Capítulo 2
Yumi
La vida como mercenaria me alimentaba cada vez más, reduciendo el vacío que había dentro de mí. Vivía de contrato en contrato y aceptaba hacer cualquier cosa que estuviera bien pagada, aunque algún que otro trabajo lo había realizado por satisfacción personal.
Justo después de dejar a Fujita-sama, había buscado un clan ninja del que él había sido sensei, pero pronto comprendí mi error, pues, a pesar de la promesa de conocimiento y mayor poder, allí descubrí que existía el deber de obediencia ciega, y aquello equivalía a renunciar a mi libertad. Por eso abandoné el entrenamiento.
Con cada nuevo contrato de asesinato sentía una energía renovada dentro de mí. Cuando tardaba demasiado en conseguir un nuevo trabajo, era como si las voces insatisfechas de mi interior gritaran de hambre y, en esas situaciones, alimentaba aquella hambre con sexo.
Aprendí a extraer el máximo placer de los hombres sin permitirles que me utilizaran. Los dominaba y los golpeaba, y aquello intensificaba la explosión de mi orgasmo; los trataba como a mis esclavos.
La tortura también formaba parte de mi juego sadomasoquista y eran momentos de pura excitación.
Aunque siempre había disfrutado de múltiples orgasmos, eran pocos los hombres capaces de seguirme el ritmo en la cama, por lo que siempre estaba a la caza en clubes y discotecas.
Me encantaba cazar en los sofisticados bares de los hoteles.
Los extranjeros tenían más dinero para costear mis gustos refinados.
No es que necesitara aquel dinero, pues tenía excelentes reservas, pero resultaba excitante verlos comportarse como idiotas, haciendo todo lo que yo les ordenaba.
Siempre que podía, buscaba hombres de determinadas nacionalidades, cuya cultura fuera más abierta en lo referente al sexo.
Viví de ciudad en ciudad, alojándome en pisos temporales y, a veces, en habitaciones de hotel, los mismos en los que cazaba a mis presas sexuales, y conseguía mantener una vida de cierto lujo.
Nunca había asistido a la escuela, pero mi educación formaba parte de los entrenamientos de Fujita-sama; por eso leía y escribía muy bien. Quizá fuera un don. Era autodidacta y aprendía idiomas con rapidez.
Jamás había fallado en una misión y era temida por muchos grupos.
Nunca buscaba trabajo; era el trabajo el que venía a mí.
Fue entonces cuando acepté la propuesta de ayudar en una guerra entre dos clanes de la Yakuza, con la misión de proteger al oyabun (jefe) de un clan.
Como adversario, me enfrenté a un mercenario tan hábil como yo.
Para mi sorpresa, era un gaijin16, un extranjero que había venido de un país al otro lado del mundo y que romantizaba su situación, prefiriendo que lo llamaran justiciero.
En dos ocasiones había intentado asesinar al oyabun al que yo protegía y, en ambas, él había conseguido salvar al hombre. Hasta que se acordó una tregua y los dos oyabun se reunieron en una casa de geishas.
Pude observar a mi adversario situado junto al hombre al que había intentado matar.
No era mentira lo que decían de él: era claramente occidental, alto y musculoso, pero sin excesos; una complexión física que contrastaba con la constitución oriental.
Su expresión impasible fue lo que más me llamó la atención, y de su aura emanaba algo indescifrable que, definitivamente, no era violencia, como cabría esperar de un asesino.
Aquello me llevó a creer que él también estaba entrenado en las técnicas del Kobudera y el Kuji-Kiri.
Era la primera vez que me sentía increíblemente intrigada por un adversario, y aquella curiosidad inoportuna comenzó a arderme en el pecho. Definitivamente, lo quería como a mi mascota.
Nuestras miradas se cruzaron y, por primera vez desde que era una niña indefensa, me estremecí.
Poseía la energía de un shishogan, es decir, unos ojos propios de alguien que había vivido entre la vida y la muerte o que había presenciado escenas de extrema violencia; algo que solo podía tener alguien que hubiera sido testigo de incontables combates.
Al igual que yo, era un ninja.
Durante una de las pausas de la reunión me acerqué a él. Al igual que yo, percibí que me había examinado detenidamente.
—Has tenido suerte, gaijin —dije con una mueca que se acercaba a una sonrisa.
Parecía ser un ejemplar de hombre deliciosamente apetecible y era joven; debía de tener buen aguante. Sabía que era fuerte, ya habíamos luchado con el rostro oculto por la pasamontañas. Tenía ante mí un espécimen rarísimo y sería mío.
—O quizá yo fui competente y tú no —respondió con toda la osadía que se creyó con derecho a mostrar, e inmediatamente tuve fantasías eróticas sobre cómo demostrarle mi competencia—. Sigo vivo y mi misión no era matar, sino proteger.
No fue posible continuar la conversación, pues los contactos de los oyabun regresaron a sus lugares.
Horas después, cuando se había acordado la paz entre los clanes, lo invité a cenar y no me sorprendió que aceptara.
Me vestí como una dama japonesa y me comporté como tal, utilizando todo lo que había aprendido en la casa de geishas para seducirlo.
Pero no conseguía captar sus intenciones; su aura, para mí, era indescifrable.
Yo, que presumía de ser capaz de leer a mis adversarios, por primera vez en años me sentí confundida.
Solo me contó que venía de Brasil y que había entrenado artes marciales.
