CAPÍTULO 16
DANIEL
El jardín japonés de la mansión estaba iluminado por cientos de faroles orientales de colores.
Camareros vestidos con uniformes blancos se desplazaban entre los invitados, hombres con smoking y mujeres con vestidos largos, sirviendo canapés y bebidas, mientras guardaespaldas fuertemente armados y discretos vigilaban todo y a todos.
La fiesta me recordó a la celebración del anuncio de la boda de Naomi, doce años atrás, pero ahora la celebración era en honor de Toshiro Mitsunae.
Para la prensa paulista que cubría la entrada de la mansión, intentando fotografiar a los invitados ricos y famosos, él era un magnate empresarial japonés.
Pocos eran los que lo sabían y, aún menos, los que se atrevían a publicar que, en realidad, aquel japonés corpulento de aproximadamente un metro setenta, con el cabello completamente blanco, era el oyabun de uno de los clanes más poderosos de Japón, al que la familia Asano estaba asociada, en una relación cercana al vasallaje.
El hombre había llegado aquella mañana y, junto con su séquito, se había alojado en un hotel de cinco estrellas.
Naomi había sido avisada de su visita y me había explicado que había venido personalmente para rendir homenaje a Seiji Asano y participar en la reunión que confirmaría o no su liderazgo del clan brasileño.
Un murmullo de admiración recorrió a los invitados, señal de que Toshiro había llegado. Caminé hasta la entrada del jardín, donde Naomi, vestida con un sofisticado vestido largo en tonos verdes y un discreto escote, esperaba al invitado de honor.
Me quedé dos pasos por detrás de ella y de su esposo, además de Ryu, mientras Toshiro entraba con una sonrisa en el rostro.
—¡Naomi-san! ¡Cómo has crecido! —la saludó con simpatía.
—Toshiro-sama, me honra con su presencia —respondió ella con una leve reverencia—. Este es mi esposo, Roberto —lo presentó.
—Encantado —se mostró algo frío y enseguida se volvió hacia Ryu, mientras el marido de Naomi balbuceaba algunas palabras en un japonés que denotaba nerviosismo—. Tú también has crecido. Creo que me estoy haciendo viejo.
—Toshiro-sama —saludó el hermano de Naomi con una reverencia—. Es un honor recibirlo en nuestra humilde residencia.
—Ven, ojisan (tío) —pidió Naomi, refiriéndose a él cariñosamente—. Esta fiesta es en tu honor.
Cuando Toshiro comenzó a caminar junto a Naomi, seguido por dos consejeros ancianos y tres hombres que parecían guardaespaldas, se detuvo a mi lado.
—¡Daniel-san! ¡Qué sorpresa verte aquí! —exclamó con una sonrisa—. Creo que alguien se alegrará de encontrarte.
—Toshiro-sama —lo saludé.
Yo ya había sido contratado por el oyabun dos años atrás, cuando se había enfrentado a un intento de rebelión dentro de su organización, en una guerra que había causado casi una veintena de muertes.
El hombre sonrió y continuó caminando en compañía de Naomi, Roberto y Ryu. Apenas tuve tiempo de imaginar de qué estaba hablando cuando escuché aquella voz familiar con las palabras en japonés.
—Daniel Okami, ¡genki! (¿cómo estás?)
Di un paso atrás y me encontré con Yumi.
Llevaba un largo vestido rojo, con una abertura lateral que dejaba al descubierto su torneado muslo. El escote insinuante dejaba exageradamente expuesto el nacimiento de sus senos. Sus labios, pintados de rojo, combinaban con el maquillaje negro alrededor de los ojos.
—Yumi...
—¿Qué pasa? ¿No te alegra verme? —preguntó entre risas y, acto seguido, apoyó el antebrazo en el mío mientras caminábamos siguiendo a Toshiro.
—¿Qué estás haciendo aquí? —gruñí en voz baja, consciente de las miradas que atraía, no solo de los hombres, sino también de las mujeres.
—Este país es salvaje y Toshiro me ha contratado para protegerlo —respondió mirándome fijamente.
