CAPÍTULO 31
DANIEL
Estaba flotando en un vacío negro y silencioso; era una sensación de paz absoluta. ¿Acaso sería aquel el yomi, la tierra de los muertos?
De repente, apareció una luz. Al principio era apenas un pequeño punto en medio de la densa oscuridad, hasta que se expandió como un sol.
Pero aquello no era Tokio, de eso estaba seguro.
Un hombre vestido con un kimono tradicional y portando un conjunto de katana y wakisashi se acercó.
Su cabello, peinado al estilo chonmage[123], indicaba que era un samurái.
A su lado iba una hermosa mujer oriental, vestida con un colorido kimono, que me hizo recordar a Naomi, y sentí que mi corazón volvía a sangrar.
—¿Estoy muerto? —pregunté al hombre, que me estudiaba atentamente.
—No, Daniel-san, no estás muerto —respondió.
—¿Quiénes sois? ¿Dónde estoy? —pregunté a ambos, pero de la mujer solo recibí una amable sonrisa.
—Si lo prefieres, puedes llamarlo un sueño —explicó el hombre—. Soy Furokawa y ella es mi esposa, Michiko.
—¿El maestro armero Furokawa? —me sorprendí—. ¿Antepasado de Naomi?
—Sí, Daniel-san, y has honrado a nuestra familia, aunque no tengas lazos de sangre con el clan —respondió—. Eres un hombre bueno y debes olvidar el pasado y pensar únicamente en el futuro. Tus errores y tus aciertos han sido el camino de enseñanzas que te ha convertido en quien eres hoy.
—Pero... deshonré a mi oyabun y traicioné su confianza. Soy un ronin, un samurái sin maestro —murmuré, sintiendo que la vieja vergüenza del pasado volvía a consumirme.
—La vida es efímera, Daniel-san —habló la mujer por primera vez, y su voz era melodiosa—. Tu valiente decisión de sacrificarte por la mujer que amas demuestra lo noble que eres.
Sentí un alivio en el alma, como si toda la culpa que había cargado durante años simplemente hubiera desaparecido.
—Los errores del pasado fueron importantes para forjar tu carácter. Ahora debes concentrarte en el futuro. Debes marcharte; este no es tu lugar —ordenó el samurái con una media sonrisa.
—Dōmo arigatōgozaimashita (muchísimas gracias) —agradecí, haciendo una reverencia.
Cuando levanté el rostro, el patio había desaparecido. Volvía a estar flotando en la oscuridad. Observé un pequeño punto de luz y escuché una voz que conocía y amaba tanto.
—Daniel...
Abrí los ojos; la luz me molestó durante un momento, hasta que conseguí enfocar la vista. Naomi estaba inclinada sobre mí, con sus hermosos ojos almendrados anegados en lágrimas.
—Naomi... —murmuré con voz ronca, sintiendo la garganta seca.
—Dani —se inclinó y besó suavemente mis labios—. Cuánto he rezado por ti... Pensé que te perdería para siempre.
Vi cómo sus ojos brillaban de emoción cuando dejó caer una solitaria lágrima de alivio. Aunque sentía el brazo pesado, levanté la mano y sequé aquella lágrima, aprovechando para acariciar su rostro. Parecía cansada, pero su sonrisa no abandonaba su cara.
Poco a poco intentaba situarme, y los recuerdos fueron invadiendo mi mente como un torbellino, dejándome incluso un poco aturdido.
—¡Ryu! —exclamé, intentando incorporarme. Mi voz apenas resultó audible y, al mismo tiempo, sentí un violento pinchazo en el abdomen que me impidió continuar el movimiento.
—No te preocupes, está detenido —respondió, haciendo que volviera a recostarme en la cama.
Tomé sus delicadas manos, sintiendo su suavidad. Entonces ella prácticamente se inclinó sobre mí y apoyó su frente contra la mía, y aquella sensación me proporcionó un consuelo inmenso. Naomi me acogía de una forma que jamás había experimentado en toda mi vida.
