CAPÍTULO 15 #2
Conocía bien a la familia Asano desde que había asumido la comisaría de lucha contra las facciones criminales, un año atrás.
Estaban involucrados en diversos delitos, como extorsiones a comerciantes y gestión de discotecas, y eran socios anónimos en varias empresas, incluida una de importación y exportación, pero nunca se habían involucrado en el tráfico de drogas.
Por ese motivo, mi antecesor los había dejado relativamente tranquilos, pues estaba más preocupado por investigar a la organización criminal que controlaba las prisiones de Brasil, responsable del tráfico de drogas, armas y muchos otros delitos violentos.
El problema era que, en aquel momento, los caminos de las facciones se habían cruzado y habían atentado contra la vida de Seiji Asano, en un ataque perpetrado cuando salió de la misa solemne y privada en un templo budista.
El caso fue asumido por mi colega, el comisario Hermes[83], de la Comisaría de Homicidios, pero me informó de que el crimen estaba relacionado con una posible guerra entre bandas, lo que hizo que la investigación acabara en mis manos.
En poco más de una semana, con su ayuda, conseguimos entender lo que había sucedido.
Al parecer, la facción brasileña quería utilizar las discotecas de Seiji Asano para distribuir drogas y la empresa de exportación para enviar cargamentos de estupefacientes al extranjero.
Había grandes sospechas de que también querían blanquear dinero a través de sus empresas y, tras la negativa del viejo, intentaron matarlo, acabando este por morir a causa de las heridas.
Y no era solo eso. Los responsables del ataque aparentemente pertenecían a una facción de la mafia italiana, más conocida como la ‘Ndrangheta, que se había aliado con los brasileños para enviar drogas a Europa, donde serían distribuidas por todo el continente, y querían la colaboración de Seiji para utilizar sus empresas de exportación.
Si la familia Asano decidía contraatacar, podía producirse un baño de sangre, pues había descubierto que no eran simplemente una familia con negocios ilícitos: pertenecían a un clan de la mafia japonesa, conocida como la Yakuza, que años atrás había entrado en guerra con una banda china.
Y eso no podía permitir que ocurriera bajo mi mando.
Volví a mirar la ficha de Daniel, que mis investigadores habían recopilado. Había ido a vivir con los Asano en la misma época en que su hija, Naomi, sufrió un intento de secuestro que acabó con la muerte de un conductor y un guardaespaldas de la familia.
¿Quién ocuparía el lugar de su padre? ¿Ryu, el hijo mayor?
Era un playboy que pasaba las noches en alguna de las discotecas de la familia, con amigos y algunas celebridades de segunda fila, en juergas que terminaban al amanecer.
¿Naomi? ¿La hija menor? Era un misterio, extremadamente reservada, casada con Roberto, hijo de un empresario y diputado federal que, antes de morir, años atrás, había presionado a la policía para que no molestáramos a la familia.
Su marido tenía una conducta personal cuestionable; era un hombre que la engañaba con su propio hermano, pero no había nada más.
En cuanto a ella, dudaba mucho que quisiera involucrarse en las actividades ilícitas de su padre. Quedaban algunos de los consejeros del viejo Seiji.
Estiré los brazos, relajando los músculos. Había mucho trabajo por delante y una guerra que evitar.
Naomi
Papá había partido, Ryu seguía siendo un irresponsable e inconsciente y, por eso, había perdido el derecho a heredar el clan, mientras que Roberto solo estaba interesado en saber si le dejaría la parte de papá en la empresa que compartíamos con su familia.
Desde hacía algún tiempo, venía mostrando un gran interés por entrar en el consejo del clan Asano, el grupo de representantes de las familias que habían emigrado de Japón junto con mi padre y que lo habían ayudado a fundar la primera familia Yakuza en Brasil.
Apenas había tenido tiempo para sentir el duelo. Mi sensación interior era confusa; sufría y no sufría, y eso generaba un conflicto dentro de mí. Quizá porque ya llevaba tanto tiempo sufriendo, aquello no fuera más que otro dolor.
Al final, no quería pensar en nada de aquello y estaba exhausta después de un largo día de trabajo, intentando organizar las empresas, trazando los planes que tenía para legalizar aquello que pudiera legalizarse y discontinuar lo que me parecía contrario a la ley.
Necesitaba ser hábil y cuidadosa; eso nos debilitaría y crearía enemigos.
Era consciente de que jamás eliminaría por completo la Yakuza que papá había creado, pero contaba con poder salvar las empresas y obligar a quienes quisieran mantener negocios ilícitos a organizarse lejos de mí.
La maniobra podía costarme la vida, pero, a aquellas alturas, me importaba muy poco aparte de la necesidad de hacer lo correcto.
Algo que había soñado con ver hacer a mi padre, pero él jamás lo hizo; al contrario, se hundió aún más en el problema.
Amaba a mi padre, pero ya era hora de que la familia Asano dejara de ser vista como mafiosa, y mucho menos como una organización fuera de la ley.
En el fondo, sabía que papá ya sospechaba que yo no estaba de acuerdo con lo que éramos.
No tenía respuesta para explicar por qué, aun así, había dejado su legado en mis manos.
Sería hipócrita por mi parte negar que nuestro lujo y nuestra riqueza provenían de la mafia, pero aquella era mi oportunidad para transformar a esta familia.
No escatimaría esfuerzos para poner fin a la ilegalidad.
Jamás había sido una criminal y no tenía intención de convertirme en una.
Aquel era un terreno peligroso, lo sabía.
Y Ryu era una incógnita para mí. Tal vez permaneciera a mi lado mientras hubiera dinero para que pudiera seguir viviendo con lujos. No tenía forma de saberlo.
Y, para empeorar las cosas, había recibido una llamada de Toshiro Mitsunae, el líder de la familia Yakuza de Japón de la que procedía la nuestra.
Me avisó de que vendría a Brasil para presentar sus respetos por la pérdida de papá y ante mí, la nueva líder del clan.
Es decir, como si no bastaran mis innumerables problemas, todavía tendría que organizar una recepción digna del gran oyabun japonés, so pena de que no solo yo, sino también nuestra familia, perdiéramos prestigio en los restringidos círculos mafiosos.
Y todavía era demasiado pronto para eso.