Intenté sondear su aura y sus intenciones, pero las ocultaba. Sabía que era inútil; mi excompañera poseía un entrenamiento tan bueno como el mío, quizá incluso mejor. Nunca habíamos querido ponernos a prueba.
—¿Solo por eso has venido? —pregunté, desconfiado.
—No pensarás que he venido por ti, ¿verdad? —se rio, atrayendo aún más miradas, incluida la de Naomi, que estaba presentando a Toshiro a varios empresarios—. Ella es bastante mona —ronroneó como una gata en celo mientras pasaba sus uñas pintadas de negro por la solapa de mi smoking.
—Yumi... —gruñí, intentando mantenerme impasible—. Compórtate.
—Me he enterado de que está casada, Daniel —dijo con ironía—. Una nee-san jamás dejaría a su marido para estar con un gaijin, ¿lo sabías?
—¡No sabes de qué estás hablando! Tenemos un vínculo de consideración. Giri, honor, lealtad, obligación; para ti pueden ser conceptos vacíos, ¡pero no para mí! —me irrité con ella mientras la agarraba del brazo y la arrastraba hacia un rincón donde nadie pudiera reparar en nosotros.
—Mmmm, me encanta cuando usas la violencia conmigo. ¿Qué tal si entramos en una de las habitaciones y tú sabes... —intentó acariciarme el rostro y me aparté de su contacto; aquel no era el momento ni el lugar.
—Eso no va a suceder. Ya no tenemos nada que tratar.
—¿Cómo que no? ¿De verdad crees que voy a dejarte escapar otra vez sin explicaciones? Simplemente me diste la espalda en Tokio. Nadie me da la espalda de esa manera y no pienso dejarte en paz hasta que hablemos de esa ridícula fantasía tuya de estar al lado de esa burguesa débil.
—No te debo explicaciones sobre mi vida. Los dos sabíamos que nuestra relación duraría mientras trabajáramos juntos. Entiende que ahora ya no lo hacemos.
—¿Vas a tirar tu reputación por la borda para quedarte en este país del tercer mundo, apestoso, arrastrándote detrás de una mujer casada? —soltó en voz alta, en japonés, evitando que algunos de los presentes pudieran entenderla—. ¡Qué ridículo eres!
—¡Cállate, Yumi! —por poco no levanté la mano contra ella. Eso era algo natural entre nosotros, teniendo en cuenta el tipo de relación que habíamos mantenido, pero no iba a hacer algo así en público.
—¿No vas a presentarme? —una voz llamó nuestra atención, obligándonos a contener la discusión.
Al girarme, me encontré con el comisario Jonás, que llevaba un traje oscuro, desentonando con el público vestido de etiqueta, compuesto mayoritariamente por orientales.
—No recuerdo que estuviera en la lista de invitados —afirmé con voz fría, irritado con el jefe de seguridad por no haberme avisado de la presencia de un intruso.
—No necesito invitación —respondió, abriendo ligeramente la chaqueta para mostrar la placa sujeta al cinturón del pantalón.
—¿Y usted sería...? —preguntó Yumi en un portugués comprensible, aunque con acento.
Además de ser una guerrera casi imbatible, poseía una gran facilidad para aprender distintos idiomas y se había empeñado en aprender portugués conmigo durante el tiempo que estuvimos juntos.
—Jonás, comisario Jonás, señorita Yumi Moori —se presentó, mirándola fijamente, sin conseguir disimular la mirada que dirigió a sus senos.
Estaba realmente empeñado en saber más sobre la Yakuza y eso podía ser peligroso para Naomi. Me incomodaba que supiera exactamente quién era Yumi; aquello también podía traernos problemas. Después de todo, ¿de dónde estaba obteniendo tanta información?
—Con permiso. Disfruté de la fiesta, comisario —dije para dirigirme hacia donde estaba Naomi, en medio de un grupo de invitados.
—Después hablamos, Daniel —todavía escuché la voz de Yumi entre risas—. Te enviaré un mensaje con la fecha y la hora.
¿Qué estaría haciendo en Brasil?
Esperaba que mi preocupación fuera un exceso de celo y que mi sorpresa al verla no fuera tan negativa. No quería que trajera problemas a Naomi, y mucho menos al clan. Tenía un absoluto respeto por las habilidades de mi excompañera, pero, si tuviera que elegir, Naomi siempre estaría en primer lugar.
