CAPÍTULO 8 #2
—Te amo. Vamos juntos a hablar con tu padre, tiene que entenderlo —continué, ansioso—. Y si no lo entiende, ¡huyamos juntos!
—Yo también te amo, pero soy la hija del líder de un clan de la Yakuza y tú, al aceptar convertirte, juraste honrar los principios de la lealtad no solo ante el oyabun, sino también ante aquel que te acogió como a un hijo —murmuró con voz triste.
—Naomi...
—Estamos atrapados por cadenas de honor y obligación. Sé que hoy en día eso resulta anticuado, pero creo que no tengo muchas opciones y sé que así es como tú piensas, pues eres honorable como un verdadero samurái.
—Yo... —tenía razón. No podía traicionar la confianza del hombre a quien tanto respetaba; pedirle permiso para estar con su hija no era lo mismo que arrebatársela a un matrimonio concertado—.
¿Debo aceptar la decisión de tu padre? —pregunté, con la esperanza de que hubiera alguna forma de que pudiéramos estar juntos.
—Esta promesa de omiai existe desde antes de que nos conociéramos.
Temo que, por haberte convertido en miembro del clan, existan impedimentos por ambas partes.
Jamás pensé que mi padre llevaría esta historia adelante ni que Roberto regresaría a Brasil.
No somos cercanos, tengo vagos recuerdos de él de cuando era niña, pero he considerado todas nuestras alternativas y no creo que tengamos ninguna oportunidad.
—No quiero quedarme sin ti...
—Dame tu amor, Daniel. Quiero ser tuya al menos durante una noche antes de decirte adiós —dijo con voz suave y, lentamente, apartó las telas de seda del quimono, dejando al descubierto el nacimiento de sus senos.
Después de quitar los hashi que sujetaban su cabello en un moño, hizo que este cayera sobre sus hombros como una cascada negra.
Suspiré cuando bajó aún más el quimono después de quitarse el obi, la banda que le ceñía la cintura.
A continuación, se incorporó lentamente y la prenda cayó a sus pies, dejando al descubierto su cuerpo desnudo.
Sus senos eran pequeños y perfectos, su cintura fina, sus piernas largas, con muslos torneados, y su piel blanca.
Su escaso vello púbico estaba recortado en una pequeña franja y su sexo me pareció el más hermoso que había visto en toda mi corta vida.
Me quedé inmóvil, arrodillado en el mismo lugar, admirando su belleza, y ella, con una sonrisa tímida, me tendió la mano, que acepté al levantarme.
Caminó hasta el fondo de la sala, donde había futones[52] extendidos sobre el suelo de madera encerada.
Aproveché para observar su espalda; el cabello negro y liso le llegaba casi hasta las nalgas, que eran firmes y redondeadas, y caminaba con una gracia que recordaba a la de una bailarina.
Ya me había excitado mucho por ella tantas otras veces, sobre todo durante nuestros encuentros clandestinos, pero esta vez sentí que tenía una erección sorprendentemente dolorosa.
Naomi era virgen, eso lo sabía, pues me lo había confesado. Entregarse a mí por primera vez, en detrimento del marido que le habían prometido, era una prueba de amor.
Se volvió hacia mí y rodeó mi cuello con sus brazos.
Contemplé aquellos ojos negros que parecían brillar bajo la luz difusa de la lámpara cercana.
Sus labios estaban entreabiertos y rojos, y no pude resistirme a besarlos con pasión, mientras mis manos recorrían su cintura y apretaban sus nalgas, atrayéndola hacia mí.
Cuando levanté la mano derecha y acaricié su pezón, ella gimió contra mi boca. Fue entonces cuando la dejé seguir su propio ritmo, pues aquella noche todo giraba en torno a ella.
Sin prisa, como si dispusiera de todo el tiempo del mundo, tomó la iniciativa de quitarme el quimono y, a continuación, desató las cintas de la hakama, mis pantalones orientales, haciendo que cayeran a mis pies.
Después caminó a mi alrededor, como si inspeccionara mi cuerpo, y recorrió con el dedo índice los trazos de mi tatuaje en la espalda, besándolo antes de volver a colocarse frente a mí.
Con una sonrisa, palpó mi miembro por encima de la tela de la ropa interior y comenzó a acariciarlo, provocándome una sensación de placer desesperado.
Todavía con sus gestos y movimientos delicados, se tumbó sobre el futon, mientras yo me apresuraba a quitarme la ropa interior, dejando al descubierto mi pene erecto y palpitando con fuerza.
Nunca había sido así para mí; el sexo jamás se había mostrado como un rito de amor como lo estaba siendo en aquel momento. Me tumbé sobre Naomi, acomodándome entre sus piernas y presionando mi miembro expuesto contra su cuerpo, todavía temeroso por lo que estábamos haciendo.
Ella volvió a rodearme el cuello con los brazos mientras nos besábamos. Lentamente deslicé los labios hasta su cuello, descendiendo por su piel suave y perfumada, hasta alcanzar la perfección de sus senos, que acaricié con las manos mientras los besaba y succionaba, jugando con sus pezones erectos.
Naomi gimió y recorrió con las manos mis nalgas y mi espalda hasta llegar al cuello, mientras sus uñas erizaban mi piel.
Descendí por su abdomen hasta alcanzar su sexo. La piel era lisa y suave y pasé la lengua alrededor de la pequeña franja de vello púbico, hasta alcanzar su clítoris y comenzar a rozarlo con los labios.
—Daniel... —gimió mientras arqueaba el cuerpo, como si deseara que no interrumpiera el contacto.
Por eso, continué estimulándola con la lengua, acaricié toda la extensión de sus labios mayores y menores, hasta introducirla en su vagina, que estaba empapada, sintiendo su sabor salado y delicioso.
—Ahhhh... —gimió Naomi con más fuerza mientras yo continuaba con la caricia, usando las manos para masajear sus senos.
Durante unos minutos me concentré en las reacciones de su cuerpo, percibiendo cuáles eran los puntos que aumentaban su placer.
—Daniel, yo... no voy... a aguantar... —gimió, apretando mi cabeza contra ella con las manos—. ¡Ahhhhhhh! —dejó escapar un grito ahogado y sentí cómo su cuerpo se convulsionaba, con los músculos temblando.
No satisfecho, continué acariciándola con la boca, pero lenta y suavemente, esperando a que asimilara aquella sensación y se recuperara.
No tardé en percibir que volvía a estar excitada. Comencé a subir por su cuerpo, besándolo en toda su extensión, alcanzando sus senos, su cuello y, finalmente, tomé sus labios en un largo beso.
—No importa lo que pase, siempre voy a amarte —prometí, y en mi fuero interno comencé a planear una forma de huir con ella.
—Y yo siempre te amaré —murmuró—. Hazme tuya...