Convergencia Capítulo II
8%

Capítulo II

El Gobierno de la Unión Galáctica

En Ciudad Capital, en las profundidades del Atlántico terrestre, el Alto Consejo se reunió con el Tercer Líder Supremo en una de las salas de acceso más restringido del Palacio Capital.

Nada en ella daba impresión de encierro: era amplia, solemne, levantada con esa grandiosidad pulcra con la que la Unión escenificaba su poder ante sí misma.

La mesa circular ocupaba el centro bajo una luz limpia y severa.

Más allá de los ventanales, la vista se abría hacia el centro de Isla Capital, donde se extendía Plaza Capital: esculturas, jardines y fuentes dispuestos con una perfección casi ofensiva.

Sobre la ciudad entera se alzaba el inmenso cristal que contenía el peso del agua, una cúpula transparente tras la cual el océano entero se sostenía con una solemnidad casi irreal.

Allí adentro el aire pesaba distinto, atravesado por una quietud tensa que volvía más visibles los silencios.

Voill Conner fue el primero en tomar la palabra. Alto, compuesto, de facciones sobrias, parecía ocupar su sitio con una naturalidad difícil de discutir. Cuando habló, lo hizo sin prisa.

—Todavía no hay rastro de Bornew. Ya he ordenado a Tau Ceti localizar a toda persona cercana a él. Su madre. Su superior directo. Algunos hombres de su escuadrón. Si esto no se resuelve pronto, serán interrogados.

Durante un instante nadie dijo nada.

—¿Y la estación? —intervino entonces Leth Biherys, demasiado pronto, demasiado directo—. Algo de ese tamaño no debería desaparecer de ese modo. No en el Sistema Solar. Debería ser fácil localizarla.

Yavar Aflir giró apenas la cabeza hacia él. Su voz fue limpia, precisa.

—No es tan sencillo. Fue arrastrada fuera de nuestro alcance. Y no, Biherys, el espacio no se vuelve pequeño porque tú nunca salgas de la Tierra.

Hubo un silencio breve. Varios evitaron mirarse.

Biherys tensó la mandíbula.

—Puedo hacerme una idea de lo que supone hallar una estación de salto.

—No basta con hacerte una idea —dijo Yavar.

Voill intervino antes de que el cruce se degradara.

—Diecisiete sistemas ya han sido descartados. Pero apenas han pasado unas horas. Si Bornew mantuvo la capacidad de encadenar cruces durante el tiempo suficiente, el radio efectivo ya es obsceno. No sabremos nada concluyente hasta mañana. Quizá más tarde.

—Hablamos del secuestro de una estación del Sistema Solar —dijo otro consejero, incapaz ya de contener la inquietud—. Una estación del sistema central de toda la Unión. Esto no es una anomalía menor. Esto es una humillación.

—La opinión pública no sabe que fue un secuestro —dijo Yavar, sin alterar el tono.

Mientras hablaba, se rozó apenas los nudillos con el pulgar, como si incluso sus pequeños gestos obedecieran a una disciplina privada.

En su delgadez cuidada, en la pulcritud de sus facciones y en la claridad fría de sus ojos, había algo demasiado controlado para confundirse con simple calma—.

Se ha declarado un fallo de navegación. De momento basta.

—De momento —repitió Biherys—. Hasta que deje de bastar.

Ebyem Vrakyn, que hasta entonces no había dicho una sola palabra, se puso de pie.

Nadie lo siguió con la mirada de inmediato. Nadie quería ser el primero.

Era un hombre de una belleza impropia. Alto.

Fuerte. Demasiado entero para sus casi dos siglos de vida.

El cabello rubio le llegaba hasta los hombros, surcado por canas visibles que no conseguían envejecerlo.

La piel impecablemente blanca, el rostro fino y severo y la túnica palaciega —larga, blanca, cruzada por líneas oscuras y detalles metálicos— lo hacían parecer menos un gobernante que una deidad corrupta.

En una mano llevaba un anillo de solidio con el emblema de la Unión: sobrio, pesado, desprovisto de lujo; solo la autoridad desnuda de aquel metal milagroso.

Comenzó a rodear la mesa circular, oscura y pulida.

Las once sillas guardaban entre sí una distancia exacta, suficiente para preservar el rango de cada ocupante.

Ebyem avanzó detrás de ellas, rozando el anillo entre el índice y el pulgar.

A su paso, las respiraciones se acortaban y los dedos se inmovilizaban sobre la superficie.

Voill no se movió. Yavar tampoco. Un par más lograron conservar la compostura. Biherys estaba entre los más nerviosos. Se le notaba en los hombros.

—Esto no es solo una humillación —dijo al fin Ebyem, con una voz baja que obligó a la sala a inclinarse hacia ella—. Es una grieta. Y una grieta, si no se cierra bien, enseña demasiado.

Pasó detrás de Biherys.

—Pero lo que me interesa no es la estación —continuó—. Ni los pasajeros. Ni el ruido que harán después sus familias. También ese ruido puede sofocarse.

Su paso no producía ruido. O eso parecía.

