CAPÍTULO 12 #2
Nuestra acción había sido muy rápida; apenas tuvieron tiempo de reaccionar, y el último permaneció inmóvil, todavía sentado en el mismo taburete en el que había estado desde el comienzo de todo, mirándonos boquiabierto.
—Esto es un aviso para quienes no respetan a la Yakuza —gruñó mi compañera al oído del hombre asustado—. Difunde la noticia por los bajos fondos —añadió, pasando la lengua por su rostro, de la misma manera que una leona lamería a una presa que acabara de abatir.
Salimos por el mismo lugar por el que habíamos entrado, después de escalar una gruesa columna de madera que sostenía el techo.
Caminamos por los tejados y saltamos a un callejón donde habíamos dejado la motocicleta deportiva de gran cilindrada.
Una hora después estábamos en una habitación de hotel, utilizada para encuentros secretos entre amantes y clientes con sus prostitutas.
Yumi siempre se excitaba después de matar a alguien y enseguida estábamos arrancándonos la ropa para practicar sexo, pero esta vez, con la llamada que había recibido de Brasil rondándome la cabeza, aquella follada salvaje no había sido más que sexo sin importancia.
La había conocido tres años antes, durante una guerra entre clanes rivales de la Yakuza en el sur de la isla de Shikoku[76].
Estábamos en bandos opuestos y ella había intentado matarme dos veces mientras yo protegía al oyabun que me había contratado, antes de que se acordara una tregua durante una tensa reunión en una casa de geishas.
Con el tratado de paz, dejábamos de estar en bandos rivales y fue entonces cuando ella se acercó a mí.
—Has tenido suerte, gaijin —dijo, analizándome como si fuera un espécimen raro.
—O quizá fui competente y tú no —respondí—. Sigo vivo y mi misión no era matar, sino proteger.
Pero yo sabía que no era así. Yumi había sido responsable de varias muertes de miembros de uno de los clanes de la Yakuza con el que yo tenía un contrato.
Por muy poco había conseguido proteger a mi empleador y, aun así, en ambas ocasiones, ella había provocado una carnicería intentando llegar hasta él.
La atractiva mercenaria simplemente soltó una carcajada y, para mi sorpresa, me invitó a cenar. Con la tregua ya no éramos enemigos y decidí que sería una excelente oportunidad para conocerla un poco mejor; al fin y al cabo, no sabía cuándo volveríamos a estar en bandos opuestos.
Nos encontramos en un restaurante tradicional. Ella ya estaba allí y me recibió ataviada con un quimono formal. Cualquiera que la viera habría creído que era una joven dama japonesa. Nada más lejos de la realidad: aquella mujer era una fiera escondida bajo la piel de una dulce muchacha.
Cuando la acompañé hasta la habitación del hotel donde se alojaba, me agarró y me besó con pasión. Yumi prácticamente me desgarró la ropa y enseguida estábamos enredados en la cama; aquello se parecía más a una lucha libre que a un acto de amor, pero, sin duda, todo aquello nos excitaba a los dos.
Intentó golpearme en el rostro, pero la detuve la primera vez. Después, aprovechó un momento de distracción y me abofeteó con fuerza, lo que hizo que yo golpeara, por primera vez, a una mujer, propinándole una bofetada en el rostro que le dejó la marca.
Al ser una mercenaria, una asesina profesional, yo no tenía ni idea de si su intención era acabar conmigo y había utilizado el pretexto sexual como una trampa, o si realmente estaba loca. Pero la insensata soltó una carcajada y se abalanzó sobre mí para que después practicáramos sexo salvaje.
Al final de la noche, la habitación parecía más un campo de batalla.
A partir de aquel momento nos convertimos en amantes y compañeros en nuestros contratos. Éramos ronin; no debíamos lealtad a nadie salvo a nuestro empleador de turno, pero, una vez aceptada una misión, nada nos hacía cambiar de opinión.
El gran inconveniente era que yo no aceptaba cualquier cosa. Había establecido una regla: no matar inocentes. Eso no me convertía en menos criminal, pero me permitía mantener mi honor y mi ética.
El día estaba a punto de amanecer. Ella se había quedado dormida, enroscada entre las sábanas.
Antes de dormir, la observé. Era una mujer complicada, una asesina implacable a la que le gustaba el sexo salvaje y ser dominada, pero que a veces parecía una niña perdida.
Lo poco que sabía de su vida era que había sido entrenada desde la infancia y que había matado por primera vez a los doce años.
Lo que no me dejaba relajarme del todo era la llamada que había recibido el día anterior, cerca del mediodía, cuando mi móvil sonó y me sacó del sueño.
Sorprendido, descubrí que era una llamada desde Brasil, mi tierra natal, que no visitaba desde hacía más de una década.
