Capítulo I #2
El autómata volvió el rostro hacia él. Tenía una cabeza alargada y lisa, hendiduras oscuras donde habrían debido estar los ojos y una abertura estrecha en la parte baja del rostro.
No había piel artificial ni facciones suavizadas: toda la estructura permanecía expuesta.
La abertura de la boca podía separarse para articular palabras, y ciertos ajustes mecánicos concedían al conjunto una movilidad mínima.
El cuerpo, esbelto y articulado, combinaba elegancia mecánica con una rigidez antigua.
Hombros redondeados, extremidades largas, torso estrecho y placas limpias sugerían una anatomía humana sin reproducirla del todo.
Parecía pertenecer a una línea de desarrollo detenida antes de alcanzar su forma definitiva.
El metal gris devolvía la luz enferma del hangar con un brillo contenido.
Solidio. Denn lo sabía. Nadie más allí.
—Mi modelo es C0-UN1 —respondió.
Senlar no apartó los ojos de él.
Los autómatas permitidos por la Unión revelaban su función a simple vista: asistencia, carga, limpieza, mantenimiento. C0-UN1 no parecía hecho para ninguna de ellas.
Denn sí conocía su origen. Casi tres siglos atrás, A-Corp y Helagar Ust habían desarrollado los Colonizador: máquinas capaces de aprender, decidir y adaptarse para transformar mundos hostiles.
C0-UN1 era uno de los primeros prototipos, retirado y olvidado antes de Venus, antes de la rebelión y la desaparición de los modelos posteriores.
La Unión había borrado casi todo rastro del proyecto. Por eso nadie reconocía en él algo prohibido. Solo una máquina extraña.
Senlar miró a Denn.
—¿Es tuyo?
C0-UN1 giró la cabeza hacia él. No había expresión en su rostro, pero sí algo parecido a una espera.
Denn sostuvo aquella mirada de metal y sonrió apenas.
—No. No tiene dueño. Es libre.
Senlar frunció muy levemente el ceño y llamó al resto para que lo siguieran.
—Nunca había oído hablar de un autómata libre —dijo, como si no terminara de decidir si Denn hablaba en serio.
Continuaron con Senlar hasta uno de los trenes internos.
Durante el trayecto, la escala de S02-07 reapareció en corredores amplios, niveles superpuestos, secciones comerciales y jardines interiores.
Incluso una estación pequeña del Sistema Solar se parecía más a una ciudad que a una plataforma de tránsito.
Cuando descendieron, entraron en la plaza principal.
El espacio se abría en una vasta rotonda rodeada de escaparates, terrazas y corredores curvos.
En el centro se alzaba una fuente de agua cristalina, y árboles exóticos suavizaban el metal, el vidrio y la piedra pulida.
Todo había sido concebido para ofrecer una normalidad refinada en medio del vacío.
Aquella normalidad se había resquebrajado.
Cientos de personas permanecían reunidas en la plaza. La inquietud se extendía en murmullos, miradas tensas y niños demasiado callados. Todos observaban a los oficiales como si de ellos pudiera surgir una respuesta.
—Esperen aquí mientras averiguo qué está pasando —dijo Senlar.
Se alejó entre los grupos. Denn miró a las familias atrapadas en una estación herida sin entender por qué. Mantuvo los brazos a los costados, rígidos de una forma que el uniforme podía hacer pasar por disciplina.
Todo aquello también era suyo.
No tardó en notar que varios observaban a C0-UN1. Su silueta limpia y afilada desentonaba entre los autómatas de uso corriente.
Un niño de unos diez años terminó por acercarse.
Era delgado, de rostro pequeño y redondeado, cabello castaño claro y ojos verdes demasiado vivos para el ambiente que lo rodeaba.
Venía con el grupo del hangar y llevaba observando a C0-UN1 desde entonces con una mezcla de fascinación y cautela.
Una joven de rasgos muy parecidos permanecía unos pasos detrás, vigilándolo.
—¿Qué clase de autómata eres? —preguntó.
C0-UN1 volvió el rostro hacia él.
—¿Clase? —repitió.
—Nunca había visto uno como tú —dijo el niño—. No pareces de información ni de asistencia. ¿Eres de combate?
Denn respondió antes que el autómata, demasiado deprisa.
—Algo así —dijo—. Ha estado conmigo bastante tiempo.
El niño abrió un poco más los ojos.
—Entonces sí eres especial.
Hizo un gesto con la mano para llamar a la muchacha.
—Kein Donsae —se presentó—. Y ella es mi hermana, Dani.
Dani tendría poco más de veinte años. Era delgada y menuda, con una delicadeza casi engañosa: piel muy clara, rostro redondo y suave, facciones pequeñas y armónicas, ojos de corte oriental y una boca discreta que parecía inclinarse con facilidad hacia la duda o la ternura.
Miró primero a C0-UN1. Luego a Denn. La curiosidad se mezclaba en ella con una cautela inmediata, protectora.
—Hace rato te oí preguntarle cómo quería que lo llamaran —dijo—. No parece la clase de cosa que uno olvida de un compañero de mucho tiempo.
Denn soportó el examen. En los ojos de Dani había agudeza. Y desconfianza.
—A veces es bueno preguntar cómo prefiere alguien que lo llamen —respondió con una media sonrisa medida. El cansancio la hacía creíble.