—Lo que me interesa es el autómata. —Hizo una breve pausa—. ¿Cómo es posible que nadie supiera de su existencia?

Nadie respondió.

No porque no quisieran. Porque nadie tenía una respuesta que no sonara miserable.

Del laboratorio de Helagar Ust ya no quedaba casi nada.

Bornew se había encargado de eso al huir: parte de la instalación quedó reducida a escombros, como si además de robar el autómata hubiera querido borrar con la explosión cualquier rastro útil de aquello que se llevaba.

Y, sin embargo, no lo había borrado todo.

Las grabaciones de seguridad bastaban para mostrar lo esencial: al joven sargento saliendo de allí con la máquina.

Después de eso, no quedaban más que ruina, silencio y preguntas.

A-Corp había clausurado el laboratorio décadas atrás. Helagar llevaba veinte años tragado por una desaparición demasiado limpia para ser casual. Y ahora, con la instalación devastada, lo poco que aún podía haber respondido algo yacía sepultado bajo los restos.

Todo eso estaba ya en la mesa.

Y seguía siendo insuficiente.

—Seguramente —dijo Biherys, sin medir del todo el momento, justo cuando el Líder Supremo pasaba detrás de él— el viejo Helagar dejó ese autómata allí por alguna de sus obsesiones. Siempre fue un degenerado con ínfulas de visionario.

Ebyem se detuvo. Nadie alzó la vista. Biherys lo hizo demasiado tarde.

El Líder Supremo apoyó una mano sobre el respaldo de su silla y la arrancó hacia atrás con una violencia seca, como si el peso del consejero no significara nada.

Biherys cayó de espaldas y, al intentar incorporarse, giró torpemente sobre el mármol, arrastrando medio cuerpo con una falta de dignidad que volvía más visibles ciertas cosas: la pulcritud algo menor de su figura, el rostro correcto pero blando, la escasa dureza de un hombre más hecho para la mesa que para soportar algo así.

En el suelo, todo en él parecía empequeñecerse.

El golpe resonó poco.

Peor fue el silencio posterior.

—No vuelvas a llenar esta sala con suposiciones de vasallo —dijo Ebyem.

Biherys abrió la boca, pero no salió nada útil de ella.

El Líder Supremo avanzó un paso más y apoyó la suela de una de sus refinadas zapatillas —blancas, limpias, casi ceremoniales, con discretos remates oscuros que armonizaban con la túnica— sobre el rostro del consejero.

No había especial rabia en el gesto. Solo la naturalidad ofensiva de un desprecio ejercido sin esfuerzo.

Biherys intentó resistir por reflejo. La presión aumentó hasta girarle la cabeza y aplastarle la mejilla contra el suelo. Ebyem mantuvo el pie allí, sin apuro.

—Habla ahora —dijo en voz baja.

La voz de Biherys salió rota, lateral, deformada contra el mármol.

—Excelencia… yo…

—No sabes nada de Helagar. No sabes nada de A-Corp. No sabes nada de ese autómata. Y, sin embargo, has decidido oírte pensar.

Los demás seguían sentados, rígidos.

Uno de los consejeros tenía la mano cerrada con tanta fuerza que los nudillos se le habían puesto blancos. Otro evitaba mirar. Yavar observaba con una quietud helada, sin intervenir. Voill seguía inmóvil, aunque había algo más atento que antes en sus ojos.

Ebyem presionó un poco más.

Biherys emitió un sonido pequeño, indigno. Nada en él recordaba ya a un miembro del Alto Consejo. Parecía un animal urbano, sorprendido fuera de su madriguera.

—Lo que ha pasado —dijo el Líder Supremo, sin apartar el pie— va mucho más allá de un simple robo. Alguien entró en la Tierra. Alguien supo adónde ir. Alguien robó a un enemigo de la humanidad y destruyó el lugar exacto para borrar con él toda posible respuesta.

Volvió apenas el rostro hacia la mesa.

—Eso exige una clase de información que ni siquiera nosotros manejamos.

La presión sobre Biherys no cedió. Ebyem lo contempló un instante más desde arriba, degradado, empequeñecido contra el suelo.

—Y mientras yo intento pensar, tú interrumpes con basura.

Entonces Voill Conner se puso de pie.

—Ya es suficiente, excelencia.

El tono fue impecablemente cortés. La mirada no.

Ebyem no se volvió de inmediato.

Voill sostuvo el silencio siguiente con la misma autoridad antigua con la que sostenía casi todo lo demás.

—Biherys ya ha entendido.

El Líder Supremo refunfuñó por lo bajo. La tensión en su mandíbula endureció aún más la perfección fría de su rostro. Durante un segundo pareció que no cedería. Luego retiró el pie.

Lo hizo sin disculpa, sin explicación, casi con desgana.

Biherys tardó un instante en moverse. Quedó aún con la cara pegada al suelo, respirando mal, desorientado. La marca rojiza de la suela empezaba a definirse sobre su piel.

Yavar habló entonces, con una sequedad que no tenía nada de compasiva.

—Sacúdete el polvo y vuelve a tu silla, Biherys. Das pena.

