Capítulo 7
Yumi
Salí temprano del hotel y tomé un taxi hasta LAS, el aeropuerto internacional de Las Vegas. Sabía que tenía algunas opciones de vuelos a primera hora, todos con alguna conexión; sería un viaje de unas trece horas.
Todavía estaba molesta por la situación de la noche anterior. Jamás había dejado la suite de un hombre sin arrancarle el placer que buscaba, pero el recuerdo de Jonás me estaba llevando al borde de la locura. Sentía que estaba a punto de explotar.
Embarqué para la conexión en Nueva Jersey y, durante las casi cinco horas de vuelo que tenía por delante, intenté dormir un poco.
No pasaban de las diez de la mañana cuando despegamos.
Cuando alcanzamos la velocidad de crucero, pedí una copa de whisky; sin eso, sabía que difícilmente conseguiría relajarme.
Durante este primer tramo del viaje, las voces también me dejaron en paz. Con menos de una hora de escala, finalmente embarqué rumbo a París, para otras casi ocho horas y más copas de whisky.
«No sé casi nada de ti» —la voz de Jonás resonaba en mi mente.
Era mejor así. No quería que supiera quién había sido siempre. Daniel era como yo; trabajábamos juntos en diversos contratos, por eso había sido un amante importante. Había sabido exactamente cómo dominarme. Pero Jonás... él hacía que me avergonzara de algunas cosas que había hecho en mi vida.
«Eres demasiado sucia para Jonás» —me dijo una de mis voces.
Desembarqué en París a la mañana siguiente, debido a la diferencia horaria. Tenía un apartamento en la ciudad registrado a nombre de un «hombre de paja».
Estaba esperando que Microchip se pusiera en contacto conmigo para informarme de dónde estaría el consigliere de la mafia.
Al anochecer decidí salir a dar una vuelta.
Me puse unos pantalones ajustados de cuero negro y una blusa también ajustada, y me miré en el espejo de la habitación.
Mis curvas y mis pechos estaban moldeados a la perfección.
Me maquillé y arreglé mi cabello corto y rebelde.
Cogí una daga sai que guardaba en el apartamento y me la sujeté a la espalda, debajo de la blusa.
Al salir a la calle, hice una señal a un taxi y, después de sentarme en el asiento trasero, el conductor me preguntó adónde quería ir.
—18th Arrondissement22 —ordené, extendiéndole dos billetes de cincuenta euros, refiriéndome al peligroso barrio bohemio de París—. ¿Es suficiente?
Recorrimos las calles de la ciudad, dejando atrás el centro iluminado hasta llegar al barrio bohemio, donde había infinidad de bares y discotecas.
—¿Está segura, señorita? —dudó el conductor cuando le pedí que se detuviera frente a un bar de aspecto decadente.
—Sí —respondí mientras salía del vehículo.
Entré en el local. La iluminación era escasa, el ambiente estaba cubierto por el humo de los cigarrillos y hombres y mujeres bebían y conversaban animadamente. Me dirigí a la barra de madera, donde atendía un hombre calvo.
—Un whisky —pedí.
El hombre me miró fijamente, pero, al ver el billete de cien que le entregué, me advirtió:
—No tengo cambio para eso...
—Quédatelo y dame una botella —ordené.
Rápidamente, el hombre cogió el billete y se lo guardó en el bolsillo. Después fue hasta la estantería, escogió una botella y la abrió, colocándola delante de mí junto con un pequeño vaso de cristal.
Diez minutos después salí del bar y empecé a caminar por las calles mal iluminadas. No me sorprendió descubrir que me seguían cuatro individuos que estaban en el bar.
Los había memorizado a todos y sabía que estaban sentados juntos en una mesa del interior del local. Habían llegado poco después de que yo entrara. En realidad, los había presentido cuando salí de mi edificio; su coche estaba apartado, aparcado junto a un árbol en la acera.
Dos de ellos eran altos y fuertes, uno era obeso y el último, delgado. La mitad de ellos iba armada; lo había percibido por los bultos en la cintura cuando se levantaron y se acercaron a la barra mientras yo bebía.
Disminuí el paso y esperé hasta llegar a un punto oscuro de un callejón.
—¿La madame está buscando diversión? Ha venido al lugar adecuado —oí una risita.
Me volví hacia el grupo y encontré la mirada de uno de los cuatro hombres. No necesitaba ni siquiera utilizar mi entrenamiento para conocer sus intenciones: pretendían matarme.
Eran depredadores, asesinos enviados por la 'Ndrangheta, pero esta vez habían elegido una presa que no serían capaces de abatir.
—Estoy perdida... —murmuré con voz inocente mientras llevaba la mano derecha a la espalda y sacaba la daga sai.
—No intentes engañarnos, sabemos quién eres —rio el hombre más fuerte y, rápido como una serpiente, me agarró por la cintura mientras sacaba al mismo tiempo una pistola que apoyó contra mi boca—. Vamos a divertirnos antes de matarte, puta.
Oí las risitas de los otros hombres.
Sonreí al hombre que me había agarrado y, con un movimiento rápido, le clavé la daga por debajo de la barbilla. La hoja salió por la parte superior de la cabeza y volví a tirar de ella para sacarla.
