Convergencia Capítulo V
18%

Capítulo V

En un Mundo Desconocido

Al intentar abrir los ojos, solo encontró luz.

Una blancura dura, rota por manchas verdes, por sombras altas que se movían despacio sobre él. Parpadeó. Le costaba separar los párpados. Algo le ardía en la boca. Tierra. Sangre. El aire olía a pasto húmedo y a metal quemado, aunque todavía no sabía distinguir una cosa de la otra.

El zumbido ocupaba todo.

No escuchaba su respiración. No escuchaba el viento. Solo aquel filo continuo dentro del cráneo.

Encima de él había cielo azul. Nubes quietas.

Árboles enormes. El verde se extendía alrededor con una calma intacta, casi obscena.

Durante unos segundos, o quizá más, Denn no pensó en la nave.

No pensó en la caída. Vio la pradera de Nec.

La cabaña de su padre al otro lado del campo.

El sol de las tardes largas. La hierba aplastada bajo su cuerpo de niño.

Sonrió.

El gesto le abrió una punzada en el rostro.

Entonces algo gritó.

El sonido llegó deformado: primero una vibración lejana, luego una voz.

Después otra. Y otra más. El cielo dejó de ser Nec.

Los árboles seguían allí, pero ya no eran aquellos árboles.

El olor a metal quemado venció al pasto.

El dolor, hasta entonces hundido en algún rincón del cuerpo, subió de golpe por la espalda, las costillas, los brazos.

Los gritos se oían secos, sordos, atrapados en el fondo de su cabeza.

Denn intentó incorporarse y cayó de lado.

La tierra le llenó la boca. Tosió. Al hacerlo, el mundo volvió en pedazos: la nave de evacuación, el descenso, los golpes, el estruendo, los cuerpos lanzados contra los asientos, la voz del capitán Val ordenando sujetarse.

Denn rodó hacia los sonidos. Levantó la cabeza apenas lo suficiente para ver los restos de la nave abiertos sobre el terreno.

La estructura se había partido en varias secciones.

La parte delantera yacía más cerca de él, hundida en el suelo, con el fuselaje retorcido y la cabina deformada como una caja aplastada.

Se puso en pie como pudo.

Cada paso le arrancaba una descarga. Avanzó sosteniéndose de fragmentos de metal, de cables, de placas calientes que todavía despedían humo.

Miró alrededor. A unos metros, una silueta humana yacía entre los escombros.

Tardó unos segundos en advertir que terminaba a la altura del abdomen, abierta sobre la tierra en una masa oscura de sangre y vísceras.

Se restregó los ojos, pero solo consiguió extenderse el barro y la sangre por el rostro.

Miró de nuevo. El cuerpo seguía allí. En aquel lugar ya no quedaba nada que salvar.

Una voz le llegó desde el otro lado de una pieza desprendida del casco.

Denn rodeó el fragmento.

El capitán Val estaba tendido entre los restos de la cabina de mando.

Tenía ambas manos cerradas alrededor de una barra de metal que le atravesaba el abdomen. No intentaba sacársela. Solo la sujetaba, como si el gesto pudiera mantenerlo unido un poco más.

Denn tardó un momento en comprender lo que veía. Después cruzó a toda prisa la distancia que los separaba y se arrodilló junto a él.

—No se mueva, capitán.

Examinó la herida sin tocar el metal. La sangre empapaba el uniforme y seguía brotando alrededor de la barra. No sabía cómo retirarla sin empeorar el daño ni cómo detener una hemorragia así.

—Traeré ayuda —dijo con voz temblorosa.

Se dispuso a levantarse, pero Val soltó una mano del metal y se la cerró alrededor del brazo.

El gesto le arrancó un sonido húmedo, bajo. No fue un agarre fuerte. No podía serlo. Aun así, lo detuvo.

El capitán tenía los labios manchados de sangre. Respiraba por la boca, irregular, como si algo dentro de él se negara a seguir moviéndose. La otra mano seguía aferrada al metal incrustado en su abdomen.

Denn lo miró sin entender.

—Capitán…

Val movió apenas la cabeza. Sus ojos, empañados, buscaron los de Denn con una lucidez terrible.

—¿Eres… una convergencia?

Denn tragó saliva. El zumbido todavía le raspaba el oído.

—Está delirando, señor. Aguante. Voy a traer ayuda.

Intentó apartarse otra vez.

Val lo sujetó de la camisa.

Esta vez sí hizo fuerza. Una fuerza breve, desesperada, arrancada de donde ya no quedaba casi nada. Denn cayó de rodillas junto a él.

—Neil… lo sabe.

La sangre le subió a la boca. Tosió, y una salpicadura caliente cayó sobre el rostro de Denn.

—No confíes…

—Capitán, por favor…

Val tiró de él hasta acercarlo a su boca. Su voz salió casi sin aire, rota contra el oído de Denn.

—No confíes en Neil.

Después la mano perdió tensión.

Denn sostuvo al capitán un segundo más, como si no soltarlo pudiera impedir algo. Pero Val ya no lo miraba. Su cabeza cedió hacia un lado, y el peso de su cuerpo cambió de una manera definitiva.

Denn se quedó arrodillado, con la sangre del capitán en la cara y aquella frase clavada dentro de la cabeza.

—¿Denn?

C0-UN1 llegó entre los restos, con movimientos demasiado rápidos para aquel paisaje roto.

—Denn, ¿estás bien?

El autómata le tocó el hombro. Denn no apartó la mirada del capitán. Ni siquiera pareció oírlo.

C0-UN1 lo sacudió con cuidado.

—Denn.

Él asintió con torpeza. Una vez. Apenas.

—¿Y usted, Neil? —preguntó C0-UN1.

El autómata no giró solo la cabeza, sino todo el torso. Denn siguió la dirección de su mirada.

