Convergencia Capítulo IV #3
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Capítulo IV #3

Dasslak lo observó con una quietud distinta.

—¿Tienes uno?

—Tengo uno —dijo Voill—. Pero demostró ser poco útil.

—Entonces no tienes nada.

Voill aceptó la corrección con una sonrisa breve.

—No exactamente.

Hubo una pausa. No fue larga, pero sí lo bastante extraña para que Dasslak entendiera que Voill no estaba midiendo sus palabras por cortesía.

—Hablo de alguien con verdadero poder —continuó—. Aunque quizá no sea más que otro callejón sin salida.

Dasslak entrecerró los ojos.

Voill sostuvo el silencio un instante más.

—El Augur.

—¿El Augur? —Dasslak no intentó ocultar del todo su sorpresa—. ¿Está vivo? Yo mismo lo he buscado. Nadie lo ha visto en veinte años.

Voill sonrió entonces, no con alegría, sino con vulgar satisfacción.

—Eso no es del todo cierto.

Dasslak no se movió.

—Habla.

—Hace dos días recibí información sobre una chica en Autoro que afirma haberlo encontrado.

La mano de Dasslak descansó inmóvil sobre el brazo del sillón.

—¿Autoro? ¿En qué parte de Autoro?

Voill alzó ligeramente los hombros.

—No lo sé.

La mirada de Dasslak se endureció.

—Entonces sigues sin tener nada.

—Tengo un nombre: Cora.

—¿Quién es?

—No lo sé.

—¿Edad? ¿Especie? ¿Aspecto?

—No lo sé.

—Estás haciendo un gran trabajo.

—La describieron como peculiar.

—Eso no significa nada.

—Lo sé.

Voill desplegó el mensaje en sus lentillas con un gesto mínimo de los dedos. Durante un segundo, sus pupilas parecieron fijarse en algo que nadie más podía ver.

—La información vino de un contacto mío. Estaba en problemas. Lo habían capturado en algún punto de Autoro y alcanzó a enviar un mensaje a uno de mis buzones privados antes de desaparecer.

—¿Desaparecer?

—No he vuelto a saber de él.

Voill encontró el registro y leyó:

—«Me han capturado. Estoy en alguna parte de Autoro. Los piratas van a matarme. Rastrea este mensaje y envía ayuda, por favor. Hay algo aquí que puede interesarte: una peculiar chica llamada Cora. Dice haber encontrado al Augur».

Voill cerró el mensaje con otro gesto.

—Eso es todo. No hay descripción. No hay coordenadas limpias. No hay una segunda transmisión.

—¿No pudiste rastrear el mensaje?

—No. Sabes bien cómo funciona Autoro. Los piratas cifran sus conexiones para colarse en redes de la Unión sin dejar una ruta limpia. No hay forma fiable de saber cuándo ni desde qué punto de Autoro fue enviado. Ni siquiera estoy completamente seguro de quién lo mandó.

—¿Qué quieres decir?

—Que el mensaje no tenía remitente. Ese buzón lo conocen varios de mis hombres. Lo uso para comunicaciones de emergencia, nada más. Hace un tiempo, uno de mis equipos operaba en la Franja C.

La Franja C era uno de los tramos de la frontera de la Unión, una línea imaginaria entre sistemas que, como una cicatriz cartográfica, marcaba dónde el orden conocido empezaba a deshacerse en Autoro.

—Desaparecieron —continuó Voill—. Todos. Sin dejar rastro. Supongo que uno de ellos logró enviar el mensaje antes de que lo mataran.

—Supones mucho.

—Sí. Pero el mensaje existe. Y eso sí nos deja algo: una chica llamada Cora. Autoro. El Augur.

Dasslak bajó la mirada un momento.

—No sé qué es más difícil: encontrar al tal Bornew o a una chica sin rostro en Autoro.

Voill no objetó.

