Capítulo I #4
—Qué gran tipo es ese Neil —dijo, con una ironía apenas disimulada.
Senlar sonrió.
—Encantador.
—Ni siquiera quiso decirme su nombre. Uno de los otros tuvo que hacerlo por él.
A Senlar se le escapó una risa breve.
—No te desgastes con Neil. Siempre ha tenido un talento especial para caer mal sin proponérselo demasiado.
Denn esbozó una sonrisa.
—¿Cuál es la situación?
—Ya tenemos el recuento de los que quedaron a bordo —respondió Senlar—.
Antes del secuestro, la estación ya operaba con una cantidad muy limitada de personas.
Luego sonó la alarma de evacuación y muchos alcanzaron a salir.
El capitán ordenó que nos quedáramos cincuenta oficiales hasta la última nave.
Sumando a los civiles, somos poco más de trescientas personas.
Denn miró las filas, las familias y los niños reunidos alrededor de la fuente.
—Necesito hablar con el capitán —dijo—. Quiero saber qué piensa hacer.
Senlar se puso de pie.
—Ven. Te llevaré con él.
Antes de marcharse, Denn se volvió hacia C0-UN1.
—Espérame aquí.
El autómata asintió.
Senlar lo condujo por corredores amplios y cruces elevados. La iluminación elegante y el metal limpio ya no ocultaban la tensión suspendida en la estación.
Cuando llegaron a la sala de mando, Denn reconoció el lugar que había tomado unas horas antes.
Ahora oficiales de distintas especialidades se inclinaban sobre paneles y lecturas.
Unos intentaban restablecer sistemas; otros buscaban contacto con cualquier punto habitado. Nadie parecía cerca de conseguir nada.
—Por aquí —dijo Senlar.
Accionó un botón y una compuerta se abrió en una de las paredes.
Denn no la había notado antes.
Era la sala del capitán, integrada en la propia sala de mando.
«Qué descuidado. Qué suerte que no había nadie ahí mientras controlaba la estación».
La segunda idea llegó de inmediato.
«¿O sí lo había? ¿Y ya lo saben todo?».
Siguió adelante sin alterar el paso.
—Aquí está Denn, capitán.
—Gracias —respondió Val Afkbar cuando Denn cruzó el umbral.
—Me retiro.
Senlar salió y la compuerta se cerró a su espalda con un sonido seco.
La sala del capitán era pequeña, pero no estrecha. Un ventanal desnudo se abría al espacio. Val permanecía frente a él, con las manos enlazadas a la espalda y la figura recortada contra la negrura estelar.
—Siéntate —dijo.
Denn tomó asiento frente al escritorio, sin llegar a apoyar la espalda en el respaldo, y esperó.
—¿Cómo ha ido la búsqueda? ¿Han encontrado algo?
Val no se volvió al decirlo.
—Imagino que ya debe saberlo —respondió Denn.
—Quiero saber qué piensas tú —replicó el capitán—. ¿Crees que el intruso escapó?
Denn no necesitó tiempo para responder.
—No. El intruso sigue aquí.
Entonces el capitán se volvió.
—¿Sigue aquí? —repitió—. Quizá no hemos buscado lo suficiente. Tal vez se nos ha escapado algún lugar. ¿Crees que está escondido?
Denn sostuvo su mirada.
—Escondido a plena vista.
Una esquina de la boca de Val se tensó apenas.
—He visto muchas máquinas en mi vida, Bornew. Más de las que habría querido. La tuya es curiosa. No recuerdo haber visto nada igual.
—Pensé lo mismo cuando lo vi por primera vez.
—¿Qué hace un sargento de Tau Ceti en una estación de salto del Sistema Solar?
—Eso es confidencial, capitán —respondió Denn.
Val encogió apenas los hombros.
—Hace un momento revisé tu perfil en la base de datos —dijo—. Tienes veintitrés años. ¿Cómo se convierte un hombre tan joven en sargento de la Unión?
—No me corresponde explicarlo, señor. La Unión tiene fuerzas de sobra como para que mi edad no sea una rareza imposible.
—No digo que sea imposible. Aunque sí es poco común.
El capitán lo estudió en silencio.
