Capítulo 12 #3
Las hojas parecían manchas plateadas. Chispas estallaban cada vez que chocaban y, incluso desde la distancia, podía sentir la energía que emanaba de uno y otro, como un aura negra de muerte y destrucción.
Y algo más: una sutil energía que provenía de la espada de mi antiguo compañero y que parecía interferir con la magia negra del ninja de las tinieblas.
Casi habría jurado que podía oír en mi mente el mantra arcano del kobudera y el kuji-kiri que debía de estar pronunciando, el mismo tipo de magia que yo había utilizado para derrotar a Daniel cuando ataqué el despacho de Naomi Asano.
Daniel y Kirigi, la luz y la oscuridad. Conocía el sentido del honor de mi antiguo compañero. Sabía que el camino del asesino no lo había corrompido como me había corrompido a mí, pero ¿sería lo bastante hábil para vencer al ninja de las tinieblas?
—Yumi —la voz de Jonás llegó hasta mí y enfoqué la mirada, observándolo a unos pasos de distancia, acercándose hacia mí con las manos abiertas.
Las voces comenzaron a gritar en mi mente que lo matara. Di un paso hacia él, con la daga lista para clavarse en su pecho.
«Jonás, aléjate de mí, huye, no quiero matarte» —grité en mi mente, pero las palabras no salieron de mi boca.
En ese momento oí un aullido en mi mente. Desvié la mirada hacia la lucha. Daniel había asestado un golpe que había cortado a Kirigi en diagonal, desde el hombro hasta la cintura, y sus entrañas se habían desparramado a través de la herida.
Cayó de rodillas, intentando mantener los órganos dentro de su cuerpo.
—¡Ella nunca volverá con vosotros! —rugió.
Con un movimiento demasiado rápido para los ojos, Daniel ejecutó un golpe circular con su katana y la cabeza de Kirigi salió despedida y cayó rodando por el suelo.
Sentí un vértigo y me sumergí en la más absoluta oscuridad. Sabía que mi cuerpo seguía moviéndose; podía sentir el peso de las dagas sai en mi mano.
Las voces de mi interior gritaban aún más fuerte y ahora había una, clara y poderosa entre todas ellas: la del ninja de las tinieblas.
—¡Mata! ¡Mátalos a todos! —gritaban al unísono.
Sentí la energía vital que fluye entre un asesino y sus víctimas.
Mi cuerpo se movió con agilidad, librando una agotadora batalla.
Luché contra la oscuridad y comencé a ver de nuevo.
Me encontré con la mirada fija de Daniel sobre mí.
Él esquivaba mis ataques mientras, caído en el suelo, Jonás intentaba alcanzarme con sus palabras.
Me defendí de un golpe de Daniel, que evitaba utilizar su katana, y lo golpeé con una patada en el centro del cuerpo que lo hizo caer lejos.
Volví la mirada hacia Jonás.
—¡Mátalo! —una voz susurró en mi oído y la reconocí: era la de mi padre, que había abusado de mí años atrás y al que yo había asesinado.
Aferré con fuerza las empuñaduras de los sai con mis manos manchadas de sangre.
—¡Mátalo y serás libre! —siseó la voz áspera de Kirigi—. ¡Él es tu debilidad! ¡Mientras él viva, nunca serás fuerte!
Avancé dos pasos, preparada para matar. Nunca había amado a nadie en mi vida. El amor eran grilletes que ataban a la persona a las obligaciones del honor, coartaban su libertad y proporcionaban a los enemigos una brecha.
Ama a alguien y nunca serás libre. Una enseñanza que había recibido de mi sensei. En el camino del asesino no había lugar para la compasión ni para el amor.
«En el gran camino sin portales, hay mil senderos que elegir.
Al entrar en él, recorrerás eternamente el camino hacia el infierno, solo.
Cuando encuentres al Buda, mata al Buda.
Cuando encuentres a tus padres, mata a tus padres.
Ese es el vacío de los sentimientos, olvidar el propio yo, convertirse en una hoja de árbol, no sentir nada y no tener barreras ni ningún vínculo con el mundo material.
Ese es el camino del asesino, ese será tu camino. »
Ese era el camino del asesino, ese era el camino de mi libertad.
Avancé con las dagas preparadas para atravesar el pecho de Jonás...
—¡Yumi, te amo! —oí decir a Jonás y me detuve, como si hubiera chocado contra una pared invisible.
Sentí las lágrimas resbalando por mi rostro y, aunque Kirigi seguía dentro de mí, controlando mi mente, no tenía mi alma y, una vez más, logré recuperar brevemente el control sobre mi cuerpo.
—Jonás... ¡huye! No quiero matarte —le pedí, utilizando toda mi concentración para no abalanzarme sobre él y arrancarle el corazón con mis propias manos.
—¡No voy a abandonarte! —dijo mientras caminaba hacia mí.
Levanté el brazo derecho, preparada para asestar un golpe. Las voces aumentaron en mi mente, como el estruendo de un volcán en erupción, ordenándome que asesinara al único hombre que me había amado en toda mi desgraciada vida.
Vacilé, angustiada. ¿Cómo podía matarlo?
Percibí un movimiento procedente de mi lado derecho y sentí el impacto del golpe asestado por Daniel, que me lanzó al suelo.
Agradecida, me sumergí en la oscuridad, donde solo existían el vacío y el silencio. Ya no quería volver; no podía volver por el bien de todos.