Biherys obedeció de inmediato.

Se incorporó como pudo, evitando mirar a nadie, alisándose el uniforme con manos torpes antes de regresar a su asiento.

No protestó. No intentó salvar nada. Se sentó con rigidez y, un instante después, su rostro volvía a ofrecer una compostura casi intacta, como si la escena anterior no hubiera ocurrido.

—Denn Bornew me importa menos que lo que lleva consigo —dijo el Líder Supremo—. Pero lo quiero vivo. Todavía guarda respuestas. Encuéntrenlo. La estación puede perderse entera; no me importa.

Nadie objetó.

Voill juntó las manos sobre la mesa.

—La investigación ya está en marcha. A-Corp niega saber de su existencia —dijo—. Su presidente viene en camino.

—Más le vale traerme algo mejor que ignorancia —murmuró Ebyem.

Entonces sí miró a los presentes. A todos. Uno por uno.

Ebyem permaneció inmóvil, con una mano aún cerca del anillo de solidio.

—Bornew supo adónde ir y qué buscar —dijo—. Esto es el inicio de algo que podría volverse catastrófico.

Nadie respondió.

—¡Retírense!

Las sillas comenzaron a moverse con una contención casi mecánica. Nadie quiso demorarse. Biherys fue de los primeros en salir. Los demás lo siguieron sin añadir palabra.

—Ustedes no —dijo Ebyem.

Voill y Yavar no habían dado señal alguna de disponerse a marcharse. Seguían en sus sitios, inmóviles, como si aquella permanencia no dependiera de un permiso.

La compuerta se cerró a espaldas del último consejero. La tensión perdió su ceremonia y se volvió más íntima, más directa.

Ebyem no se volvió enseguida hacia ellos.

—Esto vuelve a oler a A-Corp.

Voill no respondió. Yavar tampoco.

—Y a Helagar —añadió Ebyem.

Esa vez sí hubo una variación leve en la quietud de la sala. Nada visible para cualquiera. Lo justo.

—No pienso creer que esto haya ocurrido por azar —continuó el Líder Supremo.

Voill entrelazó las manos sobre la mesa.

—Tampoco nosotros.

Yavar apoyó apenas dos dedos sobre la superficie pulida.

—La cuestión no es si fue azar —dijo—. La cuestión es quién está moviendo los hilos.

Ebyem se volvió por fin hacia ellos.

La furia seguía ahí, pero ya no tenía el filo abierto de antes. Se había hundido más adentro, volviéndose más fría.

—El Augur presagió mi debacle.

Ni Voill ni Yavar reaccionaron enseguida.

—Dijo que la muerte del Segundo Líder no debía haber ocurrido —continuó Ebyem—. Dijo que mi ascenso no pertenecía al orden de este universo. Y dijo que, en veinte años, quizá entendería por qué.

Algo se tensó entre los tres. Llevaban un cuarto de siglo levantando estabilidad, poder y apariencia sobre una muerte que ellos mismos habían orquestado.

—Ese plazo está por cumplirse —murmuró Ebyem.

Voill habló entonces, con esa sobriedad firme que solo él parecía permitirse frente a él.

—Y por eso mismo debes conservar la compostura.

A Ebyem no le gustó oírlo. Se notó en la mandíbula.

—No la he perdido.

Yavar intervino antes de que la frase se endureciera más.

—Empiezas a mirar cada cosa a través de esa profecía —dijo—. Bornew y el autómata son preocupantes. Mucho. Pero eso no significa que tengan relación con lo que dijo el Augur.

Ebyem guardó silencio.

—Ahora mismo lo enlazas todo a esa idea —continuó Yavar—, y eso te vuelve más vulnerable de lo que podemos permitirnos.

Voill sostuvo la mirada del Líder.

—El equilibrio de la Unión depende de que no pierdas el foco.

Ebyem caminó hasta los ventanales y dio la espalda a los demás.

—Pero hay algo en Bornew… —dijo al fin, sin volverse—. Algo en la forma en que actuó. No hay azar en nada.

Voill dejó pasar un instante antes de responder.

—Claro que no lo hay. Bornew actuó por una razón. Eso no está en discusión. Lo que no puedes hacer es convertir cada movimiento deliberado en la sombra de un designio mayor. Hasta ahora seguimos viendo a un hombre ejecutar un plan, no a la realidad plegándose alrededor de una profecía.

Hubo una pausa.

—Le tienes miedo a un plazo —añadió Yavar—. Y empiezas a mirar todo a través de ese miedo.

Ebyem siguió mirando hacia fuera. La luz limpia del salón se mezclaba en el cristal con la oscuridad suspendida del agua, como si la ciudad entera existiera bajo una amenaza inmóvil.

—Entonces despejen esa niebla —dijo.

Voill asintió una sola vez.

—Lo haremos. Siempre lo hemos hecho.

Durante un instante, Ebyem no pareció un gobernante, ni una figura perfecta, ni una voluntad capaz de aplastar a un hombre con el pie.

Pareció algo menos sólido.

Un hombre que empezaba a temer que, esta vez, su intuición no estuviera equivocada.