidad es uno de mis talentos.
La llamada entró por su interfaz personal y Yavar mantuvo el audio en privado, transmitido por conducción tisular.
—Hiciste un trabajo excelente. Todos están confundidos. Nadie entiende por qué un zahavio querría matar a Voill.
—Pronto será evidente que el zahavio no tuvo nada que ver. Pero eso ya no importa. Lo importante es que, gracias a él, pude salir de Danduri sin ningún problema.
—Meticuloso… Siempre he admirado tus métodos.
—Entonces ya conoces una de mis reglas: no uses mi nombre durante esta llamada.
—Ya lo sé. Aun así, debes saber que la línea es segura.
—No me fío de lo que no controlo. Si tú quieres ser descuidado, como ya lo has sido durante esta llamada, ese es tu problema. Yo trabajo de otra manera.
—Solo digo que puedes confiar en mí.
Dasslak rio una sola vez.
—Tú debes de ser una de las personas menos confiables de la galaxia.
Yavar no respondió de inmediato. Nadie le hablaba así. Nadie que quisiera conservar su puesto, su lengua o la tranquilidad de su casa. Pero Dasslak no ocupaba ningún puesto, no pertenecía a ninguna casa y su lengua costaba demasiado.
—¿Me reprochas la muerte de Voill? ¿Tú? ¿Tú, que ejecutaste el contrato?
—No reprocho nada. Lo mío es fácil de describir: cumplo contratos. Lo tuyo no sabría nombrarlo.
—¿Qué dijo Voill?
—Muchas cosas.
Yavar sostuvo el silencio un instante.