CONTRATO CON LA MAFIA CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Daniel

Al día siguiente, en un cortejo con hombres fuertemente armados, fue trasladado a un crematorio oriental para la ceremonia kokubetsushiki, en la que los invitados rindieron sus últimos homenajes y ofrecieron consuelo y respeto a los miembros de la familia, en una ceremonia conocida como okoden.

Entregaron sobres (goreizen) con elevadas cantidades de dinero, dependiendo del grado de cercanía con el fallecido y su familia.

Solo Ryu, Naomi, su esposo, que había regresado de viaje, y la obasan Sumiko permanecieron en la sala privada a la espera de la cremación. Pensé en dejarlos a solas, pero Naomi me sujetó del brazo.

—Quédate, Daniel-san, eres de la familia —pidió.

Al cabo de casi dos horas, un empleado nos condujo hasta el lugar para que la familia pudiera recoger los restos de los huesos con unos palillos especiales y depositarlos en una urna.

—Será colocado junto a la urna de mamá —explicó Naomi.

Mientras salíamos del crematorio, observé a Naomi. Vestía un elegante traje de chaqueta negro y su rostro estaba oculto bajo un sombrero de ala ancha del que caía un velo negro.

A su lado caminaba su esposo y, más atrás, Ryu con la obasan Sumiko, rodeados por seis guardaespaldas. Yo me mantenía dos pasos por detrás, atento al entorno, buscando cualquier tipo de amenaza con todos mis sentidos alerta.

Era difícil volver a estar tan cerca de Naomi y, al mismo tiempo, sentirla tan lejos.

Todo el arte de la indiferencia que había aprendido durante mi entrenamiento parecía fallar cuando se trataba de mirarla.

Verla al lado de aquel hombre parecía estar tan mal.

Pero necesitaba mantener la concentración.

Había hecho una promesa a Seiji-sama y la cumpliría.

Al acercarme al coche de uno de los guardaespaldas de la comitiva de Naomi, vi a alguien apoyado en él de manera despreocupada.

Era un hombre negro, de cabello muy corto y tan alto como yo, de aproximadamente un metro noventa, de complexión fuerte, con los músculos haciendo que el traje oscuro pareciera demasiado ajustado.

En el pecho llevaba una cadena con una placa colgada en la que se leía «Comisario de Policía». Al enderezarse y mirarme fijamente con ojos penetrantes, distinguí una pistola en una funda sujeta al cinturón.

—¿Daniel Lucchese? —preguntó directamente.

—¿Quién quiere saberlo? —respondí con otra pregunta mientras el conductor y otro guardaespaldas entraban en el vehículo.

—Policía —gruñó—. Tenemos que hablar.

—Acabo de participar en el funeral de un hombre al que consideraba mi padre, ¿no puede esperar? —pregunté, intrigado.

—No, no puede. Acompáñeme —ordenó y, sin esperar, comenzó a caminar hacia un sedán en cuyo techo estaba fijada una luz rotativa magnética.

Miré a Naomi, pero ella ya había subido al coche blindado junto con su esposo. Ryu y su tía se dirigían al otro vehículo.

Sin otra opción, seguí al policía y entré, ocupando el asiento trasero, ya que el comisario se sentó junto al conductor, que enseguida puso el coche en marcha y arrancó, con la luz rotativa parpadeando, pero con la sirena apagada.

—¿De qué se trata? —pregunté.

—Todo a su debido tiempo —respondió el policía sin mirar atrás.

Recorrimos en silencio las calles de la ciudad hasta llegar a la zona norte, donde aparcamos frente a un edificio con un enorme cartel que anunciaba que se trataba del DEIC[81].

Seguimos por los pasillos abarrotados de policías hasta que entramos en lo que deduje que era el despacho del comisario, quien cerró la puerta y se sentó en la silla principal, detrás de la mesa de trabajo, sobre la que había un ordenador y varias carpetas apiladas.

—Me llamo Jonás, doctor Jonás Silveira, soy el titular de la comisaría de lucha contra las facciones criminales —se presentó, haciendo un gesto para que me sentara en una silla frente al escritorio.

—¿Y? —pregunté, arqueando una ceja mientras me sentaba.

—No te hagas el gracioso —gruñó el policía—. Lo sé todo sobre ti —dijo mientras cogía una carpeta y la abría.

Lo miré con expresión impasible.

—Todavía no entiendo nada. Llegué a este país hace tres días.

—Veamos... —continuó el comisario mientras hojeaba algunos papeles dentro de la carpeta—.

Daniel Lucchese, tu padre es un delincuente que pertenece a los escalafones inferiores del crimen organizado que controla las prisiones.

Eres huérfano de madre y fuiste un niño de la calle hasta que te adoptó el hombre sospechoso de dirigir una facción criminal, con quien viviste hasta los dieciocho o diecinueve años.

¿Estoy en lo cierto? —preguntó, mirándome con una sonrisa fría.