—¿Qué ha pasado? —pregunté. Solo recordaba hasta el momento en que me había lanzado delante de Naomi para protegerla.
—Ryu estaba fuera de sí; pensé que iba a matarnos a todos.
Cuando vio que el disparo no había sido mortal, se preparó para volver a disparar, pero tía Sumiko se lo impidió.
Cogió una wakisashi y lo hirió. Sabía que el golpe no lo mataría de inmediato, aunque existía el riesgo de que no llegáramos a recibir ayuda a tiempo, pero no había otra alternativa para detenerlo —explicó, apretando mis dedos entre los suyos.
—Entonces, ¿no está muerto?
—No, la herida no fue tan grave como la tuya. Ya se está recuperando, en prisión, a la espera del juicio —explicó.
—¿Jonás?
—Llegó poco después y nos ayudó. Entiende que tía Sumiko actuó en legítima defensa, y eso fue importante para evitar que la detuvieran.
—¿Ya se ha marchado? —pregunté, recordando nuestra cena la noche en que Naomi había sido secuestrada.
—Sí, ayer, cuando los médicos garantizaron que ya no corrías peligro —respondió, frunciendo el hermoso ceño—. Me pidió que te avisara de que iba a salvar a Yumi de sí misma, que entenderías que no esperara a que despertaras para despedirse.
Asentí con la cabeza. Jonás estaba enamorado de Yumi, aunque todavía no lo admitiera; solo esperaba que su intento de ayudar a mi insana excompañera no lo llevara a la muerte, pero habíamos prometido mantener el contacto y estaba dispuesto a ayudarlo, si fuera necesario.
Se lo debía a él y a Yumi, a pesar de todo.
Giri, pensé para mis adentros. ¿Qué sería del mundo sin el sentido del deber y la obligación?
Sonreí a la mujer que amaba, haciendo que su expresión preocupada se relajara. Ya habría tiempo para hablar de aquel asunto.
En ese momento entró una pareja de médicos.
—¿Ha despertado? —preguntó amablemente la hermosa doctora—. Soy la Dra. Sthefany, directora del hospital Domenica Xavier[124]; este es el Dr. Marcos, mi marido y el mejor traumatólogo de Brasil, especialista en heridas por proyectiles de arma de fuego.
Me di cuenta de que el médico se ruborizaba y sonreí mientras lo saludaba.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó el médico y, después de apartar la sábana, examinó mi abdomen, donde pude ver la cicatriz todavía con los puntos.
—Bien, creo —respondí.
—Ha tenido suerte. Cinco centímetros más y no habríamos podido hacer nada —explicó el médico—. Pero es usted fuerte y está en una excelente forma física, y eso fue determinante para que la herida no resultara mortal. Estoy seguro de que en poco tiempo estará recuperado.
—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —pregunté a los médicos, aunque miré a Naomi, que estaba a mi lado, junto al cabecero de la cama.
—Cinco días, veintidós horas y treinta minutos —respondió Naomi, y me di cuenta de lo demacrado que estaba su rostro; el maquillaje perfecto disimulaba las huellas de la falta de sueño y del estrés.
—Pero, si sigue respondiendo bien al proceso de recuperación, muy pronto estará en casa —explicó la doctora, animada por el resultado de las pruebas—. Ahora, si nos disculpan —pidió, y salió acompañada del médico.
—Naomi, he tenido un sueño extraño —dije después de quedarnos solos, y le conté mi encuentro con Furokawa.
Ella escuchó atentamente, sin mostrar el menor signo de incredulidad.
—Casi te pierdo, Dani. La cirugía duró más de cinco horas. Por suerte, este es uno de los mejores hospitales de América Latina —dijo, acariciándome el rostro—. Quizá te quedaste entre el mundo de los vivos y el de los muertos.
—Si fue así, volví por ti —sostuve su mano y la besé con ternura—. Te amo, Na. No podría morir justo cuando te he recuperado. He vivido para llegar a este día.
—Y yo te amo, Dani —se inclinó de nuevo y me besó delicadamente.
Días después me encontraba en la mansión Asano y, transcurridas dos semanas, nos despedíamos de Sumiko-sama.
