Capítulo IV
Un Hombre Legendario
El sistema Danduri se encontraba a ciento cuarenta años luz del sistema solar y había sido uno de los primeros destinos de la expansión humana. Cuando las primeras naves alcanzaron sus límites, descubrieron que uno de los planetas de la estrella ya estaba habitado.
Zaha.
Los informes hablaron de una especie inteligente, erguida, bípeda y de manos prensiles.
Los zahavios articulaban sonidos con pausas e inflexiones demasiado regulares para ser instinto.
Antes de aparecer en el cielo de un mundo desconocido como una amenaza, los humanos enviaron señales, mensajes, promesas.
Durante un tiempo se temió una respuesta hostil. No la hubo.
Los zahavios —o al menos así sonaba, en su propia lengua, el nombre con que se designaban a sí mismos— aceptaron el contacto con una facilidad inesperada.
Llegaron los acuerdos, la asistencia tecnológica, las delegaciones y los tratados.
Veinte años más tarde, en 2160, cuando la Unión Galáctica fue fundada formalmente, el sistema Danduri pasó a formar parte de ella.
Zaha, sin embargo, nunca llegó a parecer un mundo hecho para los humanos.
La cercanía con su estrella mantenía la superficie bajo temperaturas abrasadoras y la gravedad obligaba al cuerpo a recordar su propio peso a cada paso.
Setenta grados centígrados ya no bastaban para matar a un humano moderno; no después de siglos de ingeniería genética, optimización médica y arrogancia biológica.
Pero sobrevivir no era lo mismo que estar cómodo.
Voill Conner lo sabía desde antes de descender.
Había nacido en la Tierra y no sentía el menor entusiasmo por pisar Zaha.
Su cargo, sin embargo, no siempre le permitía elegir destinos agradables.
Como mano derecha del Líder Supremo y cabeza visible del Alto Consejo, trataba con líderes de sistemas miembros, suavizaba tensiones, cerraba acuerdos y recordaba dónde estaba el centro real del poder.
Esta vez, al menos en apariencia, el motivo era menor: comercio.
Voill había llegado unos días antes de la reunión oficial con el líder de Danduri. No por cortesía ni prudencia diplomática.
Había aprovechado la salida del sistema solar para concertar otro encuentro. Uno que no figuraba en ninguna agenda.
Se reuniría con un asesino a sueldo demasiado conocido para seguir libre por mera habilidad. Sobre él pesaban órdenes de captura y recompensas en numerosos sistemas, pero se desplazaba entre ellos con una libertad que nadie parecía capaz de explicar.
Para Voill, aquella era la verdadera prioridad del viaje: entregarle una encomienda desagradable, necesaria y, según él, indispensable para el futuro de la Unión Galáctica.
Solicitó al gobierno de Zaha alojamiento lejos de la capital. Bastó con insinuar que prefería un sitio discreto, sin recepciones ni comitivas.
Los zahavios le ofrecieron una instalación de observación en el cinturón árido de Namar, a varias horas de la ciudad más cercana.
Construida décadas atrás para estudiar la actividad geotérmica, había terminado adaptada para recibir delegaciones menores, técnicos de alto rango o funcionarios que necesitaran trabajar sin interrupciones.
Era aislada, resistente y demasiado incómoda para atraer visitas innecesarias.
Voill aceptó de inmediato.
El paisaje parecía una herida mal cerrada.
Volcanes de lodo respiraban en la distancia, hinchándose bajo la corteza antes de vomitar columnas oscuras que se abrían en el aire y caían con una lentitud espesa.
Entre los cráteres, llamaradas breves se encendían sin aviso, lenguas de fuego azuladas y violentas que desaparecían casi al nacer y dejaban un resplandor enfermo sobre la tierra seca.
No había árboles. No había agua visible. Solo fango, fuego y calor torciendo el horizonte.
Las instalaciones se alzaban en medio de aquella soledad como una pieza olvidada por alguna maquinaria mayor: una estructura baja, angulosa, revestida con placas térmicas y anclada al suelo por pilotes de acero hundidos en la roca.
Dentro, el sistema de enfriamiento trabajaba con un zumbido constante, casi irritado, incapaz de borrar del todo la sensación de que el planeta presionaba desde afuera con una paciencia feroz.
El gobierno de Zaha había instalado una línea directa con sus autoridades centrales y prometido asistencia inmediata ante cualquier eventualidad. La promesa sonaba correcta. Diplomática. Inútil.
Voill no había ido allí para pedir ayuda.
A su lado permanecía una escolta del ejército del sistema solar, hombres de la Unión adscritos al núcleo militar terrestre.
Cuatro vigilaban los accesos interiores.
Afuera, tres soldados esperaban repartidos entre las rocas negras, atentos al desierto, al fuego y a la llegada de Dasslak.
Los vehículos de la escolta permanecían estacionados junto al puesto.
El hombre al que nadie parecía poder encontrar, pero que siempre llegaba cuando se abría un contrato.
—No me acostumbro a respirar esto —dijo uno de los soldados.