Solo la obasan Sumiko tenía mi contacto, por lo que contesté sin vacilar mientras me sentaba en la cama.
—Daniel-san —oí una voz que nunca había olvidado, que me acompañaba en mis sueños y me traía la paz que buscaba.
Era dulce, suave, entonada como una melodía. Pronunció mi nombre de una forma más pausada de lo normal y, si alguna vez había existido una debilidad tan grande dentro de mí durante aquellos doce años, aquel fue el momento.
—Naomi... —murmuré sorprendido, sintiendo la extraña reacción de mi cuerpo, que revelaba mi ansiedad, tan diferente de la frialdad a la que me había acostumbrado después de tantos años de entrenamiento.
Desde que había salido de Brasil, eran escasas las noticias que tenía de allí.
Había pasado los primeros años completamente a oscuras.
Luché mucho contra mis ganas de llamar a Naomi, pero no podía ponerla en peligro.
De vez en cuando, cuando la obasan Sumiko escribía a Musashi, dedicaba una hoja para mí, dándome poca información y evitando hablar de su sobrina, pero, en algún momento, muchos años después, me contó, en unas pocas líneas, que realmente se había casado.
Fue muy difícil, pero con el tiempo y las enseñanzas de mi sensei, conseguí compartimentar, en un rincón de mi mente, el amor que sentía por ella.
Sin embargo, oír su voz después de tantos años y sin previo aviso era como si una presa de sentimientos, reprimidos durante tanto tiempo, se hubiera roto.
—Papá se está muriendo; te pidió que vinieras a visitarlo —continuó con su voz melodiosa.
Seiji Asano había sido el hombre que me había dado todo lo que tenía hoy, pero también me había arrebatado lo único que me importaba en la vida, que era el amor de Naomi.
—Iré lo antes posible —afirmé prácticamente sin pensar. A pesar de todo, todavía lo amaba como a un padre. Todavía sentía que era Daniel Asano, aunque nunca hubiera adquirido oficialmente ese nombre.
—Daniel, yo... —empezó Naomi y se quedó en silencio.
—Naomi-sama, cuando llegue hablaremos —corté la conversación. No era así como había soñado que algún día volvería a hablar con ella.
—Sí, está bien, pero ven rápido, no tenemos mucho tiempo —pidió y colgó, dejándome allí, todavía con el teléfono en las manos.
Nuestra conversación había durado menos de un minuto y, por mucho que me encantara la idea de hablar con ella después de tantos años, no sería por teléfono, y mucho menos con Yumi pegada a mi hombro y mordisqueándolo con fuerza.
—¿Quién es esa zorra? —preguntó cuando arrojé el móvil sobre la cama.
—Cuida tu lenguaje —la reprendí, irritado.
—Hummm... —ronroneó, arañándome la espalda—. ¿Qué tal un polvo rápido?
Sin haber sido capaz de pegar ojo, pasé buena parte del tiempo dando vueltas en la cama y la otra mirando por la ventana.
—¿Ya estás despierto, Okami? —me preguntó cuando se despertó—. ¿Qué tal otra sesión de sexo? —aquella mujer era insaciable y durante mucho tiempo me sentí extremadamente satisfecho con ello.
—No, voy a darme una ducha —respondí secamente mientras caminaba desnudo hacia el cuarto de baño y esquivaba un zapato que ella lanzó en mi dirección.
Volví hacia ella una mirada furiosa, pero Yumi simplemente soltó una carcajada y se extendió lánguidamente sobre la cama, como una felina.
Maldita sea, después de doce años sin oír la voz de Naomi, pensé que lo había superado, pero me di cuenta de que no. Me sentía emocionado como un adolescente, pensé mientras sentía el agua fría caer sobre mi cuerpo.
Salimos del hotel, pues teníamos por costumbre no regresar directamente a casa después de una misión, y fuimos a la reunión para rendir cuentas ante nuestro contratante, que tuvo lugar en un restaurante tradicional, en una sala privada destinada a grandes ejecutivos.
Después de felicitarnos por el trabajo, nos ofrecieron un contrato de un año como guardaespaldas. Yumi estaba dispuesta a aceptarlo, pero yo tenía otros planes y no estuve de acuerdo. Por eso, nos dieron veinticuatro horas para que yo tomara una decisión.
Cuando regresamos al apartamento, cerca del anochecer, ella estaba silenciosa, algo poco habitual, y yo, atormentado por los recuerdos y todavía incapaz de dormir, abandoné la cama y salí a tomar un poco de aire.
Necesitaba encontrar la manera de decirle que había decidido viajar a Brasil; nuestra relación acababa de llegar a su fin por mi decisión.