Capítulo 7 #2
Lo empujé contra la cómoda con firmeza y le arranqué la camisa sin preocuparme por rasgar los botones. Esta vez no necesitaría improvisar: estaba en mi casa, en mi territorio, y tenía todo lo necesario para poner a aquel hombre a mis pies y saciar mi sed interior.
Abrí el cajón y saqué un rollo de cuerda de algodón y las tijeras de punta roma.
Obligué a Jonás a girarse ciento ochenta grados, empujándolo bruscamente contra el mueble, y le llevé las muñecas hacia atrás.
Sin embargo, esta vez él demostró la intensidad de su fuerza, liberando sus puños, sujetando la cuerda entre las manos y volviéndose contra mí.
—Basta, Yumi —dijo en voz baja, angustiado, incluso diría que decepcionado conmigo—. Cuanto menos quieres entregarte, más te empeñas en dominar, pero hoy no dejaré que hagas eso.
—Soy un caso perdido, Jonás —confesé aquello que jamás habría confesado a nadie—. ¿Por qué insistes conmigo?
Sin embargo, él no dijo nada. Llevó una mano a mi regazo y la deslizó por la curva de mi cuello hasta alcanzar mi mandíbula para, a continuación, volver a besarme con calidez, en un ritmo lento y profundo.
Me despojó de la camiseta negra, sintiendo la textura de mi piel bajo sus caricias sensuales, y también me quitó el sujetador.
—Me haces perder la razón, Yumi —susurró, jadeante, mientras sentía que estaba extremadamente rígido contra mi cintura—. São Paulo, Tokio, Los Ángeles… he seguido tu rastro porque no puedo sacarte de mi cabeza.
Su mano izquierda, con la cuerda, sujetó mi muñeca derecha y la llevó hasta mi zona lumbar y, cuando terminó de acariciarme el rostro después del beso, hizo lo mismo con la otra mano. Al volver a besarme, sentí que ajustaba la cuerda hasta que me ató las muñecas, sin que yo ofreciera resistencia.
—Me persigues como a una presa, o incluso como a una criminal a la que ansías meter entre rejas.
—No —respondió mientras se arrodillaba frente a mí y me quitaba las botas. Después me deslizó lentamente los pantalones, aprovechando también para acariciarme las piernas, hasta dejarme desnuda—. He venido a buscarte como un hombre enamorado.
No tenía nada que decir ante una confesión semejante. No era eso lo que esperaba oír y mucho menos sabía cómo continuar aquellas pocas frases que estábamos intercambiando.
—Me niego a creer que no sientas nada por mí —concluyó finalmente él mismo—. Si no sintieras nada, no me habrías dejado inmovilizarte.
Solo que, a estas alturas, aunque supiera qué estaba pasando dentro de mí, no supondría ninguna diferencia.
Vivíamos en realidades diferentes. Yo era una criminal en un sendero de muerte, con un pasado oscuro y numerosos crímenes a mis espaldas, y mi espíritu interior se alimentaba de ello; sentía placer al arrebatar vidas de la forma más cruel y violenta posible.
Jonás, por su parte, era un hombre de la ley; su misión en la vida era acabar con personas como yo.
Había pureza en su corazón, mientras que el mío era tóxico. Éramos agua y aceite, y aquellos dos componentes jamás se mezclarían, por mucho que se forzara su incorporación.
Como empezó a mirarme fijamente en silencio, ya que yo no decía nada, tomó un poco más de cuerda de algodón del cajón y me la pasó alrededor del cuello y, después de hacer algunos nudos, la cruzó entre mi abdomen y mi zona lumbar, dejando mi abdomen dibujado como un mosaico, y sujetó mis brazos, con las muñecas ya atadas, desde los codos hasta la zona lumbar.
Me tomó en brazos y, aun sin conocer la casa, me llevó hasta el dormitorio y me acomodó en la cama boca abajo, donde solo encendió una lámpara de mesilla.
Todavía tenía lágrimas en los ojos; sus brazos firmes y protectores me provocaban sensaciones que desconocía.
—Tienes que marcharte, Jonás —le pedí, pero no lo decía de corazón. Necesitaba su cariño, me sentía extremadamente sola, al borde de la desesperación, y el calor de su presencia era un consuelo—. He hecho cosas que pueden comprometerte y no quiero hacerte daño.
Con él allí, en mi casa, yo era yo misma y no la «yo» rebelde, ni la «yo» cuestionadora, y mucho menos la «yo» sedienta de sangre o la depravada.
Era aquella que también sentía que tenía derecho a ser acogida, solo que ese derecho me había sido arrebatado en el momento en que el monstruo de mi padre me quitó la inocencia, me robó la infancia y me obligó a aprender a protegerme de los hombres.
Y Jonás, por encima de todo, era un hombre.
—Me quedaré, Yumi. No he viajado millas y millas para rendirme. Sea lo que sea lo que hayas hecho, encontraremos una solución.
—No hay solución.
