Capítulo 3 #2
La observé caminar por la habitación y entrar en el cuarto de baño. Regresó con un frasco de crema y una hoja azulada, parecida a una daga, que brillaba al recibir la luz de la habitación.
—Pero qué coño...
—No te preocupes —dijo, volviendo a sentarse sobre mí.
Después sacó un pañuelo de seda del cajón de la mesilla junto a la cama y me vendó los ojos, a pesar de mi intento de impedírselo, negando con la cabeza.
—Concéntrate únicamente en las sensaciones —susurró en mi oído.
A pesar de la situación, mi miembro continuaba dolorosamente erecto. Sentí algo frío sobre mi pecho, abdomen e ingle.
Respiré profundamente al sentir la hoja fría sobre mi piel, raspando el vello de mi pecho. No tenía demasiado vello, aun así, percibí cómo lentamente me depilaba. La sensación de peligro, de la hoja deslizándose ásperamente sobre mi piel, de no poder ver ni moverme, todo aquello me excitaba.
La hoja continuó descendiendo, pasando por mi abdomen hasta llegar a la ingle. La espuma fría cubría mi entrepierna; una de sus manos comenzó a acariciarla, como si estuviera sopesando cada uno de mis «huevos».
Después, raspó mi vello púbico, moviéndose peligrosamente alrededor de la base de mi pene y descendiendo hasta el escroto, donde continuó con la «limpieza».
Incluso ante la posibilidad y la tensión del peligro, era imposible no excitarse y me mantenía extremadamente erecto. Fue entonces cuando ella tocó con la punta de los dedos el glande de mi pene y sentí como si una descarga eléctrica recorriera mi cuerpo desde aquel punto.
De repente, ella se levantó y la oí caminar con pasos ligeros sobre la alfombra que cubría el suelo. Segundos después, un líquido, a la vez caliente y frío, se derramó sobre mi cuerpo; tenía un olor almizclado y producía una sensación ligeramente ardiente.
Una de sus manos se deslizó, extendiendo el líquido por todo mi torso y la ingle, mientras la otra manipulaba la cuchilla, raspando mi piel para retirar el exceso de aceite. Cuando utilizó la mano para embadurnar mi pene y el glande, tensé el cuerpo ante la sensación.
Sentí que volvía a inclinarse y rozó sus labios con los míos, pero no permitió que la besara; continuó descendiendo, rozando sus labios y las puntas de sus pezones erectos contra mi pecho y abdomen.
—Sabes, nunca he dormido con un hombre negro —oí su voz ronca, con un acento que me parecía sensual, cuando llegó a mi ingle—. Tampoco había visto nunca un pene tan grande y grueso...
De repente, sujetando la base de mi miembro, se lo metió en la boca y comenzó a succionarlo con voracidad, lo que me hizo tensar el cuerpo y tirar con fuerza de las manos sujetas por el par de esposas.
Ella lo chupaba con habilidad; su lengua jugaba y recorría el glande para, de repente, tragárselo todo lo que podía, mientras una mano lo movía de arriba abajo y la otra acariciaba mi escroto.
Yumi continuó durante un rato mientras yo me retorcía, intentando no correrme y, al mismo tiempo, liberarme.
La sensación era embriagadora; quizá por tener los ojos vendados, el olor de su perfume y del aceite que había esparcido por mi cuerpo parecían más intensos, al igual que el escozor y el frescor de la piel recién depilada.
De repente, se detuvo. Sentí que se acomodaba de rodillas sobre mi cintura, con las manos apoyadas en mi pecho, una de ellas todavía sujetando la cuchilla, presionada contra mi músculo pectoral.
Noté sus vellos púbicos rozando la cabeza de mi pene, jugueteando con él en su entrada húmeda durante un rato, hasta que oí el sonido de un envoltorio al rasgarse y ella se apartó para ponerme el preservativo.
De nuevo, se colocó sobre mí, introduciendo apenas el glande en su interior, donde se detuvo por un instante, pero lentamente fue engulléndolo; su vagina era caliente y estrecha, y yo deseaba sujetarla por la cintura y atraerla violentamente hacia mí, penetrándola hasta el fondo.
—Ahhhh —la oí sisear, expulsando el aire de sus pulmones mientras me recibía en su interior—. Qué grande...
Despacio, clavó las uñas profundamente en los músculos de mi pecho. Sentí que la cuchilla que sostenía me desgarraba la piel, lo que provocó que esta ardiera a causa del aceite, pero el placer era tan intenso que ignoré cualquier tipo de molestia.
Había estado con muchas mujeres a lo largo de mi vida; pocas habían conseguido acoger por completo mi miembro, pero Yumi, a pesar de ser estrecha, se deslizó hasta el fondo.
Sentí su cuerpo tenso, sus gemidos eran más intensos. Después de permanecer inmóvil durante un momento, quizá para acostumbrarse al volumen que la llenaba, comenzó a moverse arriba y abajo, al principio lentamente, hasta que aumentó la velocidad y empezó a cabalgarme con violencia.
Sus gritos se intensificaron, mezclados con palabras japonesas que, por el tono, imaginé que eran palabrotas.
Empleaba toda mi concentración para no correrme, pero sentí que no aguantaría mucho más.
—¡Yumi! —gruñí, y ella se dio cuenta, pues aumentó aún más la velocidad, mientras nuestros cuerpos chocaban con un sonido húmedo.
Ella movió la mano y sentí la hoja helada presionándome el cuello; intenté mover las mías sin éxito, cuando ella soltó un grito y sentí que su cuerpo se tensaba conmigo dentro; sus músculos internos me apretaron con fuerza debido al orgasmo que la hacía estremecerse.