CONTRATO CON LA MAFIA CAPÍTULO 28 #2
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CAPÍTULO 28 #2

No faltaba mucho para que llegáramos. Entramos en una calle lateral poco transitada a aquella hora de la noche cuando oí el estridente chirrido de los frenos y, con un fuerte impacto, salí despedida hacia delante, al mismo tiempo que se escuchaba el estruendo de la carrocería de nuestro coche al ser embestida por otro vehículo.

Por suerte, llevaba puesto el cinturón de seguridad.

—¿Está bien, señora? —preguntó el chófer, asustado, mientras uno de los guardaespaldas, sentado a mi lado, se preparaba para salir del coche—. Se ha saltado el semáforo en rojo. Un irresponsable.

—Sí, estoy bien —respondí, recuperándome del susto. Los daños en nuestro vehículo parecían pequeños, pues era blindado.

Fue entonces cuando vi, prácticamente a cámara lenta, cómo el conductor del otro vehículo bajaba del coche armado, apuntando con su arma al guardaespaldas que acababa de cerrar la puerta trasera, pero que no tuvo tiempo de reaccionar y recibió un disparo a quemarropa allí mismo.

—¡Agárrese fuerte, señora Naomi! —gritó el chófer mientras engranaba la marcha atrás, al tiempo que el segundo guardaespaldas, sentado en el asiento delantero, sacaba el arma de su funda.

Se oyó otro estridente chirrido de frenos, pues también habíamos quedado acorralados por detrás.

Sin preocuparse por los golpes, el chófer intentaba maniobrar como podía, incluso chocando contra otros vehículos, para salir de aquella emboscada.

Aparecieron más coches que bloquearon por completo nuestro camino.

Intenté coger el móvil para llamar al 091, pero no tuve tiempo.

—¡Agáchense, los cristales no van a aguantar! —gritó el guardaespaldas, y pude ver a dos individuos portando armas de mayor calibre, que parecían incluso ametralladoras. La ráfaga sobre el coche nos hizo sentir el impacto hasta que los cristales quedaron destrozados.

Sentí la adrenalina dispararse, aterrorizada, pero preparada para luchar por mi vida, agachada sobre el suelo del vehículo mientras esquivaba los disparos. Entonces oí el primer grito: el chófer había sido alcanzado.

Rápidamente, varios hombres armados se acercaron al coche disparando. El guardaespaldas sentado delante intentó reaccionar, pero eran demasiados y lo ejecutaron.

Uno de los asaltantes, con una máscara negra, introdujo la mano en el interior del vehículo y abrió la puerta por la manilla interior, arrastrándome consigo mientras presionaba contra mi rostro un paño húmedo de olor intenso, lo que hizo que perdiera el conocimiento.

*** *** ***

Cuando finalmente recuperé el conocimiento, estaba atada a una silla dentro de un salón que parecía pertenecer a una gran mansión abandonada, con los muebles cubiertos por sábanas. Me sentía mareada, con la cabeza a punto de estallarme.

—¡Despierta, yariman (puta)! —oí los gritos todavía lejanos, con la visión algo borrosa, hasta que sentí un dolor insoportable en el rostro, producto de una bofetada que casi volvió a hacerme perder el conocimiento.

Me obligué a mantenerme despierta, todavía con el intenso ardor en el rostro, intentando orientarme en aquella penumbra e identificar a mi agresor.

Respiré hondo. Necesitaba mantener la calma, hasta que recibí otra bofetada, igual de fuerte, en el otro lado de la cara, y el sabor de la sangre me invadió la boca.

—¿No vas a despertarte, puta?

Inmediatamente sentí que la luz que habían encendido me hería los ojos, iluminando todo el salón. Intenté acostumbrarme a la claridad, todavía con el rostro ardiendo, y fijé la mirada en el hombre que tenía delante.

—¿Paulo? —el asombro y la sorpresa se apoderaron de mí.

—¿Ya estás consciente, Naomi-sama? —soltó con desprecio e ironía—. Para ti también soy Paulo-sama, ¿entendido? —Oí otras risas y deduje que no estábamos solos.

—¿Qué quieres? ¿Por qué no me has matado ya? —reuní fuerzas para mirarlo de frente.

DANIEL

El rastreador me llevó hasta un barrio de la zona rural de una ciudad vecina, en el área metropolitana de São Paulo.

Al aparcar, reconocí el lugar. Era una finca de lujo donde, durante años, había funcionado un prostíbulo de lujo y un casino clandestino. Yo había frecuentado aquel lugar de joven, en compañía de Ryu.

Con la decisión de Naomi de deshacerse de los negocios ilícitos, el establecimiento había cerrado y se había puesto a la venta, tal como indicaban los carteles pegados en lo alto del muro.

Di la vuelta a la manzana y aparqué en un lugar apartado. Las calles estaban desiertas a aquella hora de la noche en aquella zona rural. Me puse el traje negro con capucha y me coloqué la katana y la wakizashi en una doble vaina a la espalda.

