Convergencia Capítulo III
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Capítulo III

Plan de Supervivencia

Uno de ellos se volvió al verlo entrar.

—Seguimos sin respuesta, capitán. Nada en las frecuencias conocidas ni en los canales de emergencia.

—¿Y la navegación?

—Los sistemas convencionales aún responden. Podemos fijar rumbo y desplazarnos, pero sin los saltos no llegaremos a ningún sistema conocido antes de agotar las reservas.

Val dirigió la mirada hacia los monitores. Nuevos intentos de conexión aparecían y desaparecían sin obtener respuesta.

—Jin y Gor tampoco han podido reparar el sistema de salto —dijo—. Nos quedan recursos para unas doce semanas. Quizá alguien venga por nosotros. Quizá no. No voy a apostar la estación a esa posibilidad.

Nadie discutió.

Los oficiales revisaron las lecturas disponibles y localizaron la estrella más próxima. Val señaló el punto diminuto en la negrura.

—Quiero saber si algo la orbita.

No necesitaban condiciones ideales. Los cuerpos humanos de su tiempo soportaban atmósferas pobres, concentraciones tóxicas, radiación y gravedades que habrían matado a sus antepasados. Bastaba con encontrar un mundo en el que pudieran sobrevivir.

Los oficiales trabajaron con instrumentos dañados, descartaron lecturas incoherentes y corrigieron cuanto pudieron. Una hora después llamaron al capitán.

—Tenemos dos posibilidades, señor —dijo uno—. El primer planeta se aproxima a una zona de intercepción favorable. Podríamos alcanzarlo en unas cinco semanas. El segundo parece más prometedor, pero se aleja. Nos tomaría catorce o quince semanas.

—¿Cuánto más prometedor?

El oficial dudó.

—Con estas lecturas, no podemos asegurarlo. La estimación es de un diez por ciento.

Los mundos quedaban en direcciones opuestas. No habría margen para probar uno y volver por el otro.

—¿Qué opinas? —preguntó Val.

—Que debemos ir al que viene hacia nosotros. Es la opción más segura.

Val miró al siguiente.

—¿Y tú?

—Lo mismo, señor. Su trayectoria nos permitiría alcanzarlo en unas cinco semanas. El otro nos exige quince. Son diez semanas menos dependiendo de una estación dañada y diez semanas más de margen para las provisiones. Es la opción más segura.

El capitán bajó la vista hacia los cálculos. Una elección ofrecía seguridad a corto plazo; la otra, una ventaja que los instrumentos apenas podían sostener. Cada hora de demora alejaba un poco más el segundo planeta y reducía el margen de provisiones.

—Hagan venir a Senlar.

Lo esperó en su sala privada. Senlar llegó minutos después y entró sin detenerse en formalidades.

—¿Me llamó, capitán?

Val le mostró las dos trayectorias y le resumió los márgenes: cinco semanas hacia la opción segura; quince hacia la que quizá ofreciera una ventaja mínima. Doce semanas de reservas.

Senlar estudió los datos. Repasó las reservas, el consumo de los sectores activos y el riesgo de depender durante todo el trayecto de sistemas dañados.

—Vamos hacia el segundo. Diez por ciento basta. Yo me encargo del resto.

—¿Del resto?

—Racionaré los alimentos y cualquier recurso que no podamos reponer a bordo. Haré que doce semanas se conviertan en dieciocho. Si el planeta no sirve, todavía conservaremos margen para intentar otra cosa.

Val lo miró brevemente, luego abrió desde su interfaz un canal con la sala de mando.

—Fijen rumbo al planeta que se aleja. Máxima eficiencia de trayecto. Quiero cada cálculo revisado dos veces.

En la sala de mando, la ruta proyectada cambió en los monitores. Los oficiales comenzaron a verificar los cálculos y a preparar la maniobra.

—¿Necesita algo más, capitán? —preguntó Senlar—. Me gustaría empezar con los preparativos.

—¿Qué opinas de ese tal Bornew?

Senlar se tomó un instante.

—Parece una buena persona.

—¿No te parece extraño que un sargento de Tau Ceti haya llegado aquí? S02-07 solo conectaba con el sector cuatro. Desde allí debía dirigirse a Indi, a Neeve o aún más lejos. Cualquiera de esas rutas lo alejaba de Tau Ceti.

Senlar siguió el hilo.

—Quizá tenga que ver con el autómata. No parece un modelo común. Tal vez lo trasladaba a un destino específico.

—Un político importante de Nec viajó esta semana a la Tierra —dijo Val—. Bornew formaba parte de la escolta. En la base de datos consta un permiso de entrada al Sistema Solar con esa misión. ¿Le encomendaron algo más al llegar?

—¿Piensa que tiene relación con lo ocurrido?

Val negó una vez.

—Es poco probable. No veo por qué un soldado de la Unión haría algo así. Aun así, quiero vigilancia sobre todos los que siguen a bordo.

—Entendido, capitán.

—Cuando Bornew vuelva, tráelo aquí. Después informa a Neil del plan.

Senlar inclinó la cabeza y salió.

⟡ ⟡ ⟡

Neil lo hizo esperar.

«En el comedor», respondió al fin por la interfaz personal.

Senlar lo encontró apoyado contra una pared del comedor de oficiales, una pierna doblada contra el muro y una manzana en la mano.

Cada mordida marcaba la mandíbula y los pómulos secos.

Llevaba el cabello oscuro, corto y práctico.

