CAPÍTULO 13
Daniel
Aterricé en el aeropuerto de Guarulhos después de un largo vuelo con escala en Los Ángeles. Recogí mi poco equipaje, incluida la katana y el wakizashi, que habían viajado acondicionados en su caja de laca.
Muchas cosas habían cambiado. Era el mismo aeropuerto, pero nada se parecía a aquello de lo que me había despedido años atrás. Crucé la moderna puerta hacia el exterior y miré el cielo azul de otoño, respirando el aire contaminado de la gran metrópoli; eso sí parecía seguir igual.
El viaje había sido agotador, además del hecho de que mi despedida de Yumi había sido tensa, después de una violenta discusión. Pero necesitaba atender la petición de Naomi. Cuando abandoné el país, mi única promesa había sido que siempre haría lo que considerara mejor para ella.
Doce años. Ese era el tiempo que llevaba lejos de mi tierra natal.
Había viajado por todo el mundo con Musashi-sama desde que me había llevado a Estados Unidos, donde maté por primera vez.
Pero, por suerte, nunca había venido a Brasil, aunque habíamos operado en Venezuela durante algunos meses, debido a un contrato con la CIA, la agencia de inteligencia estadounidense.
Siete años. Ese fue el tiempo que pasé con mi maestro, hasta que me echó después de que me negara a asesinar a una víctima, porque yo también tenía mis propios principios de honor.
Nos habían contratado para matar a un exdictador de un país africano.
El hombre y su mujer eran responsables de la muerte de decenas de miles de personas pertenecientes a una etnia minoritaria.
Tras un golpe de Estado, había huido a Inglaterra con la fortuna que había robado durante años.
El Gobierno británico, interesado en los yacimientos minerales del país, le había acogido y tenía planes para devolverlo al poder.
El hombre residía en Londres, protegido por un fuerte dispositivo de seguridad.
Durante un mes observamos su rutina y descubrimos que viajaría a una casa de playa.
Lo seguimos hasta el lugar. Iba acompañado por seis guardaespaldas, además de su esposa y una hija de siete años.
Durante una noche, irrumpimos silenciosamente en la casa.
Vestíamos un conjunto de pantalón y blusa negros; nuestras botas, del mismo color, tenían suela flexible y una abertura entre el dedo gordo y los demás dedos.
Llevábamos la cabeza cubierta con pasamontañas que dejaban al descubierto únicamente el contorno de los ojos, que estaban ennegrecidos con tinte.
Llevábamos nuestras katanas envainadas y sujetas transversalmente a la espalda, además de shurikens[77], las hojas arrojadizas, impregnadas de un potente veneno; bastaba un leve roce con la piel para provocar la muerte de la víctima.
Fue fácil entrar en la residencia y, después de inmovilizar a los guardaespaldas, que ni siquiera se dieron cuenta de nuestra entrada, entramos en el dormitorio de la pareja.
El hombre dormía junto a su esposa y lo desperté, mientras Musashi despertaba a la mujer.
—¡Dios mío, quiénes sois! —exclamó asustado.
—Okami, el asesino, y he venido a buscar tu alma —dije, y hundí mi katana directamente en su corazón, mientras Musashi hacía lo mismo con la mujer.
Las víctimas murieron en silencio. No eran personas inocentes; bajo sus órdenes, habían sido arrebatadas cobardemente muchas vidas.
«Namu Amida Butsu» —recé mentalmente al Buda, para que sus almas fueran acogidas en su paraíso.
Cuando nos volvimos para marcharnos, nos sorprendió la hija de la pareja, que estaba de pie en el umbral de la puerta, vestida con un camisón blanco y abrazando un osito de peluche.
—¿Mamá? ¿Papá? —preguntó asustada.
—Mátala —ordenó Musashi.
Agarré con fuerza la empuñadura de la katana y me acerqué. La niña me miró con unos profundos ojos brillantes y me estremecí. Nunca había asesinado a un niño. Además, ella era inocente.
—Mátala —siseó Musashi de nuevo.
La niña gritó asustada, quizá al comprender lo que había sucedido con sus padres, y yo simplemente no pude hacerlo.
Ya había asesinado a incontables hombres, todos ellos criminales: narcotraficantes, asesinos, mafiosos, terroristas buscados por la CIA, entre otros.
Nunca había ocurrido que tuviera que liquidar a un inocente.
Aunque sabía que algún día podría encontrarme frente a una situación como aquella, pues mi maestro me había advertido de que un asesino a sueldo no elegía a sus víctimas. ¿Cómo esperaba que pudiera quitarle la vida a una niña?
Al verme paralizado, Musashi avanzó y hundió su katana en el corazón de la niña, que se desplomó en el suelo cuando él retiró la hoja. Me quedé inmóvil al contemplar aquella escena; no era algo para lo que estuviera preparado.
Salimos rápidamente del lugar y enseguida viajábamos de regreso a Londres, desde donde tomamos el primer vuelo de vuelta a Japón. Durante todo el largo viaje, Musashi no me dirigió la palabra, sumido en un profundo mutismo, hasta que llegamos a su cabaña al pie del monte Fuji.