Cuando terminó la cena, lo llevé a mi apartamento y aquello resultó relativamente fácil, pues los hombres latinoamericanos tenían fama de ser extremadamente activos sexualmente y yo jamás había mantenido relaciones con un «puro» brasileño, aunque ya me había relacionado con algún que otro dekassegui (trabajador extranjero en Japón) de ascendencia oriental.
Anhelaba nuestra noche de sexo salvaje; ya me sentía húmeda solo de pensar en los hematomas que dejaría sobre aquel cuerpo viril mientras él me proporcionaría múltiples orgasmos.
Apenas cerré la puerta de mi habitación tras nosotros, me abalancé sobre él, dejando bien claro cuánto lo deseaba.
No podía esperar y le rasgué la ropa, ansiosa por descubrir la calidad del producto que ocultaba.
Después de algunos arrumacos, levanté la mano para comenzar mi sesión de dominación y apunté a su rostro para darle una fuerte bofetada.
Fue entonces cuando, para mi sorpresa, sus reflejos hicieron que me sujetara la muñeca con fuerza.
Quizá pensó que iba a matarlo y que aquello era una trampa, pero la verdad era que yo lo quería bien vivo, en todos los sentidos de la palabra.
Giré el cuerpo para intentar otro golpe, pero Daniel luchaba muy bien y fue entonces cuando me asestó una bofetada firme que hizo arder mi rostro y hasta me dejó un poco aturdida. Aquello añadió un componente más a lo que esperaba que sería aquella noche.
Ataqué con violencia. Utilicé golpes de judo y kárate, combinados con jiu-jitsu y aikido, pero él estaba tan entrenado como yo y respondía a mis golpes.
Hasta que, exhaustos por la pelea, con él tendido en el suelo, pero inmovilizándome los brazos, salté sobre él, frotándolo con mi propio centro, y volvió a ponerse erecto casi de inmediato.
Lo engullí, masajeando su miembro con la fuerza de mis músculos internos.
Fue entonces cuando el gaijin comprendió lo que yo quería: su sumisión.
Y, en lugar de eso, lo único que me dio fue su dominación.
Jamás había sido dominada sexualmente por un hombre.
Había jurado que nunca volvería a someterme desde los abusos y las palizas que recibía de mi padre y, de repente, descubrí el placer en las manos de aquel hombre.
Yo, que había querido tratarlo como a mi perrito, de pronto me vi sumisa y dependiente de sus órdenes.
Hacía todo lo que me mandaba; de él solo obtenía aquello que me humillaba al suplicarle, y el placer del sexo de aquella manera no hacía más que aumentar.
Daniel me tenía como una esclava en su cama.
Sin embargo, fuera de ella, todavía sabía que tenía la fuerza necesaria para derrotarlo en un duelo ninja. Quizá el sexo sumiso fuera la forma que había encontrado de equilibrar mi hegemonía como mercenaria, ya que él tenía un corazón demasiado frágil para ser un asesino de clase A.
Daniel fue un hito en mi vida, que duró un par de años, hasta que me abandonó.
Después de aquello, comencé a plantearme aceptar misiones más sangrientas.
Había pasado dos años alejada de ellas porque Daniel, que se había convertido en mi pareja, se negaba a matar inocentes.
Pero, de repente, surgió algo más interesante y lo afronté como un juego que podía resultar muy divertido.
—Sé que tienes hambre de sangre, Yumi —me decía a mí misma, conversando con mis propias voces.
Quizá fuera mi Inugami, el espíritu del perro, pero ellas eran mis mejores amigas, las únicas en las que podía confiar—.
Pero debes considerar que ser guardaespaldas en Brasil puede aportar un poco de emoción a tu vida.
Un poco de diversión no le haría daño a nadie, ¿no?
Aun así, mi plan original en Brasil no se cumplió. Era la primera vez que me dejaba derrotar. Fueron innumerables las derrotas provocadas por mi debilidad.
Siempre vencía porque creía no tener corazón, pero en Brasil conocí a alguien...
El delegado Jonás removió algo dentro de mí. No sabía explicarlo y aquello me hacía sentir dolor. Un dolor tan insoportable que habría preferido recibir mil palizas o que me apuñalaran. ¡El dolor físico habría sido más soportable que aquel inexplicable dolor psicológico que ardía en mi pecho!
Y fue por él por quien, por primera vez, dejé de cumplir un contrato. Necesitaba dejar un rastro de muertes; él se había entrometido en los negocios de la Yakuza y también figuraba en la lista.
—Vete, Yumi —había un espíritu independiente dentro de mí, ¿o acaso sería aquella mi propia locura?—. No puedes quedarte aquí o serás derrotada por completo. ¡Tienes que desaparecer o te dejarás llevar por esta debilidad!
—No quiero irme —intenté luchar contra mí misma—. ¡El delegado Jonás quiere lo mejor para mí!
—No seas ridícula, quiere meterte entre rejas —¿sería capaz de traicionarme hasta ese punto?—. Vete de este país mientras aún haya salvación. Estás flaqueando y eso será tu ruina.
—Pero él me ha dado algo que nadie me había dado jamás —me atreví a llorar; aquello estaba prohibido para una mercenaria como yo.
—Olvida eso —aquel confuso monólogo parecía una batalla librada contra mi propio yo—. No necesitas nada ni a nadie, solo a mí. ¡Solo debes confiar en mí! ¡Solo debes confiar en nosotras!