Capítulo 3
Yumi
Mi misión en Brasil había terminado; por primera vez en mi carrera había fracasado en cumplir un contrato.
Utilicé un pasaporte falso para marcharme, pues sabía que Jonás había solicitado una orden de arresto contra mí.
Antes de embarcar, al ponerme en contacto con mi «agente», supe que las noticias no eran buenas.
Durante mi estancia en Brasil había traicionado a la mafia 'Ndrangheta de Italia y habían puesto precio a mi cabeza debido al asesinato de sus miembros, que yo había cometido en Brasil.
Aquel era un problema que tendría que resolver, pero todavía no sabía cómo. En aquel momento, lo que más deseaba era regresar a Japón, mi hogar. Necesitaba alejarme de Jonás; algo había cambiado dentro de mí y por eso había sido capaz de matar a mis objetivos, rebelándome contra mis empleadores.
Me sentía extraña, ya no me reconocía. Despierta, parecía que oía aún más voces susurrando en mi mente, y aquellas voces ya no eran las mías, sino otras, que siseaban como serpientes y solo se callaban después de que cometía un asesinato.
A veces temía estar volviéndome loca. Cuando conocí a Daniel, él había aportado estabilidad a mi vida; mis pesadillas disminuyeron y las voces rara vez susurraban en mi mente.
Pero cuando me dejó, todo regresó con fuerza, y empeoró cuando me atreví a utilizar la técnica Kobudera para intentar alcanzar mis objetivos en Brasil.
Era una técnica extremadamente peligrosa para quien la utilizaba, algo parecido a la magia negra; abría puertas en la mente que nunca debían abrirse.
Mi sensei, que me la había enseñado, me había explicado que era algo que solo un Inugami-mochi podía conjurar.
Ahora vivía el conflicto provocado por el impacto del delegado Jonás en mi vida.
Quería creer que él podía salvarme de mí misma, pero las voces comenzaron a susurrar que él era como los demás y que también me traicionaría, que debía matarlo.
Por eso había abandonado Brasil sin despedirme; no quería ser la causante de su destrucción.
El viaje fue largo y estresante, con los recuerdos de mis momentos con Jonás atormentándome a cada instante. Cuando conseguía dormir, tenía pesadillas en las que me encontraba en el yomi, la tierra de los muertos.
Finalmente, desembarqué en Tokio y, después de alquilar un coche, me dirigí hasta mi casa en la ciudad de Hida-Takayama; era lo más parecido a un hogar que tenía. Después de activar las alarmas, me di un largo baño caliente y caí sobre la cama, sumergiéndome en un sueño profundo.
Jonás
Después de cerrar la investigación sobre la muerte de Seiji Asano y el atentado contra su hija, remití el sumario al juez encargado del caso. Ya no había nada más que pudiera hacer; los autores estaban detenidos o muertos, con la excepción de Yumi, que seguía prófuga.
Necesitaba ir tras ella. Algo me decía que debía hacerlo.
Ya sabía muchas cosas sobre la mercenaria, incluidos los nombres que utilizaba en pasaportes falsos, propiedades inmobiliarias, hoteles que frecuentaba, etc.
Si fuera una persona sensata, la olvidaría.
Era buscada en Brasil por múltiples homicidios; yo mismo había solicitado al juez del caso su prisión preventiva.
Pero no conseguía olvidarla. Quería, de alguna manera, ayudarla y quizá localizarla y detenerla antes de que la mafia italiana la encontrara fuera lo mejor que pudiera hacer por ella. Eso, al menos, la mantendría con vida.
Llamé a Nicolas Stone, mi contacto en la Policía Federal, y nos encontramos en una cafetería dentro de un centro comercial.
—Nicolas, no sé cómo agradecértelo —dije al sentarnos y después de que el camarero se alejara, tras dejar dos botellas de agua mineral y unos vasos con limón y hielo.
—No hace falta. Eres amigo de Hermes, así que también eres mi amigo —dijo mientras sacaba del bolsillo de su chaqueta una hoja doblada—. Esto es extraoficial. Este número es de un contacto de la CIA. Me deben un favor por un servicio que hice para ellos en Venezuela.
—¿La CIA? —Tomé el papel, en el que había anotados un número de teléfono y un nombre.
—Está esperando tu llamada y te ayudará en todo lo que pueda para localizar a Yumi Moori —concluyó, dando un sorbo al agua.
—Gracias una vez más —respondí mientras guardaba el papel en el bolsillo del pantalón.
Loco o no, estaba decidido a hacer algo. Había pedido una excedencia de mi cargo de delegado y estaba concentrado en aquella «misión» de ir tras ella. De una forma u otra, la encontraría.
—Tío, ¿estás seguro de lo que vas a hacer? —preguntó, interesado—. Mi contacto me ha dado alguna información. Esa mujer es extremadamente peligrosa y, por lo que he sabido sobre sus crímenes aquí, en Brasil, quizá deberías reconsiderar tu idea de ir tras ella.
—Necesito ayudarla —me encogí de hombros—. Mis intereses ya no tienen que ver con la ley. Tengo un asunto personal que resolver.
Media hora después nos despedíamos en el aparcamiento del centro comercial.