Aunque todavía tenía que moverme con cierto cuidado, me empeñé en acompañarla hasta el aeropuerto internacional de Guarulhos, desde donde tomaría un vuelo con destino a Tokio.
No pude evitar recordar cuando yo había hecho aquel mismo viaje; por aquel entonces, una parte de mí parecía haber sido arrancada de mi alma: la mejor parte, Naomi.
—¿Estás segura, tía? —preguntó Naomi a mi lado, intentando mantener el semblante impasible y la voz firme, pero podía sentir su tristeza ante la inminente partida de la obasan a la que consideraba como una madre.
—Sí, querida —respondió la anciana dama japonesa—. Mis obligaciones para con mi nīsan (hermano mayor) y el clan han terminado. Vosotros sois el presente y yo soy un pasado que necesita dejar paso al futuro que traéis.
—Si es por Ryu... —empecé, sintiéndome culpable.
—¡No! —fue categórica—. Amo a Ryu, pero ha demostrado ser un hombre sin honor ni lealtad; ha manchado el nombre de la familia con sus actos, ha contribuido a la muerte de su propio padre y ha ordenado asesinar a su hermana.
Mi sobrino eligió su camino y ahora debe afrontar las consecuencias.
Hice lo que tenía que hacer, lo que haría cualquier mujer samurái.
Clavó su mirada en mí, quizá leyendo mis emociones.
¿Había sido yo el causante del destino de Ryu?
Si nunca hubiera entrado en la familia Asano, ¿habría sido diferente su destino?
Ryu había actuado movido por el odio que sentía hacia mí y por el resentimiento que le provocaba el amor que su padre me profesaba, a pesar de que yo no era su hijo.
—Daniel-san, en el budismo existe una frase que dice: «Isshin Nisenbyakudô», un solo corazón en el camino blanco entre dos ríos —explicó Sumiko-sama—.
El río de fuego representa la ira y el río de agua representa la ambición del ser humano.
El hombre debe seguir el estrecho camino blanco que se extiende entre ambos ríos, sin caer en la tentación de ninguno de ellos.
Solo así conseguirá cumplir su deseo y alcanzar los cielos.
Por desgracia, Ryu cayó en la tentación de ambos, mientras que tú siempre te has mantenido entre ellos.
—Gracias, obasan —agradecí. Sus palabras aliviaron la culpa que llevaba cargando desde que salí del hospital.
—Te echaremos de menos —dijo Naomi, abrazándola, y me di cuenta de que la anciana dama se había quedado algo cohibida ante aquella demostración de afecto tan occidental.
—Siempre será importante para nosotros —intervine, sujetándole las manos después de que Naomi se apartara—. Sabe que siempre ha sido como una okaasan (madre) para mí.
—Y tú has sido como el musuko (hijo) que nunca tuve —afirmó, y advertí que sus ojos se habían humedecido por las lágrimas—. Estoy orgullosa de ti, de vosotros dos.
—¿Va a buscar a Musashi-sama? —pregunté. Le había contado a Naomi acerca de mi entrenamiento con el sensei y de la relación que mantenía con Sumiko.
—Sí —respondió con una de sus escasas sonrisas—. Todavía me quedan algunos años por delante; quizá consiga vivirlos junto al hombre que siempre ha formado parte de mi corazón.
—Mantén el contacto, tía, por favor —pidió Naomi.
Por los altavoces del aeropuerto anunciaron el embarque de los pasajeros del vuelo con destino a Tokio; todavía tenía que pasar por los trámites de la Policía Federal para la comprobación del pasaporte.
—Adiós, mis queridos hijos —se despidió la anciana con una leve reverencia que nosotros correspondimos.
—Hasta pronto, obasan —respondimos al mismo tiempo.
La observamos caminar con porte erguido y orgulloso hacia la zona de embarque.
Abracé a Naomi, atrayéndola hacia mí.
No todo había salido a la perfección, pero veía a mi segunda madre ir en busca de su felicidad y yo, ahora, tenía la mía entre mis brazos.