Dani no pareció convencida.
—Qué considerado.
Kein miró a uno y a otro, como si acabara de advertir que el intercambio no era tan simple como esperaba.
Antes de que la tensión se asentara, Senlar regresó acompañado del capitán de la estación.
—Capitán, este es Denn Bornew. El hombre del que le hablé.
El capitán se volvió hacia ellos con una lentitud medida.
Alto, recio y de hombros todavía firmes pese a la edad, parecía uno de esos hombres a quienes el tiempo no ablanda, sino que vuelve más duros.
Llevaba el cabello canoso peinado hacia atrás, despejando un rostro de facciones fuertes, piel ligeramente tostada y ojos oscuros poco dados a la cordialidad.
La espalda recta, la economía de movimientos y su manera de sostener el silencio revelaban una autoridad inequívocamente militar.
Se detuvo frente a Denn.
—Así que tú eres el sargento de Tau Ceti del que me habló Senlar —dijo, después de observarlo un instante—. Val Afkbar. Capitán de esta estación.
El apellido rozó algo en la memoria de Denn. Un eco de los márgenes del espacio, de rutas y relatos oídos hacía años. A un lado, Senlar se tensó apenas.
—Afkbar… —murmuró Denn—. Ese nombre me resulta familiar.
El capitán no se inmutó.
—No me sorprendería.
Val no ofreció ninguna explicación.
—Si de verdad perteneces a las fuerzas, podrías ser útil —dijo—. Necesito verificar tu identidad. ¿Puedo consultar tu interfaz personal?
Consultar una interfaz personal requería el consentimiento expreso de su usuario. Denn sintió un ajuste seco en el pecho.
Si la orden de captura había salido de la Tierra antes del primer cruce, una consulta bastaría para hundirlo. Si no, la distancia jugaba a su favor: las bases de datos locales solo conservarían lo recibido antes del salto descontrolado.
—Adelante —dijo.
El capitán alzó la mano izquierda. El movimiento hizo retroceder el puño blanco del uniforme y dejó al descubierto la membrana personal: una franja oscura, fina y flexible, ceñida a la muñeca.
Ante sus ojos, las lentillas vinculadas desplegaron controles que nadie más podía ver.
Val fijó la mirada en un punto vacío y movió los dedos de la otra mano para abrir la consulta.
Denn no se movió. Sostener aquella quietud le exigió todo el cuerpo.
Durante un segundo demasiado largo, nadie habló.
Luego el capitán bajó la mano.
—Parece que eres quien dices ser. Muy joven para ser sargento. Eso no suele pasar por accidente.
La señal no había llegado. Denn aflojó las manos sin permitir que el alivio le tocara el rostro. Seguía siendo, para ellos, un sargento de la Unión en una estación herida.
Val lo observó un instante más.
—Si vas a ayudar, Senlar te pondrá al corriente.
Se dio media vuelta y se alejó con varios subordinados.
—¿He dicho algo malo? —preguntó Denn al notar que Senlar seguía incómodo.
—No exactamente —dijo Dani antes que él—. Solo sorprende que no cayeras antes.
Denn volvió la vista hacia ella.
—Afkbar no es un apellido cualquiera —añadió—. Cuesta oírlo y no saber de dónde viene.
Senlar asintió.
—Al capitán no debió de gustarle la pregunta —dijo—. No porque lo acusaras de nada, sino porque hay nombres que arrastran demasiado detrás.
—Ya veo.
Miró hacia donde se había marchado el capitán.
—No era mi intención.
Dani le apretó suavemente la mano a Kein, como pidiéndole que no interviniera.
Senlar le indicó con un gesto que lo siguiera.
—Ven. Tengo que ponerte al corriente.
Se apartaron hacia un tramo menos concurrido de la plaza. Senlar bajó la voz.
—Denn, ahora mismo no sabemos con certeza en qué estado está la estación ni cuánto podremos sostener el control. La gente ya sospecha que alguien tomó la sala de mando. Ocultarlo a estas alturas solo empeoraría las cosas. Voy a hablarles. Necesito que estés conmigo.
—¿Para darles calma?
—Para aparentar control. Tu uniforme ayuda. Y ahora mismo, cualquier cosa que parezca firme es importante.
Denn asintió.
—Antes dime una cosa. ¿Saben quién lo hizo?
—No. Los dos hombres de la sala de mando fueron reducidos antes de poder reaccionar.
—¿Están vivos?
—Sí. Aturdidos, humillados, pero vivos. Ya veremos si eso sigue siendo cierto después de que el capitán hable con ellos.
—Entiendo —dijo Denn.
Senlar miró alrededor. La inquietud empezaba a quebrar el orden precario de la plaza.
Varias personas se habían agrupado alrededor de los oficiales; otras discutían entre ellas o trataban de abrirse paso para exigir respuestas.
Todavía no había estallado el caos, pero ya no bastaba con pedir atención.
—Vamos.
Avanzaron hacia la fuente. Esta ocupaba el centro de una plataforma circular, elevada tres peldaños sobre el resto de la plaza.
Aunque no estaba concebida como escenario, la plataforma ofrecía altura suficiente para que una persona pudiera hacerse visible desde los corredores y las terrazas de la rotonda.
Mientras Denn subía, Senlar operó su interfaz. Una señal ámbar apareció en el borde de la visión de Denn.