Capítulo IV #2
—Que uno mantenga vigilancia exterior. No quiero sorpresas.
—Entendido, señor.
La comunicación se cortó. El soldado tardó apenas un instante en recuperar la postura, como si hubiera olvidado por un momento que seguía de servicio.
Dasslak cruzó la puerta hacia el interior del puesto de observación, escoltado por dos soldados. No miraba a ninguno de ellos, no realmente, pero era perfectamente consciente de cada movimiento a su alrededor.
Dentro no había lujo alguno: paredes desnudas, mobiliario funcional, superficies resistentes al calor y una luz amarilla que volvía todo más seco. El sistema de enfriamiento trabajaba cerca de su límite, pero el aire seguía pesado, como si Zaha se filtrara por las juntas.
Voill Conner lo esperaba en la sala principal.
No se levantó.
Sonreía desde su asiento con una cordialidad demasiado amplia, impropia de aquel lugar inhóspito.
—Dasslak —dijo, abriendo los brazos—. Es bueno verte.
—Imagino que sí.
Voill señaló el sillón frente a él.
—Siéntate, por favor.
Dasslak no obedeció de inmediato. Recorrió la sala con la mirada. Cuatro soldados ocupaban distintos puntos del recinto; los dos que lo habían escoltado permanecían detrás de él. Ninguno parecía relajado. Eso hablaba bien de ellos.
—Lo haré.
Se descolgó la espada con un movimiento sobrio, sin esfuerzo visible, y la apoyó a un lado antes de tomar asiento. Luego acomodó el maletín junto a su pierna.
—Hace un calor espantoso —añadió Voill—. Debes estar sediento.
Voill hizo una seña breve a uno de sus hombres.
—Trae algo frío para nuestro invitado.
El soldado apenas había dado un paso cuando Dasslak habló.
—Eso no será necesario. Estoy acostumbrado a sitios peores.
El soldado se detuvo.
—Yo no estoy tan acostumbrado. Ya sabes cómo es, soy de la Tierra. Casi todo es verde ahí… Odio viajar a lugares como este. Ni siquiera el aire acondicionado funciona como debería.
—¿Por qué no han terraformado este planeta? —preguntó Dasslak—. Está en un Sistema Secundario.
No lo dijo como si fuera un detalle menor.
Voill lo miró con una sonrisa leve.
—Los zahavios tendrían problemas para sobrevivir en un planeta terraformado. Sería muy frío para ellos.
—No sabía que les interesara el bienestar de otras especies.
—No pienses tan mal de nosotros, Dasslak —dijo Voill, sin perder la sonrisa—.
Nos preocupamos por todas las especies aliadas de la Unión…
cuando conviene. Aun así, terraformar Zaha sería innecesario.
Este planeta no tiene nada que nos interese.
Los zahavios pueden quedarse con su infierno mientras sigan siendo leales.
—Así que es eso. Este planeta no les ofrece nada.
Voill rio por lo bajo.
—¿Acaso te interesan los zahavios por alguna razón?
—Por supuesto que no.
La rigidez de los soldados cedió apenas. Ninguno bajó la guardia.
—Hace años que no estaba tan cerca de la capital —dijo Dasslak.
Hablaba de la Tierra, aunque desde Zaha la Tierra no fuera más que una idea encerrada a años luz de distancia.
Voill se pasó un pañuelo por la frente con una delicadeza casi ceremonial.
—Transitar por la Unión nunca será un problema mientras sigas siendo amigo del Alto Consejo. Conmigo como aliado, nunca tendrás que preocuparte.
—¿Y quién dijo que me preocupa? —Dasslak lo miró sin cambiar de expresión.
Uno de los soldados movió apenas la boca.
—No parece muy modesto.
—Cállate —susurró el otro—, o vas a lograr que nos maten.
Voill dejó escapar una risa breve. Dasslak mantuvo el maletín junto a la pierna, una mano cerca del asa, la otra libre.
—¿Para qué es ese maletín? —preguntó Voill.
—Herramientas.
—¿Herramientas?
—Algunas.
—¿Tienes otra asignación cerca?
Dasslak apoyó la espalda en el sillón y subió los pies sobre la mesa baja entre ambos, sin pedir permiso.
—No suelo comentar mis trabajos. Ya deberías saberlo.
—Vamos, Dasslak. Sabes que puedes confiar en mí.
—De hecho, es lo contrario.
La sonrisa de Voill se volvió más fina.
—Qué cruel.
—Además, no se trata de si confío o no en ti. Son buenos hábitos. —Dasslak ladeó apenas la cabeza—. Ahora sería buena idea hablar de negocios. Tengo prisa.
—Cuando Yavar habló contigo días atrás, ¿te explicó algo de la asignación?
—Me preguntó cuándo podía reunirme contigo. Dijo que tú me darías los detalles.
Voill asintió despacio. Tomó un vaso de la mesa auxiliar junto a su silla y lo giró entre los dedos, reteniendo el frío en la mano sin intención aparente de beber. La humedad se condensaba sobre el cristal y le mojaba la piel.
—Necesitamos que encuentres a una persona.
—Te escucho.
—¿Has oído algo sobre la desaparición de una estación de salto del sistema solar hace unas semanas?
Dasslak no respondió de inmediato.
—Algo.
—La versión oficial es una falla interna —continuó Voill—. Un error en sus sistemas de tránsito. Eso fue lo que se comunicó.
—Pero no fue eso.
Voill dejó el vaso sobre la mesa.
—No. Fue secuestrada.
Dasslak pareció concederle a la conversación un interés real. Bajó los pies de la mesa y entrecerró los ojos.