Sus ojos oscuros y evaluadores conservaron la misma dureza cuando lo vieron entrar.

—¿Cómo ha ido la búsqueda? —preguntó Senlar.

—¿No te lo dijo el sargento?

—Quiero oírlo de ti. Él no es oficial de esta estación. Tú sí.

Neil torció la boca.

—No encontramos nada.

Senlar esperó. Neil siguió masticando.

—Ya tenemos un plan.

No obtuvo reacción.

—¿No vas a preguntarlo?

Neil dio otro mordisco.

—Nunca me toman en cuenta cuando importa. No esperes entusiasmo ahora. Si tienes que decirlo, dilo.

—Seguimos siendo la cadena de mando, te guste o no. Hemos detectado un planeta con posibilidades de ser habitable. El trayecto tomará unas quince semanas. Racionaremos las provisiones para que duren dieciocho semanas.

Neil dejó caer el corazón de la manzana en el contenedor y se separó de la pared.

—¿Y qué se supone que hace Bornew aquí?

—Aún no lo sabemos. El capitán se hace la misma pregunta.

Neil exhaló por la nariz.

—Y ese autómata tampoco encaja. No me trago a Bornew.

—Su presencia es extraña. Eso ya lo sabemos.

Neil avanzó un paso.

—No hablo solo de eso. Sentí algo en él. Ya sabes lo que significa cuando alguien como nosotros siente algo en otra persona. ¿Cómo podría seguir perteneciendo a las fuerzas?

Senlar dejó ver una sorpresa mínima.

—Yo no sentí nada.

—Pues yo sí.

Senlar tardó un segundo en responder.

—Lo mantendremos vigilado. Tú también hazlo. Pero compórtate con respeto. Hasta que se demuestre lo contrario, sigue siendo un oficial del ejército galáctico.

—Eso dice él.

Senlar echó a andar. Se detuvo en la puerta sin volverse.

—Díselo al capitán. Eso que sentiste.

No esperó respuesta.

⟡ ⟡ ⟡

Val terminó de explicarle a Denn por qué habían descartado la opción más segura. Sobre la mesa de trabajo, una proyección mostraba las trayectorias y la diferencia incierta entre ambos mundos.

Denn siguió con la vista la ruta más larga hasta el punto marcado como destino.

—¿Y si el planeta no sirve?

—Entonces usaremos lo que hayamos ahorrado para observar mejor y decidir qué hacer después.

Las dos rutas permanecieron suspendidas sobre la mesa, separándose hacia el final.

—Es un buen plan.

—No —dijo Val—. Es un plan miserable. Pero es lo único que tenemos.

Denn dejó escapar una exhalación que no llegó a ser una sonrisa.

—Lo lograremos.

—Un sargento no debería aprobar una decisión porque suena razonable al oírla una vez. Cuando haya hombres bajo tu mando y una sola orden tuya decida quién vuelve y quién no, tendrás que desconfiar incluso de lo que parece evidente.

Denn se enderezó.

—Lo recordaré, capitán. ¿Cómo puedo ayudar?

Val lo observó un momento. A pesar de sus dudas, no encontró motivo para rechazar su ayuda.

—Ve a la plaza principal. Haré un anuncio general. Después podrán requerir tu ayuda donde haga falta.

Denn asintió y llegó a la puerta antes de detenerse.

—Ahora entiendo lo que quiso decir sobre confiar en la suerte. Espero que esta vez baste.

Val no respondió.

⟡ ⟡ ⟡

En la plaza, C0-UN1 intentaba seguir al pequeño Kein entre los grupos.

Al ver pasar a Denn, volvió la cabeza un instante; Kein cambió de dirección y soltó una carcajada cuando el autómata tuvo que corregir el rumbo.

En el siguiente amago, C0-UN1 dejó transcurrir a propósito el mismo instante antes de ir tras él.

La risa de Kein aún no se había apagado cuando se abrió el canal de emergencia de la estación.

La voz de Val llegó un instante después.

El capitán comunicó lo indispensable: el sistema de salto no podía repararse, no habían logrado contactar con nadie y se dirigían hacia un planeta que quizá los sostuviera. El viaje exigiría cerrar gran parte de S02-07 y medir cada recurso.

La estación había sido construida para una corriente constante de llegadas y partidas.

Sus almacenes recibían provisiones cada día y sostenían corredores, comercios, jardines y módulos destinados a miles de pasajeros en tránsito.

Ahora solo quedaba una fracción de aquella población, pero tampoco habría reposición.

La amplitud que antes los protegía empezaba a consumirlos.

Quienes residían allí conservarían sus apartamentos. Los demás serían distribuidos en módulos vacíos: pequeños, austeros, suficientes. Seguirían activos los comedores, sanitarios, áreas médicas y espacios mínimos de reunión; todo lo demás quedaría sujeto a horarios o sería clausurado.

Val concedió tres horas para que cualquiera oculto en los sectores abandonados se presentara. Después dejarían de sostener oxígeno en buena parte de la estación.

Si el intruso continuaba escondido, tendría que mostrarse o aceptar la oscuridad.

Durante las horas siguientes se sellaron puertas, se detuvieron ascensores y se redibujaron las rutas.

Los civiles cargaron lo poco que se les permitió conservar.

Los oficiales apagaron galerías comerciales, jardines interiores, terminales y módulos administrativos.

En algunos corredores, la luz se extinguió detrás del último grupo y las compuertas se cerraron con un golpe que ya no volverían a oír desde dentro.

Cada tramo muerto prolongaba las reservas.