Antes de que el hombre cayera al suelo, yo ya avanzaba, clavando la sai en el cuello del hombre obeso, donde la dejé hundida.
Uno de los hombres que iba armado sacó el arma de la cintura mientras yo avanzaba con la palma extendida y los dedos firmes como una roca. Me di cuenta, divertida, de que se había meado encima. Mi golpe de nukite atravesó su pecho; sentí su corazón y tiré de él.
El tercer hombre gritó de espanto, se dio la vuelta y empezó a correr por el estrecho callejón. Me agaché, saqué la daga del cuerpo del obeso y la lancé, clavándosela en la espalda al fugitivo, que cayó de bruces al suelo.
Sentí la excitación de la caza y de la muerte; ni siquiera necesité tocarme para alcanzar un orgasmo.
Alcancé al hombre abatido y recuperé mi sai.
Tranquilamente, busqué una calle más concurrida, donde conseguí un taxi y regresé a mi apartamento. Mi escondite estaba comprometido, pero necesitaba volver para recoger mi escaso equipaje y mis documentos, y cambiarme la ropa manchada de sangre.
Todavía tenía un asesinato que ejecutar.
Jonás
Con la ayuda del contacto de la CIA descubrí que Mariko Yoshikawa había desembarcado en el aeropuerto Charles de Gaulle, en París, un día antes.
Ese era uno de los pasaportes falsos que poseía Yumi; había entrado en Estados Unidos como Midori y ahora, en la zona europea, ya utilizaba una nueva identidad.
Embarqué en un vuelo a París decidido a encontrarla y, quizá con la ayuda de Interpol, detenerla. Quería ayudarla, pero aún no sabía cómo. Tal vez, si me la llevaba de vuelta conmigo como mi prisionera, tendría alguna posibilidad de hacer algo por ella.
Al llegar, alquilé un vehículo en el aeropuerto. Mi inglés y mi español eran excelentes, pero de francés solo sabía unas pocas palabras. Utilizando un GPS, localicé el apartamento que pertenecía a Yumi, situado en un barrio residencial, en una calle tranquila y arbolada.
Aparqué a varios metros de distancia y vigilé el lugar con unos prismáticos. Eran casi las veintidós horas. Debería haberme alojado primero en un hotel, pero no había podido; mi ansiedad por encontrarla era enorme.
No sabía muy bien qué iba a hacer. Quizá pedir apoyo a la policía francesa. Tenía los contactos que me había proporcionado el hombre de la CIA de su homólogo francés, pero antes de buscarlo debía asegurarme de que ella realmente estaba en París.
Las horas pasaron lentamente. Por suerte, había comprado algo para comer en un establecimiento del aeropuerto, pero sabía que en algún momento tendría que salir de allí: necesitaría utilizar un baño e incluso dormir. El viaje había sido largo y estaba exhausto.
Quizá me había quedado dormido, porque de repente sentí que el cristal tintado de mi lado explotaba en una lluvia de fragmentos y unos dedos poderosos me agarraban del cuello, tirando de mí hacia fuera.
Con asombro, me encontré con los ojos de Yumi, que parecía tan sorprendida como yo. Su mano izquierda estaba levantada a la altura del hombro, sujetando una daga sai.
—¿Qué estás haciendo aquí? ¡Podría haberte matado!
—Me alegro de volver a verte —respondí con la voz estrangulada por la presión de sus dedos—. ¿Podemos hablar?
Yumi me miró durante un instante y después soltó mi garganta.
—Ven —ordenó, dándose la vuelta y cruzando la calle hacia el lado donde se encontraba el edificio de su apartamento.
Salí del coche, sacudiéndome los cristales de la ventanilla destrozada que habían quedado sobre mi ropa, y la seguí sin preocuparme por cerrar la puerta con llave.
La alcancé en el portal y subimos hasta la cuarta y última planta, donde abrió la puerta y entró sin esperarme. Yo simplemente la seguí y cerré la puerta a mi espalda.
Yumi caminó hasta la ventana que daba a la calle y se quedó allí, observando el exterior.
Ahora que la había encontrado, no sabía qué hacer ni qué decir. Me acerqué a ella y le puse suavemente una mano en el hombro. Sentí que su cuerpo se estremecía ligeramente.
De repente, se volvió y me miró fijamente. Sus hermosos ojos rasgados estaban anegados en lágrimas que habían emborronado el maquillaje de su rostro. Sentí que se me encogía el corazón en el pecho y volvió a mi mente la sensación de que era una niña perdida y asustada.
Antes de que pudiera decir nada, se lanzó a mis brazos y me besó con voracidad.
Yumi
—No puedo parar —le dije mientras buscaba el aire entre sus besos, que me resistía a admitir que había echado de menos.
Sin embargo, ya no sabía si no podía parar porque no debía hacerlo o porque era incapaz de conseguirlo. Acabar con los italianos se había convertido en una obsesión que me consumía por dentro.
Jonás recorrió mi cuerpo con las manos de forma firme y posesiva, como si quisiera sentir cada curva, ya completamente tenso por la proximidad entre nosotros, pero yo no podía dejarme llevar.
Él buscaba lo romántico, el sentimiento, pero yo solo quería acabar con mi debilidad sintiendo su virilidad dentro de mí, suplicando por su vida.
Necesitaba mantener una distancia psicológica de él.