Capítulo III #3
—Quizá terminemos viviendo en un lugar así.
—Es hermoso, Dani. Hace mucho que no estábamos cerca de un planeta así. Y este se ve distinto. Mira esos colores.
C0-UN1 observó la mano de Dani y apoyó la suya en el hombro libre de Kein.
—Ten paciencia. Pronto lo sabremos.
Kein sonrió sin soltarlo.
La sonda descendió, tomó muestras y transmitió imágenes y cientos de lecturas que solo Val, Senlar y un oficial especializado revisaron completas.
Val restringió el acceso desde el primer momento; no quería conclusiones parciales corriendo por la estación antes de que pudieran distinguir una promesa de un error instrumental.
Los sistemas dañados obligaron a repetir varias verificaciones. Llegó la hora de descanso sin ningún anuncio, y la estación volvió a llenarse de puertas cerradas y personas despiertas detrás de ellas.
Al comenzar el siguiente ciclo, Val ordenó otra reunión.
La multitud regresó a la plaza con menos entusiasmo que necesidad. Denn sintió la presión seca en el pecho. Esta vez no conocía los resultados.
Val no los hizo esperar.
—El planeta es habitable. Iniciaremos los preparativos para descender cuanto antes.
La plaza estalló.
Hubo risas rotas, abrazos y personas que cerraron los ojos antes de atreverse a creerlo. Algunos miraron al suelo, como si necesitaran afirmarse antes de recibir la noticia. Durante unos segundos dejaron de contar las raciones que quedaban.
Val cortó la celebración.
—A trabajar.
La nave de evacuación debía quedar lista.
Los oficiales abrieron el hangar y organizaron la carga.
Denn y C0-UN1 se incorporaron desde el principio.
Subieron un reactor cuántico capaz de abastecer una nave o una instalación pequeña, instrumental de análisis, módulos de construcción, una cápsula médica, diez drones de vigilancia y varias torretas de control de disturbios adaptadas para defensa.
La sonda había registrado movimiento en tierra y bajo el agua: criaturas de tamaños distintos, algunas aisladas y otras desplazándose en grupos. Nadie sabía todavía qué eran ni cuánto habría que temerles. Habitabilidad no significaba seguridad.
Entre cajas y anclajes, C0-UN1 se detuvo ante un chaleco reforzado.
—¿Esto para qué sirve?
—Protección básica —respondió Denn sin dejar de ajustar un contenedor—. Impactos, metralla ligera y disparos débiles. Pásamelo.
El autómata obedeció. Poco después abrió un maletín de campo y tomó una esfera oscura.
Denn se la quitó de la mano.
—Eso déjalo.
—¿Es peligroso?
—Es una granada de pulso electromagnético. Sobrecarga las protecciones y obliga a los sistemas a apagarse, aislar circuitos o reiniciarse.
—¿Me afectaría?
—Durante un rato. Tus sistemas entrarían en modo de protección. También las compuertas, las armas tecnológicas, los drones y muchos de los sistemas activos dentro del alcance. Después deberían recuperarse, si nada falla.
C0-UN1 observó la esfera mientras Denn la devolvía al compartimento.
—Entiendo.
La carga continuó hasta que no quedó casi nada útil sin asignar. También embarcaron los alimentos restantes.
S02-07 permanecería en órbita. Sus sistemas de posicionamiento y sus reactores podían mantenerla estable durante siglos.
Apagarían casi todo lo demás para reducir el desgaste y dejarían activos algunos corredores, módulos de acceso, la producción controlada de oxígeno y lo necesario para que la estación siguiera sirviendo como refugio o almacén.
Desplegaron además varios satélites alrededor del planeta.
No devolverían el acceso a la Red de Enlace de la Unión, pero permitirían localizar S02-07, comunicarse con la nave y mantener conectadas las interfaces personales que casi todo ser humano llevaba y que, dentro de la Unión, servían además como identificación.
Val tomó una última decisión: nadie se quedaría arriba. No había reservas suficientes ni certeza de cuándo podrían regresar.
La nave de evacuación recibió a los pasajeros en filas amplias, asientos de respaldo alto y una iluminación blanca que hacía parecer limpio hasta el cansancio. No había lujo, pero sí espacio suficiente para que el trayecto no se convirtiera en otra forma de castigo.
Todo el equipo quedó asegurado en la sección de carga: contenedores, módulos médicos, herramientas, drones y cuanto necesitarían para intentar sobrevivir abajo.
Con el campo de traslación estable, nada debía desplazarse durante el descenso; aun así, los oficiales revisaron y reforzaron cada anclaje conforme al protocolo.
Denn ocupó la amplia cabina de vuelo junto a Val.
Senlar pilotaría. Neil permanecía en una estación lateral, seco e inmóvil.
Jin y Gor vigilaban los sistemas de traslación, la sincronización del campo y la integridad de la nave.
No eran pilotos, pero durante aquella maniobra cada lectura necesitaba más de un par de ojos.
Más atrás, Dani mantenía a Kein cerca. C0-UN1 permanecía junto a ellos, demasiado recto para confundirse con los humanos y ya demasiado atento a sus silencios para parecer ajeno.
