CONTRATO CON LA MAFIA Capítulo 14
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Capítulo 14

Yumi

Desperté lentamente. Poco a poco recobraba la consciencia y distinguía entre la realidad y los momentos en los que había estado bajo el dominio de Kirigi.

Me sentía ligera. Las voces guardaban silencio.

Sin embargo, todavía no estaba libre del camino del asesino.

Había sido traicionada por Toshiro Mitsunae, mi antiguo empleador, y ahora él debía pagar por ello.

Aún tenía aquella misión: necesitaba asesinarlo porque no era un hombre de honor.

Mientras siguiera con vida, ninguno de nosotros estaría a salvo.

Miré a mi alrededor, todavía en la oscuridad. Parecía ser de noche o de madrugada; reinaba el silencio. La suave respiración a mi lado... ¡Jonás!

Estaba confundida. No sabía interpretar los nuevos sentimientos que me consumían.

Las voces, las mías propias, tampoco me respondían ya.

Sentía la presencia de aquel hombre dormido a mi lado.

Estaba dentro de mí, en mi corazón. Había sido valiente al seguir mis pasos.

Lo amaba, lo sabía, pero ¿cómo podía condenarlo a recorrer mi camino?

Yo representaba la desgracia en la vida de aquel hombre de bien. Una persona honrada jamás debería ser tocada ni transformada por una mercenaria; jamás lo merecería. Tampoco podía ponerlo en peligro, no más de lo que ya lo había puesto.

Estaba condenada por mi pasado y ahora también por mi presente y mi futuro. Sería perseguida eternamente por la mafia italiana y, después de matar al oyabun, también la Yakuza me marcaría para morir.

Debía marcharme, pero antes necesitaba despedirme de Jonás.

Me acerqué a su cuerpo. Sentía el calor que emanaba de él. Posé la mano sobre su pecho, que subía y bajaba tranquilamente con su respiración pausada. No quería dejarlo, pero necesitaba hacerlo.

—Yumi —susurró al despertar e inmediatamente llevó una mano a mi rostro, acariciándome el cabello—. ¿Estás bien?

No respondí. No estaba bien. Me sentía viva, las voces habían desaparecido, ya no me obligaban a hacer aquello que no quería, pero necesitaba abandonarlo y eso, por primera vez, me rompía en millones de pedazos.

Deslicé suavemente un dedo sobre sus labios para hacerlo callar.

Después me incliné sobre él y lo besé, sintiendo cómo correspondía con intenso deseo.

Jonás me atrajo hacia sus brazos, pegándome a su cuerpo, y rodó conmigo sobre el tatami mientras yo lo despojaba de su kimono, lenta y tranquilamente.

Por primera vez, no buscaba aquella adrenalina de una sesión de sexo violento. No quería dominar ni ser dominada.

Solo sentía la necesidad de que sus brazos me envolvieran, de saborear sus besos y experimentar la profundidad de sus sentimientos, sin que él intentara complacerme, sin entrar en mis juegos de seducción, porque lo que había entre nosotros ya no era un juego y lo llevaría dentro de mí allá donde fuera.

—Fuiste tras de mí... —susurré en su oído mientras él me descubría desnuda bajo el kimono— y luchaste por mí. —Yo también lucharía por él, para que estuviera siempre a salvo. Por eso, aun así, lo dejaría, por su propio bien.

—Daría mi vida por ti, Yumi.

Aquello me conmovió. No lo merecía, no era digna de aquel amor.

Posé de nuevo mis labios sobre los suyos, sintiéndolo penetrarme lentamente, completamente rígido, mientras yo lo acariciaba con mi musculatura interna, con firmeza, sin barreras, solo nosotros dos, nuestros cuerpos, nuestra piel.

Nuestras respiraciones sincronizadas se mezclaban cada vez que volvía a introducir su lengua en mi boca.

Jonás había sido delicado, pero firme en sus movimientos, mientras estimulaba otras partes de mi cuerpo con las manos, permitiéndose dejar parte de su peso sobre mí, pero solo lo suficiente para que yo sintiera que ardía en llamas.

Aquella sensación de ser invadida con tanto cuidado, con tanto... amor... era tan inédita y única.

Lo sentía deslizarse dentro de mí, expandiéndome al mismo tiempo que yo lo estimulaba con mi resistencia deliberada, buscando intensificar aquel momento que compartíamos. Me entregaba a él con la total transparencia de mi vulnerabilidad.

Él me daba algo que hasta entonces desconocía: cariño.

Sentí que se me llenaban los ojos de lágrimas ante la incontrolable sensación de verme arrastrada por la emoción.

Mi desnudez no estaba en mi cuerpo, sino en mi alma, y mi clímax jamás había sido tan real como entonces, con Jonás, haciéndome temblar de pies a cabeza, cuando la sensación de estar rompiéndome en mil pedazos se transformó en algo capaz de reconstruirme con su clímax dentro de mí.

Permanecimos en silencio durante unos minutos, con los corazones todavía agitados, intentando recuperar la calma.

Nuestro momento de amor había sido tan tranquilo, tan dulce y, al mismo tiempo, tan intenso...

pero yo tenía que marcharme. Necesitaba reunir fuerzas para terminar mi misión y mantenerme alejada del hombre que amaba, por su propio bien.