—Daniel, recoge tus cosas y márchate —ordenó secamente.
—Maestro...
—Nunca serás un verdadero asesino; todavía hay humanidad en tu corazón. Reflexiona sobre tu decisión; quizá el sendero del meifumado no sea para ti.
—Yo... perdóneme, maestro, no pude matar a una inocente...
—No existen inocentes en el sendero del asesino. Márchate y encuentra tu destino; has fracasado en mi prueba —ordenó, y se dio la vuelta para salir de la cabaña.
Aquella fue la última vez que lo vi. Después me convertí en un justiciero, porque, a diferencia de él, yo elegía el tipo de trabajo que estaba dispuesto a hacer.
Había visto y provocado innumerables muertes; mis manos y mi alma estaban manchadas de sangre, pero siempre me había negado a asesinar a niños o inocentes.
No es que aquello pudiera concederme honor alguno, pero al menos no mancharía mis manos con la sangre de quienes no lo merecían.
Aun así, no dejaba de pensar en lo que Naomi diría si supiera lo que había hecho durante los últimos doce años.
Sabía que me rechazaría con repugnancia, pero ¿acaso no era eso lo que necesitaba?
¿Que me odiara para mantenerla con vida y a salvo?
Para mantenerla alejada de mí.
Cogí un taxi y le di la dirección de la mansión de Seiji-sama.
Después de casi dos horas en un tráfico infernal, el coche se detuvo frente a los portones de aquel lugar que me traía tantos recuerdos. Me identifiqué ante un vigilante armado, que hizo una llamada a la sede y, a continuación, autorizó mi entrada.
El taxi recorrió el corto tramo asfaltado hasta detenerse frente a la puerta de la mansión. Dos orientales vestidos con trajes negros aguardaban con subfusiles Uzi[78] en la cintura.
El trayecto estaba pagado por adelantado, como todos los que salían del aeropuerto de Guarulhos, así que simplemente bajé y recogí el poco equipaje del maletero. Colgué el estuche de laca al hombro mediante unas correas de cuero y sujeté la pequeña bolsa de lona con algunas mudas de ropa.
—Me espera Naomi-sama —avisé mientras los hombres me registraban.
—¿Qué es eso que lleva al hombro? —preguntó uno de ellos.
—Mi katana —gruñí, abriendo apenas una parte del estuche para que pudiera verla.
Hizo ademán de confiscarme las armas blancas, pero antes de hacerlo llamó a alguien para realizar una nueva comprobación y, cuando colgó, autorizó mi entrada sin decir una palabra más.
El terreno de la mansión era enorme, completamente protegido por un muro alto con una valla electrificada.
Estaba un poco diferente de como lo recordaba; probablemente había sido reformado durante aquellos años, pero la casa de Seiji-sama seguía siendo imponente y, en el extremo norte, estaba la de su hermana, obasan Sumiko, y la chashitsu, la sala de la ceremonia del té, que formaría parte para siempre de los recuerdos de mi vida.
Los recuerdos regresaron a borbotones a mi mente, pero los compartimenté en un rincón. Las emociones conducen a errores, y los errores conducen a la derrota y a la muerte, me había enseñado Musashi. La puerta principal fue abierta por un anciano japonés que llevaba años trabajando como mayordomo.
—Daniel-san, bienvenido —me recibió con una reverencia.
—Hola, Kimura —lo saludé, intentando no demostrar lo mucho que lo había echado de menos.
Con un gesto me invitó a entrar y tomó la maleta y el estuche de laca.
—¡Daniel! —vi que Ryu venía hacia mí y me abrazaba.
—Naomi-sama me ha llamado a petición de mi oyabun —respondí, mirándolo e intentando no dejarme llevar por el sentimiento de nostalgia. En el pasado habíamos sido grandes amigos.
Había cambiado mucho durante los últimos doce años. Ya no conservaba la misma forma física; estaba más corpulento y tenía una barriga ligeramente prominente, pero vestía con esmero, con un traje claro, aparentemente hecho a medida.
—Nunca estuve de acuerdo cuando otousan te expulsó de este clan. Por mi parte, siempre serás bienvenido —me recibió, aparentemente satisfecho con mi presencia.
Antes de que pudiera responder, oí una voz que nunca había olvidado, dirigiéndose a él con dureza.
—Deja que nuestro invitado vea a otousan, hermano —amonestó Naomi.
—Como quieras, hermana. Después hablamos, Daniel —respondió Ryu, que se dirigió hacia el garaje.
Naomi siempre había sido una muchacha de carácter, pero aquel fue el primer impacto que recibí sobre cuánto habían cambiado algunas cosas durante aquellos años, y aquello me dejó intrigado.
¿Qué más habría cambiado? Jamás la había visto tratar a su hermano de aquella manera.
En la cultura japonesa, el respeto hacia el hermano mayor es debido.
El hombre mayor de la casa siempre es educado para ser un sustituto del padre, el proveedor y ejemplo de respeto dentro de la familia.
—Daniel... —murmuró ella, y quise creer que había visto iluminarse su rostro.
Aquellos primeros segundos entre nosotros, en los que no sabía si abrazarla o besarla, fueron un poco incómodos.