Autoro era inmenso, lo suficiente como para tragarse un nombre sin ayuda de nadie: rutas partidas, colonias armadas, puertos piratas y territorios donde ninguna autoridad duraba demasiado. Dasslak había cazado objetivos allí muchas veces. Nunca con tan poco.

Se recostó en el sillón y se llevó una mano a la barba.

—El Augur… —dijo al fin.

—¿Aceptarás?

—¿Qué robó de la Tierra? Eso que quieres que recupere.

—No puedo decirlo aquí, y prefiero no revelarlo hasta que te comprometas a aceptar el trabajo.

Confío en tu discreción, pero aun así esperaré.

Estará en el informe que recibirás si aceptas.

Lo que puedo decir es que dudo que sea un problema para ti.

Incluso si solo das con Bornew, ya será un avance.

Voill esperó.

—Está bien. Aceptaré el trabajo.

—¿Buscarás a Denn Bornew?

—Me has dado dos nombres: Denn Bornew y Cora. Buscar a alguien solo por su nombre es una estupidez. Hace falta un punto de partida. En el caso de Cora, al menos tenemos uno: Autoro. Es casi nada, pero si puede llevarme hasta el Augur, merece la pena.

—Él podrá ayudarnos.

—Tal vez.

Voill no discutió.

Con un gesto, sincronizó su interfaz personal con la de Dasslak. El informe prometido pasó en silencio junto con el resto de la información reunida durante la investigación: rutas, registros de entrada a la Tierra, datos de Denn Bornew, expedientes incompletos e hipótesis.

Luego Voill se levantó y fue por una bolsa pesada.

—Yavar me pidió que te diera esto —dijo al volver—. Es el pago en efectivo. Si me preguntas a mí, es engorroso.

—No te pregunté.

Voill sostuvo la sonrisa.

—Claro.

Extendió la bolsa hacia él, pero Dasslak no hizo el menor intento de tomarla. Solo señaló la mesa baja entre ambos con un movimiento breve del dedo.

—Puedes ponerla ahí.

La sonrisa de Voill se tensó. Posó la bolsa sobre la mesa.

Mantuvo la mano sobre ella un segundo más.

—Es curioso —dijo.

Dasslak no respondió.

—Cuando Yavar me entregó este dinero, asumí que ya habías fijado un precio. Pensé que sabías lo suficiente del encargo. Tal vez no todos los detalles, pero sí lo necesario.

Apartó la mano de la bolsa.

—Pero no sabías nada.

Dasslak lo observaba en silencio.

—Ni siquiera estabas seguro de aceptar el trabajo. Y tú no cobras por adelantado. No de forma habitual.

Voill intentó sonreír, pero la expresión no terminó de formarse.

—Solo recuerdo una vez.

—Aquella fue distinta —dijo Dasslak—. Había muchas posibilidades de que intentaran matarme después de terminar. Cobré antes para no tener que volver a reunirme con nadie.

—Sí… claro. Un caso especial.

Voill miró la bolsa. Luego a Dasslak.

—Entonces ¿por qué lo haces ahora?

Dasslak siguió inmóvil.

—¿Por qué decidiste cobrar por adelantado antes de saber siquiera qué queríamos de ti?

Dasslak bajó la mirada hacia la bolsa.

—¿Cobrar por adelantado?

Cuando volvió a mirar a Voill, ya no quedaba nada parecido a cordialidad en su rostro.

—No lo he hecho. Aún no toco esa bolsa.

Voill tragó saliva.

Dasslak se levantó.

No hubo aviso.

El movimiento fue limpio, sin ruido, sin tensión previa. Cuando los soldados entendieron que algo ocurría, ya era tarde. Los dos revólveres aparecieron en sus manos con una exactitud mecánica. Dos disparos, luego otros dos, luego otros dos. Secos. Inmediatos. Todos a la cabeza.

Seis cuerpos cayeron casi al mismo tiempo.

