CAPÍTULO 29
JONÁS
La sirena del vehículo policial aullaba estridentemente, mientras el puente luminoso emitía sus luces rojas y azules, haciendo que el intenso tráfico nocturno de São Paulo se apartara a regañadientes para dejarnos paso.
Acababa de salir del antiguo casino clandestino donde Naomi había permanecido secuestrada.
Me había quedado impresionado cuando llegué con mis dos equipos y otro de mi colega y amigo, el comisario Hermes, de la Brigada de Homicidios.
Lo había llamado porque existía la posibilidad de encontrar cuerpos en aquel lugar, aunque esperaba que Daniel no hubiera cometido ninguna de sus habituales locuras asesinas.
Lo poco que había llegado a conocer de mi nuevo amigo me había hecho pensar que era un hombre peligrosamente letal. Aunque al principio me mostraba incrédulo ante su historia y la de Yumi sobre que eran ninjas, había visto suficiente durante aquel caso como para empezar a creer en sus palabras.
Cuando irrumpimos en el lugar, comprobamos que la mitad de los hombres que estaban fuera de la residencia se encontraban simplemente inconscientes; la otra mitad, así como los que estaban en el interior, estaban bastante maltrechos: una colección de huesos rotos y conmociones cerebrales.
Uno de ellos estuvo a punto de morir desangrado a causa de una herida en el muslo, probablemente provocada por la espada japonesa que Daniel manejaba con maestría.
El único que se encontraba en mejor estado, pero, extrañamente, también el más aterrorizado, era Paulo Michikawa, uno de los consejeros del holding Asano.
El consejero parecía desesperado cuando entramos y lo desatamos de la silla a la que estaba sujeto, y ni siquiera tuvimos que preguntarle nada para que comenzara a contarnos todo lo que sabía, implicando a una lista de personas.
Fue solamente en ese momento cuando conseguí ponerme en contacto con Daniel, que había rescatado a Naomi y regresaba con ella a la mansión.
El consejero no era el único que estaba detrás del asesinato de Seiji Asano y del intento de asesinato de Naomi.
El caso se extendía mucho más allá de la 'Ndrangheta y me preocupaba lo que Daniel pudiera llegar a hacer, a pesar de mi petición de que me esperara.
Si al menos me lo hubiera contado antes, habría enviado un coche patrulla a la mansión.
Pero no, quería hacerse pasar por un samurái de las antiguas películas y de los cómics, vivía bajo un extraño código de justicia y solo me había llamado cuando ya era demasiado tarde, porque ya estaba en la puerta de la mansión. Probablemente haría alguna locura.
Dejé a mi colega Hermes al mando de la escena del crimen y del consejero Paulo y, con un equipo, me dirigí a la mansión Asano, rezando por llegar a tiempo.
Después de lo que pareció una eternidad, finalmente entramos en la urbanización y aparcamos frente a la mansión. Los guardaespaldas de Naomi parecían tranquilos. Aquel escenario parecía demasiado silencioso y amistoso, y eso me preocupaba muchísimo.
Un mayordomo japonés me franqueó la entrada y me informó de que Naomi estaba en el despacho principal, utilizado para las reuniones del clan cuando el señor Seiji los recibía en la mansión.
Lo seguí hasta la estancia, cuyas puertas estaban cerradas, y las derribé con la pistola que había sacado de la cintura en la mano.
DANIEL
Estacionamos frente a la mansión; las luces estaban encendidas y los guardias armados permanecían atentos, como cualquier otra noche.
Bajamos del coche y entramos en la casa sin que nadie nos hiciera preguntas, pero percibí la tensión en el ambiente.
Durante el trayecto, Naomi había considerado reorganizar los equipos de seguridad, ordenando que nadie entrara ni saliera del lugar; sin embargo, no podíamos confiar en nadie, ya no teníamos forma de saber a quién eran leales aquellos hombres.
Necesitábamos contar con el factor sorpresa a nuestro favor.
Kimura, el anciano mayordomo, nos recibió con lágrimas en los ojos.
—¡Señora Naomi! —exclamó, sorprendido y aliviado; aparentemente, la noticia de su secuestro ya se había extendido—. ¿Está bien? Estaba tan preocupado, no soportaría otra tragedia en esta familia, después de la pérdida de Seiji-sama.
—Estoy bien, Kimura —agradeció, mientras le estrechaba las manos al anciano—. ¿Está mi hermano en casa?
—Está en el despacho —respondió—. Ha entrado en una teleconferencia con algunos consejeros, dada la situación crítica de su secuestro, y ha pedido que no le molesten. La obaasan[120] Sumiko está con él, está muy angustiada.
Nos dirigimos al despacho principal. Yo lo conocía: era una estancia grande con vistas al jardín.
Se accedía a ella a través de unas puertas correderas de cristal insonorizadas, una exigencia de Seiji-sama para evitar que los curiosos intentaran escuchar las negociaciones del clan, que en el pasado tenían lugar en aquella estancia.
Estanterías repletas de libros cubrían las paredes, además de xilografías orientales, jarrones con ikebana y bonsáis. Detrás de la gran mesa de roble, en un nicho de la pared iluminado por focos, había un conjunto de katana y wakizashi que había pertenecido al bisabuelo de Seiji-sama.