Neil estaba a pocos metros, sentado entre los restos, con una mano apoyada en el suelo y la otra contra el costado. Tenía la ropa rasgada, la cara sucia, un corte sobre la ceja. Pero seguía entero.

Y había oído.

Denn lo supo antes de que Neil dijera nada. Estaba en su expresión. En la forma en que miraba el cuerpo del capitán.

Neil lo dejó esperando.

—¡Contesta! —gritó Denn.

Neil alzó la vista hacia él.

—Estoy bien.

La respuesta salió baja, sin fuerza.

Denn no reaccionó.

La sangre del capitán empezaba a secarse sobre su rostro. No se la limpió. No se movió. La frase seguía ahí, fija, repitiéndose sin sonido.

No confíes en Neil.

Parpadeó.

El mundo volvió de golpe. Respiró hondo, pero el aire le entró a medias. Lo forzó otra vez. Y otra.

Cerró la mano.

No había tiempo.

Se limpió la cara con el dorso del brazo, dejando una mancha aún peor, y se obligó a apartar la mirada del capitán.

—Senlar.

La voz no le salió igual. Salió firme.

Miró alrededor.

—¿Dónde está Senlar?

Nadie respondió.

Denn se puso de pie demasiado rápido y casi perdió el equilibrio. C0-UN1 extendió una mano para sostenerlo; no lo tocó hasta calcular el punto exacto donde no iba a lastimarlo más.

—C0, búscalo —ordenó Denn, señalando hacia el campo abierto—. Debió salir disparado de la nave.

C0-UN1 obedeció.

Atravesó los restos de la cabina sin vacilar, esquivando cuerpos, placas rotas y cables sueltos con una agilidad seca, casi cruel en medio del desastre. Se alejó unos metros hacia el campo abierto y se detuvo.

—¡Aquí está! —gritó.

Denn volvió la cabeza de inmediato.

Senlar yacía boca abajo sobre el pasto.

Denn empezó a caminar hacia ellos, renqueante, mientras C0-UN1 se arrodillaba junto a Senlar.

El autómata no lo sacudió. No improvisó.

Pasó una mano sobre su nuca, luego sobre la espalda, el pecho, la cabeza.

Sus dedos se detenían apenas en ciertos puntos, como si leyera algo que nadie más podía ver.

—¡Está inconsciente! —gritó C0-UN1—. ¡Contusiones menores! ¡Respiración estable! ¡Pulso estable! ¡No detecto daño interno!

Denn soltó aire sin darse cuenta, pero no se detuvo.

—¿Seguro?

C0-UN1 ya venía de regreso. Se encontraron a medio camino, entre los restos y el campo abierto.

—Seguro —respondió.

Eso bastaba. Si C0-UN1 decía que alguien viviría, así sería.

—Entonces ayuda a quien puedas. Yo voy con Senlar.

C0-UN1 hizo ademán de volver hacia la nave, pero Denn lo sujetó del brazo.

—¿Dani? ¿Kein?

La pregunta no salió entera.

—Los he puesto a salvo.

Denn cerró los ojos un instante. Lo soltó.

—Ve.

C0-UN1 volvió a internarse entre los restos.

Denn siguió hasta Senlar. Cada paso le recordaba que seguía de pie por terquedad, no por fuerza. Se dejó caer junto a él más que agacharse y le tocó el hombro.

—Senlar.

Nada.

Denn le tocó el hombro.

—Senlar, despierta.

El hombre respiraba, pero no respondía. Denn lo giró con cuidado. Tenía la cara manchada de tierra, la boca entreabierta, un hilo de sangre seca bajo la nariz.

—Vamos, amigo.

Le dio unas palmadas suaves en la mejilla.

Senlar frunció el ceño. Primero llegó el dolor; después, la conciencia.

—Senlar.

Los ojos se le abrieron a medias. No enfocaron de inmediato.

—¿Denn…?

—Soy yo.

Senlar intentó incorporarse y soltó un gemido. Denn lo sostuvo antes de que volviera a caer.

—Despacio.

—¿Qué…? —Senlar miró alrededor, todavía perdido—. ¿Qué pasó?

—Algo golpeó la nave.

La respuesta tardó en entrarle. Senlar siguió mirando: el humo, los restos, las figuras moviéndose entre los gritos. Se llevó una mano a la cabeza.

—No recuerdo el impacto.

—Mejor.

Senlar intentó levantarse. Las piernas le fallaron al primer intento.

—Ayúdame.

—C0 dijo que no tienes daño interno, pero estás golpeado.

—Ayúdame, Denn.

Denn le dio la mano y tiró de él. Senlar se puso en pie con dificultad, apoyándose primero en su hombro y luego en el tronco astillado de un árbol joven, partido por el impacto.

Tenía corteza pálida, casi azulada, y hojas largas que temblaban como tiras de vidrio verde.

Respiró hondo, contuvo una arcada y miró hacia la nave.

—¿Los demás?

—C0 está ayudando.

Senlar asintió apenas. Entonces vio la sangre seca en el rostro de Denn. Algo en su expresión se rompió antes de que pudiera preguntarlo.

—Hay algo que no quieres decirme. ¿Qué es?

Denn no respondió enseguida.

Senlar entendió antes de oírlo.

—No.

—El capitán murió.

Senlar se quedó mirando hacia la cabina.

No lloró al instante. No dijo nada. Solo dio un paso, como si fuera a ir hacia él por pura costumbre, y la pierna le falló.

Denn volvió a sostenerlo.

—Senlar…

—Llévame con él.

La voz le salió baja, sin aire.

—Tienes que sentarte.

Senlar negó con la cabeza. Los ojos se le llenaron, pero siguió mirando hacia los restos.

—Llévame con él, Denn.