Acaricié su pecho, deslicé la mano hasta la curva de su cuello en un gesto de cariño, pero tenía otras intenciones cuando presioné suavemente un músculo de su cuello y él quedó inconsciente.

En silencio, abandoné la cama y localicé mi ropa en un rincón. Me vestí rápidamente y salí de la habitación. Me encontraba en una casa típicamente japonesa y, poco después, me vi en el exterior. La luna iluminaba el monte Fuji a lo lejos.

—¿Ya te marchas, Yumi-san? —miré a mi alrededor y me encontré con el semblante severo de un hombre de mediana edad.

—¿Es usted Musashi-sama, el sensei de Daniel? —lo reconocí por el lugar y por lo que mi antiguo compañero de contrato ya me había contado.

—Sí...

—Debo marcharme —respondí con determinación, aunque no tenía por qué darle explicaciones.

—¿Por qué? El mafioso italiano está muerto, Kirigi está muerto. Ahora puedes comenzar a recorrer un nuevo camino —dijo con voz serena—. Eres una mujer libre.

—¡He sido traicionada! Toshiro Mitsunae envió a Kirigi con Don Paolo. ¡Por culpa de él mataron a mi maestro y me esclavizaron! —gruñí en voz baja.

—Si no detienes este ciclo de violencia, acabarás muriendo —advirtió.

—Entonces será mi karma —respondí con fatalismo.

—¿Vas a ir tras Toshiro Mitsunae?

—Sí.

—¿Y Jonás-san? Él te ama. Gracias a él conseguimos liberarte del dominio de Kirigi. Deberías confiar más en el poder de los sentimientos.

—Y yo también lo amo, pero debo marcharme sola —sentí que las lágrimas comenzaban a formarse en mis ojos.

Deseé que la vida fuera fácil, que mis actos no tuvieran consecuencias y que quienes me rodeaban no estuvieran en peligro, pero mi realidad era completamente diferente.

—Entonces solo puedo desearte buena suerte. Cada persona tiene su propio camino y su propio karma. Pero debes saber que podemos elegir qué atajos tomar y cuáles evitar.

Hice una reverencia para agradecerle todo lo que había hecho. Él correspondió al gesto. Me di la vuelta y me alejé de la residencia con pasos rápidos.

Jonás

Me desperté sobresaltado. Al mirar a mi lado, el corazón me dio un vuelco: Yumi ya no estaba en la cama.

Me vestí apresuradamente y salí de la habitación. Encontré a Musashi, Sumiko y Daniel conversando en el pequeño jardín junto a la casa.

—¡Yumi! ¡Ha desaparecido! —dije angustiado—. Se despertó durante la noche, hablamos... —no entré en detalles—. Parecía estar bien, pero al despertar ya no estaba.

—Está bien, Jonás —me aseguró Daniel—. O, al menos, tan bien como puede estar alguien después de todo lo que ha sufrido a manos de Kirigi.

—Dejémoslos hablar —dijo Sumiko mientras hacía un gesto a su compañero, Musashi, y ambos dejaron a mi amigo a solas conmigo.

—¿Dónde está? —pregunté desconfiado.

—Se ha marchado. Musashi la sorprendió cuando salía de la casa.

—¿Se ha marchado? ¿Cómo habéis podido dejarla ir? —pregunté, irritado—. ¿Adónde?

No podía entender cómo habían podido dejarla marchar, no después de todo lo que habíamos hecho para salvarla, de los riesgos que todos habíamos corrido. Acababa de recuperarse de un extraño coma que todos decían que había sido un trance, o yo qué sé qué.

—Ha ido en busca de su propio camino.

—Cuéntame la verdad, Daniel. Me debes una, giri, ¿recuerdas? —se lo eché en cara, aunque me odiaba por hacerlo.

—Ha ido tras Toshiro Mitsunae —respondió mientras me devolvía una mirada severa, pero no opuso resistencia.

—¿El jefe de la Yakuza que estuvo en Brasil? —pregunté, sorprendido.

—Sí. Él la traicionó. Fue él quien envió a Kirigi con los italianos.

—Tenemos que impedírselo —imploré.

—Lo siento, Jonás. Ella ha elegido su propio camino. Tienes que comprender que las personas tienen derecho a su libre albedrío.

—Eres mi amigo. Tienes que ayudarme. ¡Ella fue tu antigua compañera y amante! —insistí—. ¿Cómo vas a dejar que siga por un camino que solo la llevará a la muerte? ¡Es una locura!

—Sabes que no está bien privarla de ese derecho...

—¡Que le den a lo que está bien y a lo que está mal, Daniel!

Está cegada por ese deseo insano de venganza.

El libre albedrío sirve para quien está en sus cabales.

Ella está fuera de sí. Alguien tiene que ayudarla, aunque para ello tenga que hacerlo todo solo.

Necesita protección, necesita protección contra sí misma y contra su propio juicio.

Mi amigo permaneció en silencio durante un minuto. Entonces, después de suspirar, convencido de que rompería una más de sus reglas, clavó la mirada en mí.

—De acuerdo, lo intentaremos —decidió.