CONTRATO CON LA MAFIA CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

—Sí, como tú —respondió, tocando suavemente mi mano herida con la punta de los dedos—. Y si amas a Naomi, no la arrastrarás por ese camino.

—No, obasan. No traeré la desgracia a su vida —respondí con convicción—. Seguiré mi destino solo.

Naomi

Pasé la noche en vela entre lágrimas, devastada, sintiendo el corazón palpitar de dolor, tendida en la cama de tatami.

Podía observar, por debajo de la puerta, la sombra de alguno de los hombres de seguridad vigilando el pasillo, probablemente para impedir que saliera de la habitación.

Vi amanecer en un cielo de un azul grisáceo, al son del tímido canto de los pájaros, hasta que Ryu llamó a la puerta.

—Roberto vendrá a buscarte dentro de media hora. Estate preparada.

Lo mejor sería despejar la cabeza e intentar pedir ayuda a tía Sumiko para hablar con Daniel, pues sabía que, a partir de aquel momento, estaría vigilada.

Me di una ducha rápida, cargué el maquillaje, dejando que el tono grafito del lápiz y de la sombra resaltara la zona hinchada, haciendo que mis ojos parecieran más grandes, y me puse las gafas de sol.

Permanecí en silencio durante todo el evento.

—¿Qué te pasa? —me preguntó Roberto en un momento dado, incómodo ante mi apatía.

—Realmente prefiero irme a casa, no me encuentro bien. Creo que voy a resfriarme —mentí, con la esperanza de que aquello hiciera que mi maratón social con él se redujera a la mitad.

No hizo falta que resultara demasiado convincente. Sabía que mi aspecto era horrible, estaba pálida y realmente parecía una persona enferma, así que a media tarde ya estaba de vuelta.

Atenta a la posibilidad de cruzarme con Daniel por los pasillos de la mansión, sabía que debía ser cuidadosa, pues estaba bajo la mirada ávida de los empleados.

Me quité la ropa formal y me puse unos sencillos vaqueros con una camiseta, lista para ir a casa de tía Sumiko en busca de un consejo o de cualquier cosa que aliviara mi dolor.

Miré por la ventana para comprobar si su puerta estaba abierta, cuando vi a Daniel escoltado por los guardias.

Uno de ellos llevaba la bolsa de lona que él solía utilizar para los viajes largos, mientras él llevaba el estuche de las espadas que yo le había regalado, dejando libre la otra mano, que estaba vendada.

Sentí que un escalofrío me recorría el cuerpo al pensar en lo peor. Daniel estaba herido. ¿Qué le habrían hecho? ¿Por qué lo escoltaban con el equipaje? El corazón me latía con tanta fuerza que apenas podía respirar y salí corriendo de la habitación sin preocuparme por nada más.

Bajé las escaleras como un rayo en medio de una tormenta.

—¡Daniel! —grité al salir por la puerta principal, cuando él ya estaba dentro del coche con los guardias—. ¡Daniel! —volví a gritar con todas mis fuerzas, intentando mentirme a mí misma, diciéndome que todavía podía salir bien.

El portón automático ya estaba abriéndose, el coche estaba en movimiento y no lo pensé dos veces: eché a correr detrás del sedán negro blindado.

—¡Daniel!

Todavía conseguí alcanzarlo y golpeé con los puños el cristal de la ventanilla trasera, sin contener las lágrimas, y aun así el coche, que avanzaba lentamente debido al portón, no se detuvo.

—¡Daniel, no me dejes! —pronuncié la frase más dolorosa que había dicho desde entonces.

Fue entonces cuando él llevó la mano hasta el cristal de la ventanilla, como si el vidrio que nos separaba fuera incapaz de impedir que uno sintiera el contacto cálido del otro.

Su expresión cerrada ya no tenía el brillo que siempre había visto en ella, su sonrisa ya no reinaba en su rostro y, aun así, el coche siguió su camino.

Caí de rodillas sobre el camino pavimentado que atravesaba el jardín, con el sufrimiento desgarrándome el pecho. Lo sabía: por su herida, Daniel había sido expulsado de nuestras vidas.

—Daniel, no me dejes... —susurré entre las lágrimas calientes que resbalaban sin cesar por mi rostro pálido e hinchado—. Vuelve a mí, Daniel, por favor. No me abandones aquí.

No recordaba haber vivido jamás una desesperación tan grande al verme sola. Sentí un contacto cálido y reconfortante sobre mi hombro. Era tía Sumiko. La única que comprendería mi dolor.

—Ven, Naomi-chan —me obligó a levantarme del suelo—. Este no es lugar para montar una escena.

Me abrazó con fuerza primero, después me tomó del brazo y me llevó a su casa.

—Me ha dejado... —susurré inconsolable, sintiéndome incluso mareada por la falta de aire—. Se ha ido y ni siquiera ha hablado conmigo.

—Sí, se ha ido, pero créeme, te habla a cada instante con sus pensamientos y con su corazón.

Me acercó una taza de té verde y, a continuación, dejó a mi lado un sobre blanco, escrito con tinta negra: Na-o-mi en hiragana (alfabeto silábico japonés).

Ansiosa por abrir el sobre, primero me lo llevé al corazón, pero tía Sumiko me impidió seguir adelante.

—Esta es una carta que necesitas leer a solas, no aquí delante de mí —volvió a acercarme la taza de té para que terminara de beber—.

Recupérate, lávate la cara, sé fuerte y, cuando estés sola en tu habitación, lee lo que él tiene que decirte y guárdatelo para ti.

Esta historia concierne únicamente a vosotros dos.