Precisamente por eso, esperaba que su estancia fuera lo más breve posible.
JONÁS
Recibí de mi director la información transmitida por Interpol de que un conocido mafioso japonés viajaba a São Paulo y, para mi sorpresa, sería recibido por la familia Asano.
Cuando el hombre desembarcó, me sorprendió ver caminando a su lado a una mujer japonesa. Los registros facilitados indicaban que se trataba de Yumi Moori, sospechosa de ser una criminal, una mercenaria asesina.
Volví a prestar atención. Su silueta era inusual, pues llevaba unos pantalones ajustados que moldeaban sus largas piernas, poco habituales en una mujer oriental, y una chaqueta de cuero. Definitivamente, las fotografías que tenía no le hacían justicia a su exótica belleza.
No había órdenes internacionales de detención contra ellos; aun así, consideré prudente presentarme en la mansión Asano, sobre todo después de enterarme de la grandiosa fiesta que la familia ofrecería al invitado de honor.
Si mi director se enteraba, podía suspenderme, pero yo no era un político como él.
Solo quería evitar una guerra entre bandas y, por eso, cuando me impidieron el paso en la garita de entrada de la urbanización, mostré mi acreditación policial y me dejaron entrar, aunque tuve que dejar mi pistola en una caja fuerte por motivos de seguridad.
Me escondí entre los invitados, observándolos. Había artistas y grandes empresarios desfilando por el jardín y pronto divisé a Daniel Lucchese, que parecía una sombra justo detrás de Naomi Asano, su esposo y su hermano.
Cuando llegó el invitado, los observé a distancia en busca de algún comportamiento sospechoso. Para mi sorpresa, Daniel y Yumi se quedaron un poco atrás conversando; por sus expresiones corporales, parecían conocerse de antes.
Una vez más, fui incapaz de evitar reparar en la belleza de aquella mujer. Era alta para ser oriental, llevaba el cabello corto y erizado y el vestido resaltaba todas sus curvas, atrayendo numerosas miradas.
Intrigado por lo que aquellos dos podían estar hablando, decidí acercarme y presentarme. Quería dejarles claro que los tenía bajo vigilancia.
Después de un minuto de tensión, Daniel no se molestó en ocultar su antipatía hacia mí y se alejó, dejándome a solas con Yumi.
—Entonces, ¿eres un hombre de la ley? —preguntó, pasándose la lengua por los labios de forma sensual y observándome de una manera que hizo que me sintiera desnudo.
—Lo soy, y estoy investigando a la familia Asano. Sospecho que está involucrada con la Yakuza, del mismo modo que sospecho de su acompañante, Toshiro —afirmé, poniendo las cartas sobre la mesa.
—Si Toshiro-sama es un criminal, ¿yo lo sería? —preguntó con una sonrisa irónica en los labios y una mirada fría que me hizo estremecer y pensar en el arma que había dejado en la entrada.
—Según Interpol, eres sospechosa de ser una asesina.
—¿Y vas a vigilarme? —preguntó mientras pegaba su cuerpo al mío y ajustaba el nudo de mi corbata—. Si soy tan peligrosa como para que Interpol me conozca, ¿no tienes miedo?
Su perfume almizclado me golpeó de lleno y sentí el principio de una erección. Mi mente se llenó de imágenes de los dos desnudos, en una cama; inexplicablemente, estaba mareado, como si hubiera bebido media botella de whisky. Sus ojos rasgados eran como un precipicio que parecía tragarme.
—No, no tengo miedo, y os vigilaré. Será mejor que os comportéis en mi ciudad —dije, tragando saliva y tratando de despejar la mente.
—Esto va a ser interesante —murmuró poniéndose de puntillas, acercando los labios a mi oído y rozándome con las uñas, provocándome un escalofrío por toda la piel, como si hubiera recibido una descarga eléctrica.
Después se alejó, acentuando el movimiento de sus caderas, en dirección a su acompañante.
Detrás de su belleza exótica y su sensualidad, percibí que aquella mujer era extremadamente peligrosa. Eso me excitaba tanto como me mantenía alerta.