Convergencia Capítulo IV #4
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Capítulo IV #4

—Esa nave era de un zahavio que vivía a unos ochenta kilómetros de aquí.

—¿Vivía?

La nave empezó a elevarse, lenta al principio, estremeciéndose como si fuera a desarmarse antes de abandonar el suelo. Luego el campo de traslación ganó intensidad y la máquina se abrió paso hacia el cielo ardiente.

—Sí —dijo Dasslak—. No quería prestármela.

Voill lo miró con horror.

—No puede ser…

—Vamos, no te pongas así. Era un tipo bastante odioso. Se enfadó cuando aterricé mi nave en su propiedad.

Dasslak tomó uno de sus revólveres y empezó a caminar hacia él.

—Algunas personas exageran con lo de la propiedad privada.

Voill retrocedió con pasos torpes, temblando, con el sudor corriéndole por el rostro, sin apartar la vista de Dasslak.

—Pero… pero…

—Le dije que dejaría mi nave allí por un tiempo y que tomaría prestada la suya. Se molestó. Empezó a insultarme en zahavi. No tuve más opción que matarlo.

Voill siguió retrocediendo hasta chocar contra la pared.

—Eres un monstruo.

—No te preocupes. Dejé su cuerpo en su adorada nave. Cuando la derriben en el espacio, la destruirán junto con sus restos. Supongo que es lo que hubiera querido.

Voill bajó la mirada. Varias súplicas se formaron en su cabeza y murieron antes de llegarle a los labios. Tembló un instante más. Después, la disciplina de toda una vida volvió a imponerse sobre el miedo.

—Está bien —dijo, con la voz agotada—. Termina ya.

—En un minuto. Yavar pensó que tal vez compartirías algo en tus últimos momentos.

Dasslak levantó el revólver hasta apuntarle a la cabeza.

—El paradero de un tal Veyr.

Voill abrió los ojos.

—¿De esto se trata? ¿De Veyr? ¿Por qué me quiere muerto Yavar? He mantenido a Veyr vigilado.

—No tengo idea. Dijo que necesitaba hacer cambios para asegurar el futuro de la Unión. Que te habías vuelto un obstáculo. Lo de Veyr era un extra.

—He dado mi vida por la Unión. Todo lo que he hecho ha sido pensando en la especie humana y en el futuro de la galaxia.

—Te lo repito: no dedico mi vida a servir los intereses de la Unión. Nada de eso me importa. No pienses ni por un segundo que esto es personal. Es más simple: eres mi trabajo.

—Yavar no puede matarme… No diré dónde está Veyr. Él… él me necesita.

Dasslak negó despacio.

—Voy a explicártelo. A Yavar no parecía preocuparle demasiado que revelaras o no el paradero de esa persona.

O, al menos, no tanto como a alguien que no tuviera otra forma de encontrarla.

El trabajo era matarte. Lo otro era un extra.

Le recordé, igual que hice contigo, que no soy investigador privado.

Solo asesino. No podía prometerle esa información. Entonces dijo que no era fundamental.

Señaló la bolsa con el revólver.

—Ahí hay tres millones de créditos. Dos por tu cabeza y uno más por esa información que te niegas a compartir. No voy a presionarte. Si me aseguras que no dirás nada, lo respetaré. En ese caso tomaré solo la parte que me corresponde.

Voill le creyó.

—Mi hijo está en el sistema Chard —dijo Voill.

La voz se le quebró. Dasslak no reaccionó.

—En Navar. A las afueras de un pueblo llamado Villa Blanca. Tengo un lugar allí. Yavar sabrá cómo encontrarlo.

Una lágrima recorrió la mejilla de Voill.

—Siempre supe que debía matarlo —dijo—. El Augur me lo advirtió hace veinte años, antes de desaparecer. Me dijo que Veyr nunca debió nacer. Que sería una amenaza para la Unión.

Se limpió la cara con una mano temblorosa.

—Pero no pude. Amé demasiado a su madre.

Dasslak lo dejó hablar.

—Tiene veinticuatro años ahora —continuó Voill—. Seguro Yavar te pedirá que lo mates. Sí… eso debe ser. Supongo que debe hacerse.

Roto, alzó la vista hacia Dasslak, aferrándose todavía a la lealtad que había regido toda su vida.

—Es por el bien de la Unión.

Dasslak lo observó en silencio. Reconocía aquel dolor como se reconoce una lengua olvidada: entendía su forma, pero ya no hablaba su idioma. No sintió pena.

—Solo falta algo más —dijo Dasslak.

—¿Bornew? ¿Lo buscarás?

—Lo haré. Yavar mantendrá el contrato.

Voill asintió, casi aliviado.

—Pero necesito saber algo antes de que mueras. El buzón del que me hablaste. ¿Qué pasa si ese hombre vuelve a comunicarse?

—Yavar también tiene acceso. Si llega otro mensaje, él te lo hará saber.

Dasslak sostuvo su mirada un segundo más.

—Entonces es todo.

Voill cerró los ojos. No intentó retroceder.

—Estoy listo.

Dasslak disparó.

Voill Conner cayó muerto junto a la pared, con la sangre abriéndose bajo su cuerpo.

Dasslak tomó la espada, se la ajustó a la espalda y recogió el maletín y la bolsa con el pago. No contó el dinero.

Envió un mensaje breve por un canal seguro confirmando el cumplimiento de la asignación y abandonó el puesto de observación.

Afuera, el calor seguía respirando sobre la tierra abierta.

El fuego brotaba a lo lejos entre los volcanes de lodo, y la nave robada al zahavio ya no era más que un punto perdido en el cielo de Zaha.

Tomó uno de los vehículos de la escolta, una máquina baja que flotaba apenas sobre el suelo, y lo encendió sin prisa.

Dasslak condujo hacia el desierto, entre el fuego y el fango.

Y la luz de la estrella se deslizó por el solidio de la espada a su espalda.