CAPÍTULO 28 #3
Ella me había contado que había varias cuentas bancarias en paraísos fiscales que contenían varios millones de dólares, fruto de años de actividades ilícitas del clan y que ella había invertido magistralmente en la Bolsa de Nueva York.
Tenía planes de redirigirlos hacia acciones y empresas de carácter social en un futuro próximo, ya que devolverlos a su origen no sería una tarea fácil y la expondría negativamente, incluso poniéndola en el radar de la Policía Federal, responsable de investigar los delitos de cuello blanco.
Con aquel dinero, Paulo podría conseguir el liderazgo del clan, sobre todo si contaba con el apoyo de los otros consejeros más jóvenes, que estaban a favor de un acuerdo con la mafia italiana.
Juntos constituían la mayoría del consejo, aunque no poseían la mayoría accionarial.
Naomi y Ryu, juntos, seguían sumando la participación mayoritaria.
Me deslicé de rodillas y bajé dos escalones.
Ahora podía observar toda la sala. Naomi estaba sentada en una silla en el centro de la estancia, con las manos atadas a la espalda.
Frente a ella, Paulo caminaba en círculos, mirándola de vez en cuando con odio en la mirada.
Pude distinguir el bulto de una pistola en su cinturón.
Varios sillones y sofás estaban cubiertos con sábanas, al igual que una gran mesa de madera noble que se utilizaba para jugar al blackjack[119].
Conté a cinco hombres apostados en distintos puntos de la sala, uno en cada una de las ventanas cerradas.
No había nadie delante de la puerta doble, que estaba cerrada, pues esa era la función de los matones que se encontraban en el exterior de la propiedad y que nadie había advertido que yo ya había dejado fuera de combate.
Ambos permanecían despreocupadamente pendientes de Naomi y del consejero del clan, como si estuvieran disfrutando de un espectáculo.
Si se tratara de una acción planificada, lo ideal sería que reventara la caja de fusibles y atacara en la oscuridad, pero no tenía ningún artefacto explosivo y no estaba dispuesto a perder tiempo regresando al exterior, donde se encontraba la caja.
La iluminación de la estancia procedía de varias lámparas de araña con numerosas bombillas, suspendidas de cadenas que ocultaban los cables de alimentación eléctrica.
No conseguiría cortarlos todos al mismo tiempo.
Por suerte, tenía algunas kemuridama, las bombas de humo ninja.
Las había preparado para enseñárselas a Jonás, pero me había olvidado de dejárselas. Ahora resultarían útiles.
—Muy bien, zorra —gruñó Paulo—. Entonces será por las malas.
Voy a autorizar a mis hombres a que te den «un trato».
Quién sabe, quizá después te muestres más flexible —amenazó mientras hacía una señal a sus matones, que comenzaron a acercarse lentamente, con sonrisas de satisfacción y lujuria en los labios.
—Daniel y mi hermano buscarán justicia, sobre todo Daniel. No descansará hasta que cada uno de vosotros reciba lo que merece —amenazó Naomi, pero percibí que su voz comenzaba a quebrarse.
—¿Ryu? —rio a carcajadas mientras los hombres se acercaban aún más.
Uno ya se había quitado la chaqueta del traje y el otro se sacaba el miembro semierecto de los pantalones—.
¡Qué ciega eres! ¡A tu hermano no le importas!
En cuanto al gaijin, ya nos ocuparemos de él.
No es inmortal; tarde o temprano lo atraparemos.
No tenía más tiempo que perder. Cogí cinco kemuridama, me levanté y salté los tramos de escaleras en dirección a Naomi, lanzando las bombas al mismo tiempo.
Caí sobre la alfombra, a su lado, justo en el momento en que las bombas explotaron, cubriendo la sala con una espesa humareda.
Inmediatamente tiré de la silla hacia atrás y la arrastré hasta detrás de un sillón, ignorando el grito de sorpresa que dio Naomi.
Con rapidez, utilicé la katana para cortar la cuerda que la sujetaba.
—No salgas de aquí —le pedí, besándola rápidamente en los labios.