Antes de que tocaran el suelo, sangre y fragmentos de hueso ya habían salpicado las paredes. Después, la sangre brotó de los cráneos abiertos, caliente y oscura, extendiéndose bajo los cuerpos.

—¿Qué diablos haces? —La voz de Voill se quebró al salir.

Retrocedió mal, perdió el equilibrio y cayó de espaldas.

Dasslak no lo miró. Enfundó los revólveres, aún calientes, y tomó el maletín. Lo abrió con calma. Dentro, cada pieza del rifle descansaba en una hendidura hecha a su medida. Las fue tomando una a una. Encajando. Ajustando.

El sonido metálico del ensamblaje inquietaba a Voill casi tanto como los disparos de antes. Se agitó en el suelo, sin conseguir ordenar lo que acababa de pasar. El olor empezó a llegarle entonces. Sangre, metal. Algo más espeso.

Sintió el calor húmedo escapársele entre las piernas y ni siquiera intentó contenerse.

—¿Qué… qué estás haciendo, Dasslak? —preguntó, con la voz rota.

El asesino seguía de espaldas, concentrado.

—¿No lo ves? —dijo, sin prisa—. Ensamblo mi rifle. Hice bien en traerlo.

La última pieza encajó con un clic seco.

Voill temblaba.

—¿Para… qué?

Dasslak inclinó apenas la cabeza hacia la ventana.

—Mira.

Voill tardó un segundo en obedecer. Apoyó una mano en el suelo manchado, luego otra en el brazo del sillón, y logró ponerse de pie con torpeza. Las piernas apenas le respondían. Se sostuvo como pudo y miró por la ventana.

Afuera, el último soldado corría.

No hacia la instalación. En dirección contraria. A toda velocidad.

—Ni siquiera ha llegado lejos —murmuró Dasslak.

Apoyó el rifle contra el hombro.

—No te compadezcas —añadió—. Es un cobarde.

Disparó.

El cristal estalló. A lo lejos, el cuerpo del soldado se quebró en plena carrera y cayó sin completar el siguiente paso.

El calor irrumpió de golpe en la habitación. El aire caliente raspó la garganta de Voill con cada respiración entrecortada.

—¿Qué has hecho…? —alcanzó a decir.

Dasslak ya había bajado el arma. Sus manos trabajaban de nuevo, desmontando el rifle con la misma calma con la que lo había armado.

El sistema de enfriamiento elevó su zumbido, como si intentara compensar una batalla que ya había perdido.

—Yavar pidió que te asesinara. Ese dinero de la bolsa no era un adelanto por Bornew. Es el pago por tu cabeza. Los siete soldados que tuve que matar los incluyo gratis.

—No puede ser cierto —dijo Voill, pálido.

—Tranquilo, Voill. Por supuesto que no es cierto.

Voill lo miró y se aferró a la frase con una esperanza absurda.

Dasslak cerró uno de los seguros del maletín.

—Mentí sobre los soldados. Siempre incluyo imprevistos en el precio.

—Estás loco —dijo Voill—. No puedes matarme. Soy miembro del gobierno de la Unión Galáctica. Este puesto tiene sistemas de protección.

—Me ofendes, Voill.

Dasslak colocó el maletín sobre la mesa, junto al dinero.

—Vine preparado para eso.

—Espera… Si me matas, no podrás salir de este sistema. Tu nave ya fue registrada por los sistemas de defensa cuando llegaste. El soldado de fuera debió enviar una llamada de auxilio. No podrás escapar. Van a buscarte en toda la galaxia.

Dasslak miró hacia la ventana rota.

—¿Te refieres a esa nave?

Voill siguió su mirada. Más allá de la ventana rota, el aire ondulaba sobre el terreno abrasado. La vieja aeronave seguía allí, a unos cuarenta metros del puesto.

—Pues… sí.

—Lamento decepcionarte, pero esa no es mi nave.

Dasslak trazó una orden en el aire. Afuera, los sistemas de traslación de la aeronave respondieron con un gemido tosco.