—¿Secuestrada?
—Por una persona.
Dasslak lo miró como si acabara de decir algo torpe, absurdo o ambas cosas.
—¿Quieres que lo mate?
—Algo así.
—Eso suele significar que no.
Voill sonrió.
—Aún no sabemos dónde está la estación.
Dasslak apoyó los antebrazos sobre las rodillas.
—¿Cómo puede una persona secuestrar una estación de salto del sistema solar? Y, más importante aún: ¿cómo es que ustedes no saben dónde está?
—Créeme, no eres el primero en hacer esas preguntas.
Voill se limpió la humedad de los dedos con el pañuelo.
—Es una situación delicada. Es posible que tuviera ayuda desde dentro. Uno de los miembros del personal de la estación destacó durante las investigaciones preliminares.
—¿Por qué?
—Por su aparente inestabilidad. Neil Gobi.
Antiguo soldado de la Unión. Fue dado de baja del ejército después de que varias muertes lo pusieran bajo sospecha.
Nunca pudieron probarle nada. Después fue reubicado a la estación.
Tampoco tenemos nada que lo relacione con Bornew, pero su historial es demasiado llamativo como para pasarlo por alto.
—Nada de eso explica cómo desapareció la estación.
—No. Pero explica por qué te estamos llamando: estamos empezando a desesperarnos.
Dasslak dejó que el silencio se prolongara.
—¿Exactamente qué quieres que haga?
Voill se inclinó hacia adelante.
—Encuéntralo. Haz un escaneo de su cerebro. Recupera lo que robó de la Tierra. Y cuando hayas terminado, mátalo.
Nadie en la sala se movió.
—¿Lo que robó de la Tierra? El asunto parece enturbiarse con cada palabra que sueltas. ¿Qué diablos está pasando?
—No puedo hablar de eso libremente aquí. Lo verás en el informe.
Voill miró a los soldados. Nadie se atrevió a sostenerle la mirada.
—Nadie puede saber que un solo hombre violó la seguridad de la capital —añadió, esta vez para todos—. Ni cómo lo hizo. Ni qué se llevó.
Dasslak permaneció en silencio.
—¿Es posible? —preguntó Voill.
Dasslak miró el maletín junto a su pierna, luego la espada apoyada a un lado.
—Todo es posible. Algunas cosas solo son más caras. Aun así, me gustaría saber algunas cosas. Háblame de él.
—Se llama Denn Bornew. Humano. Nacido en Nec. Apenas un muchacho. Pertenecía al ejército de la Unión, asignado a las fuerzas de Tau Ceti.
Dasslak no apartó la mirada de él.
—¿Un soldado galáctico?
—Sí.
—Vaya. La disciplina del dominio sigue dando frutos.
Voill tensó apenas la mandíbula.
—Ingresó a la Tierra durante una misión de escolta. Acompañaba a un político importante. Nadie imaginó que iba a separarse de su grupo.
—Eso suele decirse después de que alguien lo hace.
—Robó algo —continuó Voill—. Llamémoslo… máquina. Nadie conocía su existencia. Todavía no sabemos cómo supo de ella. Durante la huida del sistema solar, secuestró la estación de salto.
Dasslak apoyó un codo en el brazo del sillón. Con el pulgar acarició despacio la empuñadura de uno de sus revólveres, no como amenaza, sino como costumbre.
—Nada de esto suena a trabajo para mí. ¿Por qué me llamaron?
Voill tardó un poco en responder.
—Las semanas pasan y seguimos sin un rastro sólido. Ebyem está cada vez más paranoico. Necesitamos hurgar en la cabeza de Denn Bornew y conocer sus intenciones. Y no conozco fuerza en la galaxia comparable a ti cuando se trata de encontrar a alguien que no quiere ser encontrado.
Dasslak no contestó.
—Es por el bien de la Unión —añadió Voill.
—¿Me estás confundiendo con alguien? No dedico mi vida a servir los intereses de la Unión. Cuando me contratan para matar a alguien, no me importa qué hizo, a quién perjudicó ni qué bandera ensució por el camino. Lo que hago es simple: mato por dinero. Esto suena como trabajo para las autoridades.
—¿Crees que no hay autoridades buscándolo?
Tenemos a los mejores en ello. El asunto se volvió tan molesto que Ebyem ya ordenó crear una agencia especial para encargarse de incidentes así en el futuro.
Pero no pienso quedarme sentado esperando a que otro departamento aprenda a hacer su trabajo. Necesito saber qué está pasando.
—No soy un investigador privado. Soy un asesino.
—Lo sé. Y por eso estás aquí. Suena distinto, pero no lo es tanto. Debes encontrar a un hombre, como siempre. La diferencia es que, antes de matarlo, debes extraer la información de su cabeza. Y recuperar lo que robó, por supuesto.
Dasslak soltó una respiración breve, casi una risa sin humor.
—Soy bueno en lo que hago porque nací para asesinar. Hacer preguntas y recuperar objetos no se me da bien. Además, ni siquiera me estás dando información clara. ¿Tienes idea de lo difícil que es encontrar a una persona en la galaxia?
—Hay un detalle que cambia las cosas. Por eso pensé que contactarte no era descabellado.
Dasslak esperó.
Voill se inclinó apenas hacia adelante.
—Hay algo que puedes buscar primero. O, mejor dicho, alguien.
El pulgar de Dasslak se detuvo sobre la empuñadura.
—¿Alguien?
—Él puede ayudarte a encontrarlo.
La expresión de Dasslak cambió apenas.
—¿A quién te refieres?
—Temo que la única forma de encontrar a Bornew es con la ayuda de un adivinador.