Capítulo I
Plan de Escape
Hacía más de un año que la vida de Denn Bornew se había torcido, y solo ahora se había convencido de que no podía seguir inmóvil. Las visiones no habían cesado. No podía saber si llegarían a cumplirse, pero la posibilidad le bastó para actuar.
Tenía veintitrés años y un porte moldeado por la disciplina: cuerpo atlético sin ostentación, rostro fino y sereno, cabello castaño algo más largo de lo habitual en un militar.
Bajo cierta luz, sus ojos adquirían el color de una avellana pálida.
Eran fríos, hondos, difíciles de leer. La pulcritud del uniforme y una compostura trabajada hasta parecer natural no alcanzaban a ocultar del todo el cansancio ni aquella tristeza bien guardada que lo volvía más inescrutable que distante.
Se valió de su rango y de la reputación que aún conservaba para obtener un pase a la Tierra, capital de la Unión y uno de sus mundos más restringidos.
Allí, en una instalación a la que casi nadie tenía acceso, se apoderó de un experimento fallido y olvidado: una de las viejas vergüenzas de la humanidad, sepultada tras leyes, miedo y silencio.
Para abandonar el Sistema Solar, se ocultó en una nave de pasajeros con destino a S02-07.
La estación de salto estaba lo bastante lejos para concederle unas horas antes de que alguien descubriera lo ocurrido, y el mantenimiento de rutina había reducido el tránsito y el personal.
Por el momento, no necesitaba un destino final.
Le bastaba con atravesar un agujero de gusano antes de que la alarma se propagara por toda la Unión.
Llegó a S02-07 sin ser detectado. Entró en la sala de mando, redujo a sus dos ocupantes con una pistola de descarga y comprobó que ambos respiraban antes de tomar los controles.
Anuló la vigilancia, purgó los registros y activó la alarma de evacuación.
No quería llevarse a los pasajeros. Confiaba en que todos abandonarían la estación antes de su partida.
La mayoría lo consiguió.
Las fuerzas terrestres lo localizaron antes de que terminara la evacuación.
Una transmisión prioritaria tomó los sistemas de S02-07 con la autoridad de la Unión y le hizo comprender que ya no podía esperar.
Apagó la alarma, bloqueó las compuertas del hangar para impedir que alguien intentara escapar durante el tránsito y desactivó el control automático de posición.
Orientó la estación hacia el agujero de gusano que mantenía abierto. Al atravesarlo, dejó diez años luz atrás en un instante y el conducto se cerró antes de que sus perseguidores pudieran utilizarlo.
Entonces abrió otro.
Pensaba repetir la maniobra hasta poner suficiente distancia entre él y el Sistema Solar. Después abandonaría la estación en una nave y buscaría refugio en un sistema poco vigilado.
Encadenó un cruce tras otro. Cada conducto se cerraba a su espalda, borrando la ruta directa. Pronto nadie en la Tierra sabría dónde buscarlo y podría huir sin temor.
Así habría sido, de no mediar la desgracia.
Mientras S02-07 atravesaba uno de los agujeros de gusano, Denn sintió una vibración.
Al principio fue tan leve que habría podido confundirse con una irregularidad estructural. Aun así, se incorporó en el asiento. Los cruces no se sentían. La sincronización gravitatoria debía arrastrar consigo el casco, el aire y cada cuerpo a bordo sin transmitirles tirones ni cambios de velocidad.
La vibración regresó.
Esta vez no desapareció. Creció hasta convertirse en un temblor insistente y después brutal. La estación entera comenzó a sacudirse como si algo la hubiera atrapado en mitad del conducto y tratara de desgarrarla desde dentro.
Las luces titilaron. Los paneles empezaron a escupir chispas.
Denn se aferró a los apoyabrazos mientras su equilibrio dejaba de tener sentido.
Vio sus manos alargarse, torcerse, perder toda proporción reconocible.
Sintió que caía por un hueco sin fondo, aunque nada empujaba su cuerpo en dirección alguna.
Aquello no era una avería ordinaria. Ni siquiera sabía si seguían dentro del conducto.
Entonces todo se detuvo.
No de forma gradual, sino de golpe, con una violencia tan seca que durante un instante Denn no supo si había sobrevivido al tránsito. Permaneció inmóvil, todavía aferrado al asiento. Miró sus manos. Habían recuperado su forma. El suelo volvía a estar debajo de él.
Pero algo seguía mal.
El salto los había arrojado mucho más lejos de lo previsto, a una región del espacio que no figuraba en ninguna de sus rutas.
Los sistemas encargados de abrir nuevos agujeros de gusano habían quedado inutilizados.
En cuestión de segundos, S02-07 dejó de ser un instrumento de fuga y se convirtió en un cuerpo herido, a la deriva, con recursos escasos y daños graves en casi todos sus sistemas.
Las luces fallaban con una intermitencia enfermiza. A intervalos irregulares, una alarma aguda atravesaba los corredores y repetía a quienes permanecían a bordo un mismo mandato: evacuar.
Denn revisó los controles una vez. Después otra. No encontró rutas, balizas ni señales reconocibles. Solo un vacío sin nombre.