Inmediatamente salté hacia delante, en dirección a Paulo y a los demás hombres, no sin antes lanzar las cinco kemuridama restantes, que explotaron entre los gritos y las órdenes de los matones, esparciendo aún más humo.
Musashi me había entrenado para utilizar todos los sentidos, no solo la vista, que muchas veces podía engañarnos.
Tenía que «sentir» el entorno: los sonidos, los olores, el tacto e incluso una especie de percepción extrasensorial que los japoneses llamaban haragei, parecida a lo que los occidentales denominaban sexto sentido. Por eso, la ventaja era mía.
Sin preocuparme por el humo, localicé a uno de los matones, que intentaba al mismo tiempo subirse la cremallera de los pantalones y sacar la pistola de la cintura.
Aunque mi deseo era despedazar a aquellos animales, debido a la promesa que le había hecho a Naomi no desenvainé la katana. Pero eso no significaba que no fuera a hacerles daño. Así que, al empuñarla, lancé un golpe lateral contra la base del cuello del matón y lo dejé inconsciente.
La situación no se diferenciaba en nada de cualquiera de mis contratos, salvo por dos puntos muy importantes: estaba allí para salvar a la mujer que había amado durante casi toda mi vida y necesitaba concentrarme en no matar a nadie, haciendo justicia con mis propias manos.
Todo habría sido más fácil si pudiera, sencillamente, luchar como siempre lo había hecho, utilizando golpes circulares contra cada uno de ellos y acabando con sus vidas de la forma más sangrienta posible.
Pero Naomi tenía razón: no podía seguir así.
No había futuro para un justiciero con las manos manchadas de sangre, y mucho menos quería convertirme en alguien como Yumi.
Justo en ese momento, unos disparos estallaron casi a mi lado. Rodé hacia delante y me arrodillé, intentando escapar de mi oponente sin que Paulo pudiera verme.
—¡Dispara! ¡Dispara! —oí gritar a Paulo.
El humo comenzó a disiparse de la estancia y vi al matón con el arma apuntando en mi dirección, a diez pasos de distancia. Saqué un shuriken del interior de la camisa y lo lancé con precisión, acertándole en la muñeca y haciendo que soltara el arma entre gritos de dolor.
Rápidamente ya estaba sobre él, asestándole un golpe de seiken zuki en el esternón que lo dejó incapacitado, acompañado por el sonido del hueso al fracturarse.
Sentí que había alguien detrás de mí y salté hacia delante, rodando por el suelo mientras oía los disparos frenéticos de una pistola semiautomática.
Las balas alcanzaron el lugar donde yo había estado momentos antes.
El matón intentó corregir la puntería, pero ya era demasiado tarde.
Lo alcancé y, con una patada frontal, lo lancé lejos, dejándolo fuera de combate.
Otro hombre me apuntaba con el arma. Mi única posibilidad era mantenerme siempre en movimiento, pero él fue más rápido y disparó intentando alcanzarme.
Sentí un ardor en un costado del cuerpo, pero ignoré el dolor, compartimentándolo en un rincón de mi mente.
El hombre intentó esconderse detrás de la mesa volcada, pero fui más rápido que él y le golpeé la cabeza con la katana todavía envainada.
Oí más disparos dirigidos hacia mí, que hicieron astillas la madera y las esparcieron en todas direcciones. El consejero estaba dispuesto a todo con tal de abatirme.
Sentí un movimiento a mi izquierda. Era el último de los matones; intentaba coger una metralleta. Si llegaba a alcanzarla y disparaba una ráfaga, corría el riesgo de alcanzar a Naomi, que estaba detrás del sofá donde la había dejado.
Sin pensarlo, por puro reflejo e instinto, desenvainé la katana y la lancé en su dirección. La hoja atravesó la parte posterior de su muslo. Cayó al suelo gritando de dolor.
Volví mi atención hacia el verdadero traidor, que se había alejado unos pasos y, para mi horror, había alcanzado a Naomi y la tenía retenida. Uno de sus brazos rodeaba el cuello de ella, mientras el arma permanecía apoyada contra su cabeza.
—¡Maldito gaijin! ¡La mataré! ¡Juro que la mataré! —gritó fuera de control, apuntando alternativamente el arma hacia mí y hacia ella.