Capítulo 11
Jonás
Bajo la escolta de la policía federal francesa, tomé el primer vuelo a Roma. Al aterrizar, aunque se trataba de un vuelo doméstico, fui abordado y conducido a una sala de interrogatorios, donde un oficial de los Carabinieri me preguntó cuáles eran mis motivos para estar en Italia.
No había motivo para mentir. Probablemente, los franceses habían avisado a las autoridades italianas de mi búsqueda.
El hecho de que yo fuera policía y Yumi una persona buscada por Interpol acabó ayudando a que me concedieran un permiso de permanencia temporal en el país, aunque me advirtieron que, si la encontraba, debía avisar inmediatamente a las autoridades policiales.
Al fin y al cabo, yo, como comisario de la Policía Civil, no tenía autoridad internacional y mucho menos autorización de la policía federal brasileña para continuar con mi búsqueda.
Tras ser puesto en libertad, conseguí un billete para un vuelo regional a la capital de Calabria y, como mi italiano no pasaba de un nivel básico, ellos preferían intentar comunicarse conmigo en portugués antes que recurrir al sufrido inglés que se hablaba por allí.
Con la ayuda de una aplicación y una fotografía de Yumi, recorrí los hoteles y pensiones de la ciudad, sin éxito.
Al tercer día, mientras desayunaba en la pensión donde me había alojado, vi en las noticias la información sobre la masacre ocurrida en un yate frente a la costa de Tropea, una ciudad costera de la región.
Los informativos daban cuenta de que Marius Luzzolini, el consigliere de confianza de la 'Ndrangheta, había sido asesinado.
Yumi había encontrado a su objetivo.
Aunque sabía que era inútil, alquilé un vehículo y conduje hasta allí. A pesar de que la policía local mantenía el caso en secreto, las fotografías de la masacre se habían vuelto virales en las redes sociales.
No tenía ninguna duda de que había sido obra de Yumi y, por más que la busqué, no conseguí encontrarla. Mi única pista era que su próximo objetivo sería Paolo De Martino, el capo de la mafia calabresa. Por eso llamé a mi contacto en la CIA para preguntarle dónde podía encontrarlo.
—Desde el ataque frustrado contra Yumi Moori en Japón se encuentra en paradero desconocido, probablemente escondido —me advirtió—. En cuanto sepa algo, te llamo.
Colgué el teléfono, frustrado. Había llegado a un callejón sin salida.
Yumi
Volví a Japón utilizando uno de mis pasaportes falsos. Después de alquilar un coche, conduje hasta el único lugar en el que me sentiría segura y acogida: una cabaña en las proximidades de un pantano.
Emocionada, aparqué en una zona despejada y caminé hasta la puerta. ¿Cuántos años habían pasado desde que me marché de aquel lugar? ¿Cuánta muerte y violencia había ejercido durante todos aquellos años?
Fujita-sama había sido como un padre para mí y después un amante durante unas horas, el hombre que me había iniciado en el placer consentido.
—¿Fujita-sama? —pregunté mientras llamaba a la puerta y entraba al verla abierta.
La gran sala donde hacíamos las comidas y que a veces utilizábamos para entrenar estaba sumida en la oscuridad, con las dos ventanas laterales cerradas.
Las katanas que él forjaba estaban esparcidas por la pequeña sala. Me acerqué a ellas, esperando a que mis ojos se acostumbraran a la escasa luminosidad, y vislumbré algo tendido en el centro de la estancia. Fue entonces cuando sentí que el corazón se me hundía en el pecho.
—Fujita-sama —murmuré, desolada.
Mi antiguo sensei yacía inmóvil. Era la única persona que, hasta entonces, había hecho tanto por mí sin pedir nada a cambio, la única persona que se había preocupado por prepararme para el mundo exterior.
Llevaba un sencillo kimono, ahora manchado de sangre que brotaba de una herida en el cuello.
En su mano derecha sostenía una katana. La tomé entre mis manos y sentí un escalofrío en la piel, además de un hormigueo en la mente: haragei (¡intuición!).
Salté, rodando hacia delante justo a tiempo para esquivar un peso de metal sujeto a una cadena que se habría enrollado alrededor de mi cuello.
Me coloqué en posición de combate, sosteniendo la katana con ambas manos. Kirigi emergió de las sombras de un rincón con una kusarigama28 (una hoz con una cadena), haciéndola girar con su mano derecha y haciendo que el peso de metal silbara en círculos, cortando el aire.
En manos de un maestro era un arma mortal, pues impedía que su adversario se acercara.
Hice una finta, amenazando con avanzar contra él, pero me desvié hacia la derecha y me lancé contra la ventana de madera, utilizando el hombro para destrozarla y cayendo al exterior con un gruñido de dolor, pero aún aferrada a la katana.
La pared de madera de la cabaña estalló por el impacto del cuerpo macizo de Kirigi, que inmediatamente lanzó el peso de metal contra mí.
Salté hacia un lado y este se clavó en el suelo, pero antes de que pudiera avanzar, él ya había tirado de la cadena y volvía a hacer girar el peso por encima de su cabeza.
—¡Maldito! —En un reflejo, avancé contra él.
Kirigi lanzó el peso contra mi rostro. Me defendí con la katana; la cadena se enroscó en la hoja y él tiró de ella, quizá pensando que yo intentaría arrebatársela, lo que habría sido un error fatal. Por eso la solté y saqué de detrás de mi espalda mis dos inseparables dagas sai.
Avancé contra mi adversario, que lanzó un golpe con la hoz que detuve con la daga de mi mano derecha, al mismo tiempo que clavaba la otra contra su garganta.