—No es posible —murmuró.
Su compañero lo miró en silencio. La alarma volvió a sonar.
Permanecer en la sala de mando ya no tenía sentido. Denn soltó los apoyabrazos y se obligó a ponerse en pie.
—Debemos movernos. Ahora.
La voz salió firme. Solo al apartarse de los controles advirtió que tenía los dedos rígidos.
Desactivó el bloqueo de las compuertas del hangar y salió con su acompañante. Afuera corría un pasillo estrecho, paralelo al recinto, cerrado en ambos extremos por las puertas que Denn había sellado al principio.
No le costó imaginar gente al otro lado, forcejeando desde hacía rato.
—Ayúdame a subir ahí —dijo, señalando el conducto de ventilación.
Arrancó la rejilla metálica y se metió en el conducto.
—Espera —ordenó mientras avanzaba a gatas—. Ahora. Sube.
Siguieron arrastrándose hasta quedar sobre otro pasillo. Desde arriba apenas distinguió sombras, un tramo vacío, silencio. Bajaron.
Denn había memorizado los trayectos esenciales de la estación. Instantes antes de abandonar la sala de mando, comprobó que en un hangar secundario permanecía la última nave operativa. Allí pensaba completar su huida.
Avanzaron deprisa, doblando por los corredores justos, sin detenerse más de lo indispensable. Cuando irrumpieron en el hangar, Denn se frenó en seco.
Había gente allí.
No muchos. Los suficientes.
Un pequeño grupo los separaba de la nave: civiles tensos y varios oficiales de estación que intentaban conservar el orden. Debían de haber quedado atrapados desde que Denn bloqueó las compuertas.
Sintió el peso de la pistola de descarga contra el cuerpo. Una mano buscó el costado y se detuvo. Reducirlos no habría sido difícil. Bastaría una amenaza firme, un movimiento rápido, el miedo correcto.
Pero la nave ya no era solo su salida. Era la única salida para todos.
—Mierda… —murmuró.
Su acompañante lo miró.
—¿Qué ocurre?
Denn siguió observando la nave.
—Solo queda una.
—Nos basta con una. ¿No?
Denn soltó una risa breve y seca.
—Me precipité —dijo en voz baja—. Vi tan claro que debía sacarte de la Tierra… que dejé demasiadas cosas sin pensar hasta el final.
Su mirada volvió a la nave.
—Si la evacuación hubiera sido completa, podríamos habernos encontrado aquí sin una sola nave para huir —añadió—. Habríamos quedado atrapados aquí, esperando a que vinieran por nosotros.
—¿Y ahora?
—Ahora ya no importa.
Advirtió movimiento al otro lado del hangar. Los civiles y los oficiales empezaban a acercarse.
Denn soltó despacio el aire que llevaba reteniendo.
Se inclinó apenas hacia su compañero.
—No digas nada de más —murmuró—. Nadie sabe que fuimos nosotros.
El uniforme oscuro de Denn lo identificaba como miembro de las fuerzas de la Unión: emblema en el pecho, rango y sistema en el cuello. En medio del caos, bastaba para colocarlo del lado de quienes debían ayudar, no del responsable.
—Bien. Un hombre de las fuerzas. Eso podría ayudarnos. ¿Están heridos? —preguntó uno de los hombres al acercarse.
—No —respondió Denn—. Estamos bien. ¿Qué ocurre?
Vestía un uniforme gris acero azulado del Cuerpo de Estaciones de Salto de la Unión.
—Creemos que alguien tomó el control de la estación —dijo—. Aún no lo tenemos claro.
Denn dejó que una sorpresa breve le cruzara el rostro.
—¿La sala de mando?
—El capitán intenta confirmarlo. Hay hombres tratando de recuperar el acceso.
—¿Y el resto de la estación?
—Están reuniendo a todos en la plaza principal.
Pasajeros, personal, residentes… a cualquiera que siga en la estación.
El capitán ha ordenado suspender la evacuación por ahora.
Esa es la última nave disponible, y no piensa dejar a nadie atrás hasta tener más claro cuántos quedamos realmente y qué está ocurriendo.
Denn asintió.
—Entiendo.
El oficial lo estudió un instante.
—Será mejor que vengan con nosotros. Si de verdad perteneces a las fuerzas, quizá puedas ser de ayuda.
—De acuerdo.
—Senlar Belmy —dijo el hombre—. Primer oficial de estación.
Tenía el rostro alargado, la piel clara, el cabello corto de un castaño ceniza y unos ojos claros más dados a evaluar que a intimidar. Su porte era sobrio y funcional, el de alguien habituado a sostener el orden sin necesidad de imponerse.
—Yo soy Denn Bornew, sargento de Tau Ceti.
Senlar desvió la vista hacia el acompañante de Denn, y algo en su expresión cambió.
—¿Y ese autómata? —preguntó—. ¿Tiene nombre?
La pregunta dejó un pequeño vacío.
Denn miró al autómata. Lo había sacado de aquella instalación, lo había puesto en marcha, había huido con él… y aún no se le había ocurrido cómo llamarlo.
—¿Cómo quieres que te llamen? —preguntó.