Capítulo V #3
Se apartó del grupo, murmurando entre dientes, y fue a sentarse cerca de los restos, lejos de los heridos, pero no tanto como para quedar fuera de la vista.
Denn lo siguió con la mirada.
—No deberíamos dejarlo suelto —dijo en voz baja.
—No está suelto —respondió Senlar—. Está rodeado.
—Pero… El capitán dijo…
—Entiendo la preocupación.
Denn se volvió hacia él.
Senlar no lo miraba. Tenía los ojos puestos en la cápsula médica, donde C0-UN1 ayudaba a introducir al siguiente herido.
—¿Lo dejaremos así?
—Tenemos muertos sin cubrir, heridos esperando turno y siete drones vigilando un planeta que no conocemos.
La rabia le subió antes de que pudiera contenerla.
—¿Y cuándo, Senlar? ¿Cuando convenza a alguien? ¿Cuando desaparezca con un arma? ¿Cuando nos despierte con otra tragedia encima?
Senlar lo tomó del brazo y lo apartó unos pasos del grupo.
No fue violento. Fue necesario.
—Mírame.
Denn no lo hizo.
—Denn.
Entonces sí.
Senlar estaba pálido, pero entero. Respiraba con dificultad, sí; el cuerpo aún le reclamaba el golpe. Aun así, se mantenía firme, compuesto, casi severo.
—Necesito al sargento —dijo Senlar—. Estas personas están mirándonos. Si nos ven quebrarnos, se quiebran. Si nos ven pelear por Neil, Neil gana. Ahora mismo no tenemos derecho a descomponernos delante de ellos.
Denn miró hacia el claro.
Dani sostenía una botella de agua para una mujer que no podía levantar los brazos. Kein seguía a su lado, asustado. Gor revisaba qué equipos seguían funcionando. Los heridos aguardaban. Los muertos, también.
Todo parecía depender de que alguien lograra imponer una voz serena en medio de aquella incertidumbre.
Denn cerró los ojos un instante.
Cuando volvió a abrirlos, la rabia seguía allí. El miedo también. Pero ya no mandaban.
—Dime qué necesitas —dijo.
Senlar soltó su brazo.
—Perímetro. Campamento antes de la noche. Y que Neil no sea más importante que los vivos.
Denn asintió.
—Entendido.
Después de eso no hubo tregua, solo otra clase de urgencia.
Los exploradores no fueron enviados lejos.
Denn eligió parejas armadas y les marcó límites estrictos: no perder de vista el claro, no internarse en el bosque, no separarse, volver ante cualquier movimiento extraño.
Necesitaban saber si había un lugar mejor para pasar la noche, no conquistar el planeta antes del anochecer.
—Nada de heroísmos —les dijo—. Ven algo raro, regresan. O avisan. En ese orden.
Los comunicadores quedaron abiertos.
Mientras ellos salían, el resto terminó de vaciar el área de carga.
La cabina de mando y parte de la zona de pasajeros habían recibido lo peor del impacto; por eso había tantos muertos.
El reactor de la nave también había quedado inutilizado, pero el compartimento trasero resistió mejor.
De allí sacaron módulos de refugio, herramientas, celdas de energía, lámparas, recipientes de agua, raciones comprimidas, algunos vehículos que todavía encendían y el pequeño reactor cuántico que transportaban como carga.
No bastaban para sentirse seguros. Bastaban para no estar completamente desnudos.
C0-UN1 revisaba cada equipo con una rapidez que nadie más podía sostener. Algunos aparatos respondían; otros encendían una luz débil y morían. Jin se quedó junto a él, separando lo útil de lo inútil, con las manos negras de polvo y aceite.
El lugar que finalmente eligieron no estaba lejos. Apenas una zona algo más elevada, entre árboles separados, con terreno menos blando y una pendiente suave que permitía ver parte del claro y los restos de la nave.
Eso bastó.
No levantaron un campamento. No de verdad.
Clavaron soportes donde pudieron. Extendieron lonas térmicas entre troncos.
Activaron dos módulos de refugio que apenas alcanzaban para los heridos más graves.
Los demás quedaron bajo cubiertas improvisadas, sentados sobre mantas, cajas de carga o directamente sobre la tierra.
Con piezas del fuselaje y árboles caídos armaron una barrera irregular, más simbólica que firme, alrededor del grupo.
La noche les ganó antes de terminar.
Denn se alejó solo unos pasos del borde mientras un oficial aseguraba una lámpara sobre un tronco. No fue una exploración. Fue apenas un momento de aire fuera del bullicio, una necesidad absurda de mirar el mundo que intentaba tragárselos.
Entonces lo vio moverse.
Algo bajo las hojas.
Primero pensó que era una rama arrastrada por el viento, pero la rama tenía patas. Muchas. Un cuerpo oscuro, brillante, más largo que su antebrazo, cruzó entre las raíces y desapareció bajo una piedra plana.
Denn caminó despacio.
Más adentro, entre los tallos pálidos, algo parecido a un enjambre se elevó desde la maleza: insectos de alas transparentes, grandes como manos abiertas, que brillaron un instante con la última luz del día antes de dispersarse.
