Convergencia Capítulo V #2
19%

Capítulo V #2

Denn llevó a Senlar hasta la cabina destrozada.

El capitán yacía entre los escombros, con una quietud que no pertenecía a aquel lugar. Todo alrededor gemía, pedía agua, pedía ayuda, pedía nombres. Val no pedía nada.

Senlar se soltó de Denn antes de llegar. Dio dos pasos solo, torpes, sostenidos más por rabia que por fuerza, y cayó de rodillas junto al cuerpo.

No tocó al capitán de inmediato.

Se quedó mirándolo, con la boca apenas abierta, como si todavía esperara una orden. Como si Val fuera a incorporarse, maldecir el desastre y decirles qué hacer.

Pero no lo hizo.

Senlar tomó al fin una de sus manos.

—Lo siento —dijo.

La voz apenas salió.

Apretó los dedos del capitán una sola vez. Después bajó la frente, respiró de forma irregular y se obligó a soltarlo.

Denn quiso decir algo, pero no encontró nada que no sonara inútil.

Un grito les llegó desde la parte trasera de la nave.

Senlar cerró los ojos.

Cuando los abrió, ya no miraba como un discípulo. Miraba como alguien a quien le acababan de dejar una carga encima.

—Primero los vivos —dijo.

Denn asintió.

Y salieron de la cabina.

Durante los minutos siguientes no hubo plan. Solo urgencia.

Sacaron a quienes podían respirar. Apartaron placas de metal.

Cortaron cinturones trabados. Arrastraron cuerpos lejos de las zonas calientes del fuselaje.

Algunos heridos gritaban al ser movidos; otros no gritaban, y esos eran peores.

C0-UN1 iba de un punto a otro con una rapidez feroz, levantando piezas que dos hombres no habrían podido mover, revisando pulsos, indicando quién debía ser atendido primero y quién ya no podía esperar nada.

—Este vive. Muévanlo.

—A este no lo toquen. Columna comprometida.

—Ella primero. Hemorragia interna probable.

—Ese hombre ha muerto.

Cada frase caía limpia, exacta, insoportable.

Denn salió de los restos con un hombre apoyado sobre el hombro. Lo llevó hasta el claro donde estaban reuniendo a los sobrevivientes, lejos del fuselaje, bajo los árboles de corteza pálida.

Allí vio a Dani y a Kein.

Dani tenía un brazo pegado al cuerpo y la cara cubierta de polvo.

Aun así, estaba inclinada frente a una niña con una venda improvisada en la frente, revisándola con la única mano libre.

Kein permanecía junto a ellas, torpe pero atento, sosteniendo lo que Dani le pedía y tratando de calmar a la pequeña, que no dejaba de preguntar por su madre.

—¡Denn! —gritó Kein.

La alegría le rompió la voz. Se incorporó de golpe, como si fuera a correr hacia él, pero Dani lo detuvo apenas con una mirada. También ella sonrió, exhausta, con los ojos brillantes bajo el polvo.

Denn sintió alivio.

Y el alivio le dio asco.

A pocos metros, un niño sacudía el hombro de un hombre que no volvería a abrir los ojos.

—¿Están bien? —murmuró Denn.

—Lo estamos.

Querían acercarse. Se le notaba a Kein en la forma en que apretaba los puños, conteniéndose, y a Dani, en esa mirada fija, brillante bajo el polvo, como si pudiera abrazar a Denn con solo sostenerle los ojos.

Pero no había tiempo.

—Quédense aquí —dijo Denn—. Pronto regresaré. Kein, no te alejes de tu hermana.

Kein asintió, todavía sonriendo, aunque tenía los ojos llenos de lágrimas.

Denn dudó un poco más.

Dani acomodó mejor la venda de la niña, le limpió el polvo de la mejilla con el borde de la manga y volvió a mirarlo.

—Ve —dijo, suave pero firme—. Estaremos bien.

No había tiempo para abrazos.

No todavía.

La cápsula médica apareció casi intacta entre los compartimentos de carga, encajada bajo una sección doblada del fuselaje.

C0-UN1 la liberó con ayuda de tres oficiales y la arrastraron hasta una zona despejada.

El aparato se encendió con un zumbido bajo, demasiado sereno para aquel campo lleno de sangre.

No era salvación. No para todos.

La cápsula podía cerrar heridas, soldar huesos, estabilizar órganos dañados si llegaban a tiempo. Pero solo podía tratar a una persona por ciclo. Necesitaba energía. Necesitaba supervisión. Necesitaba que los heridos no se desangraran esperando turno.

Juno organizó la fila de prioridad con ayuda de Senlar y C0-UN1, gobernando ella el funcionamiento del aparato.

Con su ropa rasgada y manchada de hollín, el cabello cobrizo amarrado en una trenza firme para despejar su rostro y unas ojeras profundas que oscurecían sus ojos fijos, la joven daba indicaciones firmes a varios oficiales para que acomodaran a los pacientes más críticos en la zona despejada de manera segura.

Se movía entre ellos con una eficiencia imperturbable, aplicando torniquetes de urgencia e indicando a sus ayudantes a quiénes estabilizar primero.

Tenía los dedos impregnados de gel antiséptico y una palidez que delataba su propio agotamiento, pero su voz suave seguía siendo el único alivio real para quienes aguardaban su turno.

Denn coordinó la recuperación de armas, comunicadores, raciones y mantas térmicas.

Entre el material reunido había docenas de armas tecnológicas, tanto de pulso como de haz. También encontraron tres armas balísticas: dos pistolas y un rifle, modelos antiguos de funcionamiento puramente mecánico y con munición limitada.