—Capitán —dijo Denn—, no tengo intención de discutir con usted si poseo o no las aptitudes para haber alcanzado mi rango. Con todo respeto, esa valoración no le corresponde.
El aire pareció tensarse un grado más.
—¿Acaso te he ofendido? —preguntó Val.
Volvió la mirada hacia el ventanal.
—No, señor. Eso no me preocupa. A decir verdad, lo único que me preocupa es la situación en la que estamos. ¿Han podido reparar los sistemas de salto?
El capitán hizo una breve pausa.
—No… Y no podremos hacerlo. No tenemos a bordo especialistas en sistemas de salto, y tampoco contamos con el equipo ni los componentes necesarios.
Denn se quedó inmóvil. Hasta entonces había contado con alguna salida técnica, una forma de enderezar el desastre antes de que terminara de volverse real.
Más de trescientas personas estaban atrapadas allí por su culpa.
—Debe de haber alguna forma, capitán —dijo, y su voz perdió parte de su control—. ¿Están seguros de que no puede repararse? ¿Y los comunicadores? ¿Han logrado contactar a alguien?
—No hemos podido comunicarnos con nadie —respondió Val—. Estamos en medio de la nada.
Denn se adelantó hasta el borde del asiento.
—Tal vez yo pueda ayudar. Soy bueno reparando cosas. Si me deja revisar los sistemas, quizá yo podría…
—Ya te lo he dicho —lo interrumpió el capitán—. Aunque supieras repararlo, nos faltan el equipo y los componentes.
Denn apretó la mandíbula.
—Entonces al menos podremos ubicarnos. Si identificamos suficientes estrellas conocidas… o algunos púlsares de referencia, quizá podríamos calcular nuestra posición.
Val negó muy levemente.
—Ya lo intentamos. El catálogo astrométrico no encuentra coincidencias fiables y varios de los instrumentos de navegación han quedado descalibrados. Incluso tratamos de fijar nuestra posición respecto al centro galáctico. Los resultados fueron absurdos.
Denn alzó la vista.
—¿Absurdos en qué sentido?
—Las lecturas nos sitúan mucho más cerca del centro de la galaxia de lo que deberíamos.
No hablo de una desviación menor; la diferencia es descomunal.
Con instrumentos funcionando así, cualquier medición deja de ser una guía y se convierte en otra incertidumbre.
Y aunque supiéramos con exactitud dónde estamos, eso no resolvería lo esencial.
Sin los sistemas de salto, no podemos ir a ninguna parte.
La calma del capitán exasperó a Denn.
—¿Acaso no está preocupado? —preguntó, poniéndose de pie—. ¿No le preocupa la vida de toda esa gente?
Val dejó pasar unos segundos.
—Quizá deberías calmarte, Bornew. Se supone que eres sargento. Deberías saber mantener la compostura en situaciones difíciles.
Eso terminó de encenderlo.
—¿Cómo me pide que me calme, señor? —replicó—. ¿No entiende la gravedad de lo que enfrentamos?
—No te impacientes. Con algo de suerte saldremos de esto.
La palabra le cayó a Denn como una ofensa.
—¿Suerte? —soltó—. Está ahí parado, sin hacer nada, sin decirme qué piensa hacer, y pretende que todo dependa de la suerte. ¿Acaso está bromeando?
Val volvió apenas la cabeza hacia él. Luego regresó la vista al ventanal.
—¿Quién ha dicho que no tengo un plan?
Alzó una mano y señaló el vacío al otro lado del cristal.
—¿Ves ese punto? Allí.
Denn frunció el ceño. Se acercó y se colocó a un lado del capitán. Al principio no distinguió más que la negrura sembrada de luces. Luego lo vio: una marca mínima en la distancia, apenas separada del fondo estelar.
—Sí… lo veo —dijo—. ¿Qué es?
—Mi plan —respondió Val.
Denn volvió el rostro hacia él.
—¿Cómo?
—Ese punto es un planeta. Y, por lo que hemos podido determinar, parece habitable.
Denn permaneció inmóvil.
—Hace una hora fijé rumbo hacia él —añadió Val—. Ya veremos cómo va nuestra suerte.