Tenía la voz baja, filtrada por el comunicador del casco. No jadeaba, pero cada palabra le salía con un esfuerzo contenido.
El otro no apartó la vista de los cráteres. A lo lejos, una lengua de fuego brotó del barro y se deshizo casi de inmediato.
—Esto no se respira. A esto se sobrevive.
El primero rio por lo bajo.
—Debieron autorizarnos trajes térmicos —agregó el tercero.
—¿Y admitir que la escolta terrestre no soporta una noche en Zaha? Claro.
La conversación murió bajo un sonido rasposo, metálico, demasiado irregular para confundirse con el viento o con los volcanes de lodo.
Una nave apareció sobre el horizonte, pequeña, deslucida, con el fuselaje ennegrecido por viejas reparaciones y una vibración torpe en los estabilizadores, resistiéndose apenas a caer.
Las torretas antiaéreas de la estación despertaron al mismo tiempo. Giraron sobre sus bases con una exactitud silenciosa y apuntaron hacia la aeronave. La advertencia salió por el canal de tránsito aéreo: código de seguridad o desvío inmediato. Después de eso, solo habría disparos.
La nave siguió avanzando. Poco después transmitió el código de seguridad; las torretas mantuvieron el blanco unos segundos más antes de descender a posición de reposo.
Con un quejido largo, la aeronave completó la aproximación y descendió a unos cuarenta metros del puesto de observación, levantando una nube de polvo caliente y costras secas de barro.
Uno de los soldados ajustó la mano sobre el arma.
—Vaya mierda de nave, ¿no?
Otro observó la pintura comida por el calor, el tren de aterrizaje desnivelado y la puerta lateral marcada por quemaduras antiguas.
—¿De verdad es él?
—Esperaba algo… distinto.
El silencio entre los tres duró apenas un segundo.
—¿Avisamos al señor Conner?
Un soldado miró hacia el refugio y luego otra vez hacia la nave.
—No creo que el señor Conner necesite que le avisemos de nada.
La escotilla se abrió con un golpe seco. Durante un instante no apareció nadie. El calor del exterior invadió la abertura.
Después, una figura se asomó desde el interior oscuro.
Dasslak descendió sin prisa, como si aquel infierno de roca, barro y fuego no tuviera nada que ver con él.
Era alto, de cuerpo atlético y robusto, fuerte sin exageración, con un vigor forjado por necesidad.
Tenía el cabello castaño, corto y grueso, peinado hacia un lado con un descuido demasiado exacto; algunas canas le rompían las sienes.
La barba, también castaña y cruzada por gris, endurecía un rostro de mandíbula firme y pómulos marcados.
Parecía haber envejecido solo hasta donde le convenía.
Sus ojos eran marrón claro, pero no había calidez en ellos.
Miraba con una calma fija, como si todo lo que veía ya hubiera sido reducido a distancia, peso, amenaza o precio.
No necesitaba apurar el paso. Había hombres que entraban en un lugar imponiéndose; Dasslak lo hacía de una forma peor: obligaba al lugar a admitirlo.
La gabardina negra se movía apenas con el viento caliente.
En una mano llevaba un maletín de cuero fino.
En la cintura descansaban dos revólveres plateados de cañón largo, elegantes y absurdamente antiguos en una época dominada por armas tecnológicas.
Más de una vez alguien le había preguntado por qué seguía cargando con aquellas reliquias.
«Soy un hombre de buen gusto», respondía.
—¿Es él? —murmuró.
Nadie respondió. Otro tenía la vista fija en algo que sobresalía por encima de la cabeza del recién llegado.
La espada.
No podía ser otra. Una hoja descomunal, de casi veinte centímetros de ancho y más de un metro de largo.
Estaba hecha casi por completo de solidio, un metal demasiado ligero para un arma concebida para partir cuerpos y armaduras; en su interior, una aleación de alta densidad actuaba como lastre, aportándole peso, equilibrio y una brutalidad deliberada.
La llevaba ajustada a lo largo de la espalda, con el mango detrás de la nuca. Dasslak caminaba con ella como otros hombres llevaban una chaqueta: sin corregir el paso ni concederle esfuerzo visible.
—La espada —dijo el soldado—. Es él.
Setenta y cuatro años atrás, aquella hoja pertenecía al vialiki al que llamaban el Oso. Su nombre bastaba para cerrar puertas, vaciar calles y hacer que otros criminales bajaran la voz. Fue el asesino más temido de su generación hasta que aceptó un contrato por la cabeza de Dasslak.
La pelea se había contado de cien maneras: en cantinas de Autoro, cárceles orbitales y puestos militares donde nadie admitía creer en leyendas. Algunos decían que duró horas. Otros, que Dasslak estuvo a punto de morir. Nadie discutía el final.
El Oso murió. Dasslak tomó la espada.
Desde entonces la llevaba como trofeo, advertencia y firma. Setenta y cuatro años después, aquella historia caminaba armada hacia los tres soldados.
La voz de Voill irrumpió en el comunicador:
—Escóltenlo dentro.
Uno de los hombres parpadeó, arrancado de la contemplación.
—Sí, señor Voill.