Al llegar a casa, llamé al número. Un hombre respondió y, cuando me identifiqué, fue directo al grano.
—¿Qué necesitas?
—Descubrir el paradero de Yumi Moori —respondí—. Tengo algunos nombres de los pasaportes que puede estar utilizando, direcciones y propiedades —añadí, proporcionándole la información que Daniel me había dado.
—Me pondré en contacto contigo —dijo el estadounidense antes de colgar.
Después de darme una ducha, me tumbé en la cama, esperando que mi contacto volviera a llamarme. Mi mente divagó y, una vez más, volví a pensar en la mercenaria oriental.
Aquella investigación se había complicado con la llegada de Yumi Moori.
La había conocido en la cena ofrecida al empresario japonés Toshiro Mitsunae, de quien todos sabían que era uno de los hombres poderosos de la mafia japonesa, y la había puesto bajo vigilancia, pero ya durante la primera noche de vigilancia me descubrió en el hotel donde la vigilaba.
Acepté su atrevida invitación para ir a su habitación. Sabía que era un error, pues aquella mujer era una sospechosa y yo era un hombre de la ley, pero no pude resistirme a entrar en su juego.
—¿Quieres beber algo? —preguntó con seducción.
—No, gracias —respondí, observándola detenidamente.
Era una mujer fascinante, alta para ser oriental. Llevaba el cabello corto, cortado en un peinado de puntas levantadas, y sus ojos rasgados le conferían un encanto particular. Su piel era blanca y sus labios sensuales armonizaban con su fina nariz.
—Ya me imaginaba que no aceptarías. Estabas bebiendo agua en el bar del hotel —sonrió, rodeándome el cuello con los brazos.
Nos dimos un beso largo y ardiente mientras ella me atraía hacia la cama y me quitaba el traje y la corbata.
No era consciente de las consecuencias de aquel acto insensato, pero la ayudé a quitarse la blusa, dejando al descubierto sus pequeños pechos, que cabrían en mi mano, ocultos bajo la lencería negra.
Su abdomen era firme y musculoso, como el de una atleta.
Por un momento me quedé asombrado: un enorme tatuaje de colores cubría su pecho y abdomen, y otro cubría su espalda.
Ambos representaban figuras femeninas, pero mientras una era una mujer con un quimono y un abanico, la otra llevaba una armadura y sostenía una espada curva.
—¿Te gusta lo que ves? —preguntó, pasando la mano por su piel—. Una de ellas es una geisha y la otra, una Onna-Bugeisha.
—¿Una «ona» qué? —pregunté mientras tocaba su suave piel sobre el tatuaje.
—Una mujer samurái —rio.
Después me ayudó con la funda que llevaba sujeta al cinturón, arrojándola al suelo, y dejó mis esposas sobre la cama.
Sin dejar de besarnos, se quitó mi camisa y recorrió mi pecho con la uña, descendiendo hasta mi entrepierna, que se encontraba casi dolorosamente erecta bajo la tela del pantalón. En medio del beso, sentí que sonreía al deslizar la mano por la cremallera abierta y palparme con fuerza.
Con habilidad, me quitó el cinturón y desabrochó el botón, haciendo que mis pantalones cayeran a mis pies, mientras yo hacía lo mismo con ella.
Pero, a diferencia de los míos, los suyos eran demasiado ajustados, así que la dejé caer de espaldas sobre la cama y, arrodillándome frente a ella, primero le quité las botas de tacón fino y después la ayudé con los pantalones, dejando a la vista sus bragas negras de encaje.
Comencé a besar sus piernas, subiendo por los muslos, que mordisqueé y succioné alternativamente hasta llegar a sus bragas, húmedas entre sus piernas. La besé y la lamí por encima de la tela y la oí gemir con voz ronca.
Después de un rato, apartó mi cabeza y me hizo levantarme. Aproveché entonces para quitarme los zapatos, los calcetines y los pantalones, que aún estaban enredados en mis tobillos.
De pie, volvimos a besarnos. De repente, utilizó algún truco y giró mi cuerpo, haciéndome caer de espaldas sobre la cama.
Por eso me acomodé sobre la almohada, riendo, mientras ella se subía encima de mí, rozando su pelvis contra la mía, y la tela de sus bragas y mis calzoncillos se humedecía con nuestros fluidos.
Yumi se inclinó sobre mí y me besó con violencia mientras sujetaba mis manos y las levantaba por encima de mi cabeza.
Tenía los ojos cerrados, entregado al momento, y ese fue mi error. De repente, sentí el frío metal mordiendo la piel de mis muñecas y escuché un clic metálico.
—¡Pero qué coño! —gruñí, abriendo los ojos.
Yumi me miraba con una sonrisa burlona. Antes de que pudiera reaccionar, me había esposado las manos y, con movimientos rápidos, había utilizado sus pantalones para atarlas a un hueco que había en el cabecero de la cama.
—Esto no tiene gracia —gruñí, moviendo los brazos en un intento de liberarme.
—¿No confías en mí, Jonás-san? —susurró, volviendo a inclinarse para besarme, bajando por mi cuello y mi abdomen hasta llegar a mi entrepierna, que besó.
—¿Debería? —gemí cuando se llevó mi miembro a la boca.
—Relájate y disfruta —susurró antes de levantarse.