Cuando se confirmó el embarque, las compuertas del hangar comenzaron a abrirse. Un campo de confinamiento atmosférico sostuvo el aire mientras, al otro lado, aparecía el espacio.
Los sistemas de traslación ajustaron el vector. La nave cruzó el campo y dejó atrás las paredes del hangar. Una leve vibración recorrió el casco cuando abandonó la gravedad artificial de la estación. A sus espaldas, las compuertas volvieron a cerrarse.
El planeta colgaba frente a ellos. S02-07 quedaba ya detrás, inmensa y sola.
Senlar corrigió la trayectoria e inició el descenso.
La entrada atmosférica empezó como una vibración tenue y se propagó por el fuselaje. Creció hasta convertirse en un temblor continuo. El aire rugió contra el casco, la estructura crujió bajo la presión y las lecturas cambiaron sin descanso.
El suelo, sin embargo, permaneció estable. El sistema gravitatorio compensaba la orientación y el campo de traslación mantenía sincronizados la nave, el aire y sus ocupantes. Nadie sintió la desaceleración; solo el ruido y las vibraciones que la estructura no podía ocultar.
En la cabina principal, algunos pasajeros se aferraron a los apoyabrazos. Otros cerraron los ojos. El temblor inquietaba, pero también anunciaba algo que llevaban semanas esperando: aire, suelo, un mundo fuera de la estación.
Denn miró a través de los cristales delanteros. Al principio solo distinguió claridad deformada, destellos que recorrían el campo de visión y formas imposibles de fijar. Poco a poco, la turbulencia luminosa cedió. Cuando Senlar suavizó el ángulo de descenso, el horizonte apareció ante ellos.
Ríos atravesaban extensiones de vegetación y algunos lagos devolvían la luz. Más allá, el océano se extendía hasta perderse en el horizonte. Predominaban los verdes profundos, interrumpidos por franjas rojizas, amarillas y matices que no habría asociado con ninguna vegetación conocida.
La tensión comenzó a romperse.
Hubo lágrimas, aplausos y risas demasiado fuertes. Bren dejó caer los hombros contra el mamparo. Mara abandonó sus notas de racionamiento y se unió al aplauso.
Senlar fue quien perdió primero la compostura.
—¡Estamos salvados!
Soltó una carcajada y miró a Val. El capitán no respondió, pero aflojó los dedos sobre el apoyabrazos.
Denn siguió contemplando el mundo. Él los había llevado hasta allí. Por primera vez en dieciséis semanas, se permitió imaginar que todos saldrían vivos de su mentira.
Más atrás, Dani mantenía una mano sobre el hombro de Kein. El niño contemplaba el paisaje a través del ventanal, con la boca entreabierta. C0-UN1 observaba desde su asiento con una quietud absoluta.
El descenso reveló llanuras, bosques y criaturas desplazándose en grupos por las zonas abiertas. Otras formas se movían bajo el agua.
—Miren los patrones —murmuró Juno junto a un cristal—. Todo está vivo.
Entonces algo atravesó a Denn.
Fue una sacudida seca, la impresión de que el mundo acababa de cambiar de forma. Neil volvió la cabeza al mismo tiempo.
Sus miradas se encontraron.
Había terror en los ojos de Neil.
Val miró primero a Denn y después a él. Algo se cerró en su expresión.
Senlar vigilaba la trayectoria cuando alzó la vista hacia el cristal frontal.
La criatura volaba junto a ellos.
Era casi tan grande como la nave. De un cuerpo central, alargado y oscuro, se extendían dos membranas desiguales, tensadas por una red de apéndices articulados que se contraían sin llegar a aletear.
La parte anterior se estrechaba hasta formar una prolongación flexible, coronada por varios ojos dispuestos en arco.
Bajo el vientre, seis extremidades se plegaban unas contra otras, confundidas en una sola masa.
Aun así, la criatura se sostenía en el aire con una estabilidad monstruosa.
Durante un instante avanzó a su lado.
Después rugió.
El sonido atravesó el casco convertido en una vibración grave. La criatura giró, extendió las extremidades y golpeó.
El impacto sacudió la estructura de punta a punta.
Las luces parpadearon. Las alarmas estallaron. El campo de traslación perdió la sincronía y la gravedad interna se interrumpió durante una fracción de segundo.
Los arneses se tensaron.
La gravedad interna regresó de costado y con demasiada fuerza. Personas, objetos y plataformas se precipitaron contra una pared. Los gritos de júbilo se transformaron en terror.
Denn quedó sujeto al asiento, torcido contra las correas.
Senlar luchó con los controles. Los sistemas intentaron restablecer la envoltura gravitatoria, pero la nave ya giraba, arrastrada por el aire y por su propio impulso.
El horizonte atravesó los cristales.
Cielo. Tierra. Cielo otra vez.
El campo de traslación volvió a fallar.
Esta vez la gravedad del planeta tomó el control.
La nave comenzó a caer.
Bajo ellos, el mundo creció con una velocidad espantosa.