CONTRATO CON LA MAFIA CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Naomi

Tras aquella primera conversación con papá, acompañé a Daniel hasta su antigua habitación.

Durante todos esos años no permití que se modificara; aquella sería siempre su habitación en nuestra casa, un pedazo de él vivo en mi memoria.

—Siéntete como en casa, este lugar siempre ha sido tuyo —le dije cuando me di cuenta de que estaba sorprendido al ver que el lugar seguía tal como lo había dejado—. Tu antigua ropa también está en el armario, aunque no creo que todavía te sirva.

Él miraba cada pequeño rincón. Sus libros, aunque amarillentos por el paso del tiempo, continuaban en las mismas estanterías; las espadas de entrenamiento, sujetas a la pared mediante soportes especiales, se mantenían constantemente limpias.

—Na... —me di cuenta de que respiró hondo y me miró, intentando corregirse—. Naomi-sama —y otra vez apareció aquella distancia entre nosotros—. No tengo intención de alojarme aquí, en la mansión, pero realmente necesito darme una ducha. El viaje ha sido largo y no me siento presentable.

—¿Por qué no? —pregunté, sorprendida por su postura—. Este siempre ha sido tu lugar, esta casa también ha sido siempre tuya.

—No sería correcto —respondió mientras miraba mi mano izquierda—. Prefiero buscar un hotel.

—No puedo permitirlo —declaré con tono autoritario, como me había acostumbrado a hablar durante todos estos años, y solo entonces comprendí que no podía comportarme así, no con él—.

Bueno, podemos hablar de eso más tarde. Siéntete como en casa, por favor.

Debes de tener hambre; pediré que preparen algo para ti.

Lo dejé solo en la habitación. Teníamos tantas cosas de las que hablar, pero él venía de un viaje de treinta horas y el cansancio en su rostro era evidente.

Busqué a Kimura y le pedí que se organizara con la cocinera para preparar algo que Daniel pudiera comer y después regresé a mi despacho. No es que fuera capaz de concentrarme en nada, pero aquel había sido mi refugio durante tanto tiempo.

Intenté ocuparme con algo de trabajo, pero durante veinte minutos me limité a mirar la pantalla del ordenador, incapaz de producir nada.

—¿Naomi-chan? —la tía Sumiko apareció en la puerta—. ¿Estás bien?

Sabía exactamente a qué se refería y no tenía una respuesta que darle. No estaba bien. Todavía no había llegado a una conclusión clara sobre cuánto me afectaban todos aquellos acontecimientos. La situación de papá, el regreso de Daniel, el peso de que, en breve, me anunciaran como la nueva oyabun.

—Creo que sí, tía —respondí con un suspiro de angustia. Mi respuesta era una gran mentira.

Daniel me había desestabilizado, aunque hubiera intentado prepararme para aquel reencuentro. Jamás fui capaz de superarlo. No tenía ni idea de que el amor pudiera doler tanto y durante tanto tiempo.

—Tu padre quiere reunirnos a todos, tienes que venir —me pidió ella y, antes de salir del despacho, añadió—: Daniel también.

Regresé a su habitación. La puerta estaba abierta; aun así, di dos golpes en la madera del marco y solo entonces entré.

—¿Daniel? —lo llamé en voz baja.

Salió del baño sin camisa, con la toalla sobre los hombros, y parecía que acababa de afeitarse.

Aunque la toalla cubría buena parte de los diseños de sus tatuajes, pude ver los motivos coloridos de una tormenta que le cubrían los bíceps y tríceps de ambos brazos.

Su cuerpo estaba más desarrollado, los músculos aún más marcados.

Sus hombros parecían haber duplicado casi su anchura durante aquellos años.

Por un mero segundo de atrevimiento, me acerqué a él y le toqué el rostro, posando el dedo sobre una cicatriz en su ceja y deslizándolo lentamente sobre ella, que era pequeña.

Él cerró los ojos y, unos segundos después, llevó su mano hasta posarla sobre la mía, mientras su pecho se agitaba lentamente, pero de forma perceptible.

Daniel hacía que ocultar mis sentimientos y emociones fuera una tarea difícil.

Mi pose de mujer seria, que no sonreía, era famosa entre todos los miembros del consejo del holding.

Me definían como una mujer dura, pero aquella coraza se desmoronaba fácilmente cerca de aquel muchacho que hoy era un hombre hecho y derecho. Y lo deseaba con tanta intensidad.

Todo lo que más quería era saber cómo comenzar una conversación entre nosotros, pero, en aquel momento, papá era mi mayor prioridad.

—Tienes que vestirte, papá quiere vernos.

Daniel

Seiji-sama reunió a sus hijos y a los cuatro consejeros principales alrededor de su cama. Yo me quedé, junto con la obasan Sumiko, cerca de la puerta.

—Me estoy muriendo, por eso os he reunido —dijo con voz débil el oyabun—.

He decidido que Naomi deberá ocupar mi lugar como líder del clan.

