Capítulo V #4
Mientras tanto, los demás desmontaron lo poco que habían levantado durante la noche.
No para marcharse aún, sino para poder hacerlo en cuanto Denn regresara.
Separaron raciones, herramientas, armas, piezas del fuselaje, recipientes de agua.
Gor y Jin aseguraban los equipos que seguían funcionando, reforzaban los cierres y marcaban el orden en que debían cargarlos.
Cerca de ellos, Mara, manteniendo esa postura recta que solía usar para disimular la fatiga a pesar de su uniforme arrugado, apilaba los contenedores de raciones recuperados.
Bren se acercó para cargar el bloque más pesado; sus hombros anchos y su mandíbula fuerte se veían cubiertos por una fina capa de ceniza gris.
—Pensé que no lo contábamos esta vez, Mara —murmuró él, asentando la caja con un golpe seco.
Mara lo miró de reojo y se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano, relajando el gesto solo un instante.
—Estamos vivos, Bren. Eso es lo único que nos toca defender ahora. Sigue moviendo la carga.
Bren asintió con una leve mueca que intentó ser una sonrisa y se volvió a inclinar por otro contenedor. Dani ayudaba donde podía. Kein no se apartaba mucho de ella.
Wallace y Olyr aparecieron mientras clasificaban los equipos.
Uno de los oficiales quiso apartar una caja rígida, marcada como kit de análisis biológico, hacia el montón de lo inútil. Wallace casi se le echó encima.
Era bajo, compacto, de cabello oscuro y revuelto, con el rostro lleno de pecas y un corte pequeño en el labio. Tenía la camisa rasgada en un hombro, pero abrazó la caja contra el pecho como si acabaran de intentar arrojar a un familiar al fuego.
—¡Eso no es basura! —protestó—. Si el kit funciona, puede decirnos qué cosas no nos matan.
Olyr, más alto y delgado, llegó detrás de él con las manos levantadas. Tenía la piel muy clara, el cabello casi blanco pegado a la frente por el sudor y unos ojos grises que parecían demasiado tranquilos para aquella mañana.
—Lo que Wallace quiere decir es que no deberíamos comer nada sin analizarlo antes. Plantas, frutos, agua, tejidos animales si llega el caso. Con eso podremos hacerlo.
—Eso dije.
—No. Solo dijiste que no era basura.
—Era el punto importante.
El oficial los miró como si no tuviera fuerzas para decidir si estaban locos o solo eran jóvenes.
Senlar intervino antes de que la discusión creciera.
—Recuérdenme sus nombres.
Los dos se enderezaron un poco.
—Wallace.
—Olyr.
Senlar los observó con más atención. Los había visto antes, claro.
Después de tantas semanas en la estación, era fácil reconocer rostros, rutinas, rarezas.
También recordaba haber hablado de ellos con Val: dos científicos demasiado jóvenes, asignados a un proyecto de colonización en un sistema lejano, varados con todos los demás desde el secuestro.
Hasta esa mañana, habían sido parte del problema.
Ahora podían ser una ventaja.
—Ustedes son los biólogos de colonización —dijo Senlar.
Wallace levantó la barbilla, casi ofendido por la duda.
—Entre otras cosas.
Olyr lo corrigió sin mirarlo:
—Él es más útil con biología aplicada. Yo con química ambiental y toxicología.
—Dije entre otras cosas.
Senlar no tenía tiempo para sonreír, pero algo en aquella minuciosidad absurda le confirmó que Val tenía razón al recordarlos.
—Bien. Entonces desde ahora nadie come nada, bebe nada ni toca nada desconocido sin que ustedes lo revisen antes.
Miró al oficial.
—Lo que pidan para analizar, se les da. Pero no se alejan sin escolta.
Wallace asintió con demasiada rapidez.
—Perfecto.
Olyr miró hacia el bosque.
—También deberíamos revisar el agua.
—Primero encontremos agua —dijo Senlar—. Después me dicen si nos mata.
Las tareas avanzaron con una eficacia frágil, sostenida más por necesidad que por calma. Durante horas hubo algo que cargar, asegurar, revisar o preparar. Algo que permitía no mirar demasiado tiempo hacia el claro donde habían dejado a los muertos.
Pero cerca del mediodía ya no quedó forma de seguir postergándolo.
El entierro no fue apropiado. No pudo serlo.
Cavaron allí mismo, donde la tierra del claro cedía con menos resistencia. Las herramientas de excavación respondieron bien; era un dato útil para lo que vendría después, aunque nadie tuvo ánimo de celebrarlo.
Treinta cuerpos esperaban.
Treinta vínculos rotos.