Una criatura fina, segmentada, del largo de una serpiente, se contrajo sobre el tronco partido de un árbol y se perdió en una grieta de la corteza azulada.
Denn retrocedió un paso.
Una rama crujió.
Alzó el arma.
Entre los árboles, a pocos metros, había una criatura enorme.
Tenía el lomo alto y el cuerpo ancho, cubierto de placas pálidas.
Seis patas demasiado largas y finas la sostenían, articuladas con una regularidad inquietante.
La cabeza se proyectaba desde una masa de hombros oscuros: baja, estrecha, casi sin cuello, como si el cuerpo la hubiera empujado fuera de sí.
Algunos colmillos sobresalían aun con la boca cerrada.
Sus ojos, pequeños y rojos, permanecían fijos en él.
Denn no disparó.
La criatura alzó la cabeza. Las ranuras húmedas de su rostro se abrieron y cerraron con un pulso lento, casi silencioso. Luego dejó escapar un gruñido bajo.
Denn sostuvo el arma con ambas manos. No sabía si el disparo bastaría. Tampoco si el ruido atraería algo peor.
Una de las ranuras laterales se ensanchó. La criatura aspiró el aire sin apartar los ojos de él. Después desplazó el peso hacia atrás, giró hacia la espesura y retrocedió entre los árboles hasta desaparecer.
Denn siguió apuntando varios segundos más.
Un aviso mudo apareció en sus lentillas. Senlar. Fijó la mirada en él y aceptó la llamada sin bajar el arma.
—Denn, responde. ¿Dónde estás?
—Estoy aquí —dijo al fin—. En el borde norte. Hay vida cerca.
—Vuelve.
—Ya voy.
Cuando regresó, el campamento era un puñado de lonas y supervivientes apretado contra la oscuridad.
Los drones flotaban sobre el perímetro en rutas cortas, con luces tenues bajo la carcasa. Sus armas no tranquilizaban a nadie; eran demasiado pequeñas para aquel bosque. Pero sus sensores sí importaban. Movimiento, calor, sonido. Cualquier aviso era mejor que la oscuridad pura.
La noche cayó larga.
No durmieron.
Algunos lo intentaron, sentados con la espalda contra cajas de carga o abrazados a sus propias rodillas.
Cada ruido los levantaba. Cada zumbido de dron les hacía mirar hacia los árboles.
Desde el bosque llegaban llamadas húmedas, golpes entre ramas, aullidos que no terminaban de parecerse a nada conocido.
Más de una vez, los sensores marcaron movimiento y los oficiales levantaron las armas, solo para descubrir criaturas pequeñas huyendo entre la maleza.
Pequeñas allí significaba del tamaño de un perro.
Los insectos fueron peores.
Se colaban bajo las lonas, caminaban sobre botas, brazos, mantas. Uno de los niños despertó llorando con una criatura de patas finas sobre el pecho. C0-UN1 la retiró sin aplastarla y la arrojó más allá de la barrera. Nadie le preguntó por qué no la mató.
La noche duraba casi quince horas en aquel planeta.
Cuando por fin amaneció, nadie habló de descanso.
El campamento improvisado había servido para una cosa: demostrar que no podían pasar otra noche así.
Había resistido la noche, pero no les pertenecía.
Las lonas colgaban torcidas entre los árboles.
La barrera de metal y troncos no era una verdadera defensa.
Los heridos más graves seguían cerca de la cápsula médica, pálidos, agotados, esperando nuevos ciclos de tratamiento.
Los demás se movían despacio, con una obediencia mecánica. Sin fuerzas para decidir nada.
Senlar reunió a los oficiales disponibles.
No dio un discurso. Ya no había paciencia para eso.
—Hoy necesitamos dos cosas —dijo—: agua y un lugar defendible antes de que termine el día.
Nadie preguntó si podían descansar.
Denn salió con nueve oficiales y uno de los vehículos en busca de un sitio mejor. No irían lejos. No podían. Cada hora fuera del campamento era una hora sin saber si la noche anterior había sido suerte o advertencia.
A Neil le fue asignado un grupo encargado de preparar materiales para levantar el refugio definitivo cuando Denn encontrara el sitio: troncos rectos ya cortados a una medida útil, piedras grandes para anclaje, fibras resistentes, maderos preparados para servir de soporte y cualquier pieza del entorno que pudiera ahorrar trabajo después.
No se trataba de cargar medio bosque, sino de adelantar lo lento: escoger, cortar, limpiar y separar lo que realmente serviría.
No le gustó. Se le notaba. C0-UN1 estaba asignado con él, y eso le desagradaba aún más.
—Nada de cargar basura —le dijo Senlar—. Soportes, piedras, fibras, troncos aprovechables. Piezas listas, no peso muerto. Lo que sirva para levantar defensas cuando Denn encuentre el lugar. Nada de separarse. Nada de internarse en el bosque.
Neil sostuvo su mirada un instante más de lo necesario.
—Como ordenes.
Lo dijo como si la palabra le supiera mal.