Capítulo III #2
Luego comenzaron las entrevistas. Todos pasaron otra vez por los oficiales: nombre, procedencia, destino, equipaje, vínculos, contradicciones.
Hubo preguntas repetidas con palabras distintas, registros comparados y equipajes abiertos.
No encontraron al responsable ni una prueba de que hubiese abandonado la estación.
Al cabo de la primera semana, las puertas clausuradas ya formaban parte del paisaje.
La gente aprendió qué ascensores habían muerto, qué rutas terminaban en una compuerta sellada y a qué hora convenía llegar al comedor para no encontrarlo cerrado.
Las conversaciones habían bajado de volumen y las porciones empezaban a parecerse demasiado entre sí.
Denn se ofrecía donde hiciera falta. Cargaba cajas, acompañaba rondas y ayudaba a reorganizar módulos.
C0-UN1 empezó a acercarse cada vez que lo veía trabajar: observaba cómo sujetaba las herramientas, repetía sus movimientos y preguntaba por los objetos que no reconocía.
Kein terminaba apareciendo siempre cerca de ambos.
Durante uno de los turnos de traslado, Senlar los encontró vaciando un almacén que iba a ser sellado.
Bren, un oficial de la estación, trabajaba con ellos.
Tenía la mandíbula de líneas duras y desmontaba los estantes vacíos mientras cargaba cuanto aún podía reutilizarse, casi siempre sin pedir ayuda.
Denn comprobaba los destinos en su interfaz mientras C0-UN1 movía las cajas y Kein leía en voz alta las marcas de cada módulo.
—La azul va al doce —dijo el niño.
—Al catorce —corrigió Denn sin levantar la vista—. El doce ya está lleno.
Kein buscó la línea correcta.
—Catorce.
—Ahora sí —dijo C0-UN1.
Esperó a que el niño se apartara y continuó por el corredor. Senlar pasó junto a ellos. Denn lo saludó sin interrumpir el trabajo; C0-UN1 imitó el gesto, Bren apenas inclinó la cabeza y Kein volvió a las etiquetas.
Senlar siguió de largo. Aquella vez no añadió nada al informe.
Val no hizo la misma concesión. Volvió más de una vez sobre el permiso de entrada al Sistema Solar, la escolta de Nec y las rutas que podían haber llevado a Denn hasta S02-07.
Tampoco olvidó lo que Neil afirmaba haber sentido, aunque por el momento decidió no indagar de forma directa. Val casi había descartado que Bornew estuviera detrás de lo ocurrido, aunque todavía no lograba mirarlo sin reservas.
Neil continuó observándolo con una hostilidad seca. Hablaba poco, sospechaba de mucho y cumplía cada orden, aunque rara vez se dirigía a alguien sin aspereza. Cuando su carácter amenazaba con caer sobre la persona equivocada, Senlar solía encontrarse cerca.
Desde los primeros días, Senlar había destinado a Mara, una de las oficiales de la estación, a coordinar el racionamiento en los comedores. Pasaba buena parte de sus turnos revisando listados, ajustando las porciones disponibles y resolviendo faltantes antes de que se convirtieran en disputas.
Las semanas hicieron el resto. Las raciones menguaron todavía más, el sueño se volvió frágil y la plaza fue perdiendo el ruido de los niños.
Juno, una joven enfermera de la estación, empezó a atender cada vez más casos de agotamiento, insomnio y debilidad provocada por el racionamiento.
Algunos se aferraron a sus rutinas; otros buscaron cualquier tarea para no pensar.
También hubo quienes empezaron a apagarse sin dejar de cumplir.
El planeta creció en los monitores. Los instrumentos arrancaron datos parciales: primero masa y tamaño; después indicios atmosféricos, presencia probable de agua y elementos indispensables.
Cada lectura llegaba acompañada por el margen de error de los sistemas dañados.
Nunca era suficiente para descansar; sí para que Senlar defendiera otra reducción y para que Val mantuviera el rumbo.
En la décima semana, Kein preguntó cuánto faltaba. Senlar le compartió la última imagen disponible del planeta. En la visión del niño apareció un punto de luz ampliado hasta perder nitidez.
—Eso es todo lo que tenemos por ahora.
—Parece pequeño.
—Porque todavía está lejos.
—¿Y cuando estemos cerca?
Senlar consultó las reservas en su interfaz antes de contestar.
—Será mejor que sea grande.
La estación resistió dieciséis semanas, una más de lo previsto. No con nobleza ni con heroísmo limpio. Resistió mediante puertas que no volvieron a abrirse, turnos duplicados, hambre contenida y personas que aprendieron a soportar un día más antes de pensar en el siguiente.
Durante las últimas jornadas, una vibración tenue de fondo se volvió constante.
La estación pasó horas corrigiendo la trayectoria y ajustando el campo para entrar en órbita.
Jin y Gor permanecieron en sus puestos, vigilando la estabilidad, la sincronización y cualquier variación que pudiera comprometer la maniobra.
En condiciones normales, aquella operación no habría exigido tanto; con varios sistemas dañados, cada desviación obligaba a comprobar las lecturas y aplicar nuevas correcciones.
