Convergencia Prólogo
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Convergencia

Convergencia

Por Heiner Flores Bermdez

© inepub.com

Prólogo

Denn Bornew tenía el rostro hundido entre las manos. Estaba sentado en una banca, en mitad de una amplia avenida, mientras Nec seguía moviéndose a su alrededor: edificios de formas audaces y una vegetación cuyos tonos no pertenecían a ningún paisaje terrestre.

Era demasiado joven para parecer tan agotado.

En las fuerzas de la Unión Galáctica había sido uno de los reclutas más prometedores de Tau Ceti.

Alcanzó el rango de sargento antes que todos los de su generación y, durante años, no hizo más que confirmar lo que sus superiores esperaban de él.

Luego llegaron las visiones y su nombre empezó a perder, en pocos meses, el peso que tanto le había costado ganar.

No se parecían a sueños. Regresaban con la textura confusa de los recuerdos: cielos cubiertos por naves, ciudades abiertas por el fuego, siluetas metálicas avanzando entre los muertos. Al despertar, Denn conservaba el miedo de alguien que ya había estado allí.

Advirtió a sus superiores. Insistió. Sus alertas fueron ignoradas y, después, ridiculizadas. Cuando empezó a preguntarse si estaba perdiendo la razón, ya había puesto en juego todo aquello que lo había llevado hasta el rango que ostentaba.

Durante un tiempo se aferró a la convergencia. El fenómeno estaba documentado: la mente de una persona podía irrumpir desde otro universo y dejar sus recuerdos en la de su equivalente. Pero los de Denn no parecían venir de ningún pasado. En ellos ardían ciudades que todavía permanecían intactas.

No sabía qué hacer con eso. Solo que las imágenes regresaban sin cambiar, como si otro Denn, en algún lugar, hubiese llegado antes que él al desastre. La idea era imposible. También lo era fingir que no había visto nada.

Un zumbido agudo, casi mineral, lo arrancó del trance. Denn alzó la cabeza.

El bullicio de la avenida se apagó. Los transeúntes se detuvieron y miraron a su alrededor, buscando el origen del sonido. No venía de ningún punto concreto. Estaba en los cristales, en el metal, bajo la piel.

Se hizo más grave.

Un niño se aferró al pantalón de su madre.

—Mamá…

La mujer siguió la dirección de su dedo.

Sobre ellos, el cielo de Nec, azul y atravesado por una luz dorada, comenzó a mancharse. Al principio fueron destellos sin forma, heridas de brillo demasiado altas. Después el resplandor adquirió contorno.

A Denn se le cerró el pecho. Ya lo sabía.

Las primeras naves rompieron la claridad.

Grises. Enormes. Antinaturales.

Descendieron hasta cubrir la avenida con su sombra, y durante un instante nadie corrió.

El estruendo llegó después.

La onda lanzó cuerpos contra el pavimento y reventó los ventanales en una lluvia de vidrio.

Una mujer cayó de rodillas con el rostro abierto.

El niño desapareció entre piernas que corrían y gritos que ya no parecían humanos.

Donde un instante antes había luz, tránsito y conversación, brotó una columna de fuego y carne despedazada.

Entonces empezó la invasión.

De las naves descendieron legiones de autómatas: los Colonizador. Sus cuerpos de solidio —el metal definitivo— caían a raudales entre el humo. Avanzaban sin detenerse, metódicos e implacables, contra la especie que un día los había construido.

Con el cuerpo cercenado, Denn apoyó los antebrazos en el pavimento y tiró de sí mismo. Cada avance dejó un rastro espeso sobre la superficie destrozada. Buscó cualquier hueco entre los restos, algo que pudiera parecerse a un refugio.

Uno de los Colonizador lo alcanzó por detrás.

El brazo de metal le atravesó la espalda, salió por el pecho y le abrió el corazón.

Denn se estremeció. La sangre le llenó la boca.

Y sonrió.

Sonrió justo antes de morir.

Todo eso ocurrió. Todo, en un universo paralelo.