Pero estaba luchando contra un maestro en el manejo de la kusarigama. Kirigi utilizó la cadena del arma para enrollarla alrededor de la hoja de mi daga.
Durante un momento quedamos en un punto muerto y clavé la mirada en sus ojos negros, que parecían dos piedras inmóviles en un charco de agua.
Intenté darle una patada frontal, alcanzándole en la barbilla, pero ni siquiera gruñó.
Salté hacia atrás, soltando el sai que había quedado atrapado en la cadena, y me di la vuelta para huir.
Pretendía atraerlo hacia el pantano, un terreno que conocía mejor que él y donde tendría ventaja.
Pero apenas había dado cinco pasos cuando sentí que la cadena se enroscaba alrededor de mi tobillo derecho.
Un tirón violento me hizo perder el equilibrio y caí al suelo.
Fui arrastrada, aunque intenté aferrarme al terreno irregular. Me giré boca arriba justo a tiempo para sujetar la bota de Kirigi, que iba dirigida contra mi rostro.
Agarré su pie con ambas manos y, utilizando toda mi fuerza, lo retorcí, haciéndole perder el equilibrio y derribándolo al suelo.
Giré el cuerpo y le propiné una patada en la nuca al mismo tiempo que intentaba incorporarme, pero solté un gruñido de dolor cuando su mano golpeó mi rodilla y volví a caer.
Una patada me alcanzó en las costillas y rodé por el suelo, pero ignoré el dolor y me levanté.
Kirigi era rápido y ya estaba encima de mí.
Intercambiamos puñetazos y codazos. Él me golpeó utilizando las piernas; mi rodilla herida no me proporcionaba suficiente apoyo y, una vez más, acabé en el suelo.
Antes de que pudiera levantarme, pasó la cadena alrededor de mi cuello y golpeó mi frente con el mango de la hoz.
Mi visión se nubló y, entre el dolor, fui capturada.
Jonás
Viajé de regreso a Roma. No sabía qué hacer; mi contacto en la CIA tampoco tenía noticias de ella.
Durante algunos días me quedé en la ciudad, encerrado en una habitación de hotel. No tenía ánimos ni siquiera para salir a conocer los lugares turísticos.
Pero mi suerte cambió cuando sonó mi teléfono. Al mirar la pantalla, observé que era un número restringido.
—¿Diga? —contesté, desconfiado.
—Escucha con atención —comenzó, y me di cuenta de que utilizaba un programa para distorsionar la voz—. Yumi Moori corre peligro de muerte.
—¿Quién es...?
—Había regresado a Tokio, pero fue capturada y está siendo trasladada a una finca en Calabria por un hombre llamado Kirigi —continuó, ignorándome—. Allí la espera Don Paolo de Martino. Deberá llegar en dos días.
—¿Cómo sabes eso? —pregunté, desconfiado.
—Hago algunos «servicios» para ella. Si quieres salvarla, date prisa. Te enviaré las coordenadas, el mapa del lugar y el esquema de seguridad a tu teléfono —concluyó y colgó.
Apenas terminó la llamada, mi teléfono emitió un pitido. Un número desconocido había enviado, a través de una aplicación de mensajería, varios archivos.
Los miré rápidamente. Eran mapas con fotografías por satélite de una propiedad junto al mar, situada aparentemente en lo alto de un promontorio. Había planos del inmueble y el esquema del sistema de vigilancia, además del número de guardias.
Según el informe, había treinta hombres fuertemente armados.
Podía tratarse de una trampa, o realmente Yumi podía estar en peligro.
Necesitaba tomar una decisión y no podía contar con la ayuda de la policía.
Solo jamás conseguiría infiltrarme en el lugar, pero de una cosa estaba seguro: haría todo lo posible por salvar a Yumi.
Por eso cogí el teléfono y realicé una llamada.
Cuando respondieron, fui directo al grano.
—Daniel-san, una vez dijiste que estabas en deuda conmigo. Pues bien, necesito tu ayuda para salvar a Yumi Moori.
Yumi
La oscuridad era densa y silenciosa, una bendición contra el dolor que sentía cuando aparecía la luz y me encontraba con la mirada fría e inmóvil de Kirigi inclinado sobre mí.
Estaba inmóvil, con los músculos paralizados, a excepción de los que utilizaba para respirar. Él hacía algo en mi cuerpo, pellizcaba con las yemas de los dedos los nervios que transmitían un dolor insoportable hasta mi cerebro.
Al principio me resistí. Sabía que utilizaba una técnica de hipnosis y tortura.
Cada vez sus ojos parecían hacerse más grandes, transformándose en mi sol y mi luna.
Parecía conversar con las voces de mi cabeza, mientras yo me sumergía cada vez más en la soledad y la oscuridad, sintiendo que perdía el control de mi cuerpo y de mi alma, mientras algo oscuro, peligroso y mortal parecía emerger de mi subconsciente y apoderarse de mí.
Pronto no era más que una voz frágil dentro de mi propia mente, dominada por otra «yo». Veía mi cuerpo moverse y hablar, pero no tenía control sobre él ni entendía lo que se decía.
Desesperada, me sumergí por completo en la oscuridad en busca del olvido, pero solo encontré horror. Las almas de todos aquellos a quienes había matado me aguardaban, exigiendo justicia por sus muertes.
Me refugié en los recuerdos de mis momentos con Jonás. Él era mi último refugio y mi última esperanza. Mi yo interior parecía estar muriendo, o quizá estaba dejando de existir. Kirigi finalmente me había dominado y yo ya no volvería a ser yo misma.