De vez en cuando, una vibración más larga atravesaba los módulos mientras los equipos de control corregían otra desviación.
Cuando por fin se estabilizó, S02-07 giraba alrededor del mundo desconocido.
Las provisiones destinadas a sostener a la población no permitían otra travesía semejante.
Neil llamó a todos al centro de la plaza.
Val apareció ante la multitud. Esperó a que el murmullo perdiera fuerza.
—Hemos llegado al planeta. Ya estamos en una órbita estable.
Las voces crecieron de inmediato. A excepción de Denn y de los oficiales implicados en la maniobra, nadie había sabido con exactitud cuánto faltaba para llegar.
—Prepararemos una sonda —continuó Val—. Analizaremos la atmósfera, la presión, la composición y la actividad biológica antes de decidir el descenso.
—¿Cuánto tardará? —preguntó Dani—. No nos vendría mal una buena noticia de una vez.
—Paciencia. Ahora más que nunca.
Val hizo una señal hacia una cámara. En algún lugar de la sala de mando, Senlar dio la orden.
—Tal vez esto les ayude a esperar.
Uno de los bulevares laterales recuperó la luz por tramos.
Los paneles de señalización despertaron y las compuertas que conducían al andén volvieron a abrirse.
Desde allí, el transporte interno los llevaría hasta las galerías de observación del flanco orientado hacia el planeta.
Tras dieciséis semanas de rutas reducidas, ver un sector volver a encenderse produjo una extrañeza casi tan intensa como la noticia.
Los oficiales distribuyeron a la gente en grupos y comenzaron a conducirlos hacia el andén.
Mara se movía entre los grupos con soltura.
Alcanzó a un niño que se había adelantado, lo devolvió con su madre y les indicó por dónde continuar.
Más adelante, Bren levantó el banco que obstruía el paso y lo apartó para que avanzara el siguiente grupo.
Juno permaneció junto a una de las puertas del transporte. Ayudó a subir a una anciana, comprobó que hubiera encontrado asiento y solo entonces entró.
Denn subió junto a Dani, Kein y C0-UN1. El cabello liso y castaño claro de Dani le caía hasta el pecho. La expectación encendía el verde de sus ojos, heredado también por su hermano. Kein no conseguía decidir entre hablar, correr o mirar en silencio.
El trayecto fue breve. A través de los ventanales pasaron corredores todavía oscuros, compuertas que volvían a responder y módulos que parecían salir de una larga hibernación.
Al descender, los recibieron las galerías de observación: amplias y curvas, con techos altos, mesas de comedores cerrados y locales vacíos frente a los grandes cristales.
Habían sido construidas para convertir el paisaje exterior en parte de la vida cotidiana.
Ahora los cristales permanecían opacos y la multitud ocupó el frente de observación hasta que apenas quedó espacio entre los cuerpos.
Val esperó a que todos estuvieran dentro y dio la señal.
La opacidad blanquecina de los cristales comenzó a disiparse por secciones. La claridad exterior no entró de golpe. Primero apareció una tonalidad azulada, todavía incierta. Después, una curva. Luego una extensión demasiado vasta para comprenderla de inmediato.
Y al fin, el planeta.
Durante un segundo nadie se movió.
Juno se cubrió la boca. Un niño soltó una risa incrédula. Dos hombres se abrazaron sin mirarse. Luego la emoción atravesó la galería.
El mundo llenaba buena parte de los cristales con una serenidad descomunal.
Azul, inmenso, cubierto por nubes, masas de agua y continentes irregulares.
Sobre la tierra se extendían verdes profundos, franjas ocres, amarillas y rojizas, sin que la distancia permitiera distinguir si eran depósitos minerales, desiertos o formas de vegetación desconocidas.
—¡Agua!
—Miren eso…
—Es vegetación.
—¡Estamos salvados!
Algunos no lograron decir nada. Se limitaron a mirar con el rostro deshecho, como si el cuerpo no recordara de qué manera recibir algo tan grande después de tantas semanas de metal y privación.
Denn sabía que la sonda aún no había confirmado nada. Val había decidido entregarles primero la visión del mundo y dejar la certeza para después. Si los análisis fallaban, la misma imagen podía volverse contra él.
—¿Qué estamos esperando? —preguntó Juno—. ¿Por qué no descendemos?
Val dejó que el ruido cediera.
—No vamos a cantar victoria antes de tiempo. Lo que vemos es prometedor, no una garantía. La sonda nos dirá si podemos sobrevivir ahí abajo.
Las sonrisas se tensaron.
—No tengan miedo —añadió—. Hemos llegado hasta aquí y todavía conservamos alternativas. Haré todo lo que esté en mis manos para mantenerlos con vida.
Entonces Val sonrió.
Fue apenas una inflexión contenida en un rostro que llevaba semanas sin conceder nada. La multitud no volvió a estallar. Aun así, el aire cambió.
—Les informaré en cuanto tenga noticias.
Se retiró y dejó a los oficiales a cargo.
Kein tomó la mano de C0-UN1.
—Espero que sea habitable.
Dani apoyó una mano en el hombro de su hermano.