Durante todos estos años, ella y Ryu han sido entrenados para desempeñar este papel; sin embargo, creo que mi hija es la mejor preparada para hacer frente a los ataques que estamos sufriendo.

Observé las expresiones de los consejeros.

Todos permanecían impasibles y se inclinaron en señal de conformidad.

Volví la mirada hacia Ryu. Él también se mantenía impasible, sin dejar traslucir sus sentimientos, pero yo sabía que aquella decisión suponía una derrota y una deshonra para un primogénito.

Lo natural habría sido que asumiera el lugar de su padre, pero no era algo que se diera por sentado.

El mando del clan se entregaba al hijo más capacitado y, en ausencia de alguien competente, pasaba a algún consejero sénior.

—Padre, daré lo mejor de mí —respondió Naomi, haciendo una reverencia.

—Y yo estaré a su lado —respondió Ryu de inmediato, haciendo también una reverencia y ocultando sus sentimientos.

Los demás consejeros juraron lealtad a Naomi y prometieron ayudarla.

Dos horas después, Seiji-sama se quedó dormido, después de despedirse de sus hijos, de su hermana y de los consejeros, quienes abandonaron la habitación junto con el médico, que había advertido que era cuestión de tiempo y que ya no podía hacer nada más.

—Hermana —dijo Ryu—, iré con los consejeros a preparar todo lo necesario para que puedas asumir el mando del clan como la nueva oyabun y también planificaremos nuestra venganza. Esto ha sido una grave afrenta contra nosotros.

Naomi se limitó a asentir con la cabeza y su hermano se levantó para abandonar la habitación sin mirarme. La obasan Sumiko se acercó a la cama de su hermano para besarlo en la frente, un gesto muy poco habitual entre los orientales, y después se detuvo delante de mí.

—Quédate con Naomi —dijo antes de abandonar la habitación.

Me acerqué a la cama y me arrodillé al otro lado, frente a ella. Permanecimos en silencio durante un momento y me di cuenta de que tenía los ojos empañados de lágrimas, pero no dije nada para no avergonzarla. Naomi se recompuso y me miró fijamente.

—Es tan difícil mostrarme fuerte ante el mundo exterior, sin flaquear nunca —murmuró—, y ahora debo dirigir el clan.

—¿Qué ha pasado, Naomi? —pregunté.

—Hace algunos meses, un negociador de la ‘Ndrangheta[80] (mafia italiana) se puso en contacto con nosotros para ofrecernos una oportunidad.

Querían utilizar nuestras discotecas como puntos de distribución de drogas y deseaban «blanquear» dinero a través de las empresas que controlamos, pero el negocio más importante sería utilizar nuestras empresas exportadoras para enviar cocaína y heroína a Europa —comenzó con voz firme—.

Algunos consejeros estaban a favor del acuerdo, pero conoces a papá: nunca permitió que el clan se involucrara en el tráfico de drogas, algo que considera indigno de un verdadero Yakuza.

Y yo no podía permitir que nuestras empresas entraran en un negocio así. No tienen nada que ver con la mafia.

—Tu padre me dijo que había sido traicionado...

—Sí. Después de que rechazara la propuesta, pensamos que el asunto había quedado zanjado, pero hace dos semanas papá fue atacado por cinco hombres al salir de un santuario budista, después de una ceremonia privada en homenaje a la memoria de mamá.

Papá solo consiguió escapar porque estaba armado y se defendió respondiendo a los disparos.

Por suerte, conocía el lugar mejor que los asesinos y consiguió esconderse hasta que Ryu envió ayuda, después de recibir una llamada suya —explicó—.

Pero papá recibió un disparo en el abdomen y, cuando fue atendido, tuvieron que extirparle parte del intestino.

Por desgracia, sufrió una septicemia y, cuando recuperó la consciencia, debido al fallo de otros órganos provocado por la infección, exigió volver a casa, aunque el médico insistiera en que sus posibilidades eran mayores en el hospital.

Calculé la fecha del ataque; coincidía con el aniversario de la muerte de la esposa de Seiji-sama.

Todos los años, durante la semana de esa fecha, pasaba una tarde realizando un ritual de oraciones para honrar a su difunta esposa.

Pocos conocían aquella costumbre, salvo los familiares y los consejeros sénior del clan.

En esas ocasiones se quedaba solo, dejaba a sus acompañantes esperándolo en el aparcamiento del lugar y se dedicaba únicamente a las oraciones.

—¿El conductor y los guardaespaldas? —pregunté intrigado.

—Asesinados.

—Nada impide que uno de ellos estuviera confabulado con los asesinos y que estos lo traicionaran y mataran después de obtener de él la información de que el oyabun estaba allí —expliqué—. ¿Quién más sabía que había elegido ese día para ir al templo de oración?

—Nadie. Claro que los consejeros sénior, Ryu y yo sabíamos que estaría allí; es un ritual, pero no estábamos seguros de la fecha. Podía haber sido cualquier día de la semana. Entiende, rezar por mamá era una costumbre importante y privada para él, y nosotros la respetábamos.

—Alguien lo descubrió o se dio cuenta y avisó a los asesinos —concluí.