Sostuve su mirada, pero no respondí.

—Te marchaste de Brasil y ahora, después de doce años, reapareces tras el ataque a tu antiguo benefactor, que acabó provocando su muerte —concluyó, cerrando la carpeta y arrojándola sobre la mesa.

—Todavía no entiendo por qué estoy aquí —respondí con calma—. No veo ni hablo con mi padre desde que huí de su casa y no tengo ningún contacto con la familia Asano desde hace doce años.

—¿Crees que no vigilamos quién entra en la mansión Asano?

Me llamó la atención cuando me informaron de tu llegada.

Investigué junto con la policía japonesa.

Aunque no tengas antecedentes, me dijeron que sospechan que eres miembro de la Yakuza —afirmó sonriendo, como si hubiera marcado un tanto— y que estás relacionado con una conocida criminal.

—Como usted ha dicho, no tengo antecedentes —rebatí utilizando su propia afirmación contra él— y no soy de la Yakuza. —No estaba mintiendo; había sido expulsado por Seiji-sama, y eso significaba que jamás podría volver a pertenecer a un clan.

—Puede que no lo seas, pero tenemos los ojos puestos en ti y en la familia Asano. No sé cuál es tu función, pero dile a quien haya ocupado el lugar del viejo Seiji que no queremos una guerra en la ciudad —gruñó con impaciencia.

—¿Acaso la policía ha descubierto quién ordenó el atentado? —pregunté con una sonrisa gélida—. Al fin y al cabo, esa es su función.

—¡Hijo de puta! ¡No te hagas el gracioso conmigo! —gritó, levantándose con rapidez y acercando su enorme puño a mi rostro con una habilidad sorprendente.

Me quedé inmóvil e impasible. Había previsto su movimiento milésimas de segundo antes de que lo iniciara y conocía decenas de golpes que lo llevarían al suelo; algunos de ellos le causarían graves lesiones y al menos tres acabarían con su vida, pero sabía que no iba a golpearme, por eso no me moví.

—¿Has terminado? —pregunté, arqueando una ceja y mirándolo con frialdad.

—No, no he terminado. Sabemos que el crimen organizado brasileño y la mafia italiana están intentando infiltrarse en la organización que dirigía Seiji Asano.

Creemos que ellos están detrás del atentado —respondió, volviendo a sentarse—.

No he conseguido hablar con nadie de la familia; están rodeados de decenas de abogados y he recibido órdenes de no molestarlos, pero tú no eres de la familia, ¿verdad?

Parece que el propio viejo Asano te expulsó.

Me pregunto qué hiciste... ¿te acostaste con su hija?

Contraje los músculos. Mi mano descansaba sobre el muslo, con los dedos rectos y juntos. Bastaba un solo golpe para que le rompiera el cuello a aquel policía arrogante.

El comisario pareció percibir por mi expresión que había tocado un punto sensible.

—Puedes irte y diles que no busquen represalias. Dejad el caso en nuestras manos —afirmó con voz neutra.

Mantuve el autocontrol utilizando las técnicas que Musashi me había enseñado. Había menospreciado al policía y me había dejado sorprender; él ni siquiera imaginaba lo cerca que había estado de la muerte.

Me levanté y salí del despacho. En la calle, tomé un taxi en dirección a la mansión Asano, sintiéndome furioso, no solo con el policía, sino, sobre todo, conmigo mismo.

JONÁS

Observé a Daniel salir de mi despacho. Era un año menor que yo, teníamos casi la misma estatura, yo era más fuerte, pero algo en sus movimientos y en su expresión me hizo sentir que era un hombre peligroso.

Principalmente sus ojos, que me recordaban a los de un viejo sargento de la Rota, con más de treinta años de carrera y un número incontable de procesos por homicidio, que había sido encarcelado por participar en un «escuadrón de la muerte».

No es que no pudiera vencerlo en una pelea.

Sabía que había sido entrenado por maestros de artes marciales, llegando a cinturón negro en kárate, judo y jiu-jitsu.

Incluso había entrenado un arte en el que se utilizaban espadas de bambú, algo bastante inofensivo en mi opinión, pero yo también era cinturón negro de Krav-Maga[82], maestro de capoeira, además de instructor de defensa personal.

Al igual que él, yo procedía de una familia pobre.

Mi padre era jefe de obra y mi madre costurera, pero con mucho sacrificio nunca nos faltó nada y siempre me animaron a estudiar.

Yo les había correspondido ingresando en la Facultad de Derecho de la USP, una de las mejores de Brasil, y me había graduado entre los primeros de mi promoción.

Durante tres años había ejercido como abogado en un importante bufete y había conseguido darles una vida cómoda a mis padres, pero, cuando tuve la oportunidad, me presenté a las oposiciones para el cargo de comisario de policía, porque siempre había sido mi sueño ser policía, y allí estaba yo, en medio de una inminente guerra entre bandas.