A un lado, los vivos miraban trabajar a quienes abrían las fosas. Nadie enterraba a un desconocido del todo. Siempre había alguien que apretaba los labios, que bajaba la cabeza, que se cubría la boca con una mano.
El capitán fue colocado al centro.
Senlar permaneció de pie frente a él sin decir nada durante demasiado tiempo. Nadie lo apuró.
Cuando habló, no levantó la voz.
—Nos mantuvo vivos hasta donde pudo.
Eso fue todo. Y bastó.
Quien quiso fue acercándose. Un gesto. Una palabra rota. Otros no pudieron mirar. Kein lloró en silencio junto a Dani. Wallace cerró los dedos alrededor de una correa hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Olyr bajó la cabeza.
Denn no estaba allí. Eso pesó. No porque alguien lo dijera, sino porque el hueco se notaba.
Después cubrieron los cuerpos. La tierra cayó sobre ellos con un sonido pobre, pequeño, indigno de treinta vidas.
Nadie dijo que siempre serían recordados. Nadie necesitó decirlo.
Una hora después, el grupo de Neil y C0-UN1 regresó con los vehículos cargados: troncos rectos, piedras planas, fibras largas arrancadas de la corteza, vainas secas, fragmentos de resina endurecida y varias piezas vegetales que nadie se atrevió a clasificar como alimento todavía.
Wallace y Olyr apartaron primero lo que parecía comestible. No lo llamaron fruta. No aún. Lo colocaron sobre una lona limpia para preparar el análisis.
Todavía quedaban raciones de la estación, pero pocas. Restos, más que provisiones. Lo suficiente para resistir algunos días, quizá, si reducían las porciones hasta volverlas casi insultantes. Si lo que habían encontrado resultaba comestible, ganarían tiempo.
La gente los rodeó con una mezcla de hambre y desconfianza.
Eran piezas ovaladas, de piel oscura y vetas doradas, demasiado hermosas para no parecer veneno. Wallace apartó una con cuidado.
—Nadie toca esto todavía —dijo Olyr.
Wallace hizo un corte con una herramienta fina. El interior era claro, casi translúcido. Olyr tomó una muestra diminuta y la introdujo en el analizador.
—Y nadie come nada hasta que sepamos qué es.
—Nadie está comiendo —respondió una mujer.
Wallace miró a un niño que escondía contra el pecho un trozo pequeño, apenas una astilla húmeda de pulpa.
El niño lo bajó despacio.
Su madre se lo quitó de la mano y lo dejó sobre la lona, avergonzada.
El análisis tardó poco, pero el silencio lo volvió largo.
—No detecta toxinas incompatibles —dijo Olyr.
Wallace levantó un dedo.
—Eso no significa que puedan comerse veinte. Significa que pueden probar un poco y no morir de inmediato. Probablemente.
Nadie rio.
Wallace bajó el dedo que aún tenía levantado.
—Era una broma mala.
Senlar tomó una de las frutas, cortó un pedazo pequeño y se lo comió primero.
Dani lo miró como si acabara de hacer una estupidez necesaria.
Senlar esperó.
Nada ocurrió.
Entonces los demás comieron.
No hubo alegría limpia. Hubo hambre. Hubo alivio.
Hubo culpa por sentir alivio. Una mujer empezó a llorar después del primer bocado, sin dejar de masticar.
Varios partieron sus trozos para dárselos a los niños antes de probarlos ellos.
Las raciones de la estación, envueltas y escasas, quedaron a un lado como una promesa miserable que ya no alcanzaba para todos.
C0-UN1 observaba desde un lado.
Senlar lo notó.
—¿Qué pasa?
El autómata tardó un segundo en responder.
—Intento entenderlo.
—¿La fruta?
—No. A ustedes.
Senlar lo miró.
C0-UN1 tenía la cabeza inclinada hacia el grupo: los heridos comiendo despacio, los niños aferrados a pedazos de fruta, los adultos intentando no parecer desesperados.
—Algunos parecen aliviados. Algunos parecen sentirse mal por parecer aliviados. Algunos lloran mientras comen. Uno intentó reír y se detuvo antes de terminar.
C0-UN1 inclinó apenas la cabeza.
—No sé cuál de esas respuestas es la correcta.
Senlar bajó la mirada hacia el pedazo de fruta en su mano.
—Así sobrevivimos.
—Lo sé.
—No parece que lo sepas.
—Lo sé como dato —dijo C0-UN1—. No como experiencia.
Senlar no respondió enseguida.
—A veces no es tan bueno experimentarlo.
—Aun así —dijo C0-UN1—, a veces siento envidia.
La frase quedó entre ellos, baja, extraña, casi fuera de lugar. Senlar no se burló. Tampoco sonrió.