Saqué algunos shuriken de la bolsa o, como los llamaban los occidentales en las películas de segunda categoría, estrellas de la muerte. Aunque, en realidad, no estaban tan equivocados, pues, en manos de un maestro como yo, podían ser mortales.

Antes de salir del vehículo, llamé a Jonás.

—Oye, ¿no acabamos de despedirnos? —rio al teléfono—. Voy a acabar pensando que estás enamorado.

—Jonás, necesito tu ayuda —lo interrumpí con voz baja, pero en un tono muy serio.

—De acuerdo, dime —también dejó de lado la broma.

En otros tiempos, pedir ayuda habría sido algo que jamás habría hecho. Sin embargo, le conté rápidamente lo que había sucedido y dónde me encontraba.

—Tienes que esperarme. Conseguiré un equipo —me pidió.

—No hay tiempo y no quiero correr el riesgo de un enfrentamiento armado que termine con Naomi muerta —insistí—. Estoy seguro de que puedo encargarme de esto solo. Solo envía un equipo para detener a los hombres. No pretendo matar a ninguno de ellos, a menos que me vea obligado a hacerlo.

—Entiendo. Eso de la ninja, ¿verdad? Mándame las coordenadas de donde estás.

—Gracias, amigo —le agradecí, sincero al llamarlo así, y le envié los datos de la aplicación GPS mediante un mensaje a su móvil.

—No tienes que darme las gracias. Para eso están los amigos. Estoy preparando un equipo. Buena suerte —dijo apresuradamente y colgó.

Corrí evitando las luces de las pocas farolas hasta llegar al muro trasero. A pesar de que tenía casi tres metros de altura, lo escalé con agilidad y caí silenciosamente al otro lado.

Durante un momento me concentré en los sonidos, intentando escuchar a algún perro guardián, pero todo estaba en silencio, salvo por el sonido de los grillos que cantaban desde la maleza del terreno colindante con el muro.

Avancé hasta la gran casa. No había ninguna luz encendida en el exterior, pero percibí movimientos en la oscuridad. Al menos seis hombres parecían estar vigilando: algunos caminaban de un lado a otro, mientras otros permanecían quietos, apoyados contra las columnas del porche que rodeaba la casa.

Rápida y silenciosamente, fui dejando inconsciente a uno tras otro; bastaba con presionar un músculo situado en la base del cuello.

Permanecerían fuera de combate durante al menos una hora.

Aquella había sido la parte fácil hasta entonces, pues, cuando eran tomados por sorpresa, resultaba sencillo aplicar la técnica sin ser detectado.

Sin embargo, con dos de ellos tuve que ser más contundente, porque se dieron cuenta de que sus compañeros estaban cayendo.

Por eso, con unos cuantos golpes bien ejecutados, también quedaron fuera de combate, inconscientes en el suelo.

Por lo que recordaba, la casa tenía dos plantas. En la planta baja había un enorme salón donde funcionaba el casino y las «chicas» se exhibían ante los clientes, además de una cocina y tres habitaciones que servían como despacho y almacén.

En la planta superior había seis habitaciones, que utilizaban los clientes que preferían no llevarse a las «chicas» a un motel u hotel.

Escalé las paredes de ladrillo visto hasta el balcón de una de las habitaciones. Fue fácil abrir la puerta que daba acceso al interior.

Todo estaba a oscuras, con los muebles cubiertos con sábanas. Abrí la puerta y salí al oscuro pasillo. Caminé hasta la escalera que daba acceso a la planta baja y al salón principal, de donde procedían voces exaltadas.

—Estás muerta, Naomi —la voz masculina casi gritaba—. Solo tienes la posibilidad de elegir si tu paso al yomi[118] será con dolor o sin dolor.

—Eres despreciable, Paulo. Tu padre se avergonzaría de tu traición —oí la firme voz de Naomi.

Paulo era uno de los consejeros del clan.

Lo recordaba de la reunión en la que Naomi había anunciado su retirada de los negocios ilícitos.

Así que él era quien estaba detrás de Roberto.

Tenía sentido. Si Paulo asumía el control del clan, podría incorporar al exmarido de Naomi al consejo; ni siquiera Ryu sería capaz de impedírselo.

—¡La contraseña! ¡Dame la maldita contraseña! —lo oí gritar y, a continuación, escuché el sonido de una bofetada.

No oí ningún gemido por parte de Naomi. Mi chica estaba demostrando ser valiente e intrépida.

—¡Ese dinero está sucio!

—Me importa muy poco. Sin duda, yo haré mejor uso de esos fondos que tú, que quieres reinvertirlos en obras sociales.

¡La buena samaritana que quiere ayudar a los más necesitados!

—otra bofetada. Me dolió el corazón al escuchar cómo la golpeaba, pero necesitaba controlarme antes de actuar y echarlo todo a perder.

—Prefiero morir antes que permitir que se reinvierta en actividades criminales —su voz estaba contenida, pero percibí su furia.

«Mujer valiente», pensé con orgullo. Mi Na tenía unos principios éticos inquebrantables que había desarrollado basándose en su propia manera de ver el mundo. Reconocía los actos de honor que presentaba la cultura oriental y abominaba del falso honor que traía consigo la mafia.