Varios oficiales iban y venían entre los restos. Denn les ordenó separar a los heridos leves de los graves y envió a dos de ellos a buscar los drones de vigilancia.

Solo quedaban siete funcionales.

—Elévenlos —ordenó Senlar—. Círculo corto. No más de un kilómetro. Quiero aviso de movimiento grande, calor, sonido, lo que sea.

Uno de los oficiales dudó.

—¿Movimiento grande, señor?

—Sí. Grande.

Poco a poco, el accidente dejó de ser un solo horror y se volvió muchas tareas pequeñas. Eso lo hizo soportable. No mejor. Soportable.

Los muertos fueron apartados bajo una línea de árboles de corteza pálida, cubiertos con mantas cuando hubo mantas suficientes.

Cuando no, con fragmentos de tela, chaquetas, cualquier cosa.

En el claro, los vivos aguardaron: unos sentados, otros acostados, otros de pie, sin saber qué hacer con las manos.

Treinta no respondieron al conteo.

Treinta, incluido el capitán.

La cifra no provocó nuevas voces, sino algo peor: una quietud espesa, llena de respiraciones contenidas.

Senlar estaba junto a Denn cuando C0-UN1 terminó de confirmar el número.

Ninguno habló al principio.

Luego una mujer, con la ropa manchada de sangre que no parecía suya, preguntó:

—¿Qué hacemos ahora?

Otra voz, más lejos:

—¿Cuánto tiempo podremos aguantar así?

Nadie respondió.

Un niño empezó a llorar otra vez. Dani se arrodilló junto a él. Kein miraba hacia el cielo, como si esperara ver descender otra nave entre las nubes.

Senlar se pasó una mano por el rostro. Todavía temblaba, pero ya no podía permitírselo.

—Contamos con equipo médico, provisiones para unos días, armas y algunos drones —dijo—. Eso nos da una oportunidad, no seguridad. Antes de que oscurezca necesitamos alejarnos de la nave y encontrar un lugar donde podamos defendernos durante la noche.

—¿Alejarnos? —preguntó alguien—. Hay muchos heridos. ¿Vamos a moverlos así?

—El ruido, el humo y la sangre pueden atraer cosas —respondió Senlar.

Varias miradas se cruzaron.

—¿Qué cosas? —preguntó otra voz.

—La nave cayó porque algo chocó contra nosotros —dijo.

El murmullo se apagó.

—No sabemos qué era. Solo sabemos que volaba, que era enorme y que este planeta tiene vida suficiente para matarnos antes de que entendamos a qué nos enfrentamos.

Alguien sollozó.

Denn dio un paso al frente.

—Por eso nadie se aleja solo. Nadie entra en los restos sin avisar. Nadie toca equipo que no sepa usar. Los oficiales de seguridad van a asegurar el perímetro. Los demás ayudarán con agua, vendas, raciones y traslado de heridos. Quien no pueda ayudar, se queda donde podamos verlo.

No fue un discurso hermoso.

Fue mejor que eso: fue una orden.

Y algunos rostros, no todos, parecieron agradecerlo.

Neil habló desde un lado del grupo.

—Qué conveniente.

Denn volvió la cabeza.

Neil tenía un vendaje torcido sobre la ceja y el rostro endurecido por algo más que el dolor.

—¿Qué dijiste? —preguntó Senlar.

Neil dio un paso hacia ellos. No demasiado. Lo suficiente para que varios lo miraran.

—Dije que es conveniente. Tú estrellas la nave —dijo, mirando a Senlar—, y tú… —volvió los ojos hacia Denn, con un desprecio frío—. ¿Quién diablos eres tú?

El aire cambió.

—¿Por qué deberíamos aceptar eso?

La mayoría escuchó la pregunta de Neil.

Senlar lo miró con cansancio.

—No empieces.

—¿No empiece qué? —Neil señaló los restos de la nave—. Tú estabas al mando cuando eso cayó. Y él…

Miró a Denn.

—Él ni siquiera pertenece a esta tripulación.

Algunos bajaron la vista. Otros miraron a Denn con una duda nueva, pequeña, miserable.

Neil la vio. Y la usó.

—Van a poner sus vidas en manos de dos hombres que hace un rato no pudieron mantener una nave en el aire.

Denn dio un paso, pero Senlar alzó una mano. No una orden brusca. Una contención.

—No vamos a dividirnos —dijo Senlar—. No aquí. No antes de la noche.

—Claro. Mejor que todos sigan obedeciendo.

Neil se volvió hacia los oficiales más cercanos.

—Gor. Tú sabes lo que viene. ¿Vas a quedarte esperando a que vuelvan a equivocarse?

Gor no respondió de inmediato. Tenía el arma contra el pecho, los nudillos blancos alrededor de la correa. Miró a Neil, luego a Senlar, luego al claro donde los heridos esperaban turno para la cápsula médica.

—Lo que viene es la noche. Y estamos sangrando.

—Eso no responde mi pregunta.

—Sí la responde, señor. Nadie sobrevive partiéndose en dos ahora.

El silencio cambió de dueño.

Senlar no sonrió. Pero algo en su rostro recuperó firmeza.

—Escucharon a Gor —dijo—. Quien pueda sostener un arma, al perímetro. Quien pueda cargar agua, con los heridos. Las discusiones pueden esperar.

Neil miró alrededor buscando una grieta más grande.

No la encontró. No todavía.

—Van a arrepentirse —dijo.

Nadie contestó.

Eso pareció enfurecerlo más que cualquier insulto. Pero sus ojos siguieron trabajando. Se detuvieron en quienes habían bajado la mirada, en los que apretaban las armas con demasiada fuerza.