Sentado en el sillón situado detrás de la cabecera de la mesa, el lugar de mayor relevancia, Ryu estaba frente a un portátil conversando mediante una teleconferencia; a su lado, la obasan Sumiko parecía perdida en sus pensamientos.
Forcé la puerta y entramos sin ser anunciados. Al vernos, Sumiko se levantó y caminó rápidamente hacia nosotros, mientras el hermano de Naomi nos observaba con expresión de asombro.
—¡Hija mía! ¡Cuánto me he preocupado! —exclamó, mientras sujetaba las manos de Naomi con los ojos empañados de lágrimas.
—Estoy bien, tía —respondió Naomi con una sonrisa afectuosa, intentando reconfortar el viejo y sufriente corazón de aquella mujer a la que consideraba su madre, y que yo también consideraba así.
—Daniel-san, gracias por rescatarla —agradeció, haciendo una ligera reverencia.
—No hay nada que agradecer, obasan —respondí, y di unos pasos hacia Ryu, que seguía al otro lado de la mesa, aunque ahora estaba de pie. Había bajado la pantalla del portátil para poner fin abruptamente a la videoconferencia y ahora nos observaba con una expresión de desconcierto.
—Estamos muy agradecidos de que la hayas rescatado —dijo con una sonrisa forzada—. ¿Cómo la encontraste tan rápido?
—Lleva un rastreador consigo —respondí, mirándolo fijamente y conteniendo las ganas de desenfundar la katana, que llevaba sujeta a la espalda, y cortarle la cabeza—.
Desde el primer intento de secuestro que sufrió, me quedé muy preocupado y le regalé un pequeño dispositivo, esperando no tener que utilizarlo jamás.
Naomi había sido clara durante el trayecto hasta la mansión: quería que su hermano respondiera por sus crímenes ante la Justicia.
Yo había torturado al consejero Paulo. No me sentía orgulloso de ello; había roto la promesa que le hice a Naomi de no recurrir a la violencia sin motivo, pero en este caso su vida estaba en juego y tuve que actuar. Habría sido capaz incluso de matar por ella.
El consejero contó que Ryu lo había utilizado como intermediario para convencer a Roberto de que liderara las negociaciones con la mafia italiana, incitando al ambicioso marido de Naomi a organizar el atentado contra Seiji-sama, creyendo que podría ocupar el lugar del oyabun por ser el marido de su hija.
Pero Naomi demostró ser fuerte cuando Seiji la eligió para ocupar su lugar. Entonces decidieron asesinarla, y Paulo aconsejó a Roberto que contratara a la «mercenaria japonesa» que acompañaba a Toshiro-sama en la fiesta para que hiciera el trabajo.
Los italianos no estuvieron de acuerdo con el precio que pidió la «mercenaria» e intentaron hacerlo por su cuenta, pero yo frustré sus planes.
Por eso Yumi decía la verdad cuando aseguraba no ser responsable del primer intento de secuestro de Naomi.
Sin embargo, tras el fracaso, decidieron reconsiderarlo y aceptaron pagar el precio del contrato de mi expareja.
Ahora lo entendía. Quizá ella me había utilizado para frustrar los planes de la 'Ndrangheta y obligarlos a contratarla. Pero, con la ayuda de Jonás, conseguí impedírselo y el comisario logró detener a Salvatore, Roberto y a los hombres que habían secuestrado a Naomi en el restaurante.
Los italianos ordenaron la muerte de los miembros que habían sido detenidos, pues podían comprometer a toda la organización.
Incluso el comisario debía haber sido eliminado, pero ella se había involucrado con él y no fue capaz de completar toda la misión.
Por eso, por primera vez en su carrera, se había vuelto contra sus empleadores y los había asesinado.
Por mucho que quisiera, no conseguía odiarla. Al fin y al cabo, había tenido otra oportunidad de matar a Naomi y no lo había hecho. Le había perdonado la vida, admitiendo así sus propias debilidades.
Al final, Ryu había manipulado a todos desde las sombras donde se ocultaba. Paulo, Roberto, la 'Ndrangheta, todos eran marionetas en su juego de poder.
—Muy listo. Menos mal que te tenemos de nuestro lado —dijo aún de pie, esforzándose por aparentar estar agradecido por haberla salvado.
Sabía que Naomi estaba grabando toda la conversación con el móvil, por eso forcé la situación.
—Se acabó, Ryu. Lo sabemos todo. Paulo nos ha contado todo tu plan para asumir el control del clan —solté, dejando las cartas sobre la mesa y sintiendo cómo Naomi y Sumiko se acercaban a mí.
Su sonrisa se congeló en el rostro; después se transformó en una mueca de desprecio y odio y, con un movimiento rápido, bajó la mano y sacó una pistola que llevaba escondida en la parte trasera de la cintura.
—El clan me pertenece por derecho —gruñó. Parecía haberse convertido en otra persona, con el odio apoderándose de su rostro mientras nos apuntaba con el arma—. Hasta la mayoría de los consejeros está de acuerdo con ello. Otousan perdió el juicio cuando se lo entregó a Naomi.