Con paciencia, dobló mi pierna izquierda y la ató con los pies dirigidos hacia mis nalgas, e hizo lo mismo con la otra, para finalmente unirlas a mis muñecas, y así quedé completamente inmóvil. Jonás estaba a punto de realizar conmigo una sesión de shibari23, el ritual erótico de las cuerdas
Daniel había sido el único capaz de tratarme como una sumisa, pero nuestras sesiones de sexo eran diferentes; él era rudo y violento porque yo solo demostraba placer de esa manera.
Jonás estaba siendo cuidadoso, meticuloso, y sus caricias tenían un matiz muy diferente.
Por mucho que el shibari consistiera en una técnica entre el dominante y la sumisa, yo sentía la expresión de sus sentimientos en cada contacto de sus manos con mi piel.
Con el abdomen apoyado sobre el colchón, todo el cuerpo entrelazado con cuerdas y los brazos sujetos y atados también a la zona lumbar y a los pies, las cuerdas se conectaban con otras que me sujetaban a cada una de las patas de la cama.
Eso me dejaría inmóvil no solo desde el punto de vista de mis extremidades, sino también atrapada a la cama.
Jonás utilizó un pañuelo que encontró en uno de los armarios para vendarme los ojos y, mientras acariciaba mi cuerpo expuesto, sentí que su lengua comenzaba a recorrer mi intimidad, provocándome una sensación desesperada al no ser capaz de moverme, absorbiendo las sensaciones de placer con una impotencia extrema.
Penetró con la lengua en mi interior, masajeándome por dentro, y después subió, lamiendo mi piel fina y sensible hasta llegar a mi orificio anal, arrancándome gemidos impotentes y desesperados.
Durante unos segundos me sentí necesitada de su contacto, pero enseguida volví a sentirlo, esta vez inclinándose sobre mi espalda, sujetándome por el abdomen e invadiéndome con firmeza de una sola vez.
Su miembro palpitante y extremadamente rígido me penetraba hasta el fondo, dejándome desesperada por no poder moverme. No podía controlar mis sensaciones y estas explotaban con una intensidad que apenas podía describir.
Sus embestidas duras estaban a punto de provocarme un orgasmo cuando comencé a contraer involuntariamente la musculatura interior y él supo que había llegado el momento.
Por eso, me penetró hasta el fondo en una última embestida y permaneció dentro de mí, acariciando ahora mi clítoris con los dedos.
Grité desesperada ante la intensidad del placer que había alcanzado y, cuando sintió que mis espasmos disminuían, se separó de mí, pasó la mano por mis fluidos sexuales, que supuse que eran abundantes, y humedeció mi orificio anal antes de penetrarme.
Aquella sensación era demasiado insoportable, incluso para una mujer como yo.
Estimulaba mis pechos con las manos, recorría con los labios las zonas erógenas de mi cuello y mi oreja mientras introducía lentamente su miembro, de considerable tamaño, en mi ano, arrancándome estremecimientos de dolor mezclado con placer.
Jamás mi nivel de sumisión psicológica había llegado a ese punto, pues entre los brazos de Jonás me sentía indefensa.
Cuando consiguió establecer un ritmo constante de penetraciones, comencé a sentir cómo su sudor se mezclaba con el mío, haciendo que su abdomen firme y terso resbalara con mayor facilidad sobre mis brazos atados a la zona lumbar.
Quería cerrar las piernas. La sensación desesperada que sus penetraciones me provocaban hacía que necesitara hacerlo para soportar el placer, pero mi impotencia ante mi propio cuerpo hizo que comenzara a intentar forcejear.
Fue entonces cuando, todavía moviéndose dentro de mí, me susurró al oído:
—Recuerda, Yumi, tú tienes el control. Siempre tienes el control de tu propio placer.
Quería decir que podía pedirle que se detuviera en cualquier momento, pero yo no quería que parase.
Era desesperante, pero necesitaba que continuara hasta que, una vez más, comencé a gemir con fuerza, explotando de nuevo y sintiendo el reflejo no solo en mi musculatura interior, sino en todo mi cuerpo.
Y fue entonces cuando él también llegó al clímax, soltando un único gemido, fuerte y profundo, y desplomándose sobre mí, tan jadeante como yo.
Después de un tiempo, me desató y me acomodó con delicadeza en la cama, donde se tumbó detrás de mí, abrazándome en posición de «cucharita».
—¿Por qué viniste tras de mí, Jonás? —pregunté en voz baja—. ¿Viniste para ayudar a la policía local a detenerme?
—No lo sé. No conseguí convivir con la idea de que estás sola en el mundo —respondió después de un minuto de silencio.
—Quería tanto encontrar la paz… —murmuré para mí misma—. ¿Sabes cuál es mi sueño? Vivir en una pequeña aldea, en alguna playa aislada.
—¿Y por qué no lo haces?
—Tengo deudas que cobrar y la paz no me pertenece. Mi destino está trazado.
—Tú eres dueña de tu propio destino, Yumi —dijo mientras me giraba hacia él y me miraba fijamente.
—¿Lo soy? —Escondí el rostro en su pecho.